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A cinco tiempos de tu muerte, 4: el café de mediodía

A cinco tiempos de tu muerte, 4: el café de mediodía

Viene de: https://lahechicerarubia.es/a-cinco-tiempos-de-tu-muerte-3-el-regalo/

—Hiciste bien en recogerla, hijo —dijo Arancha—. Al fin y al cabo, fue un último regalo de tus tíos.

Víctor examinaba los grabados de los laterales.

—Mamá, no es solo un regalo. En el momento en el que grité a Ethan que desapareciera de nuestras vidas, empezó la música. Ahora no sé abrirla, y tampoco sé si quiero abrirla.

—Entonces, no sé qué habría pasado si se la hubiera llevado la policía, o si la hubiera recogido un vecino… No quiero que toques esa cosa. Imagínate que la usen.

—No pueden. La caja me hace caso a mí. Él estaba chillándome antes y no pasó nada.

Arancha se detuvo un segundo con la bayeta en la mano.

—Entonces es un arma. Mató a Ethan… un arma que conoce tu voz. ¿Estás asustado?

—No sé el motivo, pero ahora no siento ningún miedo. He visto lo que puede hacer la caja. Es mejor que siga cerrada.

En ese instante, el teléfono móvil de Arancha empezó a vibrar sobre la mesa, ahogando la conversación.

—¿Sí?… Hola, buenos días… Sí, soy yo.

Víctor vio a su madre descomponerse.

—¿Cómo que una ejecución de aval?… No… Mi marido falleció hace una semana, no puede ponerse al teléfono… ¿La casa? Pero si la hipoteca estaba liquidada… ¿Cómo? ¿Ethan puso la casa como garantía para la tienda de CBD?

A Arancha se le cortó la voz. Las lágrimas le brotaron sin control.

—Por favor, no me pueden dejar en la calle ahora. Tengo un hijo. No tenemos dónde ir… Entiendo. Gracias por llamar.

Colgó, o le colgaron. Arancha se dejó caer en la silla, tiritando de pura impotencia.

Víctor se quedó mudo. Ni en los peores momentos con Ethan había visto a su madre derrumbarse así. Verla vencida le hizo sentir insignificante.

No sintió rabia, ni siquiera contra el banco.

Un deseo intenso surgió del crío:

«Ya ha sufrido bastante; tendría que acabar con esta miseria para siempre».

Clic.

Víctor soltó la caja sin querer.

La mesita auxiliar del comedor se hizo añicos.

Taaaan… taráaan… tan-tan, tan tararan…

«Nirvana».

—Oh, no, mamá. ¡No te muevas! No toques nada, por favor. No hagas nada.

Ambos se refugiaron en el sofá mientras Kurt Cobain empezaba a cantar.

Era un sonido limpio, como de un altavoz USB moderno reproduciendo algún anuncio o una canción de YouTube.

Clic.

Víctor vio fascinado cómo giraba el mecanismo y cambiaba la luz.

—Déjame verlo, cielo —pidió Arancha, estirando el brazo para agarrarlo.

El timbre sonó insistente. Arancha hizo ademán de levantarse.

—¡No! Es peligroso, espera que se cierre.

—Tengo que abrir, puede ser importante. No te preocupes, es solo un juguete.

—¿Quién? —preguntó ella desde el intercomunicador.

Nadie respondió. Sería algún buzoneo. La mujer abrió un poco la puerta entre los restos de cristales, pero, no viendo a nadie, se dispuso a cerrar.

—¡Espere! ¿Es la señora Amenábar? ¿Arancha Amenábar? —preguntó un agente de policía, que salía del ascensor.

—Sí, ¿es por lo de la hipoteca? —inquirió ella, volviendo a abrir lo que pudo la puerta.

—Solo venimos a confirmar sus datos y entregarle las pertenencias de su difunto marido. Tenemos que cerrar el atestado. ¿Qué ha sucedido aquí?

—Nada, nada, es que se ha roto una mesa.

Clic.

Víctor intentaba esconder la caja, pero la música continuaba, sección a sección, implacable. Una luz blanca se reflejaba ahora en todos los trozos de cristal. Uno de los policías entró sin pedir permiso.

—¿Todo bien, chaval? —preguntó, dispuesto a averiguar si había problemas de maltrato.

—Es que cayó algo en la mesa de cristal. Los del Ikea cada vez ponen peores materiales.

El policía no se dio por vencido y quiso buscar signos de problemas familiares. Viendo una escoba, la cogió y empezó a barrer los cristales, un poco extrañado por el reflejo blanquecino que los recorría como una red que vibraba al ritmo de la guitarra.

—Os vamos a ayudar a recoger esto. Parece peligroso y tu madre ya ha sufrido bastante, chico. Tú eres Víctor, ¿verdad?

—Soy Víctor, sí. Tendría que estar en clase, pero el psicólogo de la asistenta social me ha obligado a quedarme unos días en casa.

—Yo soy Carlos, Víctor, encantado. El que habla con tu madre es Juan. Si ocurre cualquier cosa, quiero que vengas a Zapadores. Lo tienes cerquita, seguro que has pasado por el lado de nuestra comisaría un montón de veces. Pregunta por nosotros.

—Está bien, así lo haré.

El otro policía se abrió paso también. Usando un recogedor como pala, desplazaba montones de restos a las bolsas que sacaba Arancha. Carlos seguía hablando con el crío, sin perder de vista lo que ocurría a su alrededor.

El niño veía fascinado cómo, cuando unos trozos se movían, otros parecían sentirse atraídos y acababan amontonándose enseguida. A los agentes no parecía importarles.

—Estos cristales tienen que llevar neodimios o algo, porque se pegan unos a otros como el superglue —comentó Juan—. Esto estará listo en un periquete.

Clic.

—¡Qué caja de música más extraña tienes! Parece algo muy antiguo.

—Me la regalaron mis tíos. Espero que no les moleste; no sé cómo va y, cuando empieza una canción, no la puedo cerrar —contó el chico con una calma que ni él reconocía.

Una leve luz cálida salía de la caja. El chico vio que todas las luces de las habitaciones y los pasillos también estaban encendidas y habían adoptado el mismo color. Se preguntaba en qué momento los policías iban a considerar que allí pasaba algo.

—No es problema; además, ya hemos terminado. No vayáis descalzos estos días. Os dejo este sobre con las pertenencias de Ethan. Solo llevaba la cartera y las llaves.

Clic.

Víctor se preocupó. Conocía la canción. Sonaba el estribillo final «a denial», que antes había sonado en bucle hasta el incidente. Arancha lo vio en sus ojos.

—Vengan. Tengo café recién hecho. De alguna forma les tenemos que agradecer su apoyo.

—¿El cristal de la puerta de la cocina también roto? —se fijó Carlos. Eso no está en el informe.

—Ethan pegaba a mi madre. La estampó contra el cristal —contó Víctor.

—Entiendo. Vendremos más veces por aquí, si no les importa. A veces las cosas pasan por algo. En cualquier caso, vamos a necesitar completar el informe. Sentémonos a tomar ese café y os haremos unas preguntas.

Clic.

Media hora más tarde, se quedaron solos.

La caja se había cerrado sin más. Víctor no terminaba de creérselo.

—¿Ves, cielo? Solo es un trasto viejo, no tiene poderes.

—No lo entiendo, mamá. Aunque…

—¿Sí?

—Se abrió sin sentir nada malo.

—Se abrió sin más, no le des más vueltas, es un trasto roto.

—Se abrió cuando pensé que tú ya has sufrido bastante, que mereces que los problemas se alejen durante mucho tiempo.

—Eres un sol de chico. No sé cómo vamos a salir de esta, pero estamos mejor solos tú y yo. Voy a ver qué llevaba Ethan; igual podemos bajar al búrguer a comer.

Abrió el sobre con las cosas y dejó las llaves tras la puerta. Vació la cartera en la mesa. Veinte euros, unas monedas y un boleto del Euromillones doblado.

El niño cogió el boleto mientras la madre metía el dinero en su bolso.

—¡Mamá!

—Dime, hijo, ¿McDonald’s, Burger King? No da para mucho más.

—No, mamá. El Euromillones. ¡Tiene cinco aciertos y dos estrellas!

Arancha se quedó helada, con la mano a medio camino del bolso.

—Víctor, no juegues con eso, por favor… hoy no.

—No es broma, lo acabo de comprobar con el móvil.

El niño le tendió la pantalla del móvil, con la combinación ganadora. No había duda. Además, solo dos acertantes. El shock la hizo sentarse. Las deudas, la sombra de Ethan… todo se acababa de evaporar.

Miró a su hijo y metió el boleto en el bolso mientras se ponía en pie.

—Vámonos, Víctor. Empezaremos por el banco. Tenemos mucho que hacer hoy. Y llévate el amuleto en la mochila.

¡AQUÍ DECIDES TÚ EL DESTINO DE VÍCTOR! 🎃

Víctor llega al colegio sin la ropa desaliñada ni los moratones que lo caracterizaban. Los bullies que antes se habían burlado de él no pierden detalle. ¿Qué ocurre?

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Capítulo 4: ¿Qué va a pasar en el colegio?

💬 Dejad vuestro voto y los comentarios que queráis añadir antes del 9 de octubre. La opción más votada determinará cómo continúa la historia. Son 3 días cada continuación y acabamos en el día de Halloween…

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A cinco tiempos de tu muerte, 3: el regalo

A cinco tiempos de tu muerte. Concierto Nirvana.

Viene de: https://lahechicerarubia.es/a-cinco-tiempos-de-tu-muerte-2-ayudame/

Silvia y Arancha se fundieron en un abrazo breve. Ni Arancha ni su pareja, Ethan, habían ido al entierro de Gabriel; solo el pequeño Víctor, de doce años, hijo de Arancha, había acudido con su abuela.

—Siento no haber venido antes, hermanita —murmuró Arancha. Llevaba gafas de sol y una capa gruesa de maquillaje.

—Queríamos estar, cuñada, pero con todo el lío de… —empezó a disculparse Ethan.

—Las cervezas de Gabriel siguen en la nevera, Ethan —lo cortó Silvia en seco, sin mirarlo a la cara—. Coge las que quieras; hay más en la alacena.

Ethan se tragó la contestación y se fue a la cocina con cara de bulldog.

—Aún no me lo creo, Silvia —dijo Arancha con pesar—. Gabriel parecía tan en forma, no me lo esperaba para nada…

—Hacía años que los dos teníamos asumido que un día u otro el corazón le fallaría. Pero ha sido muy triste, cuesta seguir adelante.

Silvia dio un paso hacia su hermana y, sin pedir permiso, le retiró las gafas. Una hinchazón morada le cubría la parte izquierda de la cara, desde el párpado hasta el pómulo.

—¡Dios mío! —soltó Silvia con una mueca amarga—. Yo vengo de un funeral y tú llevas el ojo a la funerala.

Arancha dejó escapar una risita nerviosa mientras se encajaba las gafas a toda prisa.

—Mejor así, de verdad.

La voz de Ethan llegó desde el pasillo, con el bote en la mano.

—¿De qué os reís?

—Ethan —volvió a atajar Silvia—, en el cuarto de invitados he dejado la ropa de Gabriel. Coge lo que te sirva antes de que lo tire.

Ethan enarcó una ceja, pero la idea de algo gratis le pudo y asintió.

—¿Tienes un cargador tipo C, tía? —preguntó Víctor, quizá buscando abstraerse un rato con el móvil.

—En la cestita de las revistas tienes de todo, cielo.

Buscando el cargador, el chaval encontró un objeto antiguo macizo, del tamaño de dos cubos de Rubik, con imágenes talladas en los laterales.

—¿Qué es esto? —preguntó enseguida.

—Es algo de un mercadillo que compró tu tío. Quédatelo si te gusta, cielo. Él querría que lo tuvieras.

—Gracias —dijo él abrazándola, más para calmar la tristeza que para agradecer nada.

—Bueno, Arancha —dijo Silvia—. ¿Qué es eso del hospital?

Víctor levantó la cabeza enseguida. Silvia miró a su hermana y después a su sobrino. Entonces recordó lo que el niño le había contado durante el sepelio.

—Víctor… Me habías prometido no decir nada —suspiró Arancha, con una mirada de reproche.

Víctor le levantó la camiseta a su madre. De costillas a cintura, moratones oscuros y cicatrices decoloradas cubrían el lienzo macabro en el que se había convertido su piel.

Silvia se quedó sin aire, igual que se quedó sin prudencia.

—¿Qué coño es esto, Arancha? —exclamó horrorizada—. Tienes que denunciarlo. Ahora mismo te acompaño a la comisaría.

Ethan, que había visto parte de la escena, avanzó hacia ellas sin ver otra cosa que la salida.

—Nos vamos —sentenció, agarrando a su pareja del brazo—. Ya nos hemos entretenido bastante.

—¡Suéltala! —saltó Silvia.

Pero Ethan ya tiraba de ella por el zaguán.

—Gracias por la ropa, cuñada. Adiós. 

—No le hagas daño, por favor —suplicó Víctor, mientras los tres desaparecían tras las puertas del ascensor.

Filigrana con una calavera

Algo más tarde, Víctor subió a casa, dejó sus cosas junto al sofá y los tres se sentaron a cenar en la cocina.

El zumbido del extractor puso banda sonora al puchero de la semana. Nadie hablaba. El chaval jugaba con la comida sin probarla.

—¿Vas a estar toda la noche con esa cara? —soltó Ethan, dejando el tercer bote de cerveza en la mesa con más fuerza de la necesaria.

Arancha se sobresaltó, pero no apartó la mirada.

—¿Qué cara, Ethan? Solo estoy cansada.

—¿Cansada de qué? —se encaró él—. Cansada de ir a meterle mierda en la cabeza a tu hermana, ¿no? Cansada de ir a llorarle para que te compadezca.

—Yo no le he llorado a nadie…

—¡No mientas! —golpeó la mesa—. ¿Te crees que soy tonto? Vi cómo se lo enseñabas. Le fuiste con el cuento a la viudita para que me mire como si fuera un monstruo.

—Ella no le enseñó nada —intervino Víctor, levantando la vista por primera vez—. Fui yo quien le levantó la camiseta.

Ethan se giró hacia el niño de golpe y habló muy despacio.

—¿Tú? Con doce años de mierda… ¿Qué coño tienes tú que enseñar ni hablar de lo que pasa en esta maldita casa, enano?

—Ethan, por favor, déjalo, es solo un niño… —suplicó Arancha, intentando ponerse en medio.

—¡Tú te callas! —la cortó él poniéndose de pie—. Aquí el problema es que ninguno de los dos me tiene el más mínimo respeto. Y a mí en mi propia casa no me vacila ni Dios.

—Es nuestra casa, no tuya —exclamó Víctor—. La compró mi padre. Si él estuviera aquí, ya te habría echado.

—¡No me hables así! —gritó Ethan.

De un tortazo seco tiró al niño de espaldas. Arancha corrió a levantarlo, pero Ethan le puso la zancadilla. Cayó contra el cristal de la puerta. El cristal se rompió y un trozo le atravesó el brazo.

Víctor se levantó con rabia.

—¡Desaparece de nuestras vidas, maldito asesino!

—¡Te voy a dar una paliza que no te va a conocer ni tu madre, crío de mierda!

—¡No! Para, por Dios. Y ayúdame. Estoy muy mareada —suplicó Arancha—. Trae una venda, rápido.

Arancha había arrancado el cristal del brazo y con la mano intentaba contener la sangre, que caía al suelo sin parar. Ethan salió corriendo a por el botiquín, con una maldición entre dientes.

Taaaan… taráaan… tan-tan, tan tararan…

Una canción empezó a oírse, como cuando los vecinos no querían oír las peleas.

Solo que esta vez estaba muy cerca. Demasiado.

Casi por instinto, Víctor se tocó el bolsillo. El móvil estaba ahí. Extrañado, siguió la música. Venía del comedor. De su mochila.

Víctor miró dentro. El orsai estaba completamente abierto. Se oyó un clic.

Del mecanismo salía una música rasgada inconfundible y una luz cegadora que lo asustó.

Hello, hello, hello, how low?

—¿Nirvana? —preguntó Ethan, que traía el botiquín en la mano, desorientado—. ¿Quién coño hace una caja de música con una canción de Nirvana? ¡Apaga eso, crío de mierda!

—¡No puedo! ¡No puedo cerrarlo!

Oh well, whatever, never mind…

Silencio.

—Ya está —respiró el niño—. Se ha parado.

Pero se oyó otro clic y empezó de nuevo. Una luz intermitente anaranjada inundó todo el piso y la canción continuó.

Hello, hello, hello, how low?

—¡Que lo apagues te he dicho! —bramó Ethan—. ¡Me va a reventar la cabeza!

—¡Que no puedo pararlo, no sé cómo funciona! —gritó desconsolado Víctor, intentando elevar la voz por encima del estruendo que hacía vibrar las paredes.

Silencio.

—Aún no lo puedo cerrar —se quejó el chaval.

Clic.

A denial, a denial, a denial, a denial…

No parecía que fuera a terminar nunca.

Ethan dio dos zancadas, arrebató la caja de las manos de Víctor y corrió hacia el balcón, dispuesto a lanzarla al vacío con todas sus fuerzas, como una bola de beísbol.

La carrera acabó en el monopatín del niño.

La barandilla no lo paró. Ethan desapareció en la oscuridad de la noche.

—¡Mamá! —gritó Víctor.

—Ya no está, cielo —dijo con calma—. No dejes el monopatín por la casa. Guarda siempre bien tus cosas en tu habitación, por favor.

—¿Estás bien, mamá? Lo siento mucho.

—Vamos a llamar a la policía.

Víctor salió al balcón a por el monopatín y se asomó.

—Doce años de mierda, doce pisos de mierda.

Abajo, una luz roja se apagó en la acera. Ethan apenas se distinguía en la oscuridad.

—Has caído como el Coyote.

Arancha fue a coger su teléfono y Víctor cogió su mochila.

—Ahora vuelvo, mamá. Tengo que hacer algo.

El chico bajó por la escalera. Sin prisa. Salió a la acera y se abrió paso entre la gente curiosa.

—¡Creo que es mi padrastro, dejadme pasar!

Víctor se acercó a Ethan, le arrancó la caja de música de las manos y la guardó en su mochila.

Mientras se volvía, solo dijo:

—Es él.

¿POR QUÉ HA BAJADO VÍCTOR A POR LA CAJA? 🎃

¿Qué pasaba por la cabeza del niño? Según lo que elijas, continuará la historia. Deja tu voto y, si quieres, amplía tu teoría en los comentarios.

Encuesta 11 votos

Capítulo 3: ¿Por qué ha bajado Víctor a por la caja?

Esta encuesta ha finalizado.

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A cinco tiempos de tu muerte, 2: ayúdame

A cinco tiempos de tu muerte. Orquesta fantasmal.

Viene de: https://lahechicerarubia.es/a-cinco-tiempos-de-tu-muerte-1/

La melodía sinuosa y melancólica del violín, que a Gabriel se le antojaba interminable, invitaba a volver a la cama. Aún sostenía el orsai, intrigado por la forma de producir ese sonido tan puro. La caja apenas se iluminaba a sí misma, como si se avergonzara de su contenido.

—Esto tiene que ser algo del AliExpress —se dijo, mientras buscaba algún interruptor para apagarlo y, ya puestos, dónde enchufarle un cable de carga—. Se ha quedado casi sin batería con la primera canción, y parece que hay cinco. A ver si veo algo con la linterna del móvil…

Sin embargo, por más que examinó la caja, no encontró nada. Además, no podía quitarse de la cabeza la pesadilla. Se habría recostado de no ser por el malestar que sentía.

El tercer tiempo, la Mazurca, llegó acompañado del chasquido metálico que colocó el siguiente cartucho en su posición.

La música se volvió intensa, como un carrusel de feria descontrolado. Una luz intensa de un blanco insoportable surgía de la caja. Todos los fluorescentes de la casa se encendieron a la vez. Los aseos y la cocina brillaban como enanas blancas cabreadas, iluminando cada rincón de la casa y dejando al descubierto hasta la última mota de polvo.

Angustiado, intentó bloquear el mecanismo usando un tenedor, pero fue incapaz de pararlo. 

La caja se le escapó de las manos y cayó sobre la alfombra. El haz de luz iluminaba la entrada del dormitorio principal.

Gabriel avanzó hacia la puerta, tensando la mandíbula, con un cuchillo de cocina que apenas le servía para calmar el temblor de su mano.

En la cama, sobre las sábanas revueltas, estaba él, inerte, con los ojos abiertos y fijos en el techo.

Una punzada le atravesó el esternón. El corazón dio un vuelco desbocado en el pecho.

La pastilla.

Con el lío del aparcamiento, la lluvia y el encuentro absurdo en el mercadillo, había olvidado por completo tomarse la medicación que mantenía a raya su arritmia.

Retrocedió y cayó al suelo. Si su cuerpo yacía sin vida sobre el colchón, ¿por qué estaba él respirando y sintiendo ese sudor frío en la nuca?

—Aún estoy vivo. Esto tiene que ser un viaje disociativo. Aún puedo despertarme. Tengo que regresar a mi cuerpo real.

Se arrastró hasta la cama y alargó una mano hacia su propio rostro.

Los dedos rozaron la mejilla.

Estaba helada.

—Vamos… despierta.

Le dio una bofetada.

Nada.

Volvió a golpearlo, esta vez con todas sus fuerzas.

Entonces los ojos del cadáver se movieron.

—Ayúdame —dijo.

Gabriel se quedó paralizado.

La mirada aterrorizada de su cuerpo parecía atravesarlo.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Qué coño…?

Algo se movió detrás de él.

Una figura oscura flotaba a pocos centímetros del suelo. De su cuerpo surgían largos filamentos que atravesaban el colchón y se hundían en el cuerpo tendido sobre las sábanas.

Uno de ellos se tensó.

Gabriel sintió un tirón brutal en el pecho.

—¡Suéltame!

Clavó los dedos en el suelo y tiró hacia atrás. El filamento se tensó aún más, oprimiéndole las costillas.

El cuerpo de Gabriel se incorporó unos centímetros.

Gabriel gritó.

La figura no se movió.

El cadáver volvió a caer sobre las sábanas.

Entonces Gabriel comprendió.

Aquello no estaba intentando entrar en él.

Estaba intentando sacarlo.

El terror le golpeó el cerebro con la fuerza de un ariete.

Gabriel se abalanzó sobre la cama y hundió el cuchillo en uno de los filamentos.

La hoja atravesó la oscuridad.

El filamento se contrajo.

Y el cuchillo se partió.

El mecanismo volvió a saltar y la música se extinguió por un instante.

La habitación se sumergió en el cuarto tiempo, la Romanza, con una luz anaranjada intensa como el calor agobiante de la fiebre. La sombra de la figura se proyectaba sobre la pared con el color sucio de la sangre seca.

Gabriel intentó girarse. El dolor del pecho era insoportable. Necesitaba las pastillas.

El frasco estaba en la mesita.

Se arrastró hacia él.

Las piernas no le respondían bien y el brazo izquierdo empezaba a agarrotarse.

Los dedos rozaron el frasco.

El bote cayó.

La tapa saltó y las pastillas se desparramaron sobre el suelo.

—No… no…

Intentó recoger una.

Los dedos le temblaban tanto que no conseguía sujetarla.

Una sombra pasó sobre él.

Gabriel levantó la cabeza.

El cadáver de la cama estaba sentado.

Lo miraba.

Esta vez sí.

Con un chirrido metálico entró el cartucho del Galop, el quinto y último tiempo.

La luz de la caja comenzó a parpadear al ritmo de un pulso cada vez más acelerado. El mismo que castigaba el pecho de Gabriel.

Gabriel, ahogado por el dolor, extendió las manos hacia su propio cuerpo.

—¡Vamos!

Intentó entrar en él.

Nada.

Lo golpeó.

Nada.

Volvió a intentarlo con desesperación, como si pudiera arrancarse de aquella pesadilla a fuerza de voluntad.

El cuerpo no respondió.

Detrás de él, algo arrastró lentamente los filamentos por el suelo.

Gabriel se volvió.

La figura estaba más cerca.

Mucho más cerca.

El cadáver abrió la boca.

—Te estaba esperando.

Volvían a ser uno.

Un chasquido seco cerró la tapa de marfil.

La caja era otra vez un bloque liso, mudo y helado.

La luz limpia del amanecer entró horas más tarde por las rendijas de la persiana. En el suelo, desparramado igual que su medicación y con las pupilas aterrorizadas, el cuerpo de Gabriel yacía inmóvil.

Su pareja se despertó bostezando, con la naturalidad de un día cualquiera. Estiró la mano sin encontrar a Gabriel. Al incorporarse, lo vio.

—¡Mierda, Gabriel! —soltó, corriendo a su lado—. ¡No me jodas! ¡No! ¡Todavía no! ¡Ahora que por fin estabas bien!

No había sangre, ni desorden, ni señales de lucha. Solo un trágico infarto de madrugada y las mejillas húmedas de quien comprende la pérdida sin aceptarla.

En la alfombra, la caja de marfil reposaba cerrada, perfecta, esperando en silencio a que la nueva dueña de la casa sintiera el dolor insoportable de la pérdida para volver a abrirse.

¡AHORA DECIDES TÚ QUÉ OCURRE! 🎃

Gabriel ha muerto. Su pareja sabía de la afección cardíaca, pero no esperaba perderlo esta noche. La caja de música permanece cerrada en la alfombra del comedor. ¿Qué debería hacer ahora?

Encuesta 11 votos

Capítulo 2: ¿Qué hace la pareja de Gabriel?

Esta encuesta ha finalizado.

💬 Dejad vuestro voto y los comentarios que queráis añadir antes del 3 de octubre. La opción más votada determinará cómo continúa la historia. Son 3 días cada continuación y acabamos en el día de Halloween…

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A cinco tiempos de tu muerte

A cinco tiempos de tu muerte. Imagen del orsai.

A cinco tiempos de tu muerte es una historia que no voy a escribir a solas.

Cada tres días, tú decides qué continúa. Habrá cinco opciones y la más votada marcará el rumbo del siguiente capítulo.

No hay guion cerrado. No hay final decidido de antemano.

Solo una caja de música, cinco tiempos y un hombre que quizá debería haber dejado aquella caja donde la encontró.

Y, a partir de ahora, tú tienes parte de culpa.

¡Bienvenido al horror!

Filigrana con una calavera

Capítulo 1: Gabriel

El frío en los pies lo despertó de golpe, pero fue el sonido lo que hizo que se quedara en la cama, pensando qué demonios era aquello.

Se oía una música extraña en la casa. Un vals de notas agudas con un compás acelerado. Era una melodía elegante, pero tenía algo de histérico, un timbre metálico que se le clavaba en el cerebro y hacía inútil cualquier intento de volver a cerrar los ojos.

Gabriel se incorporó, pasándose la mano por la cara.

—Maldita sea la tele… —farfulló—. Parece el Vals número 2, pero no es. Es algo más bastardo.

Convencido de que se había dejado el televisor encendido en un canal de madrugada, avanzó descalzo. Sin embargo, al cruzar el umbral, encontró la pantalla completamente negra.

En la penumbra del salón, a la derecha de la televisión, una luz azulada y tenue iluminaba la pared. Debajo, la música salía de una caja de marfil.

La caja, de hueso macizo y tacto suave, del tamaño de dos puños, estaba abierta. Una tapa rígida, que cerrada era indistinguible, se había levantado sola, mostrando el mecanismo típico de estas cajitas de música de las tiendas de recuerdos. El vals brotaba incansable a una velocidad absurda.

Al acercarse, se estremeció. La caja estaba helada. Sin embargo, el suelo, e incluso la mesa, estaban calientes. Como si alguien hubiese estado allí manipulándola.

Gabriel intentó presionar la cubierta para cerrarla, pero la estructura no cedía ni un ápice; era como intentar doblar un bloque de mármol.

Gabriel retrocedió un paso, rozando con el talón la esquina del sofá, y el sonido del vals pareció taladrarle las sienes.

Filigrana con una calavera

Todo por culpa de la maldita reordenación del barrio.

Gabriel llevaba más de cuarenta minutos dando vueltas en coche con el codo apoyado en la ventanilla, renegando entre dientes contra el Ayuntamiento. Hacía tres tardes habían desaparecido decenas de plazas de aparcamiento por su decisión de convertirlas en plazas de moto que nadie utilizaba.

Molesto y alejándose cada vez más de su trayecto habitual, terminó dejando el coche en una calle estrecha que ni siquiera le sonaba.

Al volver a pie hacia su casa, empapándose poco a poco bajo la lluvia fina, chocó de frente con un mercadillo de tenderetes. Era absurdo: llevaba diez años viviendo en ese barrio y jamás había visto puestos montados en esa travesía.

El mercado ya estaba recogiendo. Lonas dobladas, esqueletos de hierro al descubierto y furgonetas con los motores al ralentí. En la esquina más oscura, una mujer de cabellos claros recogidos en un pañuelo oscuro amontonaba figurillas y trastos de bronce sobre una manta.

Gabriel se fijó en una pieza de marfil entre el polvo.

—Está cerrado —dijo la mujer sin mirarlo, con una voz seca, sin levantar la espalda.

—Solo quiero ver esa caja —contestó Gabriel, dando un paso adelante.

—No está en venta. Recojo. Está empezando a llover y no quiero que se estropee el género. Váyase a su casa.

—Cuarenta minutos buscando aparcamiento, los pies mojados y una vendedora que no quiere vender. ¿Qué más puede fastidiarme la tarde?

—Créame —le dijo acercándose tan rápido que parecía haberse teletransportado— que esa caja le fastidiaría. La tarde y la vida entera.

Gabriel la observó con más atención ahora que la tenía delante. Debía rondar los cincuenta años. Era alta, de cabellos lisos y claros, y tenía una presencia elegante que contrastaba con el aspecto improvisado del puesto. Vestía unos vaqueros negros con remaches en los laterales y un suéter lencero del mismo color. No parecía una gitana. Ni siquiera parecía una vendedora de mercadillo.

—¿Qué? ¿Cómo me va a fastidiar la vida una cajita?

—Esta caja es muy antigua. Como casi todo lo que tengo aquí, proviene de los sacerdotes sármatas, anteriores al cristianismo. Son objetos sagrados cedidos por ucranianos que ya han muerto bajo las bombas del oso ruso.

—¿Y traicionas esa confianza vendiéndolas?

—Soy hechicera. Conozco el poder de cada objeto. Puedo vender cosas que no tienen relevancia, pero de los objetos sagrados solo vendo copias. Las talla Carla, mi pareja. Es muy hábil en trabajos manuales.

—No tienes pinta de ser una hechicera, ni ella tampoco —soltó sin filtro, tras echar un vistazo rápido a una joven que empaquetaba cosas en viejas maletas, probablemente recogidas de lo que deja la gente junto a los contenedores.

—Aquí viene a darnos clase el profesor de Artes Ocultas de Hogwarts. Supongo que acaba de llegar de Escocia, caballero. Cuéntenos las buenas nuevas de cuanto allí acontece.

—Está bien, no sé cómo podría reconocer a una hechicera, vale. Pero… ¿Qué se supone tan malo de la cajita? Para una vez que quiero comprar algo en un mercado, tanta tontería me supera.

—No es una cajita, es una caja de música. Fue el regalo que Ildico, la última esposa de Atila, hizo a su esposo en su boda. Esa misma noche murió Atila. Su hijo Elak murió después en extrañas circunstancias.

—¿Y esas muertes las causó la caja? ¿Un trasto que llevas a patadas entre tus bolsas?

—Es inofensiva cuando está cerrada. Al abrirla, se oye una música. Por aquel entonces, eran solo imitaciones de pájaros del campo. La última vez que la oímos, un mecanismo parecido a un reloj suizo tocaba música clásica.

—La habrá actualizado Microsoft. Más motivo para que me deje comprarla. ¿Puedo verla?

—Está bien. Aquí está, profesor.

—No tiene ninguna rendija ni cerradura. Esto es un trozo de hueso —comentó el hombre, observándola desde todos los ángulos.

—No se abre usando la fuerza. Solo responde a las emociones intensas de quien la posee.

—¿Cómo la rabia de no poder abrirla?

—La cajita no es suya. Es un orsai y, como todos los orsais, conoce a su dueño.

—Pues véndemela. No hay problema si no quiere que la pueda abrir. Yo soy muy soso, nunca tengo emociones fuertes. Es imposible que la abra. Soy más soso que Ned Flanders. La última vez que me rompí un dedo tropezando descalzo en casa, exclamé: «¡Oh, cielos! ¡Qué contrariedad para mi pequeño dedo meñique!».

Por detrás se oyó a alguien reírse a mandíbula batiente.

—Que se la lleve si tanta ilusión le hace; nos hace falta el dinero —dijo Carla desde un vehículo que hacía las veces de furgoneta camperizada—. Y esta noche nos vamos de buffet libre al Colonial para celebrarlo.

—Tome, este es todo el dinero que llevo —se apresuró Gabriel, aprovechando el momento de duda para sacar doscientos euros de su cartera como quien saca al perro a pasear.

La hechicera cogió el dinero.

—Escuche bien. Tiene que mantener la calma. Miedo, rabia, alegría, deseo, lo que sea: no deje que le importen. Si una emoción alcanza demasiada intensidad, la caja se abrirá. Cuando se abre, ya no puede cerrarse. Se cierra sola cuando termina la música. Cada vez que cambia de dueño, la caja cambia con él.

—O todos mienten.

—¡Basta de bromas! La caja ya es suya y lo sabe. Ahora posee un orsai. Cuídelo y respete las normas, o puede pagarlo con su vida. Esta caja alterará cuanto la rodea para convertir en realidad la emoción que provocó su apertura, de la forma más absurda imaginable.

—Entendido. Terminen de recoger, que si no van a acabar con más agua encima que yo —dijo Gabriel, satisfecho de su adquisición y con la caja de música en la mano.

—Tenga cuidado, profesor —dijo con un hilo de voz áspera—. Cuando se abre, tiene hambre. Y cuando suena, usted ya es suyo.

—No soy profesor, no hace falta seguir ese chascarrillo… En fin, que pasen una tarde agradable.

Filigrana con una calavera

El recuerdo se disolvió en el acto cuando el vals aceleró de nuevo en el salón. La música fue creciendo hasta alcanzar un clímax insoportable. Entonces, con un chasquido metálico, terminó de golpe. La luz se apagó.

—¿Por qué se ha abierto? ¡Joder!… ¡Por la pesadilla, claro! Pero no puede materializar eso. No existen los monstruos. Nadie te ve mientras duermes —se dijo en voz alta, mientras miraba el interior de la caja.

El mecanismo era tan grande que no parecía posible que cupiese ahí dentro.

—Este trasto parece tener cargadores. Igual puedo poner otra música.

Dentro del marfil, un engranaje rotó sobre su eje y un segundo cilindro empezó a girar. La música empezó a sonar de nuevo. Violines y contrabajos orquestaban una suave melodía que no parecía poder causar ningún desastre. El mecanismo se iluminó de nuevo, esta vez de forma tan tímida que la luz parecía no atreverse a salir de la caja.

¡AQUÍ DECIDES TÚ EL DESTINO DE GABRIEL! 🎃

La caja de música vuelve a sonar. Está abierta y tiene hambre. Suena el segundo tiempo de La suite masquerade, el Nocturno. Gabriel sabe que la caja es un peligro. ¿Qué debería hacer ahora para intentar sobrevivir a esta noche?

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Capítulo 1: Tú decides el destino de Gabriel

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