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A cinco tiempos de tu muerte, 8: El Ángel

A cinco tiempos de tu muerte 8 el ángel

Viene de: A cinco tiempos de tu muerte 7: Anime.

Música que se menciona en este capítulo:

—¡Que te largues, Kaworu! —espetó Víctor de nuevo—. ¡Aquí no pintas nada!

Las miradas de los compañeros se concentraron en ellos. Merche, Cristina y el resto del grupo de Valeria se habían quedado petrificados.

—Pero ¿quién es ese tío? —preguntó Merche—. ¿De dónde ha salido? ¿Es modelo o algo?

Valeria se interpuso con los ojos brillando de furia.

—¡Déjale en paz! No te metas en lo que no te importa —gritó a Víctor—. ¿Qué pasa? ¿No puedes soportar que yo sea el centro de atención de alguien?

Víctor miró a Kaworu por encima del hombro de Valeria. No tenía los ojos rojos: eran rojos. Y ese pelo blanco tan antinatural… «Tiene que haberlo traído con la caja».

—Está bien, Valeria, perdona. He reaccionado mal pensando que era un peligro para ti. Con todo lo que está pasando, no quiero que corras peligro. —Levantó un poco la cabeza hacia Kaworu con una sonrisa afable—. Disculpa mis modales, Kaworu. Los valencianos solemos ser más acogedores. Tú no eres de aquí, ¿verdad?

—No tienes por qué disculparte, Víctor. El miedo hace que las personas levanten la voz, incluso cuando no tienen malas intenciones. Nunca he comprendido qué significa exactamente pertenecer a un lugar —contestó inclinando ligeramente la cabeza—. Me pregunto si te preocupa que pueda hacerle daño a Valeria o que ella pueda hacértelo a ti.

—¡Qué educado eres! Aunque sigues sin decirme de dónde has salido.

—Los seres humanos os buscáis los unos a los otros para no sentiros solos y atrapados en vuestro sufrimiento. Yo soy el reflejo del destino que vuestros deseos han invocado.

—¿Por qué hablas así? Te he preguntado quién eres.

—Soy Tabris, el decimoséptimo ángel —contestó Kaworu.

—¿Y cuál es el motivo de su visita, estimado ángel? —se interesó Víctor mientras hacía una reverencia teatral.

—Acudí a la llamada de sufrimiento de vuestras almas.

—O sea, que Valeria te trajo con la caja —añadió Víctor.

—No lo hice adrede, solo ocurrió —se quejó Valeria.

—¿Qué estabas haciendo?

—Estaba viendo Evangelion en el portátil y, de repente, estaba allí.

—No te preocupes, Valeria —dijo Víctor, imitando la serenidad de Kaworu—. Ya sabemos que es un ángel. Los ángeles solo traen cosas buenas, paz a las almas. —Se volvió hacia Kaworu—. Nos vemos en el almuerzo. Disfruta de las clases, Kaworu.

Filigrana con una calavera

Víctor no entró en clase. No creía que pudiese encontrar nada sobre la caja, así que se concentró en el anime. En el episodio en el que Kaworu conoce a Shinji, ambos congenian, pero al final Shinji acaba matándolo.

Más tarde, en el recreo, se dirigió al grupito del patio donde estaban. Merche preguntó inquieta.

—¿Por qué no has estado en las clases, Víctor? ¿Ha sido por el numerito de antes?

—Merche, me gustaría decirte que no, pero ese ángel tiene algo siniestro —contestó Víctor en voz baja.

—Oye, pues está bastante cañón —dijo sin reparos Cristina, que estaba escuchándolos.

—Kaworu, ¿puedes contarnos cuál es tu naturaleza como ángel? ¿Tienes una misión aquí que cumplir o algo así? —preguntó Víctor.

—Mi naturaleza es mi misión, mi esencia —respondió Kaworu—. Tengo que cumplir el destino que me corresponde.

—¿Y cuál es ese destino, si puede saberse? —preguntó de nuevo Víctor.

—Poner fin al sufrimiento de la humanidad —dijo Kaworu sin rastro alguno de inquietud.

—¿Cómo vas a poner fin al sufrimiento? —preguntó Merche—. ¿Vas a acabar con las guerras o algo así?

—No —respondió él—. El sufrimiento nace del deseo, del miedo y de la soledad. Mientras los seres humanos existan, habrá almas padeciéndolo.

—Eso es deprimente —dijo Cristina.

—No pretendía que lo fuese. El sufrimiento no es una condena que tengáis que soportar; es algo de lo que yo debo liberaros.

—¿Y cómo nos vas a liberar? —preguntó Víctor.

—Mediante vuestra desaparición.

Durante unos segundos, nadie dijo nada.

—¿Estás diciendo que vas a matar a todo el mundo? —preguntó Merche.

—No deseo castigaros ni siento odio hacia vosotros. Comprendo vuestro dolor. Por eso debo liberaros.

—Pero… tú no puedes decidir eso por los demás —dijo Valeria desconcertada.

—¿Y quién lo hará, Valeria? ¿Acaso habéis elegido sufrir? ¿Habéis elegido temer a la muerte o al dolor? Os aferráis a una existencia que os obliga a padecerlos una y otra vez.

—Entonces —dijo Víctor—, si te entiendo bien, tu misión es acabar con toda la humanidad, porque así dejaremos de sufrir todos.

—Lo has entendido perfectamente.

—Pues, Kaworu, si vas a aniquilarnos a todos, me gustaría hablar un momento a solas con mi mejor amiga. ¿Nos concedes unos minutos?

—El tiempo que necesitéis —respondió él.

—Ven, Valeria, quiero que veas algo —pidió mientras tiraba de ella hacia el pasillo de aulas.

—No voy a darte la caja, Víctor —dijo la chica, adivinando las intenciones de Víctor—. Tú quieres matarlo.

—Valeria, es normal que quiera eso, pero no es lo que quería decirte. De todas formas, parece que tú le has cogido mucho cariño. ¿Cómo ha sido?

—No lo sé, Víctor. Yo estaba viendo la historia y apareció y, no sé, me gustó tanto… No puedo explicártelo.

—Y cuando sentiste eso, apareció.

—Exacto.

—Valeria, en el anime que has estado viendo, Kaworu y Shinji son muy amigos. Shinji puede convencerlo de que no siga con la aniquilación. Escúchame bien —dijo fingiendo la sinceridad más absoluta—: con la caja puedo traerlo, sin destruir a nadie, sin hacer desaparecer a nadie. Piensa que yo ya he estado en esta situación, ya sabes, con mi padrastro. Shinji le hará entender que los humanos merecemos vivir.

Cogió las manos de Valeria con una falsa calma y la miró directamente a los ojos.

—Podemos hacerlo, Valeria. Puedo desear que Shinji venga, igual que tú hiciste con Kaworu. Y podrás quedarte con tu chico, nadie tiene por qué hacerle daño.

Valeria bajó la guardia ante la inesperada rendición de Víctor. Si Shinji podía convencer a Kaworu, quizá aún tenía una salida.

—¿De verdad… de verdad se puede arreglar así? ¿Sin que nadie muera? —preguntó Valeria con la voz entrecortada, mirando a Víctor a los ojos buscando una señal de tregua.

—No más muertes —mintió Víctor con una convicción férrea.

Valeria entró en clase corriendo y volvió con la caja. Miró a Víctor y pronunció las palabras temblando.

—Es tuya… Víctor, te la regalo.

—¿Cómo supiste que se podía controlar así? —preguntó Víctor.

—En el autobús… gritaste y la música se apagó de golpe. Lo adiviné, supongo.

—Yo también lo adiviné —dijo Víctor con una sonrisa—. Ahora vuelve. Cuando venga Shinji, yo le pediré que hable con Kaworu. No hace falta esperar más, es el momento Nirvana.

—¿No quieres que me quede? Puedes regalarme la caja de vuelta una vez que aparezca Shinji. Es lo que hicimos mi madre y yo para… cerrarla, ya sabes.

—No va a ser necesario, tranquila, vuelve con tu chico manga.

Víctor entró en los aseos y se encerró con la caja. En la escena del anime sobre el móvil, Shinji entra en una ciudad destruida. «Shinji, tienes que salvarnos, eres nuestra única esperanza, te ruego que vengas».

No funcionó.

Kaworu miró a Valeria con una dulzura infinita, sonriendo.

—¿Os habéis despedido? —preguntó.

—Sí. Por favor, Kaworu, tienes que desistir de tu misión —le pidió Valeria mirándolo a los ojos. Después lo besó en los labios por un instante.

Víctor se desesperaba. Una lágrima resbaló de su mejilla y cayó sobre la caja en su regazo.

Clic.

—Echaba de menos esto —dijo en voz alta—. Creo que tengo un nuevo grupo favorito. Una pena que el cantante esté muerto.

Cerró los ojos por un instante, aliviado.

Se te ve poca cosa para lo que provocas, bichito, pensó mientras examinaba el mecanismo de la caja.

Víctor dejó la caja a un lado y entreabrió un poco la puerta del cubículo.

Clic.

Shinji apareció al otro lado de la puerta.

—¡Shinji! ¡Has venido! Por favor, tienes que parar a Kaworu. Quiere destruir este mundo.

—¿Dónde está? —preguntó Shinji sin más, mientras comprobaba el filo de su espada.

—Afuera. Vamos —dijo Víctor encaminándose al patio.

Kaworu los vio salir.

—Ya estamos otra vez, Shinji. Mi misión es la destrucción de la humanidad y la tuya, evitarla. Tendrás que volver a matarme para salir de esta.

Clic.

El tercer clic reventó todos los cristales. Nirvana atronaba en los altavoces de todo el colegio.

Shinji no esperó. Atacó con toda su alma, ante la mirada atónita de Valeria. La espada rebotó en el campo AT de Kaworu y cayó junto a Víctor.

—No puedes atravesar mi campo AT, Shinji. Mi alma está inundada de amor —dijo Kaworu mientras atravesaba el pecho de Shinji y le arrancaba el corazón con las manos—. No eres rival para mí.

—Se acabó el juego, ángel estúpido —escupió Víctor, levantando el arma con pulso firme.

—Es inútil, Víctor. El muro que me protege no puede ser traspasado por el miedo de un niño —sentenció.

—Lo veremos —dijo Víctor lanzando su estocada.

—¡NO! ¡DETENTE! —gritó Valeria, interponiéndose entre ellos.

Clic.

Como la mantequilla.

El tiempo pareció detenerse en el instituto. La espada se hundió con una facilidad espeluznante, atravesando el pecho y el corazón de Valeria.

Valeria abrió los ojos de par en par. Del suéter de punto salía sangre a borbotones.

Desconcertado, Kaworu extendió los brazos para abrazar el cuerpo inerte de Valeria, desvaneciendo el campo AT.

El ser inmortal sintió dos punzadas en el pecho.

La primera fue la vulnerabilidad.

La segunda fue la espada de Shinji, que Víctor aún apretaba con fuerza.

Una estocada, dos corazones.

Clic.

Detrás de Kaworu, un hilillo continuo de sangre caía de la espada y dibujaba figuras de serenidad en el suelo.

Víctor soltó la espada, aterrado.

Tenía que huir, pero antes, la caja.

Corrió hacia los aseos, recogió la caja y se dirigió a la salida.

El pasillo ya no estaba vacío.

¿CÓMO QUIERES QUE TERMINE LA HISTORIA? 🎃

Según lo que elijas, terminará la historia. Esta es tu última decisión en esta historia. Deja tu voto y, si quieres, amplía tu teoría en los comentarios.

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Capítulo 8: ¿Final feliz… o no? ¿Qué prefieres? Acabamos en la tarde-noche de Halloween

Atrévete a dirigir la construcción de esta historia.

No olvides compartir, es muy importante.

A cinco tiempos de tu muerte, 7: Anime

A cinco tiempos de tu muerte 7: Anime

Viene de: A cinco tiempos de tu muerte. Capítulo 6: Violencia.

Música que se menciona en este capítulo:

El padre de Valeria las vio aparcar y salió.

—¿Tarde de compras, Marta? ¿Muchas cosas nuevas? —preguntó a su esposa. Valeria se lanzó a abrazarlo antes de que pudiera contestar.

—Bueno… Tanta emoción es algo nuevo. ¿Qué ha pasado, Valeria?

—Ahora te lo contamos, papá. Ha habido una pelea en el autobús, y también un accidente, y una caja muy rara —contestó la chica.

En la cocina, la madre le explicó a su marido lo que sabía y le dijo que afianzara la caja para que Valeria estuviese tranquila.

—Bueno, chicas, vamos a inmovilizar ese trasto —dijo el hombre—. En Steelinox usamos estas bridas para unir lo que no se puede soldar. Queda igual de fuerte. Son infalibles.

Ajustó un par de bridas de tracción continua hasta dejarla bien asegurada. Los trinquetes metálicos chasqueaban con la tensión mientras las bridas se aplastaban contra la caja.

—Y la dejamos en el congelador. No queremos que nos despierte.

—Está bien, papá. Y mamá, si vuelve a empezar, te digo: «Mamá, te regalo la caja». La caja se apaga y que rule la vida. ¿Entendido? Luego me la devuelves cuando te la pida, no antes. A Víctor le funcionó… aunque era suya. Él podía regalarla.

—Vale, hija. Estudiar en la capital te hace muy exigente. Mensaje recibido.

—Mamá, que tú no estabas en el…

—Sí, sí —cortó la mamá—, lo sé. Hoy preparamos la cena entre todos. ¡Venga!

Filigrana con una calavera

Valeria subió a su habitación y se acomodó en la cama con el portátil sobre las rodillas. Puso el episodio veinticuatro de Evangelion.

Entre las ruinas de una ciudad muerta, un chico sentado sobre un bloque de hormigón tararea el Himno a la Alegría de Beethoven. Es Kaworu, Tabris, el decimoséptimo ángel, aunque a simple vista parece humano.

Shinji y Kaworu hablan de la música, una de las grandes creaciones de la humanidad, pero hace rato que Valeria no escucha nada. Está fascinada, hipnotizada con la imagen de Kaworu, con su serenidad desconcertante.

Clic.

The Cruel Angel’s Thesis suena de fondo. Es la banda sonora de la serie. Para Valeria, no tiene nada de especial.

El capítulo continúa.

—Los humanos sienten un dolor constante… Como el corazón siente dolor fácilmente, también siente que vivir es sufrir —se oye decir a Kaworu.

—Joder, esta serie me gusta cada vez más. Me ha parecido oír a Kaworu aquí mismo —soltó Valeria en voz alta.

—Es que estoy aquí —respondió él, mientras la miraba sentado en la cesta de la ropa.

Dos chasquidos metálicos se oyeron en el sótano, como dos disparos.

—¡Mamá! ¡Te regalo la caja! —exclamó, saliendo como un rayo de la habitación para comprobar la caja.

Su madre la vio bajar corriendo y fue tras ella.

El congelador tenía dos agujeros. Los trinquetes de acero lo habían atravesado como balas.

—No podemos contenerla —anunció Valeria—. Es mejor que la dejemos así hasta que se la devuelva a Víctor. A papá le va a costar un buen rato arreglar el estropicio.

—Por lo menos la podemos apagar —afirmó su madre—. Lo mejor será acostarnos y mañana será otro día.

—Sí, mamá, buenas noches —dijo la chica con un beso.

Valeria abrió despacio la puerta de su habitación.

—No has desaparecido, ¿verdad?

—¿Tenía que hacerlo? —dijo Kaworu.

—No lo sé. No sé si quería que desaparecieras. Supongo que no. ¿Puedo tocarte?

—Claro. ¿Por qué no vas a poder tocarme?

Valeria se sentó en la cama, frente a él. El portátil aún mostraba la imagen de la primera conversación entre Shinji y Kaworu.

—Mira, Kaworu. Tú estás aquí, en un anime. Este eres tú.

—¿Entonces cómo puedo estar aquí? No soy igual.

—No. Eres de carne, humano. ¿Sabes por qué has venido?

—Sí.

—¿Sabes lo que es la caja?

—¿Qué caja?

—Has venido porque yo te he llamado y una caja ha cumplido mi deseo. Por eso no sabes lo de la caja.

—¿Tenéis cajas que cumplen deseos? Eso es más cool que la música. Podría desear llevar una orquesta siempre conmigo.

—Ah, no. No funciona así. Da igual. Supongo que es inútil intentar explicártelo todo.

Valeria se quedó un momento mirándolo y el miedo la hizo estremecerse.

—Tienes frío —dijo—. El miedo de los humanos es curioso. Se encierran en sí mismos para no ser heridos, pero la soledad les duele aún más.

—Tú… ¿Tienes que hablar así? —murmuró ella. La fascinación le cortaba el aliento y ese cosquilleo extraño en el estómago no la dejaba en paz.

Filigrana con una calavera

Valeria bajó a desayunar con Kaworu. Encima de la mesa, sobre el orsai, una nota con una sola frase: «Valeria, este es un regalo para ti. La caja es tuya».

—Come lo que quieras, pero date prisa, Kaworu, tenemos que coger el autobús del pueblo. Yo no paso por el autobús escolar hoy. Además, no sé si hay, después del accidente de ayer.

Valeria metió la caja en la mochila justo antes de dirigirse a la parada.

Se sentaron al fondo. Valeria se apoyó en su hombro. Kaworu miraba el paisaje por la ventanilla, donde el cielo y el mar en calma trazaban la línea del horizonte.

Sentía el calor de Valeria. Amaba su capacidad de encontrar belleza incluso en el sufrimiento. Él era el principio del fin de la humanidad. La aniquilaría para devolver la paz a todas esas almas.

—El agua de este lugar es hermosa —murmuró Kaworu—. Tan llena de vida… y tan dispuesta a aceptarlo todo cuando llegue el momento.

Valeria no entendió esas palabras. Sonrió y apretó la mochila contra sus piernas. En cuanto llegaran al instituto, la caja se convertiría en el problema de Víctor.

—Cuando lleguemos, te presento como mi amigo japonés, ¿vale? Tú sígueme la corriente —dijo Valeria radiante.

—Sí —contestó él. «Ese sufrimiento incesante», pensó.

Filigrana con una calavera

Entraron en el instituto y Valeria tiró de Kaworu hacia su grupo de amigas.

—Tía qué fuerte. ¡Cuenta, cuenta! —pidió Merche, pillándola por sorpresa.

—¿Qué quieres que cuente? —contestó Valeria.

—No te hagas de rogar. Tú ibas en el autobús ayer —replicó mientras se hacía un corrillo a su alrededor.

—Ah, lo dices por el autobús. Perdona, Merche. Hemos venido en el de línea y se me había olvidado. Tuvimos un accidente muy raro. Había pasado antes algo en la carretera y casi nos la pegamos con todo, pero al final no pasó nada. Os paso el vídeo por WhatsApp.

—¿Nada? —preguntó Cristina—. ¿Entonces cómo es que Marcos y Fernando están muertos?

—¿Qué? —exclamó Valeria—. ¿Ha muerto Marcos? «Claro. Ahora tiene sentido lo de la caja». ¿Y Fernando también? ¿Los atropellaron? Yo los vi llegar a la vía de servicio y estaban bien.

—A Fernando lo atropelló su padre con el coche. Después se enfrentó con Marcos y los dos murieron en la pelea —explicó Cristina.

—No sé nada de eso… —musitó Valeria, mareada. Kaworu la sujetó.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Ella asintió, incapaz de hablar.

Entonces vio a Víctor al otro lado del vestíbulo.

—Víctor. Te he traído la caja.

Víctor reparó en el chico que la agarraba de la mano.

—¿Quién es?

—Kaworu. Es… un amigo.

—¿Y de dónde ha salido?

—Es una historia muy larga. Luego te lo cuento.

—No. Cuéntamelo ahora.

Kaworu inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Tú eres Víctor? Valeria me ha hablado de ti.

Víctor miró a Valeria. Después, miró la mochila.

—Quiero que te largues, Kaworu —espetó.

¿QUÉ ACABA DE OCURRIR Y QUÉ PASA AHORA? 🎃

Encuesta 8 votos

Capítulo 7: Víctor acaba de exigir a Kaworu que se largue

Esta encuesta ha finalizado.

💬 Dejad vuestro voto y los comentarios que queráis añadir antes del 24 de octubre. La opción más votada determinará cómo continúa la historia. Cambiamos a 6 días cada continuación y acabamos en el día de Halloween… como estaba previsto.

Atrévete a dirigir la construcción de esta historia.

Con vuestros votos, la historia continúa aquí:

A cinco tiempos de tu muerte 8: El Ángel

No olvides compartir, es muy importante.

A cinco tiempos de tu muerte, 6: Violencia.

A cinco tiempos de tu muerte, violencia

Viene de: A cinco tiempos de tu muerte. Capítulo 5: Adidas

Música que se menciona en este capítulo:

Valeria lo había grabado todo. Ahora mandaba mensajes a su madre. Vivían en Beniparrell y muchas veces compraban en los centros comerciales del polígono. Incluso andando, su casa ya no quedaba lejos.

A cinco tiempos de tu muerte - conversacion whatsapp madre-hija

Marcos estaba desesperado. La caja no solo le había seccionado el dedo por completo; tampoco podía soltar la mano sin que la sangre volviera a brotar a borbotones.

—Tío, nos tenemos que ir de aquí ya —apremió Marcos—. Esto no para. Acompáñame al hospital. Además, si nos quedamos aquí, la policía hará preguntas. Nos pueden meter un paquete por la pelea con Dosequis.

—¿Y qué decimos en el hospital? ¿Que te lo ha mordido una boa constrictor? —respondió Fernando, con un poco de guasa.

—Ya lo pensamos por el camino. Venga, sal ya.

—Espera. Voy a arreglarte para que no vayas chorreando, que das pena.

Fernando se quitó la camiseta y la apretó bien fuerte sobre la otra, para que su compañero no tuviese que sujetarse la herida todo el tiempo.

—Vamos —continuó Fernando, cogiendo las dos mochilas—. El paleto ha dejado la puerta del bus abierta.

Valeria vio que salían y se acercó a los asientos. Se habían dejado la caja. La cogió sin pensarlo y la guardó sin que nadie se percatara. Después cruzó la autopista, pero no fue hacia su casa. Marcos y Fernando vivían cerca, y seguro habrían tomado la misma dirección.

La madre de Valeria apareció poco después, angustiada. Tras un fuerte abrazo, la chica vio cómo su madre la revisaba por todos lados.

—Mamá, estoy bien, ya te lo he dicho. ¿Has visto el vídeo que te he mandado?

—No. Cuando seas madre, sabrás que hay cosas que van primero. Si tu hija tiene un accidente, no te pones a ver un vídeo.

—Sí, mamá. Luego lo vemos juntas. Lo entiendo.

Valeria dejó la mochila en el maletero y ambas se alejaron en el coche.

Mientras, Fernando había llamado a su padre. Marcos no quería llamar al 112 y menos a sus padres.

—Mi padre sabe de todo. Si dice que es mejor ir a La Fe, vamos a ese hospital. No tardará, me ha dicho que subamos hacia Valencia por la vía de servicio —comentó Fernando—. Y de paso, así no hay ambulancia, como tú quieres.

—Vamos a decir que me lo he pillado en una puerta de seguridad. Cuando pregunten cuál, me haré el tonto, diré que con el lío no sabría encontrarla —informó Marcos.

—Eso es una tontería, pero viniendo de ti, se lo van a creer —respondió Fernando, riéndose.

—Joder, tío, ¿qué te hace tanta gracia?

—¡Pues que vas a tener que sacarte los mocos con la polla! —soltó, riéndose.

—Yo no le veo la gracia.

—Claro que no. Porque antes eras el chulo y ahora eres el manco. ¿Cómo te van a tomar en serio ahora? Aunque, claro, manco tampoco. Te falta un dedo solo —continuó—. El que usabas para mandar a la gente a tomar por culo.

—¡Cállate!

—¿O qué? ¿Me señalarás con otro dedo? Después de todas las veces que me has ninguneado, mírate ahora. Hasta los profesores se van a burlar de ti, pero yo pienso disfrutarlo antes que ellos.

—Me cago en tu raza. Te voy a matar, hijo de puta —soltó Marcos.

Clic.

Del maletero del Golf empezó a sonar St. Anger, de Metallica, aunque ni la chica ni su madre podían saberlo. Valeria escuchaba sobre todo música japonesa, como Kyary Pamyu Pamyu. Su madre prefería la de los ochenta.

—¿Eso es una alarma nueva o algo que te has puesto, tesoro? Un poco bestia para tu gusto, ¿no?

—No es mío, mamá. Es de una caja que tenía Víctor, el chico que te conté que su padre se había caído de un edificio.

—¿Y cómo es que la tienes tú?

—Es un poco complicado de explicar, mamá. ¿Podemos parar? —preguntó Valeria.

La sorna de Fernando no daba tregua en la vía de servicio.

—Venga, si no aguantas en pie. ¿Cómo vas a matarme? ¿De risa? —desafió Fernando.

Marcos sacó una navaja como pudo. Estaba muy mareado, pero intentó atacar de todos modos.

—No puedes usar eso conmigo. No matarías ni a una cucaracha, desgraciado. Estás más muerto que vivo.

Clic.

—No estamos lejos ya de casa, Valeria, tesoro. Aguantamos.

—Tenemos que parar. Esa caja hace cosas que no puedo explicar. Es muy peligrosa.

—Está bien, ya estamos llegando al final del pueblo. Si paramos aquí, la gente va a creer que estamos locas. Esa cosa cada vez se oye más.

—Date prisa, creo que ahora viene lo peor, y baja las ventanillas.

—Pero se va a oír más.

—Bájalas, mamá. En el autobús reventó una con el sonido.

Marcos atacó de nuevo y Fernando le pateó la mano. La patada abrió la herida y el chico se encogió de dolor.

—Eres un cabrón. Pensaba que éramos amigos.

—Tú no tienes amigos, Marcos. Tienes siervos —gruñó Fernando, mientras le pegaba un empujón contra la valla de la carretera.

Marcos le devolvió el empujón y Fernando cayó a la carretera.

El padre de Fernando iba con prisas a recogerlos.

No pudo esquivarlo.

El impacto estampó a su hijo contra el parabrisas. Con el frenazo, el chico cayó inerte delante del coche, como un muñeco roto.

Clic.

La radio del coche y los móviles sincronizaron la canción, a todo volumen. El estruendo hacía eco en todo el polígono.

Ellas salieron corriendo del coche, que quedó apartado en la cuneta de una rotonda.

La madre fue a abrir el maletero.

—¡No! ¡Mamá, no toques nada! ¡Vámonos! —exclamó Valeria.

Las dos se alejaron, intentando mantener el coche en su campo visual. Se sentaron en un banco, sin perder de vista el coche. Entretanto, Valeria le contaba a su madre todo lo que había visto ese día.

El padre de Fernando corrió a auxiliarlo, pero era tarde. El chico no respiraba.

Arrodillado en la calzada, intentó reanimarlo sin éxito.

Miró a Marcos, tirado en un lado, casi desmayado.

—Tú lo has matado. Te he visto lanzarlo contra el coche —escupió.

Se lanzó a estrangularlo con las manos. Sin pensar.

Clic.

—¿Sabes, tesoro? —comentó la madre de la chica—. Hacía mucho tiempo que no hablabas tanto conmigo. Está mal decirlo, pero me gusta que me necesites un poco.

—Esto no es cosa de broma, mamá. Creo que cada vez que eso se abre pasa algo malo —replicó Valeria.

—Bueno, si solo toca música fea —comentó ajena a la pelea—, podemos soportarlo. ¿Cuánto tarda en terminar?

—¿Cómo lo voy a saber? Creo que acaba con la canción, pero no es la misma de antes y no sé cuál es.

Marcos vio cómo el hombre se le echaba encima.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, le clavó la navaja en el hígado.

El hombre continuó estrangulándolo.

Marcos continuó escarbando con el filo.

A ninguno le quedaban fuerzas.

Clic.

—Esto es de locos —dijo Valeria—. No sé cómo voy a dormir esta noche.

—Pues sigue sin pasar nada, aparte de que nos puedan multar por contaminación acústica. ¿Por qué cogiste la caja?

—No lo sé. Creo que Víctor la paró. Cuando todo iba mal, Víctor dijo algo como «Marcos, te regalo la caja» y la caja se cerró. Ahora la caja es de Marcos. Creo que me da miedo lo que pueda hacer con ella. Creo que hace caso al dueño.

—Ahora la tienes tú. La dejaremos en el sótano dentro del congelador, por si le da por intentar abrirse de nuevo. Tu padre le puede atar unas bridas.

—Sois los mejores, mamá. No sé qué haría sin vosotros.

De repente, la caja se cerró, sin que la canción pareciese haber llegado a su fin.

Un charco oscuro regaba los hierbajos del arcén.

Las últimas sombras de la tarde se extinguían como las vidas perdidas.

Ya no quedaba violencia alguna.

¿CÓMO PREFIERES QUE CONTINÚE LA HISTORIA? 🎃

Encuesta 11 votos

Capítulo 6: ¿Cómo prefieres que continúe la historia?

Esta encuesta ha finalizado.

💬 Dejad vuestro voto y los comentarios que queráis añadir antes del 18 de octubre. La opción más votada determinará cómo continúa la historia. Cambiamos a 6 días cada continuación y acabamos en el día de Halloween… como estaba previsto.

Atrévete a dirigir la construcción de esta historia.

Con vuestros votos, la historia continúa aquí:

A cinco tiempos de tu muerte 7: Anime

GRACIAS

No olvides compartir, es muy importante.

A cinco tiempos de tu muerte, 5: Adidas

La Hechicera Rubia - A cinco tiempos de tu muerte 5, Adidas

Viene de: A cinco tiempos de tu muerte 4: El café de mediodía.

Música que se menciona en este capítulo:

Justo a las ocho, se sentó Víctor en su sitio en el aula. Había aprendido que aprovechar tiempo y espacio ayuda por igual para esquivar a los insoportables.

Su atuendo no llamaría la atención de nadie: ropa sencilla y zapatillas Adidas, nada extraordinario. Pero contrastaba con el aspecto descuidado que los problemas económicos habían dejado en él.

Marcos y Fernando lo vieron enseguida. Ambos repetían primero de la ESO.

—Mira, nos han traído el almuerzo —dijo Marcos, contento de ver a su saco de boxeo favorito.

—Se ha aseado mucho para venir. Toda esa ropa aún no ha tocado suelo —contestó Fernando.

En el descanso de las once, tuvo que salir al patio. Le estaban esperando. Marcos le cerró el paso mientras Fernando se colocaba en la puerta del pasillo para que no pudiese refugiarse en el edificio.

—A ver qué nos has traído hoy —dijo Marcos, estirando la mano para coger el bocadillo.

—Déjame en paz, Marcos.

—Que me lo des, coño. Te has gastado lo poco que tienes en asearte y no has dejado nada para el almuerzo.

Fernando le cogió los dos brazos por la espalda como una tenaza. Marcos abrió el bocadillo.

—¿Una brascada? ¿En serio? ¿Esto no es un lujo para un muerto de hambre como tú?

—Eres un imbécil. Soltadme y devolvedme mi comida.

Marcos hizo una seña y Fernando le soltó. Víctor fue a coger su almuerzo y Marcos lo dejó caer al suelo a propósito.

—¡Uy, qué lástima! Se me ha caído —dijo mientras lo pisaba—. Joder, casi resbalo con esto.

—No te tengo miedo, retrasado de mierda. Ahora mismo voy a denunciarte.

Cuando se disponía a reentrar en el edificio, Fernando le golpeó las piernas por detrás. El chico cayó de rodillas, raspándose los pantalones y las manos en la gravilla. Marcos aprovechó y le dio una patada en la cara, rompiéndole el labio.

—Miradlo, ya no está tan limpio —se rio Fernando, restregando la suela de su zapato en la espalda de Víctor.

—Con lo grande que es el mundo, la peor mierda de Alcácer y la peor de Silla os habéis juntado aquí. ¿No podrías buscar en otro sitio un estercolero que fermentar? —increpó Valeria, que había grabado toda la escena y la había enviado al tutor.

—¿Qué pasa, Valeria? ¿No somos buenos vecinos para ti? ¿Qué tienes con Dosequis? ¿Es tu novio? —contestó Marcos.

—¿Dosequis?

—Dos padres, dos cruces, Dosequis. Y se ve que el último que ha matado tenía póliza de seguro.

—Será mejor que vayáis pensando qué vais a contar a la junta escolar. Todo lo que habéis hecho ya es público —informó Valeria.

—¿Nos has grabado? —preguntó Fernando, al tiempo que se disponía a atizarla.

Víctor le cogió las dos piernas y Valeria le ayudó a que cayera de morros al suelo.

—A mí no me toques, sucedáneo de escorbuto —dijo la chica.

El tutor salió por la puerta para despejar la pelea. Valeria se puso los cascos y desapareció por el pasillo.

Filigrana con una calavera

Al terminar las clases, Marcos y Fernando esperaban al chico de nuevo. La bronca en el despacho del tutor no los había acobardado; solo les había inyectado más rabia. Estaban apostados junto a la verja exterior, bloqueando el paso hacia la avenida.

Víctor bajó la cabeza e intentó esquivarlos, pero Fernando lo estampó contra la valla.

—¿Te creías que lo del vídeo te iba a salir gratis, Dosequis? —le gritó mientras lo aplastaba contra los alambres.

Marcos le dio la vuelta y le asestó un rodillazo directo al estómago. Víctor se dobló hacia adelante, perdiendo el aire.

—No vales nada. Eres más flojo que un chicle en agosto, y pisarte da el mismo asco.

Fernando le arrancó la mochila de los hombros de un tirón.

—¡Igual hasta lleva pasta! —dijo Fernando, haciendo señas a Marcos.

Marcos salió tras Fernando, riéndose a carcajadas. Víctor tosió buscando oxígeno y levantó la vista. Vio cómo los dos acosadores enfilaban hacia el autobús de la parada.

—¡Dadme mis cosas! —reclamó Víctor.

Marcos y Fernando subieron los escalones de un salto y se abrieron paso hasta la última bancada. Víctor llegó al fondo del autobús y se lanzó sobre ellos.

No llegó ni a lanzar el primer golpe. Marcos le cruzó la cara con un puñetazo, justo sobre el corte del labio.

Víctor se desplomó de bruces y, antes de que pudiera revolverse, Fernando le plantó la rodilla entre los omóplatos, aplastándolo contra el suelo.

Las puertas del vehículo se cerraron con un soplido neumático.

—Tú te quedas aquí abajo, enano —gruñó Marcos desde el asiento—. Hoy te vienes de excursión.

El autobús salía ya a la V-31 cuando, en un descuido de Fernando, Víctor consiguió soltarse y se incorporó para encarar directamente a Fernando, que se sujetó entre dos asientos y le dio una patada en el pecho que lo tiró al suelo de espaldas. Se llevó una mano a la nuca por el dolor y se incorporó.

—¡Estáis locos! ¡Esto tiene que acabarse de una vez para siempre! —bramó.

Clic.

Algo empezó a sonar dentro de la mochila.

—Parece que el nuevo pijo tiene un altavoz Bluetooth que regalarnos —se rio Marcos.

—A ver, sácalo —increpó Fernando mientras escarbaba en la mochila.

—Dejadlo —gritó Víctor—. No sabéis con qué estáis jugando.

—Los de ahí atrás, os estáis quietos y os sentáis bien, pero ya. Estoy harto de vuestros numeritos —gritó el conductor.

—La música la hace esta cosa —dijo Marcos, haciendo ademán de cerrar la caja.

Clic.

—Dame. Tienes menos chicha que el rabo de un marrano —dijo Fernando, apalancando la caja contra el asiento con los pies—. No puedo, coño. ¡Ahora verás!

Usando la llave de seguridad de su casa, trató de forzar el mecanismo. El cilindro atrapó la llave y la fue doblando y plegando como si fuese papel de aluminio, haciendo suyo el material.

—Puto trasto, mira lo que ha hecho con la llave —protestó—. Mi madre me va a matar.

Clic.

Todos los móviles en el autobús sonaron con la misma canción, sincronizados. El estruendo repentino rompió una de las ventanas del autobús. El conductor frenó, pero los frenos no respondieron.

—¡No tenemos frenos! —gritó, mientras intentaba reducir la velocidad con la palanca de estacionamiento.

Los gritos de los chiquillos no se oían entre el bullicio de la canción. Víctor se levantó e intentó coger la caja.

—Dámela. Esto va a acabar muy mal si no lo paramos.

Marcos cogió la caja de manos de Fernando.

—Cógela si tanto la quieres, insecto.

Víctor llegó a tocarla, justo antes de que una bofetada de Fernando lo hiciera caer de morros sobre el pasillo.

Clic.

El conductor intentaba tomar una salida, pero todas estaban colapsadas. Era hora punta.

Entonces lo vio, justo enfrente: el tráfico estaba completamente detenido. Un accidente había bloqueado la calzada. No había escapatoria.

—¡Agarraos a los asientos, vamos a chocar!

Clic.

Al oír el grito, Víctor levantó ligeramente la vista. Un camión cisterna de combustible estaba maniobrando enfrente de ellos. No los separaban ya ni cien metros.

«Estamos muertos».

De repente se giró.

—¡Marcos, te regalo la caja, es tuya!

Y se dejó caer.

La caja se cerró de golpe con un chasquido tan fuerte que cortó el dedo índice de Marcos.

La música cesó.

El camión cisterna dio un último volantazo, abriendo el espacio para el carril de emergencia establecido junto a la mediana. El autobús le arrancó parte del lateral al pasar. El roce con los quitamiedos acabó deteniéndolo.

De pronto, silencio.

Marcos seguía sangrando sobre los asientos, mientras Fernando presionaba la herida con una camiseta.

Víctor cogió sus cosas y accionó la palanca de emergencia de la puerta. Valeria lo observó desde el autobús mientras se perdía tras los coches de la salida del IKEA.

¡AHORA DECIDES TÚ QUÉ OCURRE! 🎃

Víctor ha descubierto lo que parecía imposible: cómo cerrar el orsai. Ahora tiene que volver a casa destrozado. ¿Qué podría haber pasado justo antes del siguiente capítulo?

Encuesta 12 votos

Capítulo 5: ¿Qué no vemos en el final de este capítulo?

Esta encuesta ha finalizado.

💬 Dejad vuestro voto y los comentarios que queráis añadir antes del 12 de octubre. La opción más votada determinará cómo continúa la historia. Son 3 días cada continuación y acabamos en el día de Halloween…

Atrévete a dirigir la construcción de esta historia.

Con vuestros votos, la historia continúa aquí:

A cinco tiempos de tu muerte 6: Violencia

GRACIAS

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A cinco tiempos de tu muerte, 4: el café de mediodía

A cinco tiempos de tu muerte, 4: el café de mediodía

Viene de: A cinco tiempos de tu muerte 3: El regalo

Música que se menciona en este capítulo:

—Hiciste bien en recogerla, hijo —dijo Arancha—. Al fin y al cabo, fue un último regalo de tus tíos.

Víctor examinaba los grabados de los laterales.

—Mamá, no es solo un regalo. En el momento en el que grité a Ethan que desapareciera de nuestras vidas, empezó la música. Ahora no sé abrirla, y tampoco sé si quiero abrirla.

—Entonces, no sé qué habría pasado si se la hubiera llevado la policía, o si la hubiera recogido un vecino… No quiero que toques esa cosa. Imagínate que la usen.

—No pueden. La caja me hace caso a mí. Él estaba chillándome antes y no pasó nada.

Arancha se detuvo un segundo con la bayeta en la mano.

—Entonces es un arma. Mató a Ethan… un arma que conoce tu voz. ¿Estás asustado?

—No sé el motivo, pero ahora no siento ningún miedo. He visto lo que puede hacer la caja. Es mejor que siga cerrada.

En ese instante, el teléfono móvil de Arancha empezó a vibrar sobre la mesa, ahogando la conversación.

—¿Sí?… Hola, buenos días… Sí, soy yo.

Víctor vio a su madre descomponerse.

—¿Cómo que una ejecución de aval?… No… Mi marido falleció hace una semana, no puede ponerse al teléfono… ¿La casa? Pero si la hipoteca estaba liquidada… ¿Cómo? ¿Ethan puso la casa como garantía para la tienda de CBD?

A Arancha se le cortó la voz. Las lágrimas le brotaron sin control.

—Por favor, no me pueden dejar en la calle ahora. Tengo un hijo. No tenemos dónde ir… Entiendo. Gracias por llamar.

Colgó, o le colgaron. Arancha se dejó caer en la silla, tiritando de pura impotencia.

Víctor se quedó mudo. Ni en los peores momentos con Ethan había visto a su madre derrumbarse así. Verla vencida le hizo sentir insignificante.

No sintió rabia, ni siquiera contra el banco.

Un deseo intenso surgió del crío:

«Ya ha sufrido bastante; tendría que acabar con esta miseria para siempre».

Clic.

Víctor soltó la caja sin querer.

La mesita auxiliar del comedor se hizo añicos.

Taaaan… taráaan… tan-tan, tan tararan…

«Nirvana».

—Oh, no, mamá. ¡No te muevas! No toques nada, por favor. No hagas nada.

Ambos se refugiaron en el sofá mientras Kurt Cobain empezaba a cantar.

Era un sonido limpio, como de un altavoz USB moderno reproduciendo algún anuncio o una canción de YouTube.

Clic.

Víctor vio fascinado cómo giraba el mecanismo y cambiaba la luz.

—Déjame verlo, cielo —pidió Arancha, estirando el brazo para agarrarlo.

El timbre sonó insistente. Arancha hizo ademán de levantarse.

—¡No! Es peligroso, espera que se cierre.

—Tengo que abrir, puede ser importante. No te preocupes, es solo un juguete.

—¿Quién? —preguntó ella desde el intercomunicador.

Nadie respondió. Sería algún buzoneo. La mujer abrió un poco la puerta entre los restos de cristales, pero, no viendo a nadie, se dispuso a cerrar.

—¡Espere! ¿Es la señora Amenábar? ¿Arancha Amenábar? —preguntó un agente de policía, que salía del ascensor.

—Sí, ¿es por lo de la hipoteca? —inquirió ella, volviendo a abrir lo que pudo la puerta.

—Solo venimos a confirmar sus datos y entregarle las pertenencias de su difunto marido. Tenemos que cerrar el atestado. ¿Qué ha sucedido aquí?

—Nada, nada, es que se ha roto una mesa.

Clic.

Víctor intentaba esconder la caja, pero la música continuaba, sección a sección, implacable. Una luz blanca se reflejaba ahora en todos los trozos de cristal. Uno de los policías entró sin pedir permiso.

—¿Todo bien, chaval? —preguntó, dispuesto a averiguar si había problemas de maltrato.

—Es que cayó algo en la mesa de cristal. Los del Ikea cada vez ponen peores materiales.

El policía no se dio por vencido y quiso buscar signos de problemas familiares. Viendo una escoba, la cogió y empezó a barrer los cristales, un poco extrañado por el reflejo blanquecino que los recorría como una red que vibraba al ritmo de la guitarra.

—Os vamos a ayudar a recoger esto. Parece peligroso y tu madre ya ha sufrido bastante, chico. Tú eres Víctor, ¿verdad?

—Soy Víctor, sí. Tendría que estar en clase, pero el psicólogo de la asistenta social me ha obligado a quedarme unos días en casa.

—Yo soy Carlos, Víctor, encantado. El que habla con tu madre es Juan. Si ocurre cualquier cosa, quiero que vengas a Zapadores. Lo tienes cerquita, seguro que has pasado por el lado de nuestra comisaría un montón de veces. Pregunta por nosotros.

—Está bien, así lo haré.

El otro policía se abrió paso también. Usando un recogedor como pala, desplazaba montones de restos a las bolsas que sacaba Arancha. Carlos seguía hablando con el crío, sin perder de vista lo que ocurría a su alrededor.

El niño veía fascinado cómo, cuando unos trozos se movían, otros parecían sentirse atraídos y acababan amontonándose enseguida. A los agentes no parecía importarles.

—Estos cristales tienen que llevar neodimios o algo, porque se pegan unos a otros como el superglue —comentó Juan—. Esto estará listo en un periquete.

Clic.

—¡Qué caja de música más extraña tienes! Parece algo muy antiguo.

—Me la regalaron mis tíos. Espero que no les moleste; no sé cómo va y, cuando empieza una canción, no la puedo cerrar —contó el chico con una calma que ni él reconocía.

Una leve luz cálida salía de la caja. El chico vio que todas las luces de las habitaciones y los pasillos también estaban encendidas y habían adoptado el mismo color. Se preguntaba en qué momento los policías iban a considerar que allí pasaba algo.

—No es problema; además, ya hemos terminado. No vayáis descalzos estos días. Os dejo este sobre con las pertenencias de Ethan. Solo llevaba la cartera y las llaves.

Clic.

Víctor se preocupó. Conocía la canción. Sonaba el estribillo final «a denial», que antes había sonado en bucle hasta el incidente. Arancha lo vio en sus ojos.

—Vengan. Tengo café recién hecho. De alguna forma les tenemos que agradecer su apoyo.

—¿El cristal de la puerta de la cocina también roto? —se fijó Carlos. Eso no está en el informe.

—Ethan pegaba a mi madre. La estampó contra el cristal —contó Víctor.

—Entiendo. Vendremos más veces por aquí, si no les importa. A veces las cosas pasan por algo. En cualquier caso, vamos a necesitar completar el informe. Sentémonos a tomar ese café y os haremos unas preguntas.

Clic.

Media hora más tarde, se quedaron solos.

La caja se había cerrado sin más. Víctor no terminaba de creérselo.

—¿Ves, cielo? Solo es un trasto viejo, no tiene poderes.

—No lo entiendo, mamá. Aunque…

—¿Sí?

—Se abrió sin sentir nada malo.

—Se abrió sin más, no le des más vueltas, es un trasto roto.

—Se abrió cuando pensé que tú ya has sufrido bastante, que mereces que los problemas se alejen durante mucho tiempo.

—Eres un sol de chico. No sé cómo vamos a salir de esta, pero estamos mejor solos tú y yo. Voy a ver qué llevaba Ethan; igual podemos bajar al búrguer a comer.

Abrió el sobre con las cosas y dejó las llaves tras la puerta. Vació la cartera en la mesa. Veinte euros, unas monedas y un boleto del Euromillones doblado.

El niño cogió el boleto mientras la madre metía el dinero en su bolso.

—¡Mamá!

—Dime, hijo, ¿McDonald’s, Burger King? No da para mucho más.

—No, mamá. El Euromillones. ¡Tiene cinco aciertos y dos estrellas!

Arancha se quedó helada, con la mano a medio camino del bolso.

—Víctor, no juegues con eso, por favor… hoy no.

—No es broma, lo acabo de comprobar con el móvil.

El niño le tendió la pantalla del móvil, con la combinación ganadora. No había duda. Además, solo dos acertantes. El shock la hizo sentarse. Las deudas, la sombra de Ethan… todo se acababa de evaporar.

Miró a su hijo y metió el boleto en el bolso mientras se ponía en pie.

—Vámonos, Víctor. Empezaremos por el banco. Tenemos mucho que hacer hoy. Y llévate el amuleto en la mochila.

¡AQUÍ DECIDES TÚ EL DESTINO DE VÍCTOR! 🎃

Víctor llega al colegio sin la ropa desaliñada ni los moratones que lo caracterizaban. Los bullies que antes se habían burlado de él no pierden detalle. ¿Qué ocurre?

Encuesta 13 votos

Capítulo 4: ¿Qué va a pasar en el colegio?

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💬 Dejad vuestro voto y los comentarios que queráis añadir antes del 9 de octubre. La opción más votada determinará cómo continúa la historia. Son 3 días cada continuación y acabamos en el día de Halloween…

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Con vuestros votos, la historia continúa aquí:

A cinco tiempos de tu muerte 5: Adidas

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A cinco tiempos de tu muerte, 3: el regalo

A cinco tiempos de tu muerte. Concierto Nirvana.

Viene de: A cinco tiempos de tu muerte 2: Ayúdame

Música que se menciona en este capítulo:

Silvia y Arancha se fundieron en un abrazo breve. Ni Arancha ni su pareja, Ethan, habían ido al entierro de Gabriel; solo el pequeño Víctor, de doce años, hijo de Arancha, había acudido con su abuela.

—Siento no haber venido antes, hermanita —murmuró Arancha. Llevaba gafas de sol y una capa gruesa de maquillaje.

—Queríamos estar, cuñada, pero con todo el lío de… —empezó a disculparse Ethan.

—Las cervezas de Gabriel siguen en la nevera, Ethan —lo cortó Silvia en seco, sin mirarlo a la cara—. Coge las que quieras; hay más en la alacena.

Ethan se tragó la contestación y se fue a la cocina con cara de bulldog.

—Aún no me lo creo, Silvia —dijo Arancha con pesar—. Gabriel parecía tan en forma, no me lo esperaba para nada…

—Hacía años que los dos teníamos asumido que un día u otro el corazón le fallaría. Pero ha sido muy triste, cuesta seguir adelante.

Silvia dio un paso hacia su hermana y, sin pedir permiso, le retiró las gafas. Una hinchazón morada le cubría la parte izquierda de la cara, desde el párpado hasta el pómulo.

—¡Dios mío! —soltó Silvia con una mueca amarga—. Yo vengo de un funeral y tú llevas el ojo a la funerala.

Arancha dejó escapar una risita nerviosa mientras se encajaba las gafas a toda prisa.

—Mejor así, de verdad.

La voz de Ethan llegó desde el pasillo, con el bote en la mano.

—¿De qué os reís?

—Ethan —volvió a atajar Silvia—, en el cuarto de invitados he dejado la ropa de Gabriel. Coge lo que te sirva antes de que lo tire.

Ethan enarcó una ceja, pero la idea de algo gratis le pudo y asintió.

—¿Tienes un cargador tipo C, tía? —preguntó Víctor, quizá buscando abstraerse un rato con el móvil.

—En la cestita de las revistas tienes de todo, cielo.

Buscando el cargador, el chaval encontró un objeto antiguo macizo, del tamaño de dos cubos de Rubik, con imágenes talladas en los laterales.

—¿Qué es esto? —preguntó enseguida.

—Es algo de un mercadillo que compró tu tío. Quédatelo si te gusta, cielo. Él querría que lo tuvieras.

—Gracias —dijo él abrazándola, más para calmar la tristeza que para agradecer nada.

—Bueno, Arancha —dijo Silvia—. ¿Qué es eso del hospital?

Víctor levantó la cabeza enseguida. Silvia miró a su hermana y después a su sobrino. Entonces recordó lo que el niño le había contado durante el sepelio.

—Víctor… Me habías prometido no decir nada —suspiró Arancha, con una mirada de reproche.

Víctor le levantó la camiseta a su madre. De costillas a cintura, moratones oscuros y cicatrices decoloradas cubrían el lienzo macabro en el que se había convertido su piel.

Silvia se quedó sin aire, igual que se quedó sin prudencia.

—¿Qué coño es esto, Arancha? —exclamó horrorizada—. Tienes que denunciarlo. Ahora mismo te acompaño a la comisaría.

Ethan, que había visto parte de la escena, avanzó hacia ellas sin ver otra cosa que la salida.

—Nos vamos —sentenció, agarrando a su pareja del brazo—. Ya nos hemos entretenido bastante.

—¡Suéltala! —saltó Silvia.

Pero Ethan ya tiraba de ella por el zaguán.

—Gracias por la ropa, cuñada. Adiós. 

—No le hagas daño, por favor —suplicó Víctor, mientras los tres desaparecían tras las puertas del ascensor.

Filigrana con una calavera

Algo más tarde, Víctor subió a casa, dejó sus cosas junto al sofá y los tres se sentaron a cenar en la cocina.

El zumbido del extractor puso banda sonora al puchero de la semana. Nadie hablaba. El chaval jugaba con la comida sin probarla.

—¿Vas a estar toda la noche con esa cara? —soltó Ethan, dejando el tercer bote de cerveza en la mesa con más fuerza de la necesaria.

Arancha se sobresaltó, pero no apartó la mirada.

—¿Qué cara, Ethan? Solo estoy cansada.

—¿Cansada de qué? —se encaró él—. Cansada de ir a meterle mierda en la cabeza a tu hermana, ¿no? Cansada de ir a llorarle para que te compadezca.

—Yo no le he llorado a nadie…

—¡No mientas! —golpeó la mesa—. ¿Te crees que soy tonto? Vi cómo se lo enseñabas. Le fuiste con el cuento a la viudita para que me mire como si fuera un monstruo.

—Ella no le enseñó nada —intervino Víctor, levantando la vista por primera vez—. Fui yo quien le levantó la camiseta.

Ethan se giró hacia el niño de golpe y habló muy despacio.

—¿Tú? Con doce años de mierda… ¿Qué coño tienes tú que enseñar ni hablar de lo que pasa en esta maldita casa, enano?

—Ethan, por favor, déjalo, es solo un niño… —suplicó Arancha, intentando ponerse en medio.

—¡Tú te callas! —la cortó él poniéndose de pie—. Aquí el problema es que ninguno de los dos me tiene el más mínimo respeto. Y a mí en mi propia casa no me vacila ni Dios.

—Es nuestra casa, no tuya —exclamó Víctor—. La compró mi padre. Si él estuviera aquí, ya te habría echado.

—¡No me hables así! —gritó Ethan.

De un tortazo seco tiró al niño de espaldas. Arancha corrió a levantarlo, pero Ethan le puso la zancadilla. Cayó contra el cristal de la puerta. El cristal se rompió y un trozo le atravesó el brazo.

Víctor se levantó con rabia.

—¡Desaparece de nuestras vidas, maldito asesino!

—¡Te voy a dar una paliza que no te va a conocer ni tu madre, crío de mierda!

—¡No! Para, por Dios. Y ayúdame. Estoy muy mareada —suplicó Arancha—. Trae una venda, rápido.

Arancha había arrancado el cristal del brazo y con la mano intentaba contener la sangre, que caía al suelo sin parar. Ethan salió corriendo a por el botiquín, con una maldición entre dientes.

Taaaan… taráaan… tan-tan, tan tararan…

Una canción empezó a oírse, como cuando los vecinos no querían oír las peleas.

Solo que esta vez estaba muy cerca. Demasiado.

Casi por instinto, Víctor se tocó el bolsillo. El móvil estaba ahí. Extrañado, siguió la música. Venía del comedor. De su mochila.

Víctor miró dentro. El orsai estaba completamente abierto. Se oyó un clic.

Del mecanismo salía una música rasgada inconfundible y una luz cegadora que lo asustó.

Hello, hello, hello, how low?

—¿Nirvana? —preguntó Ethan, que traía el botiquín en la mano, desorientado—. ¿Quién coño hace una caja de música con una canción de Nirvana? ¡Apaga eso, crío de mierda!

—¡No puedo! ¡No puedo cerrarlo!

Oh well, whatever, never mind…

Silencio.

—Ya está —respiró el niño—. Se ha parado.

Pero se oyó otro clic y empezó de nuevo. Una luz intermitente anaranjada inundó todo el piso y la canción continuó.

Hello, hello, hello, how low?

—¡Que lo apagues te he dicho! —bramó Ethan—. ¡Me va a reventar la cabeza!

—¡Que no puedo pararlo, no sé cómo funciona! —gritó desconsolado Víctor, intentando elevar la voz por encima del estruendo que hacía vibrar las paredes.

Silencio.

—Aún no lo puedo cerrar —se quejó el chaval.

Clic.

A denial, a denial, a denial, a denial…

No parecía que fuera a terminar nunca.

Ethan dio dos zancadas, arrebató la caja de las manos de Víctor y corrió hacia el balcón, dispuesto a lanzarla al vacío con todas sus fuerzas, como una bola de beísbol.

La carrera acabó en el monopatín del niño.

La barandilla no lo paró. Ethan desapareció en la oscuridad de la noche.

—¡Mamá! —gritó Víctor.

—Ya no está, cielo —dijo con calma—. No dejes el monopatín por la casa. Guarda siempre bien tus cosas en tu habitación, por favor.

—¿Estás bien, mamá? Lo siento mucho.

—Vamos a llamar a la policía.

Víctor salió al balcón a por el monopatín y se asomó.

—Doce años de mierda, doce pisos de mierda.

Abajo, una luz roja se apagó en la acera. Ethan apenas se distinguía en la oscuridad.

—Has caído como el Coyote.

Arancha fue a coger su teléfono y Víctor cogió su mochila.

—Ahora vuelvo, mamá. Tengo que hacer algo.

El chico bajó por la escalera. Sin prisa. Salió a la acera y se abrió paso entre la gente curiosa.

—¡Creo que es mi padrastro, dejadme pasar!

Víctor se acercó a Ethan, le arrancó la caja de música de las manos y la guardó en su mochila.

Mientras se volvía, solo dijo:

—Es él.

¿POR QUÉ HA BAJADO VÍCTOR A POR LA CAJA? 🎃

¿Qué pasaba por la cabeza del niño? Según lo que elijas, continuará la historia. Deja tu voto y, si quieres, amplía tu teoría en los comentarios.

Encuesta 11 votos

Capítulo 3: ¿Por qué ha bajado Víctor a por la caja?

Esta encuesta ha finalizado.

💬 Dejad vuestro voto y los comentarios que queráis añadir antes del 6 de octubre. La opción más votada determinará cómo continúa la historia. Son 3 días cada continuación y acabamos en el día de Halloween…

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Con vuestros votos, la historia continúa aquí:

A cinco tiempos de tu muerte 4: El café de mediodía.

GRACIAS

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A cinco tiempos de tu muerte, 2: Ayúdame.

A cinco tiempos de tu muerte. Orquesta fantasmal.

Viene de: A cinco tiempos de tu muerte

Música que se menciona en este capítulo:

La melodía sinuosa y melancólica del violín, que a Gabriel se le antojaba interminable, invitaba a volver a la cama. Aún sostenía el orsai, intrigado por la forma de producir ese sonido tan puro. La caja apenas se iluminaba a sí misma, como si se avergonzara de su contenido.

—Esto tiene que ser algo del AliExpress —se dijo, mientras buscaba algún interruptor para apagarlo y, ya puestos, dónde enchufarle un cable de carga—. Se ha quedado casi sin batería con la primera canción, y parece que hay cinco. A ver si veo algo con la linterna del móvil…

Sin embargo, por más que examinó la caja, no encontró nada. Además, no podía quitarse de la cabeza la pesadilla. Se habría recostado de no ser por el malestar que sentía.

El tercer tiempo, la Mazurca, llegó acompañado del chasquido metálico que colocó el siguiente cartucho en su posición.

La música se volvió intensa, como un carrusel de feria descontrolado. Una luz intensa de un blanco insoportable surgía de la caja. Todos los fluorescentes de la casa se encendieron a la vez. Los aseos y la cocina brillaban como enanas blancas cabreadas, iluminando cada rincón de la casa y dejando al descubierto hasta la última mota de polvo.

Angustiado, intentó bloquear el mecanismo usando un tenedor, pero fue incapaz de pararlo. 

La caja se le escapó de las manos y cayó sobre la alfombra. El haz de luz iluminaba la entrada del dormitorio principal.

Gabriel avanzó hacia la puerta, tensando la mandíbula, con un cuchillo de cocina que apenas le servía para calmar el temblor de su mano.

En la cama, sobre las sábanas revueltas, estaba él, inerte, con los ojos abiertos y fijos en el techo.

Una punzada le atravesó el esternón. El corazón dio un vuelco desbocado en el pecho.

La pastilla.

Con el lío del aparcamiento, la lluvia y el encuentro absurdo en el mercadillo, había olvidado por completo tomarse la medicación que mantenía a raya su arritmia.

Retrocedió y cayó al suelo. Si su cuerpo yacía sin vida sobre el colchón, ¿por qué estaba él respirando y sintiendo ese sudor frío en la nuca?

—Aún estoy vivo. Esto tiene que ser un viaje disociativo. Aún puedo despertarme. Tengo que regresar a mi cuerpo real.

Se arrastró hasta la cama y alargó una mano hacia su propio rostro.

Los dedos rozaron la mejilla.

Estaba helada.

—Vamos… despierta.

Le dio una bofetada.

Nada.

Volvió a golpearlo, esta vez con todas sus fuerzas.

Entonces los ojos del cadáver se movieron.

—Ayúdame —dijo.

Gabriel se quedó paralizado.

La mirada aterrorizada de su cuerpo parecía atravesarlo.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Qué coño…?

Algo se movió detrás de él.

Una figura oscura flotaba a pocos centímetros del suelo. De su cuerpo surgían largos filamentos que atravesaban el colchón y se hundían en el cuerpo tendido sobre las sábanas.

Uno de ellos se tensó.

Gabriel sintió un tirón brutal en el pecho.

—¡Suéltame!

Clavó los dedos en el suelo y tiró hacia atrás. El filamento se tensó aún más, oprimiéndole las costillas.

El cuerpo de Gabriel se incorporó unos centímetros.

Gabriel gritó.

La figura no se movió.

El cadáver volvió a caer sobre las sábanas.

Entonces Gabriel comprendió.

Aquello no estaba intentando entrar en él.

Estaba intentando sacarlo.

El terror le golpeó el cerebro con la fuerza de un ariete.

Gabriel se abalanzó sobre la cama y hundió el cuchillo en uno de los filamentos.

La hoja atravesó la oscuridad.

El filamento se contrajo.

Y el cuchillo se partió.

El mecanismo volvió a saltar y la música se extinguió por un instante.

La habitación se sumergió en el cuarto tiempo, la Romanza, con una luz anaranjada intensa como el calor agobiante de la fiebre. La sombra de la figura se proyectaba sobre la pared con el color sucio de la sangre seca.

Gabriel intentó girarse. El dolor del pecho era insoportable. Necesitaba las pastillas.

El frasco estaba en la mesita.

Se arrastró hacia él.

Las piernas no le respondían bien y el brazo izquierdo empezaba a agarrotarse.

Los dedos rozaron el frasco.

El bote cayó.

La tapa saltó y las pastillas se desparramaron sobre el suelo.

—No… no…

Intentó recoger una.

Los dedos le temblaban tanto que no conseguía sujetarla.

Una sombra pasó sobre él.

Gabriel levantó la cabeza.

El cadáver de la cama estaba sentado.

Lo miraba.

Esta vez sí.

Con un chirrido metálico entró el cartucho del Galop, el quinto y último tiempo.

La luz de la caja comenzó a parpadear al ritmo de un pulso cada vez más acelerado. El mismo que castigaba el pecho de Gabriel.

Gabriel, ahogado por el dolor, extendió las manos hacia su propio cuerpo.

—¡Vamos!

Intentó entrar en él.

Nada.

Lo golpeó.

Nada.

Volvió a intentarlo con desesperación, como si pudiera arrancarse de aquella pesadilla a fuerza de voluntad.

El cuerpo no respondió.

Detrás de él, algo arrastró lentamente los filamentos por el suelo.

Gabriel se volvió.

La figura estaba más cerca.

Mucho más cerca.

El cadáver abrió la boca.

—Te estaba esperando.

Volvían a ser uno.

Un chasquido seco cerró la tapa de marfil.

La caja era otra vez un bloque liso, mudo y helado.

La luz limpia del amanecer entró horas más tarde por las rendijas de la persiana. En el suelo, desparramado igual que su medicación y con las pupilas aterrorizadas, el cuerpo de Gabriel yacía inmóvil.

Su pareja se despertó bostezando, con la naturalidad de un día cualquiera. Estiró la mano sin encontrar a Gabriel. Al incorporarse, lo vio.

—¡Mierda, Gabriel! —soltó, corriendo a su lado—. ¡No me jodas! ¡No! ¡Todavía no! ¡Ahora que por fin estabas bien!

No había sangre, ni desorden, ni señales de lucha. Solo un trágico infarto de madrugada y las mejillas húmedas de quien comprende la pérdida sin aceptarla.

En la alfombra, la caja de marfil reposaba cerrada, perfecta, esperando en silencio a que la nueva dueña de la casa sintiera el dolor insoportable de la pérdida para volver a abrirse.

¡AHORA DECIDES TÚ QUÉ OCURRE! 🎃

Gabriel ha muerto. Su pareja sabía de la afección cardíaca, pero no esperaba perderlo esta noche. La caja de música permanece cerrada en la alfombra del comedor. ¿Qué debería hacer ahora?

Encuesta 11 votos

Capítulo 2: ¿Qué hace la pareja de Gabriel?

Esta encuesta ha finalizado.

💬 Dejad vuestro voto y los comentarios que queráis añadir antes del 3 de octubre. La opción más votada determinará cómo continúa la historia. Son 3 días cada continuación y acabamos en el día de Halloween…

Atrévete a dirigir la construcción de esta historia.

Con vuestros votos, la historia continúa aquí:

A cinco tiempos de tu muerte 3: El regalo.

GRACIAS

No olvides compartir, es muy importante.

A cinco tiempos de tu muerte

A cinco tiempos de tu muerte. Imagen del orsai.

A cinco tiempos de tu muerte es una historia que no voy a escribir a solas.

Cada tres días, tú decides qué continúa. Habrá cinco opciones y la más votada marcará el rumbo del siguiente capítulo.

No hay guion cerrado. No hay final decidido de antemano.

Solo una caja de música, cinco tiempos y un hombre que quizá debería haber dejado aquella caja donde la encontró.

Y, a partir de ahora, tú tienes parte de culpa.

¡Bienvenido al horror!

Filigrana con una calavera

Música que se menciona en este capítulo:

Capítulo 1: Gabriel

El frío en los pies lo despertó de golpe, pero fue el sonido lo que hizo que se quedara en la cama, pensando qué demonios era aquello.

Se oía una música extraña en la casa. Un vals de notas agudas con un compás acelerado. Era una melodía elegante, pero tenía algo de histérico, un timbre metálico que se le clavaba en el cerebro y hacía inútil cualquier intento de volver a cerrar los ojos.

Gabriel se incorporó, pasándose la mano por la cara.

—Maldita sea la tele… —farfulló—. Parece el Vals número 2, pero no es. Es algo más bastardo.

Convencido de que se había dejado el televisor encendido en un canal de madrugada, avanzó descalzo. Sin embargo, al cruzar el umbral, encontró la pantalla completamente negra.

En la penumbra del salón, a la derecha de la televisión, una luz azulada y tenue iluminaba la pared. Debajo, la música salía de una caja de marfil.

La caja, de hueso macizo y tacto suave, del tamaño de dos puños, estaba abierta. Una tapa rígida, que cerrada era indistinguible, se había levantado sola, mostrando el mecanismo típico de estas cajitas de música de las tiendas de recuerdos. El vals brotaba incansable a una velocidad absurda.

Al acercarse, se estremeció. La caja estaba helada. Sin embargo, el suelo, e incluso la mesa, estaban calientes. Como si alguien hubiese estado allí manipulándola.

Gabriel intentó presionar la cubierta para cerrarla, pero la estructura no cedía ni un ápice; era como intentar doblar un bloque de mármol.

Gabriel retrocedió un paso, rozando con el talón la esquina del sofá, y el sonido del vals pareció taladrarle las sienes.

Filigrana con una calavera

Todo por culpa de la maldita reordenación del barrio.

Gabriel llevaba más de cuarenta minutos dando vueltas en coche con el codo apoyado en la ventanilla, renegando entre dientes contra el Ayuntamiento. Hacía tres tardes habían desaparecido decenas de plazas de aparcamiento por su decisión de convertirlas en plazas de moto que nadie utilizaba.

Molesto y alejándose cada vez más de su trayecto habitual, terminó dejando el coche en una calle estrecha que ni siquiera le sonaba.

Al volver a pie hacia su casa, empapándose poco a poco bajo la lluvia fina, chocó de frente con un mercadillo de tenderetes. Era absurdo: llevaba diez años viviendo en ese barrio y jamás había visto puestos montados en esa travesía.

El mercado ya estaba recogiendo. Lonas dobladas, esqueletos de hierro al descubierto y furgonetas con los motores al ralentí. En la esquina más oscura, una mujer de cabellos claros recogidos en un pañuelo oscuro amontonaba figurillas y trastos de bronce sobre una manta.

Gabriel se fijó en una pieza de marfil entre el polvo.

—Está cerrado —dijo la mujer sin mirarlo, con una voz seca, sin levantar la espalda.

—Solo quiero ver esa caja —contestó Gabriel, dando un paso adelante.

—No está en venta. Recojo. Está empezando a llover y no quiero que se estropee el género. Váyase a su casa.

—Cuarenta minutos buscando aparcamiento, los pies mojados y una vendedora que no quiere vender. ¿Qué más puede fastidiarme la tarde?

—Créame —le dijo acercándose tan rápido que parecía haberse teletransportado— que esa caja le fastidiaría. La tarde y la vida entera.

Gabriel la observó con más atención ahora que la tenía delante. Debía rondar los cincuenta años. Era alta, de cabellos lisos y claros, y tenía una presencia elegante que contrastaba con el aspecto improvisado del puesto. Vestía unos vaqueros negros con remaches en los laterales y un suéter lencero del mismo color. No parecía una gitana. Ni siquiera parecía una vendedora de mercadillo.

—¿Qué? ¿Cómo me va a fastidiar la vida una cajita?

—Esta caja es muy antigua. Como casi todo lo que tengo aquí, proviene de los sacerdotes sármatas, anteriores al cristianismo. Son objetos sagrados cedidos por ucranianos que ya han muerto bajo las bombas del oso ruso.

—¿Y traicionas esa confianza vendiéndolas?

—Soy hechicera. Conozco el poder de cada objeto. Puedo vender cosas que no tienen relevancia, pero de los objetos sagrados solo vendo copias. Las talla Carla, mi pareja. Es muy hábil en trabajos manuales.

—No tienes pinta de ser una hechicera, ni ella tampoco —soltó sin filtro, tras echar un vistazo rápido a una joven que empaquetaba cosas en viejas maletas, probablemente recogidas de lo que deja la gente junto a los contenedores.

—Aquí viene a darnos clase el profesor de Artes Ocultas de Hogwarts. Supongo que acaba de llegar de Escocia, caballero. Cuéntenos las buenas nuevas de cuanto allí acontece.

—Está bien, no sé cómo podría reconocer a una hechicera, vale. Pero… ¿Qué se supone tan malo de la cajita? Para una vez que quiero comprar algo en un mercado, tanta tontería me supera.

—No es una cajita, es una caja de música. Fue el regalo que Ildico, la última esposa de Atila, hizo a su esposo en su boda. Esa misma noche murió Atila. Su hijo Elak murió después en extrañas circunstancias.

—¿Y esas muertes las causó la caja? ¿Un trasto que llevas a patadas entre tus bolsas?

—Es inofensiva cuando está cerrada. Al abrirla, se oye una música. Por aquel entonces, eran solo imitaciones de pájaros del campo. La última vez que la oímos, un mecanismo parecido a un reloj suizo tocaba música clásica.

—La habrá actualizado Microsoft. Más motivo para que me deje comprarla. ¿Puedo verla?

—Está bien. Aquí está, profesor.

—No tiene ninguna rendija ni cerradura. Esto es un trozo de hueso —comentó el hombre, observándola desde todos los ángulos.

—No se abre usando la fuerza. Solo responde a las emociones intensas de quien la posee.

—¿Cómo la rabia de no poder abrirla?

—La cajita no es suya. Es un orsai y, como todos los orsais, conoce a su dueño.

—Pues véndemela. No hay problema si no quiere que la pueda abrir. Yo soy muy soso, nunca tengo emociones fuertes. Es imposible que la abra. Soy más soso que Ned Flanders. La última vez que me rompí un dedo tropezando descalzo en casa, exclamé: «¡Oh, cielos! ¡Qué contrariedad para mi pequeño dedo meñique!».

Por detrás se oyó a alguien reírse a mandíbula batiente.

—Que se la lleve si tanta ilusión le hace; nos hace falta el dinero —dijo Carla desde un vehículo que hacía las veces de furgoneta camperizada—. Y esta noche nos vamos de buffet libre al Colonial para celebrarlo.

—Tome, este es todo el dinero que llevo —se apresuró Gabriel, aprovechando el momento de duda para sacar doscientos euros de su cartera como quien saca al perro a pasear.

La hechicera cogió el dinero.

—Escuche bien. Tiene que mantener la calma. Miedo, rabia, alegría, deseo, lo que sea: no deje que le importen. Si una emoción alcanza demasiada intensidad, la caja se abrirá. Cuando se abre, ya no puede cerrarse. Se cierra sola cuando termina la música. Cada vez que cambia de dueño, la caja cambia con él.

—O todos mienten.

—¡Basta de bromas! La caja ya es suya y lo sabe. Ahora posee un orsai. Cuídelo y respete las normas, o puede pagarlo con su vida. Esta caja alterará cuanto la rodea para convertir en realidad la emoción que provocó su apertura, de la forma más absurda imaginable.

—Entendido. Terminen de recoger, que si no van a acabar con más agua encima que yo —dijo Gabriel, satisfecho de su adquisición y con la caja de música en la mano.

—Tenga cuidado, profesor —dijo con un hilo de voz áspera—. Cuando se abre, tiene hambre. Y cuando suena, usted ya es suyo.

—No soy profesor, no hace falta seguir ese chascarrillo… En fin, que pasen una tarde agradable.

Filigrana con una calavera

El recuerdo se disolvió en el acto cuando el vals aceleró de nuevo en el salón. La música fue creciendo hasta alcanzar un clímax insoportable. Entonces, con un chasquido metálico, terminó de golpe. La luz se apagó.

—¿Por qué se ha abierto? ¡Joder!… ¡Por la pesadilla, claro! Pero no puede materializar eso. No existen los monstruos. Nadie te ve mientras duermes —se dijo en voz alta, mientras miraba el interior de la caja.

El mecanismo era tan grande que no parecía posible que cupiese ahí dentro.

—Este trasto parece tener cargadores. Igual puedo poner otra música.

Dentro del marfil, un engranaje rotó sobre su eje y un segundo cilindro empezó a girar. La música empezó a sonar de nuevo. Violines y contrabajos orquestaban una suave melodía que no parecía poder causar ningún desastre. El mecanismo se iluminó de nuevo, esta vez de forma tan tímida que la luz parecía no atreverse a salir de la caja.

¡AQUÍ DECIDES TÚ EL DESTINO DE GABRIEL! 🎃

La caja de música vuelve a sonar. Está abierta y tiene hambre. Suena el segundo tiempo de La suite masquerade, el Nocturno. Gabriel sabe que la caja es un peligro. ¿Qué debería hacer ahora para intentar sobrevivir a esta noche?

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Capítulo 1: Tú decides el destino de Gabriel

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A cinco tiempos de tu muerte 2: Ayúdame

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