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A cinco tiempos de tu muerte, 6: Violencia.

Por Amo Luc · 12 de octubre de 2026
A cinco tiempos de tu muerte, violencia

Viene de: A cinco tiempos de tu muerte. Capítulo 5: Adidas

Música que se menciona en este capítulo:

Valeria lo había grabado todo. Ahora mandaba mensajes a su madre. Vivían en Beniparrell y muchas veces compraban en los centros comerciales del polígono. Incluso andando, su casa ya no quedaba lejos.

A cinco tiempos de tu muerte - conversacion whatsapp madre-hija

Marcos estaba desesperado. La caja no solo le había seccionado el dedo por completo; tampoco podía soltar la mano sin que la sangre volviera a brotar a borbotones.

—Tío, nos tenemos que ir de aquí ya —apremió Marcos—. Esto no para. Acompáñame al hospital. Además, si nos quedamos aquí, la policía hará preguntas. Nos pueden meter un paquete por la pelea con Dosequis.

—¿Y qué decimos en el hospital? ¿Que te lo ha mordido una boa constrictor? —respondió Fernando, con un poco de guasa.

—Ya lo pensamos por el camino. Venga, sal ya.

—Espera. Voy a arreglarte para que no vayas chorreando, que das pena.

Fernando se quitó la camiseta y la apretó bien fuerte sobre la otra, para que su compañero no tuviese que sujetarse la herida todo el tiempo.

—Vamos —continuó Fernando, cogiendo las dos mochilas—. El paleto ha dejado la puerta del bus abierta.

Valeria vio que salían y se acercó a los asientos. Se habían dejado la caja. La cogió sin pensarlo y la guardó sin que nadie se percatara. Después cruzó la autopista, pero no fue hacia su casa. Marcos y Fernando vivían cerca, y seguro habrían tomado la misma dirección.

La madre de Valeria apareció poco después, angustiada. Tras un fuerte abrazo, la chica vio cómo su madre la revisaba por todos lados.

—Mamá, estoy bien, ya te lo he dicho. ¿Has visto el vídeo que te he mandado?

—No. Cuando seas madre, sabrás que hay cosas que van primero. Si tu hija tiene un accidente, no te pones a ver un vídeo.

—Sí, mamá. Luego lo vemos juntas. Lo entiendo.

Valeria dejó la mochila en el maletero y ambas se alejaron en el coche.

Mientras, Fernando había llamado a su padre. Marcos no quería llamar al 112 y menos a sus padres.

—Mi padre sabe de todo. Si dice que es mejor ir a La Fe, vamos a ese hospital. No tardará, me ha dicho que subamos hacia Valencia por la vía de servicio —comentó Fernando—. Y de paso, así no hay ambulancia, como tú quieres.

—Vamos a decir que me lo he pillado en una puerta de seguridad. Cuando pregunten cuál, me haré el tonto, diré que con el lío no sabría encontrarla —informó Marcos.

—Eso es una tontería, pero viniendo de ti, se lo van a creer —respondió Fernando, riéndose.

—Joder, tío, ¿qué te hace tanta gracia?

—¡Pues que vas a tener que sacarte los mocos con la polla! —soltó, riéndose.

—Yo no le veo la gracia.

—Claro que no. Porque antes eras el chulo y ahora eres el manco. ¿Cómo te van a tomar en serio ahora? Aunque, claro, manco tampoco. Te falta un dedo solo —continuó—. El que usabas para mandar a la gente a tomar por culo.

—¡Cállate!

—¿O qué? ¿Me señalarás con otro dedo? Después de todas las veces que me has ninguneado, mírate ahora. Hasta los profesores se van a burlar de ti, pero yo pienso disfrutarlo antes que ellos.

—Me cago en tu raza. Te voy a matar, hijo de puta —soltó Marcos.

Clic.

Del maletero del Golf empezó a sonar St. Anger, de Metallica, aunque ni la chica ni su madre podían saberlo. Valeria escuchaba sobre todo música japonesa, como Kyary Pamyu Pamyu. Su madre prefería la de los ochenta.

—¿Eso es una alarma nueva o algo que te has puesto, tesoro? Un poco bestia para tu gusto, ¿no?

—No es mío, mamá. Es de una caja que tenía Víctor, el chico que te conté que su padre se había caído de un edificio.

—¿Y cómo es que la tienes tú?

—Es un poco complicado de explicar, mamá. ¿Podemos parar? —preguntó Valeria.

La sorna de Fernando no daba tregua en la vía de servicio.

—Venga, si no aguantas en pie. ¿Cómo vas a matarme? ¿De risa? —desafió Fernando.

Marcos sacó una navaja como pudo. Estaba muy mareado, pero intentó atacar de todos modos.

—No puedes usar eso conmigo. No matarías ni a una cucaracha, desgraciado. Estás más muerto que vivo.

Clic.

—No estamos lejos ya de casa, Valeria, tesoro. Aguantamos.

—Tenemos que parar. Esa caja hace cosas que no puedo explicar. Es muy peligrosa.

—Está bien, ya estamos llegando al final del pueblo. Si paramos aquí, la gente va a creer que estamos locas. Esa cosa cada vez se oye más.

—Date prisa, creo que ahora viene lo peor, y baja las ventanillas.

—Pero se va a oír más.

—Bájalas, mamá. En el autobús reventó una con el sonido.

Marcos atacó de nuevo y Fernando le pateó la mano. La patada abrió la herida y el chico se encogió de dolor.

—Eres un cabrón. Pensaba que éramos amigos.

—Tú no tienes amigos, Marcos. Tienes siervos —gruñó Fernando, mientras le pegaba un empujón contra la valla de la carretera.

Marcos le devolvió el empujón y Fernando cayó a la carretera.

El padre de Fernando iba con prisas a recogerlos.

No pudo esquivarlo.

El impacto estampó a su hijo contra el parabrisas. Con el frenazo, el chico cayó inerte delante del coche, como un muñeco roto.

Clic.

La radio del coche y los móviles sincronizaron la canción, a todo volumen. El estruendo hacía eco en todo el polígono.

Ellas salieron corriendo del coche, que quedó apartado en la cuneta de una rotonda.

La madre fue a abrir el maletero.

—¡No! ¡Mamá, no toques nada! ¡Vámonos! —exclamó Valeria.

Las dos se alejaron, intentando mantener el coche en su campo visual. Se sentaron en un banco, sin perder de vista el coche. Entretanto, Valeria le contaba a su madre todo lo que había visto ese día.

El padre de Fernando corrió a auxiliarlo, pero era tarde. El chico no respiraba.

Arrodillado en la calzada, intentó reanimarlo sin éxito.

Miró a Marcos, tirado en un lado, casi desmayado.

—Tú lo has matado. Te he visto lanzarlo contra el coche —escupió.

Se lanzó a estrangularlo con las manos. Sin pensar.

Clic.

—¿Sabes, tesoro? —comentó la madre de la chica—. Hacía mucho tiempo que no hablabas tanto conmigo. Está mal decirlo, pero me gusta que me necesites un poco.

—Esto no es cosa de broma, mamá. Creo que cada vez que eso se abre pasa algo malo —replicó Valeria.

—Bueno, si solo toca música fea —comentó ajena a la pelea—, podemos soportarlo. ¿Cuánto tarda en terminar?

—¿Cómo lo voy a saber? Creo que acaba con la canción, pero no es la misma de antes y no sé cuál es.

Marcos vio cómo el hombre se le echaba encima.

Con las pocas fuerzas que le quedaban, le clavó la navaja en el hígado.

El hombre continuó estrangulándolo.

Marcos continuó escarbando con el filo.

A ninguno le quedaban fuerzas.

Clic.

—Esto es de locos —dijo Valeria—. No sé cómo voy a dormir esta noche.

—Pues sigue sin pasar nada, aparte de que nos puedan multar por contaminación acústica. ¿Por qué cogiste la caja?

—No lo sé. Creo que Víctor la paró. Cuando todo iba mal, Víctor dijo algo como «Marcos, te regalo la caja» y la caja se cerró. Ahora la caja es de Marcos. Creo que me da miedo lo que pueda hacer con ella. Creo que hace caso al dueño.

—Ahora la tienes tú. La dejaremos en el sótano dentro del congelador, por si le da por intentar abrirse de nuevo. Tu padre le puede atar unas bridas.

—Sois los mejores, mamá. No sé qué haría sin vosotros.

De repente, la caja se cerró, sin que la canción pareciese haber llegado a su fin.

Un charco oscuro regaba los hierbajos del arcén.

Las últimas sombras de la tarde se extinguían como las vidas perdidas.

Ya no quedaba violencia alguna.

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