Mientras vuelvo a ti
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Título: Mientras vuelvo a ti.
Texto: © Mercedes Victoria Cebrián Berenguer, 2026.
Ilustración de cubierta y logotipo: © Mercedes Victoria Cebrián Berenguer, 2026.
Edición: © NPQ Editores, 2026.
Email: [email protected]
www.npqeditores.com
Primera edición: junio, 2026
Impreso en España.

Impreso en España.
Los papeles que usamos son ecológicos, libres de cloro y proceden de bosques gestionados de manera eficiente.
ISBN: 979-13-88234-30-9
Depósito Legal: V-2917-2026
Alguien vigila.
Sabe quién soy.
Mi mentira es mi única verdad.
No hay margen de error ni espacio para dudas.
Llegaré hasta el final… aunque todo arda.
A quienes encontraron un pedazo de sí mismos entre mis palabras.
Prólogo
El pub olía a ginebra, humo de recuerdos y canciones de los noventa que parecían empeñadas en devolver la juventud a quien ya no la quería. Alma tenía treinta y ocho años, un vestido negro y ajustado que pasaba como de fiesta, pero que marcaba un luto reciente, y los ojos hinchados de tanto llorar en silencio. Su amiga Cris la había arrastrado —literalmente— a aquel sitio con la promesa de «una noche para soltar la tristeza», pero no tenía espíritu ni para soltar el aliento. Su vida la había enterrado seis meses atrás, junto con Juan Antonio, su marido, su todo, su imposible.
Mientras Cristina y otras dos amigas comenzaban a moverse con torpeza entre risas fingidas y copas baratas, Alma se deslizó sola hacia la barra del bar. Pidió un whisky sin hielo. «¡Dios! ¿Qué estoy haciendo? ¡Si ni siquiera me gusta este sabor!». Sin embargo, lo necesitaba ardiendo en su delgada garganta, como todo lo que sentía dentro de su ser desgarrado.
Se quedó allí, encorvada sobre el vaso, abrazada a su tristeza como si fuera una bufanda invisible. Los ojos vidriosos, las manos temblorosas. No quería estar allí y se visualizaba como un ente oscuro capaz de aguar cualquier fiesta.
La música zumbaba en sus oídos, pero se le antojaba muy lejos. ¿Qué hacía allí? Se sentía fuera de lugar. Cada conversación con sus amigas le parecía superficial; cada sonrisa, un leve esfuerzo. Alma miró de reojo su reloj, intentando que no se notara, estudiando con disimulo cuánto sería educado quedarse antes de desaparecer. Sin embargo, tampoco quería estar en casa y que su hija de trece años la viera en ese estado de desánimo permanente en el que se encontraba. No quería estar en ninguna parte. Solo anhelaba volatilizarse del mundo y tener cerca el perfume de su marido, su mirada, sus manos acariciándole la piel… Pero no debía dejarse derrumbar; tenía que sacar fortaleza, por Noa, aunque por dentro solo fuera una muerta andante.
Entonces, Frank la vio.
Él estaba a unos metros, apoyado en la barra, con un vaso de ron en la mano y una mirada que parecía escrita en otro idioma. Traductor de día, bohemio de noche, llevaba una camisa blanca sin planchar y un aura de hombre que escucha más de lo que habla. No la miró como se mira a una mujer en un bar, sino como quien encuentra un poema triste olvidado en medio de una acera mojada.
Se acercó sin miedo. Con el respeto que se tiene ante alguien que no necesita un ligue… sino aire. Él se dio cuenta y, sin poder evitarlo, se compadeció de esa chica de semblante dulce y mirada ausente.
—¿Te molesta si me siento? —preguntó con voz suave, como si ya supiera que la respuesta sería un suspiro.
Alma alzó sus húmedos ojos. Se los limpió con la manga, casi avergonzada. Él no apartó la mirada.
—Estoy… —empezó a decir ella.
—Rota —completó él, sin juicio, sin pena. Solo con una certeza que parecía haber vivido antes.
Ella asintió, sorprendida por la precisión de esa palabra viniendo de un desconocido. Frank hizo un gesto al camarero y pidió dos copas más.
—No quiero parecer maleducada, pero no quiero beber contigo —dijo ella con decisión, pero sin fuerza.
Frank la miró con dulzura.
—No tienes que hacerlo. Solo acompáñame mientras yo lo hago. A veces, el silencio de otro también cura.
Ella esbozó una sonrisa de abatimiento. Él la miró con unos ojos verde grisáceos que parecían contener un mar al atardecer, y le dijo algo que la desarmó por completo:
—¿Sabes? Las personas que se van no quieren que muramos con ellas. Y, si lo hacemos… les robamos el sentido de habernos amado.
Alma se quedó helada.
Sintió que una parte de ella —esa parte que se había encerrado en una tumba emocional— acababa de abrirse a una pequeña rendija de esperanza. Solo un poco; pero por ahí entró un poco de aire… un poco de vida; lo que hizo que Alma se quedara inmóvil. La frase se le había clavado como una gota de luz en el pecho. Trató de tragar saliva, pero algo en su garganta se negaba a dejarla pasar.
«¿Quién se cree este desconocido para decirme algo así? ¿Acaso tiene idea de lo que significa dormir cada noche con un fantasma en la cama?».
—¿Y tú qué sabes? —espetó con voz temblorosa—. No me conoces. No sabes lo que he perdido.
Frank no se movió. Tampoco se disculpó. Solo bajó un poco la mirada, con una calma que no parecía arrogancia, sino un poco de comprensión.
—Tienes razón. No lo sé. Pero te he visto. Y a veces… eso basta.
En ese momento, una de sus amigas apareció tambaleándose con su copa en la mano. Cris, siempre alerta, siempre con ese radar que detecta emociones como si fuera bruja.
—¿Te está molestando, Alma? —preguntó con un tonito entre hermana mayor y guardaespaldas de discoteca.
Alma respiró hondo. Parpadeó. Por un segundo pareció que diría que sí, que se levantaría, que se iría al baño a llorar, pero, para asombro de su amiga, le contestó:
—No, Cris. Tranquila. Estoy bien.
Ambos se quedaron en silencio. Cristina la observó unos segundos, sorprendida de notarla tan tranquila. Luego asintió con una sonrisa a media asta y se marchó, dándole espacio.
Frank se quedó en silencio, respetuoso. Alma tomó un sorbo de su whisky. Tenía el corazón en la garganta y la mirada un poco más firme.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, como quien da permiso para que alguien se siente en su sombra.
—Frank.
—O sea, el Paco en español de toda la vida, ¿no?
Frank no pudo evitar que se le escapara una carcajada ante ese comentario.
—Sí, pero dicho con estilo… Suena más internacional.
—Ah, claro. Frank, el Paco con glamour.
Alma no pudo evitar sonreír entre lágrimas. La primera vez desde el funeral.
El joven observó que, cuando sonreía, desprendía un brillo especial. Le gustó haberla hecho reír, aunque fuera a costa de su nombre.
—Exactamente. El mismo, pero con acento y misterio. ¿Y tú, cómo te llamas?
Aunque ya se lo había escuchado decir a su amiga, quería oírlo de esos labios femeninos.
—Alma. Y no es bromaaa.
Él sonrió, la miró un segundo, con esa media sonrisa suya que parecía esconder una ironía suave.
—Menos mal… —dijo— porque si me dices que te llamas Esperanza, te invito a un tequila y salgo corriendo. No estoy emocionalmente preparado para tanto simbolismo.
Alma soltó una carcajada breve, involuntaria. Una de esas risas que salen por reflejo, como si el alma —la suya— aún supiera encenderse de repente.
—Pues ya ves —dijo ella, con una sonrisa tímida—. Me tocó cargar con el nombre y con el drama.
—Tranquila. Yo soy Frank… que suena a camarero de novela turca barata, pero en realidad traduzco textos húngaros sobre bacterias al español.
—Y aun así me estás hablando —bromeó ella.
—Por eso mismo. Estoy entrenado para sobrevivir a contextos tóxicos.
Esta vez Alma no solo sonrió. Lo miró, pero deteniéndose en su rostro, examinándolo con mucha atención.
Frank la observó con curiosidad; no sabía cómo preguntarle. Dio un sorbo a su copa y preguntó, casi en un susurro:
—¿A quién has perdido?
Ella bajó la mirada, respiró hondo y dejó el vaso sobre la barra como si le pesara. La música seguía sonando detrás; se escuchaba lejana. Un eco de una vida que seguía sin ella.
—A mi marido —dijo sin filtros—. Hace seis meses. Accidente de coche. No hubo aviso. Una llamada y ya está… Todo… —no pudo acabar la frase.
Frank no dijo nada. No había consuelo inmediato para eso. Ella se encogió de hombros.
—Creía que era el amor de mi vida —siguió relatando, sin mirarlo—, que con él me iba a hacer viejecita. Y ahora solo… me hago vieja sin él. Me levanto, respiro, hago lo que se espera. Pero no siento. Parece que me he quedado a vivir en una estación de trenes. Ni dentro ni fuera. Solo… esperando algo que no sé si llegará.
Frank tragó saliva. No por pena, sino por el peso de lo que acababa de escuchar.
—¿Sabes lo que pienso? —dijo, con voz serena—. Que amar a alguien tanto como tú amaste… eso no desaparece. Eso te cambia. Y duele, sí. Pero también es prueba de que viviste algo real. Y lo real… no muere. Cambia de forma.
Alma giró un poco la cabeza hacia él.
—¿Y qué forma tiene ahora?
Frank sonrió con los ojos.
—La forma de un recuerdo que no te paraliza… sino que te empuja. Cuando puedas recordarlo sin romperte, vas a darte cuenta de que su amor te preparó para seguir viviendo. No para detenerte.
Ella apretó sus labios carnosos mientras lo miraba, con miedo hasta de parpadear. Sentía que iba a ponerse a llorar de nuevo en cualquier momento. Otra vez… Pero esta vez era distinto. No era ese llanto de «todo está perdido», sino el que llega cuando alguien dice algo que resuena en el fondo del pecho, donde aún queda algo vivo.
—No creo que pueda. Solo fingiré por Noa. Es mi hija —susurró.
Frank se acercó apenas un poco más, sin invadirla.
—¿Sabes qué haces ahora mismo?
—¿Qué?
—Respiras, estás hablando, te estás dejando acompañar. Alma, eso ya es empezar. Quizá no se supera del todo, pero sí se sobrevive. Y después… se vuelve a sentir. De otra forma, sí, pero se siente.
Ella cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había en su mirada una minúscula grieta de luz. Y, sin poder evitarlo, cedió al impulso de abrazar a ese ángel enviado por el destino. Se apartó un poco, avergonzada. Nunca había cometido la locura de arrojarse a los brazos de un extraño con el que apenas llevaba unos minutos hablando en la barra de un bar.
—Gracias, Frank —le dijo, todavía aturdida por su propio comportamiento.
Ese abrazo perturbó al joven. El perfume de esa mujer lo atrapó en ese apretón tan gratificante, haciéndolo experimentar algo que llevaba años dormido.
—No tienes que agradecerme nada; solo prométeme algo.
—¿El qué?
—Que no entierres también a la mujer que aún puede volver a vivir. A ella, déjala salir… cuando esté lista.
Alma asintió con tristeza, pero el aire ya no le supo a ceniza como antes.
Fue entonces cuando, al deshacerse del abrazo, Frank la observó de cerca. Bajo la tenue luz del local, con el cabello dorado cayendo sobre sus hombros, los labios húmedos por el whisky y esa tristeza profunda en la mirada, Alma era preciosa. No de una forma evidente, ni como alguien que busca llamar la atención, sino como esas flores que, incluso marchitas, te obligan a detenerte a olerlas. «Dan ganas de protegerla, de quedarse un poco más. ¿De permanecer para siempre? Qué sandeces están pasando por mi mente».
Pero entonces sonó su móvil.
—Sí… No, todavía no estoy en el aeropuerto. Sí, voy hacia allí, lo siento. En un rato abren la puerta de embarque. Ok, salgo para allá.
Colgó. Se giró hacia ella con cierta pena en los ojos.
—Tengo que irme —dijo con ternura—. Mi vuelo sale en menos de una hora. Vivo en Budapest. Es donde trabajo; traduzco para una editorial de allí.
Alma intentó sonreír, pero le dolió un poco. No sabía por qué la idea de que se fuera tan pronto le encogía el corazón.
—Bueno… —murmuró—, al menos me salvaste de llorar en público esta noche.
Frank la miró con esa mezcla de delicadeza y lucidez que ya era parte de él. Luego, se acercó a poca distancia de su rostro y le dijo:
—Alma… A veces la vida nos pone delante a alguien justo en el momento en que más nos hemos olvidado de nosotros mismos.
Ella lo miró, confundida, con esos ojos almendrados de color miel. Él le sonrió por última vez…
—Tú te has olvidado de lo valiosa que eres. Pero, por lo que veo… tus amigas no, que no me quitan el ojo de encima por si soy un depravado sexual o algún vampiro de la noche —dijo señalando con la mirada adonde se encontraban Cris y las otras dos chicas. Y entonces, como sabiendo que no debía decir más, se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Uno lento, de una calidez respetuosa, como quien no busca marcar territorio, sino dejar la magia intacta.
—Si alguna vez pasas por Budapest… búscame —dijo mientras se giraba para irse—. A veces, los traductores también sabemos leer entre líneas.
Y con esa última frase, Frank desapareció entre la gente de ese pub.
Alma se quedó quieta, tocándose la mejilla donde ese chico misterioso, segundos antes, había posado sus cálidos labios. Mantuvo su mirada en la puerta por la que su silueta había desaparecido, como si no supiera del todo si aquello había ocurrido o era tan solo fruto de su imaginación. Sin darse cuenta, sonrió. Muy, muy despacito. Pero, por fin, sonrió de nuevo esa noche.
—¡Esa sonrisa me la debes a mí! —soltó divertida Cris, señalándola con el dedo, como un testigo clave en un juicio.
Alma giró la cabeza, todavía con esa calma extraña instalada en su pecho.
—¿Perdón?
—Sí, sí, no pongas cara de santita con destellos de mosquita muerta. Que hace dos horas me estabas diciendo que no ibas a salir ni aunque te pagasen, que estabas fatal, que todo era una mierda… —bajó la voz solo un poco, con dulzura— y lo entiendo, lo sé. Pero… ¡Jooo! ¡Mírate!
Alma se encogió de hombros, bajando la mirada, casi sintiéndose culpable de haber sonreído.
—Solo ha sido un momento —reconoció.
Cristina sonrió con cariño, sin quitarle hierro, pero sin dejar de ser ella.
—Ese momento vale oro, amiga. No digo que estés bien, ni que vayas a estarlo mañana. Solo digo que si hoy, aunque sea por error, te he arrancado esa tímida sonrisa… ya ha valido la pena sacarte de casa a rastras. Ya verás cuando le cuente a Noa que su madre ha sonreído por otro motivo que no sea ella. El hombre que ha salido por esa puerta se merece un pedestal, el mismísimo cielo. Ahora, vas a apurar ese vaso de whisky y quiero oírte decir… «Cris, eres la mejor amiga que tengo. Gracias por insistir en que salga a dar un voltio contigo». ¡¡Venga!! ¡No tengo toda la noche! —le dijo en la oreja con gesto de indignación.
Alma tragó saliva. No dijo nada. Solo alzó un poco su copa.
—Gracias por insistir —murmuró.
—¡Gracias a ti por no tirarme a la cabeza tu móvil cuando te dije que te pusieras guapa y salieras conmigo! —soltó Cristina, con una carcajada.
Tras unos minutos de complicidad entre las dos, se hizo un silencio cómodo. Alma apoyó su cabeza en el hombro de Cris y dejó que esa chispa germinal que Frank había encendido flotara un rato más dentro de ella, para no apagarla del todo.
Y entonces, sin saber por qué, sus ojos se fueron hacia la puerta del local, allí, justo donde él, minutos antes, había desaparecido. Como si aún quedara en el aire un rastro suyo, semejante al de un ángel misterioso que había pasado solo para recordarle que, aunque el amor se apague, la vida no deja de brillar del todo, y que está hecha para vivirla.

1
Un año después…
Iván
Las sábanas eran un océano cálido, arrugado y testigo de lo prohibido. Iván deslizó su mano por la espalda desnuda de Melania, y ella tembló como si cada caricia fuera una palabra susurrada en lo más hondo de su alma. Sus cuerpos, aún entrelazados, latían al ritmo de un mismo deseo callado pero urgente.
Ella cerró los ojos por un segundo, con la respiración entrecortada, mientras su cuerpo crujía de placer.
—No sé qué me das, Iván —murmuró—. Me pierdo contigo.
—Ya lo sabes: mi vitamina P es lo que te doy, Melania.
Un gemido resonó entre las paredes de la habitación de aquel hotel, refugio efímero de sus pasiones, mientras él le besaba la clavícula con la calma de quien conoce su poder.
—Tal vez lo que ocurre es que conmigo no tienes que fingir, nena.
De pronto, sonó el móvil de Melania, seco e insistente.
De un salto se incorporó, con los ojos desorbitados, y observó quién estaba al otro lado de la llamada entrante.
—¡Dios! —susurró—. ¡Es Mario! Mi marido…
Iván no se movió. Su expresión era la misma de siempre: segura, impenetrable. Apenas ladeó la cabeza y, con la yema de los dedos, trazó un lento camino por su muslo derecho, caricia a caricia, hasta su triángulo más prohibido. Mientras lo recorría con suavidad, le susurró a la mujer, mirándola a los ojos con un deseo insaciable:
—Qué pena… Y yo que pensaba que aún no habíamos terminado.
Melania lo miró, dividida entre la risa y el vértigo. El peligro la encendía. El remordimiento aún no tenía cabida en ese instante.
Se incorporó lo justo para colgar la llamada que seguía sonando con insistencia.
—Venga, mi Iván el Temible, solo un poquito más. No pasa nada si mi marido no recibe respuesta inmediata —dijo, en apenas un murmullo, mordiéndose el labio
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