A cinco tiempos de tu muerte, 3: el regalo
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Silvia y Arancha se fundieron en un abrazo breve. Ni Arancha ni su pareja, Ethan, habían ido al entierro de Gabriel; solo el pequeño Víctor, de doce años, hijo de Arancha, había acudido con su abuela.
—Siento no haber venido antes, hermanita —murmuró Arancha. Llevaba gafas de sol y una capa gruesa de maquillaje.
—Queríamos estar, cuñada, pero con todo el lío de… —empezó a disculparse Ethan.
—Las cervezas de Gabriel siguen en la nevera, Ethan —lo cortó Silvia en seco, sin mirarlo a la cara—. Coge las que quieras; hay más en la alacena.
Ethan se tragó la contestación y se fue a la cocina con cara de bulldog.
—Aún no me lo creo, Silvia —dijo Arancha con pesar—. Gabriel parecía tan en forma, no me lo esperaba para nada…
—Hacía años que los dos teníamos asumido que un día u otro el corazón le fallaría. Pero ha sido muy triste, cuesta seguir adelante.
Silvia dio un paso hacia su hermana y, sin pedir permiso, le retiró las gafas. Una hinchazón morada le cubría la parte izquierda de la cara, desde el párpado hasta el pómulo.
—¡Dios mío! —soltó Silvia con una mueca amarga—. Yo vengo de un funeral y tú llevas el ojo a la funerala.
Arancha dejó escapar una risita nerviosa mientras se encajaba las gafas a toda prisa.
—Mejor así, de verdad.
La voz de Ethan llegó desde el pasillo, con el bote en la mano.
—¿De qué os reís?
—Ethan —volvió a atajar Silvia—, en el cuarto de invitados he dejado la ropa de Gabriel. Coge lo que te sirva antes de que lo tire.
Ethan enarcó una ceja, pero la idea de algo gratis le pudo y asintió.
—¿Tienes un cargador tipo C, tía? —preguntó Víctor, quizá buscando abstraerse un rato con el móvil.
—En la cestita de las revistas tienes de todo, cielo.
Buscando el cargador, el chaval encontró un objeto antiguo macizo, del tamaño de dos cubos de Rubik, con imágenes talladas en los laterales.
—¿Qué es esto? —preguntó enseguida.
—Es algo de un mercadillo que compró tu tío. Quédatelo si te gusta, cielo. Él querría que lo tuvieras.
—Gracias —dijo él abrazándola, más para calmar la tristeza que para agradecer nada.
—Bueno, Arancha —dijo Silvia—. ¿Qué es eso del hospital?
Víctor levantó la cabeza enseguida. Silvia miró a su hermana y después a su sobrino. Entonces recordó lo que el niño le había contado durante el sepelio.
—Víctor… Me habías prometido no decir nada —suspiró Arancha, con una mirada de reproche.
Víctor le levantó la camiseta a su madre. De costillas a cintura, moratones oscuros y cicatrices decoloradas cubrían el lienzo macabro en el que se había convertido su piel.
Silvia se quedó sin aire, igual que se quedó sin prudencia.
—¿Qué coño es esto, Arancha? —exclamó horrorizada—. Tienes que denunciarlo. Ahora mismo te acompaño a la comisaría.
Ethan, que había visto parte de la escena, avanzó hacia ellas sin ver otra cosa que la salida.
—Nos vamos —sentenció, agarrando a su pareja del brazo—. Ya nos hemos entretenido bastante.
—¡Suéltala! —saltó Silvia.
Pero Ethan ya tiraba de ella por el zaguán.
—Gracias por la ropa, cuñada. Adiós.
—No le hagas daño, por favor —suplicó Víctor, mientras los tres desaparecían tras las puertas del ascensor.

Algo más tarde, Víctor subió a casa, dejó sus cosas junto al sofá y los tres se sentaron a cenar en la cocina.
El zumbido del extractor puso banda sonora al puchero de la semana. Nadie hablaba. El chaval jugaba con la comida sin probarla.
—¿Vas a estar toda la noche con esa cara? —soltó Ethan, dejando el tercer bote de cerveza en la mesa con más fuerza de la necesaria.
Arancha se sobresaltó, pero no apartó la mirada.
—¿Qué cara, Ethan? Solo estoy cansada.
—¿Cansada de qué? —se encaró él—. Cansada de ir a meterle mierda en la cabeza a tu hermana, ¿no? Cansada de ir a llorarle para que te compadezca.
—Yo no le he llorado a nadie…
—¡No mientas! —golpeó la mesa—. ¿Te crees que soy tonto? Vi cómo se lo enseñabas. Le fuiste con el cuento a la viudita para que me mire como si fuera un monstruo.
—Ella no le enseñó nada —intervino Víctor, levantando la vista por primera vez—. Fui yo quien le levantó la camiseta.
Ethan se giró hacia el niño de golpe y habló muy despacio.
—¿Tú? Con doce años de mierda… ¿Qué coño tienes tú que enseñar ni hablar de lo que pasa en esta maldita casa, enano?
—Ethan, por favor, déjalo, es solo un niño… —suplicó Arancha, intentando ponerse en medio.
—¡Tú te callas! —la cortó él poniéndose de pie—. Aquí el problema es que ninguno de los dos me tiene el más mínimo respeto. Y a mí en mi propia casa no me vacila ni Dios.
—Es nuestra casa, no tuya —exclamó Víctor—. La compró mi padre. Si él estuviera aquí, ya te habría echado.
—¡No me hables así! —gritó Ethan.
De un tortazo seco tiró al niño de espaldas. Arancha corrió a levantarlo, pero Ethan le puso la zancadilla. Cayó contra el cristal de la puerta. El cristal se rompió y un trozo le atravesó el brazo.
Víctor se levantó con rabia.
—¡Desaparece de nuestras vidas, maldito asesino!
—¡Te voy a dar una paliza que no te va a conocer ni tu madre, crío de mierda!
—¡No! Para, por Dios. Y ayúdame. Estoy muy mareada —suplicó Arancha—. Trae una venda, rápido.
Arancha había arrancado el cristal del brazo y con la mano intentaba contener la sangre, que caía al suelo sin parar. Ethan salió corriendo a por el botiquín, con una maldición entre dientes.
Taaaan… taráaan… tan-tan, tan tararan…
Una canción empezó a oírse, como cuando los vecinos no querían oír las peleas.
Solo que esta vez estaba muy cerca. Demasiado.
Casi por instinto, Víctor se tocó el bolsillo. El móvil estaba ahí. Extrañado, siguió la música. Venía del comedor. De su mochila.
Víctor miró dentro. El orsai estaba completamente abierto. Se oyó un clic.
Del mecanismo salía una música rasgada inconfundible y una luz cegadora que lo asustó.
Hello, hello, hello, how low?
—¿Nirvana? —preguntó Ethan, que traía el botiquín en la mano, desorientado—. ¿Quién coño hace una caja de música con una canción de Nirvana? ¡Apaga eso, crío de mierda!
—¡No puedo! ¡No puedo cerrarlo!
Oh well, whatever, never mind…
Silencio.
—Ya está —respiró el niño—. Se ha parado.
Pero se oyó otro clic y empezó de nuevo. Una luz intermitente anaranjada inundó todo el piso y la canción continuó.
Hello, hello, hello, how low?
—¡Que lo apagues te he dicho! —bramó Ethan—. ¡Me va a reventar la cabeza!
—¡Que no puedo pararlo, no sé cómo funciona! —gritó desconsolado Víctor, intentando elevar la voz por encima del estruendo que hacía vibrar las paredes.
Silencio.
—Aún no lo puedo cerrar —se quejó el chaval.
Clic.
A denial, a denial, a denial, a denial…
No parecía que fuera a terminar nunca.
Ethan dio dos zancadas, arrebató la caja de las manos de Víctor y corrió hacia el balcón, dispuesto a lanzarla al vacío con todas sus fuerzas, como una bola de beísbol.
La carrera acabó en el monopatín del niño.
La barandilla no lo paró. Ethan desapareció en la oscuridad de la noche.
—¡Mamá! —gritó Víctor.
—Ya no está, cielo —dijo con calma—. No dejes el monopatín por la casa. Guarda siempre bien tus cosas en tu habitación, por favor.
—¿Estás bien, mamá? Lo siento mucho.
—Vamos a llamar a la policía.
Víctor salió al balcón a por el monopatín y se asomó.
—Doce años de mierda, doce pisos de mierda.
Abajo, una luz roja se apagó en la acera. Ethan apenas se distinguía en la oscuridad.
—Has caído como el Coyote.
Arancha fue a coger su teléfono y Víctor cogió su mochila.
—Ahora vuelvo, mamá. Tengo que hacer algo.
El chico bajó por la escalera. Sin prisa. Salió a la acera y se abrió paso entre la gente curiosa.
—¡Creo que es mi padrastro, dejadme pasar!
Víctor se acercó a Ethan, le arrancó la caja de música de las manos y la guardó en su mochila.
Mientras se volvía, solo dijo:
—Es él.
¿POR QUÉ HA BAJADO VÍCTOR A POR LA CAJA? 🎃
¿Qué pasaba por la cabeza del niño? Según lo que elijas, continuará la historia. Deja tu voto y, si quieres, amplía tu teoría en los comentarios.
¿Por qué ha bajado Víctor a por la caja?
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