A cinco tiempos de tu muerte
A cinco tiempos de tu muerte es una historia que no voy a escribir a solas.
Cada tres días, tú decides qué continúa. Habrá cinco opciones y la más votada marcará el rumbo del siguiente capítulo.
No hay guion cerrado. No hay final decidido de antemano.
Solo una caja de música, cinco tiempos y un hombre que quizá debería haber dejado aquella caja donde la encontró.
Y, a partir de ahora, tú tienes parte de culpa.
¡Bienvenido al horror!

Capítulo 1: Gabriel
El frío en los pies lo despertó de golpe, pero lo que lo mantuvo inmóvil en la cama fue el sonido.
Una música desconocida se oía en la casa. Un vals de notas metálicas, agudas y frenéticas, con un compás que parecía acelerar a cada segundo, desbocado, incapaz de encontrar un ritmo humano. Era una melodía elegante, pero tenía algo de histérico, algo que se le clavaba en el cerebro como una alarma e impedía cualquier intento de volver a cerrar los ojos.
Gabriel se incorporó, pasándose la mano por la cara.
—Maldita sea la tele… —farfulló—. Parece el Vals número 2, pero no es. Es algo más bastardo.
Convencido de que se había dejado el televisor encendido en un canal de madrugada, avanzó descalzo. Sin embargo, al cruzar el umbral de la entrada, encontró la pantalla completamente negra, reflejando una oscuridad extraña que no se sentía vacía.
En la penumbra del salón, a la derecha de la televisión, una luz tenue azulada iluminaba el entorno. La música salía de una caja de marfil, justo debajo de aquella luz.
La caja, de hueso macizo y tacto suave, del tamaño de dos puños, estaba abierta. Una tapa rígida, que antes había parecido una sola pieza soldada e imposible de separar por más fuerza que aplicara, se había levantado sola, mostrando el mecanismo típico de estas cajitas de música de las tiendas de recuerdos. El vals brotaba incansable a una velocidad absurda. Gabriel intentó presionar la cubierta para cerrarla, pero la estructura no cedía ni un ápice; era como intentar doblar un bloque de mármol.
Al acercarse, se estremeció. La caja estaba helada. Sin embargo, el suelo, e incluso la mesa, estaban calientes. Un calor extraño, casi humano. Como si alguien hubiese estado allí manipulándola.
Gabriel retrocedió un paso, rozando con el talón la esquina del sofá, y el sonido del vals pareció taladrarle las sienes.

Todo por culpa de la maldita reordenación del barrio.
Gabriel llevaba más de cuarenta minutos dando vueltas en coche con el codo apoyado en la ventanilla, renegando entre dientes contra el Ayuntamiento. Hacía tres tardes, tras poner unos carteles de aviso, en un solo día habían desaparecido decenas de plazas de aparcamiento porque Movilidad había decidido usar el espacio para plazas de moto vacías.
Molesto y alejándose cada vez más de su trayecto habitual, terminó tirando el coche en una calle estrecha que ni siquiera le sonaba.
Al volver a pie hacia su casa, empapándose poco a poco bajo la lluvia fina, chocó de frente con un mercadillo de tenderetes. Era absurdo: llevaba diez años viviendo en ese distrito y jamás había visto puestos montados en esa travesía.
El mercado ya estaba recogiendo. Lonas dobladas, esqueletos de hierro al descubierto y furgonetas con los motores al ralentí. En la esquina más oscura, una mujer de cabellos claros recogidos en un pañuelo oscuro amontonaba figurillas y trastos de bronce sobre una manta.
Gabriel se fijó en una pieza de marfil entre el polvo.
—Está cerrado —dijo la mujer sin mirarlo, con una voz seca, sin levantar la espalda.
—Solo quiero ver esa caja —contestó Gabriel, dando un paso adelante.
—No está en venta. Recojo. Está empezando a llover y no quiero que se estropee el género. Váyase a su casa.
—Cuarenta minutos buscando aparcamiento, los pies mojados y una vendedora que no quiere vender. ¿Qué más puede fastidiarme la tarde?
—Créame —le dijo acercándose tan rápido que parecía haberse teletransportado— que esa caja le fastidiaría. La tarde y la vida entera.
Gabriel se fijó bien; la tenía muy cerca. Debía tener cincuenta años. Era bastante alta y rubia, y parecía que se acababa de planchar el pelo. Llevaba unos pantalones vaqueros negros con tiras de remaches en los lados y un suéter lencero también oscuro. No parecía una gitana. Ni siquiera parecía una vendedora de mercado.
—¿Qué? ¿Cómo me va a fastidiar la vida una cajita?
—Esta caja es muy antigua. Como casi todo lo que tengo aquí, proviene de los sacerdotes sármatas, anteriores al cristianismo. Me ha sido confiado por gente que huía de la guerra de Ucrania. Los descendientes que quedaban custodiando los objetos sagrados están todos muertos por las bombas del oso ruso.
—¿Y traicionas esa confianza vendiéndolas?
—Soy hechicera. Conozco el poder de cada objeto. Puedo vender cosas que no tienen relevancia, pero de los objetos sagrados solo vendo copias. Las talla Carla, mi pareja. Es muy hábil en trabajos manuales.
—No tienes pinta de ser una hechicera, ni ella tampoco —soltó sin filtro, tras echar un vistazo rápido a una joven que empaquetaba cosas en viejas maletas, probablemente recogidas de lo que deja la gente junto a los contenedores.
—Aquí viene a darnos clase el profesor de Artes Ocultas de Hogwarts. Supongo que acaba de llegar de Escocia, caballero. Cuéntenos las buenas nuevas de cuanto allí acontece.
—Está bien, no sé cómo podría reconocer a una hechicera, vale. Pero… ¿Qué se supone tan malo de la cajita? Para una vez que quiero comprar algo en un mercado, tanta tontería me supera.
—No es una cajita, es una caja de música. Fue el regalo que Ildico, la última esposa de Atila, hizo a su esposo en su boda. Esa misma noche murió Atila. Su hijo Elak murió después en extrañas circunstancias.
—¿Y esas muertes las causó la caja? ¿Un trasto que llevas a patadas entre tus bolsas?
—Es inofensiva cuando está cerrada. Al abrirla, se oye una música. Por aquel entonces, eran solo imitaciones de pájaros del campo. La última vez que la oímos, un mecanismo parecido a un reloj suizo tocaba música clásica.
—La habrá actualizado Microsoft. Más motivo para que me deje comprarla. ¿Puedo verla?
—Está bien. Aquí está, profesor.
—No tiene ninguna rendija ni cerradura. Esto es un trozo de hueso —comentó el hombre, observándola desde todos los ángulos.
—No se abre usando la fuerza. La caja se abre cuando un sentimiento de quien la posee es lo suficientemente intenso para que la cajita lo tenga en cuenta.
—¿Cómo la rabia de no poder abrirla?
—La cajita no es suya. Es un orsai y, como todos los orsais, conoce a su dueño.
—Pues véndemela. No hay problema si no quiere que la pueda abrir. Yo soy muy soso, nunca tengo sentimientos intensos. Es imposible que la abra. Soy más soso que Ned Flanders. La última vez que me rompí un dedo tropezando descalzo en casa, exclamé: «¡Oh, cielos! ¡Qué contrariedad para mi pequeño dedo meñique!».
Por detrás se oyó a alguien reírse a mandíbula batiente.
—Que se la lleve si tanta ilusión le hace; nos hace falta el dinero —dijo Carla desde un vehículo que hacía las veces de furgoneta camperizada—. Y esta noche nos vamos de buffet libre al Colonial para celebrarlo.
—Tome, este es todo el dinero que llevo —se apresuró Gabriel, aprovechando el momento de duda para sacar doscientos euros de su cartera como quien saca al perro a pasear.
La hechicera cogió el dinero.
—Escuche atentamente. Tiene que mantener siempre la calma. No importa lo desesperado que esté por conseguir algo, por evitarlo, por miedo, por alegría o cualquier otra cosa. Si la caja detecta ese exceso, se abrirá. Cuando se abre, no es posible cerrarla. Se cierra sola cuando la música termina. No hay forma de saber cómo es la caja ahora; siempre que cambia de dueño, es distinta.
—O todos mienten.
—¡Basta de bromas! La caja ya es suya y lo sabe. Ahora posee un orsai. Cuídelo y respete las normas, o puede pagarlo con su vida. Esta caja potenciará el mundo a su alrededor para que el sentimiento que haya provocado su apertura se materialice de la forma más absurda imaginable.
—Entendido. Terminen de recoger, que si no van a acabar con más agua encima que yo —dijo Gabriel, satisfecho de su adquisición y con la caja de música en la mano.
—Tenga cuidado, profesor —dijo con un hilo de voz áspera—. Cuando se abre, tiene hambre. Y cuando suena, usted ya es suyo.
—No soy profesor, no hace falta seguir ese chascarrillo… En fin, que pasen una tarde agradable.

El recuerdo se disolvió en el acto cuando el vals aceleró de nuevo en el salón, alcanzando un tempo desquiciado, vertiginoso, que parecía romper las láminas del mecanismo interior.
—¿Por qué se ha abierto? Joder. ¡Por la pesadilla, claro! Pero no puede materializar eso. No existen los monstruos. Nadie te ve mientras duermes —se dijo en voz alta.
El mecanismo era tan grande que no parecía posible que cupiese ahí dentro.
—Este trasto parece tener cargadores. Igual puedo poner otra música —se dijo en voz alta.
El último compás del vals murió con un chasquido metálico y la luz se apagó. Dentro del marfil, un engranaje rotó sobre su eje y un segundo cilindro empezó a girar. La música empezó a sonar de nuevo. Violines y contrabajos orquestaban una suave melodía que no parecía poder causar ningún desastre. El mecanismo se iluminó de nuevo, esta vez de forma tan tímida que la luz parecía no atreverse a salir de la caja.
¡AQUÍ DECIDES TÚ EL DESTINO DE GABRIEL! 🎃
La caja de música vuelve a sonar. Está abierta y tiene hambre. Suena el segundo tiempo de La suite masquerade, el Nocturno. Gabriel sabe que la caja es un peligro. ¿Qué debería hacer ahora para intentar sobrevivir a esta noche?
Capítulo 1: Tú decides el destino de Gabriel
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