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A cinco tiempos de tu muerte, 4: el café de mediodía

A cinco tiempos de tu muerte, 4: el café de mediodía

Viene de: https://lahechicerarubia.es/a-cinco-tiempos-de-tu-muerte-3-el-regalo/

—Hiciste bien en recogerla, hijo —dijo Arancha—. Al fin y al cabo, fue un último regalo de tus tíos.

Víctor examinaba los grabados de los laterales.

—Mamá, no es solo un regalo. En el momento en el que grité a Ethan que desapareciera de nuestras vidas, empezó la música. Ahora no sé abrirla, y tampoco sé si quiero abrirla.

—Entonces, no sé qué habría pasado si se la hubiera llevado la policía, o si la hubiera recogido un vecino… No quiero que toques esa cosa. Imagínate que la usen.

—No pueden. La caja me hace caso a mí. Él estaba chillándome antes y no pasó nada.

Arancha se detuvo un segundo con la bayeta en la mano.

—Entonces es un arma. Mató a Ethan… un arma que conoce tu voz. ¿Estás asustado?

—No sé el motivo, pero ahora no siento ningún miedo. He visto lo que puede hacer la caja. Es mejor que siga cerrada.

En ese instante, el teléfono móvil de Arancha empezó a vibrar sobre la mesa, ahogando la conversación.

—¿Sí?… Hola, buenos días… Sí, soy yo.

Víctor vio a su madre descomponerse.

—¿Cómo que una ejecución de aval?… No… Mi marido falleció hace una semana, no puede ponerse al teléfono… ¿La casa? Pero si la hipoteca estaba liquidada… ¿Cómo? ¿Ethan puso la casa como garantía para la tienda de CBD?

A Arancha se le cortó la voz. Las lágrimas le brotaron sin control.

—Por favor, no me pueden dejar en la calle ahora. Tengo un hijo. No tenemos dónde ir… Entiendo. Gracias por llamar.

Colgó, o le colgaron. Arancha se dejó caer en la silla, tiritando de pura impotencia.

Víctor se quedó mudo. Ni en los peores momentos con Ethan había visto a su madre derrumbarse así. Verla vencida le hizo sentir insignificante.

No sintió rabia, ni siquiera contra el banco.

Un deseo intenso surgió del crío:

«Ya ha sufrido bastante; tendría que acabar con esta miseria para siempre».

Clic.

Víctor soltó la caja sin querer.

La mesita auxiliar del comedor se hizo añicos.

Taaaan… taráaan… tan-tan, tan tararan…

«Nirvana».

—Oh, no, mamá. ¡No te muevas! No toques nada, por favor. No hagas nada.

Ambos se refugiaron en el sofá mientras Kurt Cobain empezaba a cantar.

Era un sonido limpio, como de un altavoz USB moderno reproduciendo algún anuncio o una canción de YouTube.

Clic.

Víctor vio fascinado cómo giraba el mecanismo y cambiaba la luz.

—Déjame verlo, cielo —pidió Arancha, estirando el brazo para agarrarlo.

El timbre sonó insistente. Arancha hizo ademán de levantarse.

—¡No! Es peligroso, espera que se cierre.

—Tengo que abrir, puede ser importante. No te preocupes, es solo un juguete.

—¿Quién? —preguntó ella desde el intercomunicador.

Nadie respondió. Sería algún buzoneo. La mujer abrió un poco la puerta entre los restos de cristales, pero, no viendo a nadie, se dispuso a cerrar.

—¡Espere! ¿Es la señora Amenábar? ¿Arancha Amenábar? —preguntó un agente de policía, que salía del ascensor.

—Sí, ¿es por lo de la hipoteca? —inquirió ella, volviendo a abrir lo que pudo la puerta.

—Solo venimos a confirmar sus datos y entregarle las pertenencias de su difunto marido. Tenemos que cerrar el atestado. ¿Qué ha sucedido aquí?

—Nada, nada, es que se ha roto una mesa.

Clic.

Víctor intentaba esconder la caja, pero la música continuaba, sección a sección, implacable. Una luz blanca se reflejaba ahora en todos los trozos de cristal. Uno de los policías entró sin pedir permiso.

—¿Todo bien, chaval? —preguntó, dispuesto a averiguar si había problemas de maltrato.

—Es que cayó algo en la mesa de cristal. Los del Ikea cada vez ponen peores materiales.

El policía no se dio por vencido y quiso buscar signos de problemas familiares. Viendo una escoba, la cogió y empezó a barrer los cristales, un poco extrañado por el reflejo blanquecino que los recorría como una red que vibraba al ritmo de la guitarra.

—Os vamos a ayudar a recoger esto. Parece peligroso y tu madre ya ha sufrido bastante, chico. Tú eres Víctor, ¿verdad?

—Soy Víctor, sí. Tendría que estar en clase, pero el psicólogo de la asistenta social me ha obligado a quedarme unos días en casa.

—Yo soy Carlos, Víctor, encantado. El que habla con tu madre es Juan. Si ocurre cualquier cosa, quiero que vengas a Zapadores. Lo tienes cerquita, seguro que has pasado por el lado de nuestra comisaría un montón de veces. Pregunta por nosotros.

—Está bien, así lo haré.

El otro policía se abrió paso también. Usando un recogedor como pala, desplazaba montones de restos a las bolsas que sacaba Arancha. Carlos seguía hablando con el crío, sin perder de vista lo que ocurría a su alrededor.

El niño veía fascinado cómo, cuando unos trozos se movían, otros parecían sentirse atraídos y acababan amontonándose enseguida. A los agentes no parecía importarles.

—Estos cristales tienen que llevar neodimios o algo, porque se pegan unos a otros como el superglue —comentó Juan—. Esto estará listo en un periquete.

Clic.

—¡Qué caja de música más extraña tienes! Parece algo muy antiguo.

—Me la regalaron mis tíos. Espero que no les moleste; no sé cómo va y, cuando empieza una canción, no la puedo cerrar —contó el chico con una calma que ni él reconocía.

Una leve luz cálida salía de la caja. El chico vio que todas las luces de las habitaciones y los pasillos también estaban encendidas y habían adoptado el mismo color. Se preguntaba en qué momento los policías iban a considerar que allí pasaba algo.

—No es problema; además, ya hemos terminado. No vayáis descalzos estos días. Os dejo este sobre con las pertenencias de Ethan. Solo llevaba la cartera y las llaves.

Clic.

Víctor se preocupó. Conocía la canción. Sonaba el estribillo final «a denial», que antes había sonado en bucle hasta el incidente. Arancha lo vio en sus ojos.

—Vengan. Tengo café recién hecho. De alguna forma les tenemos que agradecer su apoyo.

—¿El cristal de la puerta de la cocina también roto? —se fijó Carlos. Eso no está en el informe.

—Ethan pegaba a mi madre. La estampó contra el cristal —contó Víctor.

—Entiendo. Vendremos más veces por aquí, si no les importa. A veces las cosas pasan por algo. En cualquier caso, vamos a necesitar completar el informe. Sentémonos a tomar ese café y os haremos unas preguntas.

Clic.

Media hora más tarde, se quedaron solos.

La caja se había cerrado sin más. Víctor no terminaba de creérselo.

—¿Ves, cielo? Solo es un trasto viejo, no tiene poderes.

—No lo entiendo, mamá. Aunque…

—¿Sí?

—Se abrió sin sentir nada malo.

—Se abrió sin más, no le des más vueltas, es un trasto roto.

—Se abrió cuando pensé que tú ya has sufrido bastante, que mereces que los problemas se alejen durante mucho tiempo.

—Eres un sol de chico. No sé cómo vamos a salir de esta, pero estamos mejor solos tú y yo. Voy a ver qué llevaba Ethan; igual podemos bajar al búrguer a comer.

Abrió el sobre con las cosas y dejó las llaves tras la puerta. Vació la cartera en la mesa. Veinte euros, unas monedas y un boleto del Euromillones doblado.

El niño cogió el boleto mientras la madre metía el dinero en su bolso.

—¡Mamá!

—Dime, hijo, ¿McDonald’s, Burger King? No da para mucho más.

—No, mamá. El Euromillones. ¡Tiene cinco aciertos y dos estrellas!

Arancha se quedó helada, con la mano a medio camino del bolso.

—Víctor, no juegues con eso, por favor… hoy no.

—No es broma, lo acabo de comprobar con el móvil.

El niño le tendió la pantalla del móvil, con la combinación ganadora. No había duda. Además, solo dos acertantes. El shock la hizo sentarse. Las deudas, la sombra de Ethan… todo se acababa de evaporar.

Miró a su hijo y metió el boleto en el bolso mientras se ponía en pie.

—Vámonos, Víctor. Empezaremos por el banco. Tenemos mucho que hacer hoy. Y llévate el amuleto en la mochila.

¡AQUÍ DECIDES TÚ EL DESTINO DE VÍCTOR! 🎃

Víctor llega al colegio sin la ropa desaliñada ni los moratones que lo caracterizaban. Los bullies que antes se habían burlado de él no pierden detalle. ¿Qué ocurre?

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Capítulo 4: ¿Qué va a pasar en el colegio?

💬 Dejad vuestro voto y los comentarios que queráis añadir antes del 9 de octubre. La opción más votada determinará cómo continúa la historia. Son 3 días cada continuación y acabamos en el día de Halloween…

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A cinco tiempos de tu muerte, 3: el regalo

A cinco tiempos de tu muerte. Concierto Nirvana.

Viene de: https://lahechicerarubia.es/a-cinco-tiempos-de-tu-muerte-2-ayudame/

Silvia y Arancha se fundieron en un abrazo breve. Ni Arancha ni su pareja, Ethan, habían ido al entierro de Gabriel; solo el pequeño Víctor, de doce años, hijo de Arancha, había acudido con su abuela.

—Siento no haber venido antes, hermanita —murmuró Arancha. Llevaba gafas de sol y una capa gruesa de maquillaje.

—Queríamos estar, cuñada, pero con todo el lío de… —empezó a disculparse Ethan.

—Las cervezas de Gabriel siguen en la nevera, Ethan —lo cortó Silvia en seco, sin mirarlo a la cara—. Coge las que quieras; hay más en la alacena.

Ethan se tragó la contestación y se fue a la cocina con cara de bulldog.

—Aún no me lo creo, Silvia —dijo Arancha con pesar—. Gabriel parecía tan en forma, no me lo esperaba para nada…

—Hacía años que los dos teníamos asumido que un día u otro el corazón le fallaría. Pero ha sido muy triste, cuesta seguir adelante.

Silvia dio un paso hacia su hermana y, sin pedir permiso, le retiró las gafas. Una hinchazón morada le cubría la parte izquierda de la cara, desde el párpado hasta el pómulo.

—¡Dios mío! —soltó Silvia con una mueca amarga—. Yo vengo de un funeral y tú llevas el ojo a la funerala.

Arancha dejó escapar una risita nerviosa mientras se encajaba las gafas a toda prisa.

—Mejor así, de verdad.

La voz de Ethan llegó desde el pasillo, con el bote en la mano.

—¿De qué os reís?

—Ethan —volvió a atajar Silvia—, en el cuarto de invitados he dejado la ropa de Gabriel. Coge lo que te sirva antes de que lo tire.

Ethan enarcó una ceja, pero la idea de algo gratis le pudo y asintió.

—¿Tienes un cargador tipo C, tía? —preguntó Víctor, quizá buscando abstraerse un rato con el móvil.

—En la cestita de las revistas tienes de todo, cielo.

Buscando el cargador, el chaval encontró un objeto antiguo macizo, del tamaño de dos cubos de Rubik, con imágenes talladas en los laterales.

—¿Qué es esto? —preguntó enseguida.

—Es algo de un mercadillo que compró tu tío. Quédatelo si te gusta, cielo. Él querría que lo tuvieras.

—Gracias —dijo él abrazándola, más para calmar la tristeza que para agradecer nada.

—Bueno, Arancha —dijo Silvia—. ¿Qué es eso del hospital?

Víctor levantó la cabeza enseguida. Silvia miró a su hermana y después a su sobrino. Entonces recordó lo que el niño le había contado durante el sepelio.

—Víctor… Me habías prometido no decir nada —suspiró Arancha, con una mirada de reproche.

Víctor le levantó la camiseta a su madre. De costillas a cintura, moratones oscuros y cicatrices decoloradas cubrían el lienzo macabro en el que se había convertido su piel.

Silvia se quedó sin aire, igual que se quedó sin prudencia.

—¿Qué coño es esto, Arancha? —exclamó horrorizada—. Tienes que denunciarlo. Ahora mismo te acompaño a la comisaría.

Ethan, que había visto parte de la escena, avanzó hacia ellas sin ver otra cosa que la salida.

—Nos vamos —sentenció, agarrando a su pareja del brazo—. Ya nos hemos entretenido bastante.

—¡Suéltala! —saltó Silvia.

Pero Ethan ya tiraba de ella por el zaguán.

—Gracias por la ropa, cuñada. Adiós. 

—No le hagas daño, por favor —suplicó Víctor, mientras los tres desaparecían tras las puertas del ascensor.

Filigrana con una calavera

Algo más tarde, Víctor subió a casa, dejó sus cosas junto al sofá y los tres se sentaron a cenar en la cocina.

El zumbido del extractor puso banda sonora al puchero de la semana. Nadie hablaba. El chaval jugaba con la comida sin probarla.

—¿Vas a estar toda la noche con esa cara? —soltó Ethan, dejando el tercer bote de cerveza en la mesa con más fuerza de la necesaria.

Arancha se sobresaltó, pero no apartó la mirada.

—¿Qué cara, Ethan? Solo estoy cansada.

—¿Cansada de qué? —se encaró él—. Cansada de ir a meterle mierda en la cabeza a tu hermana, ¿no? Cansada de ir a llorarle para que te compadezca.

—Yo no le he llorado a nadie…

—¡No mientas! —golpeó la mesa—. ¿Te crees que soy tonto? Vi cómo se lo enseñabas. Le fuiste con el cuento a la viudita para que me mire como si fuera un monstruo.

—Ella no le enseñó nada —intervino Víctor, levantando la vista por primera vez—. Fui yo quien le levantó la camiseta.

Ethan se giró hacia el niño de golpe y habló muy despacio.

—¿Tú? Con doce años de mierda… ¿Qué coño tienes tú que enseñar ni hablar de lo que pasa en esta maldita casa, enano?

—Ethan, por favor, déjalo, es solo un niño… —suplicó Arancha, intentando ponerse en medio.

—¡Tú te callas! —la cortó él poniéndose de pie—. Aquí el problema es que ninguno de los dos me tiene el más mínimo respeto. Y a mí en mi propia casa no me vacila ni Dios.

—Es nuestra casa, no tuya —exclamó Víctor—. La compró mi padre. Si él estuviera aquí, ya te habría echado.

—¡No me hables así! —gritó Ethan.

De un tortazo seco tiró al niño de espaldas. Arancha corrió a levantarlo, pero Ethan le puso la zancadilla. Cayó contra el cristal de la puerta. El cristal se rompió y un trozo le atravesó el brazo.

Víctor se levantó con rabia.

—¡Desaparece de nuestras vidas, maldito asesino!

—¡Te voy a dar una paliza que no te va a conocer ni tu madre, crío de mierda!

—¡No! Para, por Dios. Y ayúdame. Estoy muy mareada —suplicó Arancha—. Trae una venda, rápido.

Arancha había arrancado el cristal del brazo y con la mano intentaba contener la sangre, que caía al suelo sin parar. Ethan salió corriendo a por el botiquín, con una maldición entre dientes.

Taaaan… taráaan… tan-tan, tan tararan…

Una canción empezó a oírse, como cuando los vecinos no querían oír las peleas.

Solo que esta vez estaba muy cerca. Demasiado.

Casi por instinto, Víctor se tocó el bolsillo. El móvil estaba ahí. Extrañado, siguió la música. Venía del comedor. De su mochila.

Víctor miró dentro. El orsai estaba completamente abierto. Se oyó un clic.

Del mecanismo salía una música rasgada inconfundible y una luz cegadora que lo asustó.

Hello, hello, hello, how low?

—¿Nirvana? —preguntó Ethan, que traía el botiquín en la mano, desorientado—. ¿Quién coño hace una caja de música con una canción de Nirvana? ¡Apaga eso, crío de mierda!

—¡No puedo! ¡No puedo cerrarlo!

Oh well, whatever, never mind…

Silencio.

—Ya está —respiró el niño—. Se ha parado.

Pero se oyó otro clic y empezó de nuevo. Una luz intermitente anaranjada inundó todo el piso y la canción continuó.

Hello, hello, hello, how low?

—¡Que lo apagues te he dicho! —bramó Ethan—. ¡Me va a reventar la cabeza!

—¡Que no puedo pararlo, no sé cómo funciona! —gritó desconsolado Víctor, intentando elevar la voz por encima del estruendo que hacía vibrar las paredes.

Silencio.

—Aún no lo puedo cerrar —se quejó el chaval.

Clic.

A denial, a denial, a denial, a denial…

No parecía que fuera a terminar nunca.

Ethan dio dos zancadas, arrebató la caja de las manos de Víctor y corrió hacia el balcón, dispuesto a lanzarla al vacío con todas sus fuerzas, como una bola de beísbol.

La carrera acabó en el monopatín del niño.

La barandilla no lo paró. Ethan desapareció en la oscuridad de la noche.

—¡Mamá! —gritó Víctor.

—Ya no está, cielo —dijo con calma—. No dejes el monopatín por la casa. Guarda siempre bien tus cosas en tu habitación, por favor.

—¿Estás bien, mamá? Lo siento mucho.

—Vamos a llamar a la policía.

Víctor salió al balcón a por el monopatín y se asomó.

—Doce años de mierda, doce pisos de mierda.

Abajo, una luz roja se apagó en la acera. Ethan apenas se distinguía en la oscuridad.

—Has caído como el Coyote.

Arancha fue a coger su teléfono y Víctor cogió su mochila.

—Ahora vuelvo, mamá. Tengo que hacer algo.

El chico bajó por la escalera. Sin prisa. Salió a la acera y se abrió paso entre la gente curiosa.

—¡Creo que es mi padrastro, dejadme pasar!

Víctor se acercó a Ethan, le arrancó la caja de música de las manos y la guardó en su mochila.

Mientras se volvía, solo dijo:

—Es él.

¿POR QUÉ HA BAJADO VÍCTOR A POR LA CAJA? 🎃

¿Qué pasaba por la cabeza del niño? Según lo que elijas, continuará la historia. Deja tu voto y, si quieres, amplía tu teoría en los comentarios.

Encuesta 11 votos

Capítulo 3: ¿Por qué ha bajado Víctor a por la caja?

Esta encuesta ha finalizado.

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A cinco tiempos de tu muerte, 2: ayúdame

A cinco tiempos de tu muerte. Orquesta fantasmal.

Viene de: https://lahechicerarubia.es/a-cinco-tiempos-de-tu-muerte-1/

La melodía sinuosa y melancólica del violín, que a Gabriel se le antojaba interminable, invitaba a volver a la cama. Aún sostenía el orsai, intrigado por la forma de producir ese sonido tan puro. La caja apenas se iluminaba a sí misma, como si se avergonzara de su contenido.

—Esto tiene que ser algo del AliExpress —se dijo, mientras buscaba algún interruptor para apagarlo y, ya puestos, dónde enchufarle un cable de carga—. Se ha quedado casi sin batería con la primera canción, y parece que hay cinco. A ver si veo algo con la linterna del móvil…

Sin embargo, por más que examinó la caja, no encontró nada. Además, no podía quitarse de la cabeza la pesadilla. Se habría recostado de no ser por el malestar que sentía.

El tercer tiempo, la Mazurca, llegó acompañado del chasquido metálico que colocó el siguiente cartucho en su posición.

La música se volvió intensa, como un carrusel de feria descontrolado. Una luz intensa de un blanco insoportable surgía de la caja. Todos los fluorescentes de la casa se encendieron a la vez. Los aseos y la cocina brillaban como enanas blancas cabreadas, iluminando cada rincón de la casa y dejando al descubierto hasta la última mota de polvo.

Angustiado, intentó bloquear el mecanismo usando un tenedor, pero fue incapaz de pararlo. 

La caja se le escapó de las manos y cayó sobre la alfombra. El haz de luz iluminaba la entrada del dormitorio principal.

Gabriel avanzó hacia la puerta, tensando la mandíbula, con un cuchillo de cocina que apenas le servía para calmar el temblor de su mano.

En la cama, sobre las sábanas revueltas, estaba él, inerte, con los ojos abiertos y fijos en el techo.

Una punzada le atravesó el esternón. El corazón dio un vuelco desbocado en el pecho.

La pastilla.

Con el lío del aparcamiento, la lluvia y el encuentro absurdo en el mercadillo, había olvidado por completo tomarse la medicación que mantenía a raya su arritmia.

Retrocedió y cayó al suelo. Si su cuerpo yacía sin vida sobre el colchón, ¿por qué estaba él respirando y sintiendo ese sudor frío en la nuca?

—Aún estoy vivo. Esto tiene que ser un viaje disociativo. Aún puedo despertarme. Tengo que regresar a mi cuerpo real.

Se arrastró hasta la cama y alargó una mano hacia su propio rostro.

Los dedos rozaron la mejilla.

Estaba helada.

—Vamos… despierta.

Le dio una bofetada.

Nada.

Volvió a golpearlo, esta vez con todas sus fuerzas.

Entonces los ojos del cadáver se movieron.

—Ayúdame —dijo.

Gabriel se quedó paralizado.

La mirada aterrorizada de su cuerpo parecía atravesarlo.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Qué coño…?

Algo se movió detrás de él.

Una figura oscura flotaba a pocos centímetros del suelo. De su cuerpo surgían largos filamentos que atravesaban el colchón y se hundían en el cuerpo tendido sobre las sábanas.

Uno de ellos se tensó.

Gabriel sintió un tirón brutal en el pecho.

—¡Suéltame!

Clavó los dedos en el suelo y tiró hacia atrás. El filamento se tensó aún más, oprimiéndole las costillas.

El cuerpo de Gabriel se incorporó unos centímetros.

Gabriel gritó.

La figura no se movió.

El cadáver volvió a caer sobre las sábanas.

Entonces Gabriel comprendió.

Aquello no estaba intentando entrar en él.

Estaba intentando sacarlo.

El terror le golpeó el cerebro con la fuerza de un ariete.

Gabriel se abalanzó sobre la cama y hundió el cuchillo en uno de los filamentos.

La hoja atravesó la oscuridad.

El filamento se contrajo.

Y el cuchillo se partió.

El mecanismo volvió a saltar y la música se extinguió por un instante.

La habitación se sumergió en el cuarto tiempo, la Romanza, con una luz anaranjada intensa como el calor agobiante de la fiebre. La sombra de la figura se proyectaba sobre la pared con el color sucio de la sangre seca.

Gabriel intentó girarse. El dolor del pecho era insoportable. Necesitaba las pastillas.

El frasco estaba en la mesita.

Se arrastró hacia él.

Las piernas no le respondían bien y el brazo izquierdo empezaba a agarrotarse.

Los dedos rozaron el frasco.

El bote cayó.

La tapa saltó y las pastillas se desparramaron sobre el suelo.

—No… no…

Intentó recoger una.

Los dedos le temblaban tanto que no conseguía sujetarla.

Una sombra pasó sobre él.

Gabriel levantó la cabeza.

El cadáver de la cama estaba sentado.

Lo miraba.

Esta vez sí.

Con un chirrido metálico entró el cartucho del Galop, el quinto y último tiempo.

La luz de la caja comenzó a parpadear al ritmo de un pulso cada vez más acelerado. El mismo que castigaba el pecho de Gabriel.

Gabriel, ahogado por el dolor, extendió las manos hacia su propio cuerpo.

—¡Vamos!

Intentó entrar en él.

Nada.

Lo golpeó.

Nada.

Volvió a intentarlo con desesperación, como si pudiera arrancarse de aquella pesadilla a fuerza de voluntad.

El cuerpo no respondió.

Detrás de él, algo arrastró lentamente los filamentos por el suelo.

Gabriel se volvió.

La figura estaba más cerca.

Mucho más cerca.

El cadáver abrió la boca.

—Te estaba esperando.

Volvían a ser uno.

Un chasquido seco cerró la tapa de marfil.

La caja era otra vez un bloque liso, mudo y helado.

La luz limpia del amanecer entró horas más tarde por las rendijas de la persiana. En el suelo, desparramado igual que su medicación y con las pupilas aterrorizadas, el cuerpo de Gabriel yacía inmóvil.

Su pareja se despertó bostezando, con la naturalidad de un día cualquiera. Estiró la mano sin encontrar a Gabriel. Al incorporarse, lo vio.

—¡Mierda, Gabriel! —soltó, corriendo a su lado—. ¡No me jodas! ¡No! ¡Todavía no! ¡Ahora que por fin estabas bien!

No había sangre, ni desorden, ni señales de lucha. Solo un trágico infarto de madrugada y las mejillas húmedas de quien comprende la pérdida sin aceptarla.

En la alfombra, la caja de marfil reposaba cerrada, perfecta, esperando en silencio a que la nueva dueña de la casa sintiera el dolor insoportable de la pérdida para volver a abrirse.

¡AHORA DECIDES TÚ QUÉ OCURRE! 🎃

Gabriel ha muerto. Su pareja sabía de la afección cardíaca, pero no esperaba perderlo esta noche. La caja de música permanece cerrada en la alfombra del comedor. ¿Qué debería hacer ahora?

Encuesta 11 votos

Capítulo 2: ¿Qué hace la pareja de Gabriel?

Esta encuesta ha finalizado.

💬 Dejad vuestro voto y los comentarios que queráis añadir antes del 3 de octubre. La opción más votada determinará cómo continúa la historia. Son 3 días cada continuación y acabamos en el día de Halloween…

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A cinco tiempos de tu muerte

A cinco tiempos de tu muerte. Imagen del orsai.

A cinco tiempos de tu muerte es una historia que no voy a escribir a solas.

Cada tres días, tú decides qué continúa. Habrá cinco opciones y la más votada marcará el rumbo del siguiente capítulo.

No hay guion cerrado. No hay final decidido de antemano.

Solo una caja de música, cinco tiempos y un hombre que quizá debería haber dejado aquella caja donde la encontró.

Y, a partir de ahora, tú tienes parte de culpa.

¡Bienvenido al horror!

Filigrana con una calavera

Capítulo 1: Gabriel

El frío en los pies lo despertó de golpe, pero fue el sonido lo que hizo que se quedara en la cama, pensando qué demonios era aquello.

Se oía una música extraña en la casa. Un vals de notas agudas con un compás acelerado. Era una melodía elegante, pero tenía algo de histérico, un timbre metálico que se le clavaba en el cerebro y hacía inútil cualquier intento de volver a cerrar los ojos.

Gabriel se incorporó, pasándose la mano por la cara.

—Maldita sea la tele… —farfulló—. Parece el Vals número 2, pero no es. Es algo más bastardo.

Convencido de que se había dejado el televisor encendido en un canal de madrugada, avanzó descalzo. Sin embargo, al cruzar el umbral, encontró la pantalla completamente negra.

En la penumbra del salón, a la derecha de la televisión, una luz azulada y tenue iluminaba la pared. Debajo, la música salía de una caja de marfil.

La caja, de hueso macizo y tacto suave, del tamaño de dos puños, estaba abierta. Una tapa rígida, que cerrada era indistinguible, se había levantado sola, mostrando el mecanismo típico de estas cajitas de música de las tiendas de recuerdos. El vals brotaba incansable a una velocidad absurda.

Al acercarse, se estremeció. La caja estaba helada. Sin embargo, el suelo, e incluso la mesa, estaban calientes. Como si alguien hubiese estado allí manipulándola.

Gabriel intentó presionar la cubierta para cerrarla, pero la estructura no cedía ni un ápice; era como intentar doblar un bloque de mármol.

Gabriel retrocedió un paso, rozando con el talón la esquina del sofá, y el sonido del vals pareció taladrarle las sienes.

Filigrana con una calavera

Todo por culpa de la maldita reordenación del barrio.

Gabriel llevaba más de cuarenta minutos dando vueltas en coche con el codo apoyado en la ventanilla, renegando entre dientes contra el Ayuntamiento. Hacía tres tardes habían desaparecido decenas de plazas de aparcamiento por su decisión de convertirlas en plazas de moto que nadie utilizaba.

Molesto y alejándose cada vez más de su trayecto habitual, terminó dejando el coche en una calle estrecha que ni siquiera le sonaba.

Al volver a pie hacia su casa, empapándose poco a poco bajo la lluvia fina, chocó de frente con un mercadillo de tenderetes. Era absurdo: llevaba diez años viviendo en ese barrio y jamás había visto puestos montados en esa travesía.

El mercado ya estaba recogiendo. Lonas dobladas, esqueletos de hierro al descubierto y furgonetas con los motores al ralentí. En la esquina más oscura, una mujer de cabellos claros recogidos en un pañuelo oscuro amontonaba figurillas y trastos de bronce sobre una manta.

Gabriel se fijó en una pieza de marfil entre el polvo.

—Está cerrado —dijo la mujer sin mirarlo, con una voz seca, sin levantar la espalda.

—Solo quiero ver esa caja —contestó Gabriel, dando un paso adelante.

—No está en venta. Recojo. Está empezando a llover y no quiero que se estropee el género. Váyase a su casa.

—Cuarenta minutos buscando aparcamiento, los pies mojados y una vendedora que no quiere vender. ¿Qué más puede fastidiarme la tarde?

—Créame —le dijo acercándose tan rápido que parecía haberse teletransportado— que esa caja le fastidiaría. La tarde y la vida entera.

Gabriel la observó con más atención ahora que la tenía delante. Debía rondar los cincuenta años. Era alta, de cabellos lisos y claros, y tenía una presencia elegante que contrastaba con el aspecto improvisado del puesto. Vestía unos vaqueros negros con remaches en los laterales y un suéter lencero del mismo color. No parecía una gitana. Ni siquiera parecía una vendedora de mercadillo.

—¿Qué? ¿Cómo me va a fastidiar la vida una cajita?

—Esta caja es muy antigua. Como casi todo lo que tengo aquí, proviene de los sacerdotes sármatas, anteriores al cristianismo. Son objetos sagrados cedidos por ucranianos que ya han muerto bajo las bombas del oso ruso.

—¿Y traicionas esa confianza vendiéndolas?

—Soy hechicera. Conozco el poder de cada objeto. Puedo vender cosas que no tienen relevancia, pero de los objetos sagrados solo vendo copias. Las talla Carla, mi pareja. Es muy hábil en trabajos manuales.

—No tienes pinta de ser una hechicera, ni ella tampoco —soltó sin filtro, tras echar un vistazo rápido a una joven que empaquetaba cosas en viejas maletas, probablemente recogidas de lo que deja la gente junto a los contenedores.

—Aquí viene a darnos clase el profesor de Artes Ocultas de Hogwarts. Supongo que acaba de llegar de Escocia, caballero. Cuéntenos las buenas nuevas de cuanto allí acontece.

—Está bien, no sé cómo podría reconocer a una hechicera, vale. Pero… ¿Qué se supone tan malo de la cajita? Para una vez que quiero comprar algo en un mercado, tanta tontería me supera.

—No es una cajita, es una caja de música. Fue el regalo que Ildico, la última esposa de Atila, hizo a su esposo en su boda. Esa misma noche murió Atila. Su hijo Elak murió después en extrañas circunstancias.

—¿Y esas muertes las causó la caja? ¿Un trasto que llevas a patadas entre tus bolsas?

—Es inofensiva cuando está cerrada. Al abrirla, se oye una música. Por aquel entonces, eran solo imitaciones de pájaros del campo. La última vez que la oímos, un mecanismo parecido a un reloj suizo tocaba música clásica.

—La habrá actualizado Microsoft. Más motivo para que me deje comprarla. ¿Puedo verla?

—Está bien. Aquí está, profesor.

—No tiene ninguna rendija ni cerradura. Esto es un trozo de hueso —comentó el hombre, observándola desde todos los ángulos.

—No se abre usando la fuerza. Solo responde a las emociones intensas de quien la posee.

—¿Cómo la rabia de no poder abrirla?

—La cajita no es suya. Es un orsai y, como todos los orsais, conoce a su dueño.

—Pues véndemela. No hay problema si no quiere que la pueda abrir. Yo soy muy soso, nunca tengo emociones fuertes. Es imposible que la abra. Soy más soso que Ned Flanders. La última vez que me rompí un dedo tropezando descalzo en casa, exclamé: «¡Oh, cielos! ¡Qué contrariedad para mi pequeño dedo meñique!».

Por detrás se oyó a alguien reírse a mandíbula batiente.

—Que se la lleve si tanta ilusión le hace; nos hace falta el dinero —dijo Carla desde un vehículo que hacía las veces de furgoneta camperizada—. Y esta noche nos vamos de buffet libre al Colonial para celebrarlo.

—Tome, este es todo el dinero que llevo —se apresuró Gabriel, aprovechando el momento de duda para sacar doscientos euros de su cartera como quien saca al perro a pasear.

La hechicera cogió el dinero.

—Escuche bien. Tiene que mantener la calma. Miedo, rabia, alegría, deseo, lo que sea: no deje que le importen. Si una emoción alcanza demasiada intensidad, la caja se abrirá. Cuando se abre, ya no puede cerrarse. Se cierra sola cuando termina la música. Cada vez que cambia de dueño, la caja cambia con él.

—O todos mienten.

—¡Basta de bromas! La caja ya es suya y lo sabe. Ahora posee un orsai. Cuídelo y respete las normas, o puede pagarlo con su vida. Esta caja alterará cuanto la rodea para convertir en realidad la emoción que provocó su apertura, de la forma más absurda imaginable.

—Entendido. Terminen de recoger, que si no van a acabar con más agua encima que yo —dijo Gabriel, satisfecho de su adquisición y con la caja de música en la mano.

—Tenga cuidado, profesor —dijo con un hilo de voz áspera—. Cuando se abre, tiene hambre. Y cuando suena, usted ya es suyo.

—No soy profesor, no hace falta seguir ese chascarrillo… En fin, que pasen una tarde agradable.

Filigrana con una calavera

El recuerdo se disolvió en el acto cuando el vals aceleró de nuevo en el salón. La música fue creciendo hasta alcanzar un clímax insoportable. Entonces, con un chasquido metálico, terminó de golpe. La luz se apagó.

—¿Por qué se ha abierto? ¡Joder!… ¡Por la pesadilla, claro! Pero no puede materializar eso. No existen los monstruos. Nadie te ve mientras duermes —se dijo en voz alta, mientras miraba el interior de la caja.

El mecanismo era tan grande que no parecía posible que cupiese ahí dentro.

—Este trasto parece tener cargadores. Igual puedo poner otra música.

Dentro del marfil, un engranaje rotó sobre su eje y un segundo cilindro empezó a girar. La música empezó a sonar de nuevo. Violines y contrabajos orquestaban una suave melodía que no parecía poder causar ningún desastre. El mecanismo se iluminó de nuevo, esta vez de forma tan tímida que la luz parecía no atreverse a salir de la caja.

¡AQUÍ DECIDES TÚ EL DESTINO DE GABRIEL! 🎃

La caja de música vuelve a sonar. Está abierta y tiene hambre. Suena el segundo tiempo de La suite masquerade, el Nocturno. Gabriel sabe que la caja es un peligro. ¿Qué debería hacer ahora para intentar sobrevivir a esta noche?

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Capítulo 1: Tú decides el destino de Gabriel

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La distancia lo estropea todo, ayudada por las personas

La distancia lo estropea todo

Hoy os habla el rey de las tinieblas.

Sí, sí… yo, el diablo, Lucifer, el Amo Luc para los amigos, amo del infierno, director general de las malas decisiones, consejero de los «ya cambiará», «seguro que esta vez funciona» y «no pasa nada por esperar un poquito más».

La Hechicera Rubia me ha prestado las llaves de su blog. No sé en qué estaba pensando, pero prometo devolvérselas… o no.

Hoy vengo a hablaros de una de mis obras maestras: el amor a distancia.

Ella, la buena samaritana, os ha contado que la distancia aviva la llama. Lo que pude reírme con esa entrada.

¡Ja! Espera, que me da la tos con tanta risa infernal. Jajajaja. Vaya tela.

La aviva… claro, como un cubito de hielo a una barbacoa.

No, pobres incautos. El amor a distancia no alimenta el fuego, sino que, al contrario, lo pone a dieta.


Yo nunca derribo puertas.

Es una de mis grietas favoritas, porque yo no entro derribando puertas. Eso es muy de aficionados. Yo entro por las rendijas.

Una videollamada que se aplaza, un «hoy estoy cansado», un mensaje que se queda en visto, una diferencia horaria, un «este verano seguro que nos vemos».

Cuando queréis daros cuenta, ya no habláis de cómo os sentís, solo habláis de cuándo podréis veros… como si fuerais ministros organizando una cumbre internacional.

Mientras tanto, yo me siento en primera fila, en butaca de lujo, con unas palomitas infernales.

Porque la distancia tiene un superpoder maravilloso: deja que la imaginación haga horas extra sin medida.

Si sale con amigos, seguro que hay alguien que la mira poniendo ojitos. Si ha puesto una foto sonriendo, seguro que esa sonrisa era para otra persona.

¡Gracias, imaginación, mi aliada! ¡Nunca me fallas!


El calendario trabaja para mí.

Y luego están los héroes, esos que dicen:

«Nuestro amor puede con todo».

Jaja… esos tortolitos son mis favoritos. Los primeros que caen.

Porque «todo» incluye facturas, kilómetros, horarios imposibles, vuelos caros, trabajo, familia, internet que se corta justo cuando venían las palabras importantes y, por último, la rutina.

Ja,ja, ja alma terrenal, no necesito hacer nada. Esos superenamorados se ahorcan solos.

Solo hay que esperar un poco, y tiempo tengo de sobra. Es la ventaja de ser inmortal. Desde mi trono dejo que el calendario haga el trabajo por mí.

Aunque, de vez en cuando, alguna pareja consigue sobrevivir. Es un fastidio de gente. Los muy babosos se llaman todos los días, se buscan, se eligen incluso cuando tienen que pasar por algo incómodo, convierten los kilómetros en un trámite y no en una excusa.

En cinco palabras:

Esas parejas son mi kriptonita.

Por suerte, son menos que las que presumen en redes sociales.

Así que, si estás viviendo un amor a distancia, tranquilo. El reloj ya hace tic tac, tic tac. Va descontando el tiempo que os queda «juntos», pues ya ha empezado a trabajar.


No hacen falta cuernos.

Las relaciones no suelen romperse con una gran explosión. Son las pequeñas cosas, que van acumulándose unas sobre otras hasta que ya es imposible hacer limpieza.

Como los coches: si no haces el mantenimiento a tiempo voluntariamente, llega un momento en que ya no merece la pena hacerlo ni obligado.

Así que, cuando oigas o digas «a nosotros no nos va a pasar», si pones el oído, me oirás reírme con ganas.

No hará falta ni el contrato con letra pequeña, ni siquiera que enseñe los cuernos o la cola.

El trabajo será todo vuestro. Y solo necesito que lo haga uno de los dos.


La pobre hechicera.

Pobre Hechicera Rubia. No sabe lo que ha hecho cediéndome el control del blog.

Además de buena gana, soltando eso de:

«Todas las voces merecen ser escuchadas».

¿Hace falta ser tan buena persona?

Incluso diría más.

¿Aún hay gente que no se cuida de las mosquitas muertas?

Hoy me deja el teclado y mañana alquila una habitación a algún poltergeist.


Todos sois especiales… claro.

Seamos realistas, el amor a distancia es romanticismo.

No hay nada más romántico que verse una vez al año… o dos, si Ryanair no decide que vuestro amor también es equipaje de mano prescindible.

Cuando más me troncho es con frases como:

«Lo nuestro es especial».

Miles de años de humanidad… y lo acabáis de inventar: El amor distinto, un cariño de lo más variopinto. Permítanme que lo dude.

Las relaciones a distancia son como la lavadora. Entran dos calcetines y recoges solo uno. Con las relaciones a distancia pasa igual: empiezan dos, y luego hace aparición alguien en el trabajo. Alguien demasiado próximo.

Quizá un argentino con una guitarra, un informático que sabe qué botón pulsar, o una monitora de gimnasio que redefine el spandex como la nueva lencería visible (o invisible).

Y ya empiezan a no salir las cuentas.


A trescientos kilómetros todos somos perfectos.

«Es que es perfecto, no le encuentro ningún defecto».

¡Claro! ¡Si no convives con él!

No ves la toalla en el suelo. O peor, mojada sobre la cama. No ves la tapa del váter levantada. No le oyes masticar ni sorber la sopa.

¿Eres de las personas que aspiran los espaguetis o de las que odian a quienes lo hacen?

No tienes que esperar cuarenta minutos a que elija una serie o una película.

En ese tiempo que os veis, no os da tiempo a descubrir los nuevos pelos, los granos o las pequeñas manías. O simplemente no les dais importancia.

A trescientos kilómetros, todos somos almas gemelas.

A tres metros, seres humanos.

Pero no os engañéis.

Las parejas que conviven pueden fracasar o triunfar.

Las parejas a distancia no tienen ninguna posibilidad.


El mundo entero es una isla de las tentaciones.

El amor a distancia es como mi reality favorito. ¿Habéis visto La isla de las tentaciones? Es mi preferido porque los productores son mis ángeles caídos que mando a la tierra para destruir el amor.

Os parecerá que es algo extremo y aislado, pero, en realidad, sucede cada día, en un lugar llamado mundo.

Todos entran con la típica frase:

«Confío plenamente en mi pareja».

Y salen preguntándose: ¿Pero quién es este con el que mantenía una relación? ¿Se ha convertido en un gremlin? ¿Cómo he podido amar a esa persona?

Eso sí es amor en la distancia: Mientras todos se destruyen, yo invito a cócteles de mango llenos de pócimas para la tentación. Y esos que alardeaban de fidelidad, caen en mis redes más fácil que respiran.

La Hechicera Ingenua… perdón, Rubia; me traiciona el subconsciente… os insiste en que el amor verdadero supera kilómetros.

¡Qué cosa más mona! ¡Qué ternura!

Como lo de hacer deporte cada día, dejar de fumar o comer mejor.

Todas esas patrañas que dice la gente.


Un último consejo del diablo

Así que, queridos enamorados de wifi y videollamada, seguid diciendo que la distancia fortalece.

Yo seguiré en mi trono, con tridente, esperando el mensaje que nunca falla:

«Tenemos que hablar».

O cualquiera de esos casuales:

«Te juro que solo es una amiga». Esta es mi frase favorita.

«Solo es un compañero de trabajo».

«No sabía que tenía familia aquí; hemos ido a celebrarlo».

La hechicera Rubia insiste en que el amor verdadero siempre encuentra el camino como un mandaloriano. Yo, sin embargo, creo que también encuentra muchos desvíos.

Y en algunos te preguntarás adónde te habrían llevado.

Conociendo a vuestra anfitriona, ya supondréis que me ha pedido que termine esta entrada con esperanza.

Me da urticaria solo de pensarlo.

Si no quieres venir a mi terreno…

No decepciones.

Te lo dice quien espera tu alma con los brazos abiertos.

El Amo Luc.

Los círculos hambrientos del alma. Parte III.

Los círculos hambrientos del alma, parte III

Samuel salió del trance flotando en posición fetal, como el niño de 2001: Una odisea del espacio, buscando su virilidad, intentando recordar que alguna vez tuvo cuerpo. Empezó a tomar forma con el recuerdo de lo que fue antes del terrible suceso, como habían hecho las demás chispas, como si la memoria misma tejiera su cuerpo con hilos de luz temblorosa. Estaba en un gimnasio, en una cama enorme. En la otra, entre pétalos de rosa que apestaban a formol, estaba Lucía. “Ella también está aquí”. Intentó decirle algo, pero no le salieron las palabras. Igual es que cuesta un poco habituarse a estar muerto.

Capítulo III: Juntos, café para dos, amor en buena compañía.

Ella había llegado antes a otro lugar. Deambulaba confundida por una tienda de ropa con pasillos que se alargaban como intestinos. Habría asegurado que era El Corte Inglés, pero sus ojos aún no se habían aclimatado. Un dependiente la cubrió con una gran gabardina. Era de un tacto suave. La notó en toda la piel.

—No puede ir desnuda en esta tienda, señorita, acompáñeme, rápido —dijo, arrastrándola a los vestuarios—. Espere aquí, por favor, le traeré ropa conveniente. Mejor que no la vean, no parece tener con qué pagar.

Ella se observó en el espejo. Estaba majestuosa. La luz parpadeó unos instantes.

El reflejo del espejo le devolvió ahora una anciana marchita, con los ojos como pozos abandonados a su suerte en los que la gente echaba su basura. Su cabello parecía el nido deshabitado y desaliñado de una cigüeña muerta. Se asustó. Retrocedió, pero su reflejo no.

La luz se apagó y encendió de nuevo, como un latido. El lugar pestañeaba.

El reflejo volvía a ser el suyo.

El chico regresó, cerrando la puerta tras de sí, con la ropa. Todo parecía encajar a la perfección en su cuerpo, demasiado bien.

Ella lo provocaba mientras se probaba las prendas; dominaba el arte de la seducción. En vida había disfrutado de muchos amantes y siempre le habían tentado los hombres de piel oscura. Él, en cambio, estaba adorable intentando ocultar lo evidente, pero sus ojos lo traicionaban.

—¿Puedo quedarme la gabardina? Me gusta más que esta chaqueta —dijo ella, mientras intentaba quitársela sin éxito.

—Claro, te ayudo —respondió poniéndose manos a la obra. La cremallera no cedía, se revolvía como si tuviese vida. Finalmente, le sacó la ropa sobre la cabeza. La cremallera siseó como una serpiente y se marchó reptando bajo la puerta, dejando un rastro húmedo sobre el suelo, donde cayó entonces la chaqueta.

La proximidad y, quizás, el agradecimiento de ella quisieron que hicieran el amor salvajemente en el probador. Intenso y breve, no hubiese esperado otra cosa de un encuentro así, solo que parecía que con cada embiste perdiese algo de vida, que la consumiese por dentro.

Cuando intentó vestirse de nuevo, vio en el espejo otra vez a la anciana.

Era ella. Tenía la piel con arrugas que recorrían todo su cuerpo como viejas cordilleras castigadas por el tiempo, bolsas en los ojos del color de la fosa de las Marianas, patas de gallo que parecían de avestruces australianos, canas blancas secas como depósitos cálcicos del jurásico…

Se vistió rápido, asustada. No quería que la viesen así. No quería verse así. “¿Cómo era antes?”.

El chico había desaparecido. Tenía que salir de allí. No entendía qué había pasado. Cómo podía haber hecho algo así.

Afuera encontró una sala con dos camas enormes. Parecía un gimnasio. “Pero… estaba en una tienda…”, pensó. Las camas parecían acercarse y alejarse. El suelo no se sentía sólido, era blando y tibio, como si la tarima en sí respirara. Se acercó a una de las camas, cubierta de pétalos rojos. El aire olía a flores de tanatorio y polvo de hierro, como si alguien pretendiera soldar las flores a la muerte.

En la otra cama estaba Samuel. “¿Qué hace él aquí?”. Se sentó en la cama, cabizbaja, aprovechando que él no se había dado cuenta. Un policía se acercó y le puso unas esposas. Seguramente la habían oído, pero no podía decir nada, tenía a su marido a unos metros.

Se volvió hacia él. “¿Qué hacemos aquí los dos? ¿Qué es este lugar? Él no parece viejo”. Se miró bajo la falda. Ya no estaba arrugada. Volvía a ser ella, solo que con más miedo. Siempre había temido la decadencia. Y ser invisible.

Al chico se acercaron dos gemelas en bikini, de senos turgentes, inquietantes, demasiado iguales, hasta pestañeaban a la vez. Una de ellas le tocó el hombro. Él se sobresaltó. Una se sentó en la cama, y la otra sobre sus piernas. Cuanto más se las intentaba quitar de encima, más jugaban ellas con él.

Lucía no sabía qué pensar. Ella misma acababa de hacerlo. Y encima, estaba detenida. Frente a ella, una docena de hombres con batas blancas la observaban ahora. “Deben ser médicos, pero, ¿por qué no parpadean?”.

Llegó otro hombre. Oscuro. Tenebroso.

—¿Qué es este lugar? ¿Puedo ir con mi marido? Tengo mucho miedo —le preguntó.

—No tengas miedo. El miedo es peligroso aquí —dijo él, con una voz profunda, una melodía hipnótica que le provocó un escalofrío que recorrió toda su columna vertebral.

El jaleo que armaban las gemelas con Samuel la hizo girarse un instante. Jugaban con él. El chico ya no se resistía. Participaba activamente.

—Te conozco. Solo hay una persona que me provoque ese repelús. Tú eres… —empezó a decir, mientras se volvía de nuevo, pero él había desaparecido. Tan siniestro como tranquilo, tan reconfortante como espeluznante; tal como vino, se fue.

El policía le soltó las esposas y le sujetó las manos sobre la cabeza, tumbándola en la cama. La gabardina se abrió completamente y uno de los hombres empezó a hacerle un masaje. Ella quiso decir no, pero la excitación que le provocó no dejó que su boca emitiese ningún sonido.

Cerró los ojos. Sentía como decenas de manos masajeaban cada rincón de su cuerpo. De vez en cuando le daban la vuelta, como a las tortillas, como si levitara, y seguían masajeándola. Si la estaban cocinando, ella disfrutaba de cada incisión que el cuchillo de la lujuria sajaba en el banquete de su propia desintegración.

—Samuel —dijo, lamentándose, pero nadie contestó—. Se giró hacia la otra cama. Samuel no iba a decir nada. Las chicas no habían perdido el tiempo. “Mejor, yo no sé cómo escapar de aquí”.

Las chicas estaban haciendo el amor con él. Jugaban con él, lo pasaban bien. Samuel sentía como disfrutaban, como acariciaban su cuerpo, su cara, haciéndolo sentir deseable. 

—Siempre serás suficiente para nosotras, eres el mejor —creyó escuchar.

Lucía se dejaba hacer. Como expertos cartógrafos, esas manos hábiles eran capaces de encontrar cada punto sensible del territorio de su piel y activarlo, haciéndola suspirar y gemir. Al final no pudo resistirlo más y también hizo el amor con uno de ellos, después con otro, ruidosamente. No sabía cómo parar. No quería parar.

—Conmigo nunca ha sido tan fogosa —dijo Samuel—. Aquí hay algo que no está bien.

Samuel no estaba bien.

Su sexo perdió su firmeza. Las chicas intentaban animarlo, sin éxito. Perdieron interés en él. Ignorándole, tumbadas en la cama, jugaban sensualmente con sus cuerpos.

De pronto, una mujer rubia, delgada, alta, con unas piernas interminables y una carita de ángel celestial le cogió de la mano. Tenía una voz tan dulce que habría sido capaz de convencer al mismísimo cancerbero del infierno de que le dejara marcharse, si así lo hubiese querido. No era el caso; prefería consumir almas.

—Aquí, todo es más intenso, cielo, ven conmigo —dijo, y lo sentó en una silla que había entre las camas. Empezó a besarle, a seducirle, y le devolvió el ánimo necesario para hacerle el amor.

Ella los veía, los tenía al lado, sabía que la excitación lo había traído de vuelta. Cuando a él se le metía en la cabeza el miedo de ser insuficiente, ella misma nunca había conseguido recuperarle. “Aquí hay algo que no está bien”, pensó.

Lucía no estaba bien.

Yacía triste sobre su lado izquierdo. De su boca caía un hilo de sangre. Se dio cuenta y se tocó con los dedos, para descubrir un diente caído. Tosió. De su boca brotaron pétalos de rosa empapados en sangre negra, marchitos como si hubieran florecido dentro de un cadáver. “No, no, no… otra vez no”. 

Pero era tarde. Las piernas se habían encanijado hasta volverse ramas secas que apenas sostenían la carne. La piel pálida formaba arrugas en jirones de arriba abajo. El pelo se tornaba blanco, los pechos se caían flácidos, la barriga distendida mostraba las inclemencias del tiempo y la vejez.

Samuel estaba como ella. Escuálido, blandengue, demacrado, viejo, ya no era suficiente.

Todo el mundo se apartaba de ellos con cara de asco.

—Huelen a viejo —dijo alguien, mientras todos se marchaban apresuradamente.

Parecían dos judíos recién liberados de algún campo de concentración en la Segunda Guerra Mundial. Ella se acercó a una pared con un espejo. Samuel fue tras ella.

En el espejo encontraron dos viejos tristes, débiles, acabados.

Detrás de ellos, unos operarios despejaban y limpiaban el suelo con haraganes. Dos equipos de baloncesto se preparaban para competir y el público llenaba las gradas. No hacía falta que se taparan; la gente, sencillamente, ni los veía.

Samuel tenía ante sí a una Lucía que se rompería en sus brazos, al tiempo que se le clavaba como un puñal su propia impotencia. Lucía enfrentaba un Samuel muerto, valga la redundancia. Los dos se repelían mutuamente.

Súbitamente, él cogió su mano; no podía soportar el dolor de verla así. Y ella cambió. Volvía a ser como antes. No con la exuberancia reciente, solo ella, nada más. Samuel también.

—No mires los espejos, vámonos. Todo es horrible, pero al menos estamos juntos —dijo, llevándosela de allí, mientras los reflejos mostraban dos ancianos alejarse en silencio.


El Amo Luc las observó desde la distancia. Cuatro almas suspendidas, cada una atrapada en su propio eco. Mateo aún se lamía las sombras del hambre. Isabela buscaba algo de valor que poseer. Samuel y Lucía retorcían deseo y miedo entre carne y ceniza. Todos eran fragmentos rotos de una misma explosión: el suceso.

Capítulo IV: No hay ningún infierno, solo el que traigas dentro.

Lucifer avanzó despacio, sin emitir ruido alguno. A su paso, el vacío parecía reconocerle. La nada, incluso, se inclinaba ante él. Había esperado demasiado; no por obligación, sino por afecto. Por diferentes motivos, había compartido con ellos vida, trabajo, ilusiones y tiempo. Tiempo… al final, solo el tiempo dedicado indica cuánto amor hubo entre las personas. 

Esa tarde iba con Isabela a una feria de inversionistas. Iban a lanzar una nueva criptomoneda, SoulCoin. Se reían mucho con bromas sobre los eslóganes: “Invierte en lo eterno”, “El activo más puro del mercado”, “Tu token más profundo”. Estaban muy ilusionados.

Luc, siempre que podía, enchufaba a Mateo. Sabía que tenía muchos gastos y le venían bien estos trabajos. Mateo cortaría el jamón ibérico en el stand. También iban sus amigos Samuel y Lucía, de invitados. No era solo que le cuidaran el gato cuando se iba de vacaciones. El gato estaba tan a gusto con ellos que después de cada viaje no quería volver con él.

Así había comenzado todo.

—Curioso —dijo Luc, más para sí que para ellos—. Una pequeña explosión y toda la eternidad para extinguirla.

Las almas comenzaron a moverse, atraídas hacia su voz. Eran volutas de niebla consciente, cada vez más tenues, apenas sostenidas por el recuerdo.

—¿Qué lugar es este? ¿Por qué no acaba? —preguntó Mateo con hastío.

Luc sonrió.

—No acaba porque no existe. Nada de esto existe. Ni el dolor ni el placer. Todo lo que hayáis visto y experimentado lo habéis creado vosotros. Cada cual ha encendido su propio horno, fundido su oro o desnudado su alma. Haced un esfuerzo por recordar, estamos aún en la feria.

—¿Estamos muertos? —se interesó Samuel.

—Sí. Algunas cosas no se pueden cambiar. Sin embargo, no sufras. Todo tiene solución.

Isabela temblaba.

—Entonces… ¿Esto no es el infierno?

—No, Isabela. No hay ningún infierno. Solo el que traigas dentro.

Un silencio reverente siguió a sus palabras. Samuel y Lucía se miraron, todavía asidos de la mano, todavía intentando creerse vivos.

—¿Y tú? —preguntó Lucía, con la voz quebrada—. ¿Eres Lucifer, verdad?

Luc bajó la cabeza. Su sombra se estiró sobre el vacío como un río oscuro.

—Ya me reconociste antes. Tu alma es la más sensible.

Cuando la explosión se tragó el edificio, os traje aquí. Me ocupé de encontraros. Muchas almas se autodestruyen sin control cuando la gente muere.

Las chispas se estremecieron. Mateo quiso acercarse, pero su cuerpo ya no respondía. De hecho, no tenía cuerpo. El Amo Luc continuó.

—He venido a evitar que desaparezcáis por completo. Cuando un alma se consume, desaparece. No hay castigo ni gloria, solo el olvido. No hay juicio final.

—¿Entonces por qué desaparecemos? —intervino Samuel.

—El miedo que aparece cuando disfrutáis de vuestros pecados es lo que os consume. La educación os ha enseñado lo que está mal. En el preciso instante en que la intuición o conciencia os enseña lo malos que sois, es el momento en que se hacen superlativos vuestros miedos y os devoran.

—¿Y qué podemos hacer? —dijo Mateo, más calmado.

—Tenéis que dejar de tener miedo. Aquí no hay pecados, no hay cosas buenas ni malas, no hay nada. En cuanto soltéis esa carga, podréis renacer en alguien nuevo. Yo… quiero ver en qué os convertís.

—¿Aunque seamos peores? —preguntó Isabela, con una ternura que no había mostrado antes en su carácter.

—Especialmente si sois peores. Lo malo también enseña a la existencia a reconocerse. El equilibrio necesita ambas cosas. Yo no juzgo, solo observo. Tú ya estás evolucionando a otra cosa —respondió Luc sin dudar, mientras del banco del valor universal solo quedaba un polvo difuso.

Mateo vio su restaurante convertirse en humo; el gimnasio de Samuel y los pétalos de Lucía se fundieron a negro como una canción que se termina. Estaban comprendiendo. Suspendidos junto a Luc, flotando, desnudos, pero sin que importara, solo cuatro luces brillando, ahora de nuevo con fuerza, listas para un nuevo comienzo.

Él levantó las manos y las reunió en su pecho. Las cuatro luces se acercaron. En su interior ardía una claridad cálida, sin juicio. Una promesa. Energía pura e incondicional.

—Id —susurró—. Que vuestras luces encuentren nuevos ojos y oídos. No recordarán, pero yo sí. Y cuando vuelva a veros, quizás me reconozcáis también. Sabed que os cuidaré en el albor de vuestro nuevo génesis.

El vacío vibró. Las chispas se elevaron como luciérnagas en un campo sin nombre… y desaparecieron en una segunda explosión que las llevó lejos. Cuando el último destello estaba demasiado lejano para apreciar su luz, el Amo Luc quedó solo, contemplando el residuo de lo que había amado, con una lágrima por lo que termina y una sonrisa por lo que comienza.

—El día que aprendan a curar bien las cicatrices, no se acordarán más del infierno —murmuró. Se dio media vuelta y comenzó a caminar. El vacío se cerró detrás de él, como el telón que cae tras la última función.

Los círculos hambrientos del alma. Parte II.

Los círculos hambrientos del alma, parte II

Isabela se encontró en una sala blanca, sin puertas, llena de destellos dorados que parecían flotar en el aire: reflejos del oro puro que lo cubría todo. Se dio cuenta enseguida. La avaricia la había convertido en algo parecido a Tío Gilito. Incluso tenía una piscina de oro en su cámara acorazada, replicando aquella idea ingenua de Walt Disney de nadar en el precioso metal, aunque la suya estaba llena de pepitas en lugar de monedas. No pudo nadar allí. Como ella misma explicaba, siempre con la mirada baja, el oro es demasiado denso:
—Sencillamente, ni siquiera te hundes —creyó decir, recordando mientras sonreía a media asta.

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Capítulo II: El Banco del Valor Universal

El recuerdo se disolvió al instante. Estaba en una cámara acorazada, sí, pero no la suya. Aquí sí había monedas. Monedas de oro puro. Cogió una. Tenía una cara dibujada, con los ojos cerrados. Parecía una cara conocida, pero la memoria le fallaba.

Agarró un puñado: todas eran distintas caras. Todas le resultaban familiares. Todas con los ojos cerrados. De repente, una moneda abrió los ojos y dijo:

—Tú no vales nada.

Las demás comenzaron a abrir los ojos y a gritar:

—¡Me lo quitaste todo! Ahora no vales nada.
—Todo lo querías y nada tienes.
—No vales nada.

Asustada, las dejó caer. Los gritos seguían.

—No vales nada.
—Tú no vales nada.
—Isabela, no vales nada.

Miles de monedas, millones, gritando, saltando, con caras que sobresalían del metal. Isabela gritó. Gritó tanto como pudo.

Sus lamentos se mezclaban con los de las monedas, que parecían ahogarse. El oro se estaba derritiendo; cuanto más chillaban, más se deshacían. Pronto, el líquido dorado comenzó a cubrirlo todo.

Buscó algo a lo que asirse, pero no había nada que no fuese de oro. Se subió a una estatua dorada de Buda que aún estaba bastante entera. La estatua empezó a gritar:

—No vales nada, Isabela.

La estatua abrió las manos, haciendo que la chica cayera de espaldas a la piscina. La estatua también se desequilibró, con su base ya fundida, mientras gritaba:

—Nada aquí, Isabela. No vales nada. Aquí sí te hundes. Nada.

Pero no podía nadar; el oro ya la cubría casi por completo. Empujándose con lo que encontraba bajo sus pies, pedía ayuda a gritos. Cada vez más débil, escupía oro con cada aliento.

De repente, una puerta se abrió.

—Isabela, la estaba esperando. Espero que nuestras reservas no le hayan provocado ningún malestar. A veces son un poco traviesas —dijo un hombre alto, oscuro, como una sombra, mirándola desde lo que parecía ser la salida, en lo alto de la cámara, con una voz que parecía salir del mismo infierno.

—Yo… iba a morir ahogada por el oro…

—Eso no puede pasar —respondió aquel ser extraño con una sonrisa afable—. Aquí nadie está vivo. Venga por aquí, hay una escalera.

Las monedas volvían a ser monedas. En un lado tenían una cara con los ojos cerrados. Le dio la vuelta a una: la otra cara no tenía nada, ni siquiera un valor grabado. Con esfuerzo se subió por encima del montón que la cubría y se dirigió a la escalera.

—Bienvenida, señora Isabela. Su cuenta ha sido transferida —dijo con voz solemne—, conforme a sus deseos.

Isabela frunció el ceño.

—¿Transferida? ¿A dónde? ¿Le conozco? Su voz…

—Al lugar donde el valor nunca muere.

—¿Mi oro es lo que había en la cámara? —preguntó—. Tuve miedo… pensé que desaparecería sin más, sin que nadie supiese siquiera que estaba ahí.

—Tenga cuidado. Los miedos son peligrosos aquí. No hay nada que los detenga.

Sobre el mostrador apareció un contrato. Era enorme, de un papel que parecía piel humana, con letras que se movían como si latieran, como larvas que conocen su destino recogidas en un nido de pájaros antes de ser devoradas.

Su nombre aparecía en lo alto, escrito con una tinta negra que se le antojó extraña. Las cifras eran colosales: trillones, cuatrillones, inimaginables. Sintió un escalofrío de placer.

—Firme, por favor. Aquí será usted la jefa del Banco del Valor Universal.

Firmó, y mientras lo hacía sintió cómo algo la tasaba desde dentro, como si una fuerza estuviera calculando el precio exacto de su alma: un valor más en un mercado fluctuante.

El contrato absorbió la rúbrica en todas sus hojas, como si dejara de ser un ente inanimado. Las páginas se movían frenéticamente mientras gritaban “Isabela”. Algunas comenzaron a pegársele a la piel, cobrando vida. Las letras se le introducían bajo la dermis como lombrices calientes. Todo el contrato era una infección que se extendía como una marabunta, tatuando cada cláusula en su cuerpo. Cuando levantó la mirada, estaba sola. Joven, poderosa, sola. Y bella —desde su punto de vista—. Ella era el contrato.

En la mesa que presidía el entorno, la placa de nomenclatura tenía su nombre. Una placa hermosa, con letras grabadas en mármol negro y recubiertas de oro puro.

Una fila de personas vestidas de gris aguardaba ante ella. Parecían figuras de un museo, de distintas civilizaciones. Hablaban entre ellas, pero no avanzaban hacia su mesa. La ignoraban. Le pidió al primero que se acercara, pero no pareció escucharla.

—Soy Isabela, la jefa —gritó a los maniquíes de cera—. ¡Lo que tengáis que hacer aquí, ya me lo estáis diciendo!

Las figuras, antes inmóviles, empezaron a preguntarse entre ellas:

—¿Quién es Isabela?
—¿Isabela? No es nadie. ¿Qué hizo que debamos recordar?
—La gente viene y va. Será la chica de la limpieza.

Ella empezó a zarandearlas.

—¡Soy la directora! ¿Me oís?

Pero nadie la escuchaba. Las figuras se tornaban cenizas al agitarlas. Y tenían razón. ¿Qué había hecho ella que la hiciera memorable?

Ahora solo quedaban vacío y silencio.

No un silencio cómodo. No, no, ese tipo de silencio no.

Era el silencio del monumento que nadie visita, salvo las palomas que lo usan de retrete. El de las oficinas quemadas, donde la fotocopiadora imprimió su última página años atrás. El que atraviesa los huesos, pero se queda acongojando el corazón, sin esperanzas de cambio.

“Por lo menos tengo un contrato”, pensó. “Soy el contrato, de hecho”.

Se miró las manos. Ya no estaban los tatuajes. Se acercó a las paredes cubiertas de espejos. Cada espejo la reflejaba de una forma. En algunos se veía hermosa, radiante; en otros, vieja y marchita, con los ojos hundidos y las manos temblorosas.

Pero no se veía ni una letra. Su piel estaba limpia. Se arrancó la ropa. Entonces vio cómo los tatuajes del contrato se movían bajo la piel, como larvas buscando salir.

Una subió por su cuello y se abrió paso hasta la boca, gritando:

—Los intereses de demora abusivos no están sujetos a verificación por terceros.

Y salió en una bocanada de sangre del color del oro puro que empañó la superficie del espejo, deslizándose hacia el suelo hasta transformarse en algo más oscuro.

Todos encontraban un agujero por el que salir de su cuerpo. Al final, solo quedó un charco de sangre bajo sus pies, creciendo: sangre negra, oxidada, corrompida. Una amalgama de podredumbre que se solidificaba lentamente, entre espumas tóxicas y mensajes hirientes.

Intentó no mirarse, alejarse, pero sus reflejos la seguían. Cada imagen tardaba un segundo más que ella, como si preparara la jugada. Los espejos le devolvían las peores escenas de su vida. Cada momento de angustia estaba allí, listo para ser reflejado. Y cada reflejo se estiraba para arrancarle un trozo de piel. Un dedo, un fragmento de pecho, una oreja.

Corrió, corrió cuanto pudo. Intentó escapar de sus imágenes. Tras de sí, cada huella de su sangre en el suelo se desvanecía. Cada paso borraba el anterior, como si su recuerdo ya no fuese tolerado. Isabela tenía miedo, sí. Pero, sobre todo, sentía un vacío más antiguo que el pecado de la ambición: la certeza de convertirse en invisible, sin huella ni epitafio.

Tenía que salir de allí, lo que quedase de ella. Las zancadas no le permitían avanzar con normalidad. Si hubiese estado soñando, al forzar el paso se habría despertado. No fue así. Con desesperación, se batió en duelo consigo misma hasta que consiguió salir a ningún sitio.

Sin más que hacer, se puso a caminar sin rumbo. Sin pensar, sin hacer, sin desear. Solo andar, hasta que el suelo dejó de reconocer sus pasos.

Los círculos hambrientos del alma. Parte I.

Los círculos hambrientos del alma

¡Saludos, mortales curiosos!

Yo, la Hechicera Rubia, os traigo susurros del más allá…

Desde las profundidades del abismo, el Amo Luc desciende una vez más a los infiernos, trayendo consigo historias que hielan la sangre y encienden el alma.

Preparad vuestras almas, encended las velas y cerrad bien las puertas… porque lo que está por venir no pertenece a este mundo.

Hoy, las sombras tienen voz… y vienen a contarnos sus secretos.

Escucha las historias de miedo en vez de leerlas

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Los círculos hambrientos del alma

Son unos instantes, lo hemos oído tantas veces. Toda la vida pasando por delante de tus ojos, y luego ya nada. No hay luz, no hay sonido, no hay nada. Se acaba. Todo lo que te has esforzado, todo lo que has conseguido, todo, todo perdido.

Solo queda un poco de tristeza, o mucha, depende de quién has sido para los demás. Pero eso también se pierde. Se diluye en el tiempo hasta que solo es un recuerdo lejano. Tras esos instantes de extrema lucidez puedes contar que todo ha terminado.

Claro, eso contando que no crees.

Luego están los que creen, por ejemplo, los lamas, que se reencarnan en alguien que esté cerca del difunto. El almacén de almas no llega a recuperar esa energía. Como cada vez somos más en el mundo, siempre hay un nuevo cuerpo necesita esa alma. ¿O no? Al final, de la muerte no sabemos nada.

Pero cuando a alguien lo reaniman con palas, incluso aunque sea no creyente, pertenezca a la civilización que pertenezca, del hemisferio sur o del norte, venga de donde venga, explica siempre lo mismo.

Tus seres queridos te esperan al final de un túnel, una salida que da paz, que reconforta. Y cuando no toman esa salida, porque les están reanimando, se ven fuera del cuerpo. Recuerdan dónde les han devuelto la vida, incluso aunque no hayan estado conscientes mientras eso sucedía.

Y esto, cuando lo escuchas, te da escalofríos.

Entonces hay una chispa, la chispa es el alma, lo que no hemos podido explicar.

Los que os sintáis incómodos con la religión, llamadla conciencia.

La conciencia no muere.

Prólogo: la chispa que no se agota

Cuatro de esas chispas flotaron, suspendidas entre el último latido y el olvido. Cuatro almas confundidas en el vacío del desconocimiento más profundo. Mateo, Isabela, Samuel y Lucía. No era un sitio conocido.

El miedo y el dolor no estaban con ellos, extrañamente. Alguno pensó que quizás el dolor es algo del cuerpo, un cuerpo que había quedado atrás. Habían dejado atrás algo esencial; la sensación de pérdida era desgarradora y, sin embargo, eran libres y conscientes. Ahora eran bebés explorando el nuevo entorno, un entorno estático. El tiempo no parecía tener ningún efecto. Todo estaba suspendido, luminoso, perfecto. La muerte —pensaron— no era tan terrible después de todo.

Para todos, la muerte parecía algo lejano. Eso fue lo primero que empezó a evolucionar, el olvido del evento catastrófico. Ninguno se preguntó cómo había llegado allí. Solo sentían el alivio cálido, casi placentero, del cambio que llegaba a su fin.

Hasta que lo notaron

Mateo fue el primero en abrir los ojos. Olió el pan recién hecho, escuchó los ruidos de decenas de cubiertos y platos, notó la humedad del vapor de las ollas. No cabía duda, estaba en el cielo. Poco le había importado al Divino todo lo que había derrochado para deleite suyo y de unos pocos clientes de alta alcurnia, mientras otros morían de hambre. Tampoco le había importado que su gula le hubiese llevado al instante final a una edad tan temprana. Ahora ya no notaba sobrepeso. “Si hay cocina, hay comida”.

Capítulo I: El Evangelio según San Mateo.

Al principio no había más que niebla. Una niebla tibia, progresivamente menos densa, con aroma de pan tostado y madera húmeda.

Mateo caminó sin rumbo. Estaba en una cocina, o eso le parecía, pero no conocía el lugar. No estaba seguro de nada. En un brote de genialidad, se dirigió afuera y miró hacia arriba. Un resplandor rojo neón palpitaba al ritmo de un corazón enfermo, con ritmo decadente y desenfadado. El cartel rezaba “El Evangelio según San Mateo”.

“¡Qué nombre para un restaurante! ¡Qué hambre tengo! ¿Cómo puedo tener hambre si me he muerto?”. Sentía un hambre profunda, como un agujero que crecía y crecía, un agujero negro que todo lo consume.

Empujó la puerta.

Él era el jefe. Lo supo enseguida.

Tras la puerta estaban los delantales. Se colocó uno. No, se colocó el de las tres bandas azules. “La gente tiene que saber quién es el jefe”. Todos los demás eran completamente blancos.

Necesitaba comer algo; si no, iba a morir de nuevo.

No lo pensó; después de toda una vida, el instinto puede más que el cerebro.

Encendió los fogones, afiló los cuchillos, templó los filos, sacó los alimentos de la cámara. Parecía la cocina de “El Resplandor”. Frutas y verduras, cajas de hortalizas, bandejas de huevos, carnes y pescados, incluso postres dulces y, mientras movía los ingredientes a las mesas de preparación, había visto una bodega impresionante.

Cortó, sofrió, batió. El aceite siseó con vida propia. Parecía que los elementos cocinaran a la voluntad de sus pensamientos. El fuego le obedecía.

De hecho, le pareció que todo era autónomo. Por cada intención suya, observaba que algo, misteriosamente, realizaba la acción. “Esto de morirse le pone a uno extrañamente creativo… y hambriento; menuda imaginación tengo, y qué dolor de barriga”.

Pero entonces un hedor leve, ajeno, le alertó. Era carne podrida. Podría distinguir esa peste hasta en el infierno.

Sobre la encimera, uno de los trozos de carne se había vuelto gris. Tenía un borde verdoso, el corte lleno de puntitos blancos y un hilo de sangre que caía hasta el suelo, oscuro, casi negro.

Retiró la pieza entera, empujándola con el cuchillo a uno de los cubos de basura, con la calma de un profesional y el estómago contraído.

La siguiente pieza también empezaba a coger mal aspecto. Todas las piezas. Costillares enteros, lomos, entrecots, hasta jamones curados. Nada parecía durar más de unos instantes.

Además, la fruta estaba igual. “Una manzana podrida pudre a la de al lado, pero aquí están todas podridas”, pensó recordando su infancia de pobreza, cuando para comer tenía que recorrer los cubos de basura del mercado donde los fruteros y demás comerciantes tiraban sus sobras.

Recordó esos tiempos en los que nada estaba garantizado, en los que no sabía si conseguiría comida, en los que no sabía si la comida conseguida estaba lo suficientemente fresca para no hacerle enfermar.

El hambre volvió más fuerte. Y ese olor. Iba a vomitar con la peste de las cebollas descompuestas. Tapó un cubo con lo peor. La acidez estaba matándolo. Tenía que ingerir algo urgente. Los platos que estaba preparando estaban casi perfectos. Iba a devorar uno urgentemente…

Ding, ding, ding.

Había un cliente.

Mateo salió al comedor. En el fondo había una figura, o eso le pareció, esforzándose por distinguir algo en aquella penumbra. No conseguía distinguir ningún rostro. Entonces oyó una voz, suave, neutra:

—El plato del día, chef.

—Sí —respondió Mateo, de repente más consciente y determinado—. Enseguida.

Volvió a la cocina.

La carne estaba completamente podrida. Al intentar deshacerse de ella con las manos, sucedió algo increíble. Al tocarla, la carne volvía a estar bien. Y las frutas, las hortalizas… los filetes se alisaban, tiernos, recuperando el brillo y color. La fruta relucía, las hortalizas turgentes parecían recién cortadas.

El hedor desaparecía.

Todo volvía a ser fresco, perfecto.

La cocina vivía de nuevo a su tacto. “Soy el rey Midas de la cocina. Todo lo que toco lo convierto en bueno”. Se olvidó un poco de su hambre y sonrió. “He comido tanta basura, pero eso… fue hace una vida”.

Sonrió con la ocurrencia y se puso a preparar el plato con una precisión religiosa. Luego lo colocó en una bandeja de plata y lo llevó al comedor.

—Voilà, monsieur, bon appétit.

El comensal se inclinó hacia el plato. Mateo no vio su rostro, solo el vapor que ascendía.

Entonces regresó el olor.

Podredumbre pura.

El plato burbujeaba levemente. Dentro, algo se movía.

Era carne, sí… pero…

Había un lunar en un pedazo de piel que reconoció.

Un trozo de su cara.

Mateo retrocedió, tropezando con una silla.

El cliente levantó la cabeza.

—Perfecto, chef, excelente. Exactamente como a mí me gusta —dijo sonriendo, con una mueca enigmática.

Mateo quiso gritar, pero el aire se espesó en su garganta.

El hambre, aquella que lo había acompañado desde el principio, se desató con violencia.

Sintió la necesidad brutal de probar ese plato, de saborearse, de devorarse.

Se lanzó sobre la bandeja, temblando, sin control.

El sabor era cálido, intenso, humano.

Lloró. Rio. Comió.

Cada bocado trajo un dolor inmenso, inimaginable, como el ansia que le impulsaba a seguir devorando aquel manjar.

El cliente, en una calma sobrenatural, lo observaba desde su asiento.

También lo vio alejarse, tambaleándose, atravesando las puertas batientes de la cocina.

La música empezó a sonar. Fuerte, más fuerte.

Las luces se encendieron.

De la cocina llegaban otra vez sonidos de actividad frenética. Por fin todo funcionaba en perfecta armonía.

En el comedor no había nadie.

Llega agosto

Llega agosto

Agosto es un mes esperado por muchos, ya que es sinónimo de vacaciones, escapadas a la playa y tiempo en familia. Sin embargo, también puede traer consigo ciertos desafíos: manejar el presupuesto, lidiar con el calor y evitar el agobio que a veces puede acompañar las vacaciones. En este artículo, exploraremos cómo puedes disfrutar al máximo cuando llega agosto sin agregar estrés innecesario a tu vida.

¿Por qué agosto puede ser estresante?

Cuando llega agosto, todo parece intensificarse. La temperatura sube, y con ella, a menudo también lo hace nuestra irritabilidad. El calor puede ser especialmente agobiante, y si no se maneja adecuadamente, puede transformar unas vacaciones relajantes en una experiencia agotadora. Además, muchas personas intentan encajar sus planes vacacionales en este mes, lo que puede resultar en un aumento de la afluencia de turistas en los destinos populares, contribuyendo así al estrés.

El presupuesto es otro factor importante a considerar. Agosto es un mes de alta demanda en el sector turístico, lo que significa que los precios de alojamiento, vuelos y actividades pueden estar por las nubes. Si no se planifica con cuidado, los gastos pueden salirse de control rápidamente, causando un estrés adicional que puede arruinar esas tan ansiadas vacaciones.

Planificación y gestión del presupuesto

Planificar con antelación es clave para mantener el control sobre tu presupuesto de vacaciones cuando llega agosto. Antes de reservar tus vacaciones, establece un presupuesto claro y realista. Considera todos los aspectos: transporte, alojamiento, comidas, actividades y, por supuesto, pequeños lujos que quieras permitirte. Tener un presupuesto definido te ayudará a evitar gastar de más y te permitirá disfrutar de tus vacaciones sin preocuparte por las finanzas.

Además, es importante ser flexible con tus planes. Puede que encuentres ofertas de última hora que te ayuden a ahorrar dinero o, por otro lado, podrías descubrir que cierto destino es más caro de lo esperado. En tales casos, tener un plan B puede ser muy útil. Considera destinos menos populares que puedan ofrecerte una experiencia igual de gratificante sin los costos asociados con los lugares más concurridos.

Combatir el agobio del calor

El calor extremo puede ser uno de los mayores desafíos de agosto. Estar preparado para las altas temperaturas es fundamental para disfrutar de unas vacaciones sin agobio. Asegúrate de empacar ropa, usar protección solar y mantenerte siempre hidratado. Recuerda que los momentos de mayor calor pueden ser una excelente oportunidad para explorar actividades en interiores, como visitar museos o relajarte en un spa.

Adoptar una rutina que tenga en cuenta el calor también puede ser útil. Aprovecha las primeras horas de la mañana para actividades al aire libre, cuando la temperatura es más fresca. Por la tarde, cuando el calor alcanza su pico, busca sombra, descansa y disfruta de la tranquilidad. Recuerda que las vacaciones son un momento para relajarse y recargar energías, no para agotarse bajo el sol.

Escapadas inteligentes: Destinos ideales en agosto

Agosto, con sus días largos y calurosos, puede ser la oportunidad perfecta para realizar escapadas a lugares que ofrecen tanto entretenimiento como relajación. Si bien las playas son una opción popular, no son la única manera de disfrutar de tus vacaciones. Considera explorar zonas rurales o montañosas, donde el clima puede ser más agradable y los paisajes son igualmente impresionantes. Estos lugares, a menudo menos concurridos, pueden brindarte el respiro del ajetreo habitual de los destinos turísticos.

Otra opción para unas vacaciones menos estresantes en agosto es visitar ciudades que ofrezcan una rica oferta cultural. Optar por una ciudad con una amplia gama de actividades culturales y gastronómicas puede hacer que tus vacaciones sean tanto educativas como emocionantes. Museos, festivales de verano y mercados locales son algunas de las actividades que podrías considerar. La clave está en encontrar un equilibrio entre el descanso y la aventura, evitando así el agobio y disfrutando del mes de agosto al máximo.

Cómo mantener el estrés bajo control

Una de las mejores maneras de reducir el estrés durante las vacaciones de agosto es hacer uso consciente de tu tiempo. Planificar, pero también permitirte ser espontáneo, es una excelente forma de equilibrio. Trata de no llenar tu agenda con demasiadas actividades para que no se sienta como una carrera contra el reloj. Encontrar ratos para simplemente relajarte sin compromisos es esencial para recargar energías y disfrutar verdaderamente de las vacaciones.

También es fundamental escuchar a tu cuerpo. Las vacaciones son para disfrutar, no para agotarse. Si te sientes cansado o estresado, permite un tiempo de descanso y relajación. Practicar técnicas de mindfulness o meditación puede ayudar a centrarte y mantener una actitud positiva. Recordar que no todos los días tienen que estar repletos de actividades puede ayudar a prevenir el estrés y el agobio.

Conclusión

Llega agosto, con su promesa de nuevas aventuras y tiempo de descanso, y puede ser tanto una bendición como un desafío. Planificar con antelación y manejar conscientemente el presupuesto puede prevenir sorpresas financieras desagradables, mientras que elegir destinos menos concurridos puede ofrecer una experiencia más relajante. Además, adoptar estrategias para combatir el calor y mantener el estrés bajo control garantiza disfrutar de unas vacaciones placenteras.

Recordemos que, realmente, las vacaciones deben ser una oportunidad para desconectar del ajetreo diario y recargar energías. Con una planificación cuidadosa y un enfoque en el bienestar personal, es posible disfrutar de un agosto memorable sin estrés.