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A cinco tiempos de tu muerte, 3: el regalo

A cinco tiempos de tu muerte. Concierto Nirvana.

Viene de: A cinco tiempos de tu muerte 2: Ayúdame

Música que se menciona en este capítulo:

Silvia y Arancha se fundieron en un abrazo breve. Ni Arancha ni su pareja, Ethan, habían ido al entierro de Gabriel; solo el pequeño Víctor, de doce años, hijo de Arancha, había acudido con su abuela.

—Siento no haber venido antes, hermanita —murmuró Arancha. Llevaba gafas de sol y una capa gruesa de maquillaje.

—Queríamos estar, cuñada, pero con todo el lío de… —empezó a disculparse Ethan.

—Las cervezas de Gabriel siguen en la nevera, Ethan —lo cortó Silvia en seco, sin mirarlo a la cara—. Coge las que quieras; hay más en la alacena.

Ethan se tragó la contestación y se fue a la cocina con cara de bulldog.

—Aún no me lo creo, Silvia —dijo Arancha con pesar—. Gabriel parecía tan en forma, no me lo esperaba para nada…

—Hacía años que los dos teníamos asumido que un día u otro el corazón le fallaría. Pero ha sido muy triste, cuesta seguir adelante.

Silvia dio un paso hacia su hermana y, sin pedir permiso, le retiró las gafas. Una hinchazón morada le cubría la parte izquierda de la cara, desde el párpado hasta el pómulo.

—¡Dios mío! —soltó Silvia con una mueca amarga—. Yo vengo de un funeral y tú llevas el ojo a la funerala.

Arancha dejó escapar una risita nerviosa mientras se encajaba las gafas a toda prisa.

—Mejor así, de verdad.

La voz de Ethan llegó desde el pasillo, con el bote en la mano.

—¿De qué os reís?

—Ethan —volvió a atajar Silvia—, en el cuarto de invitados he dejado la ropa de Gabriel. Coge lo que te sirva antes de que lo tire.

Ethan enarcó una ceja, pero la idea de algo gratis le pudo y asintió.

—¿Tienes un cargador tipo C, tía? —preguntó Víctor, quizá buscando abstraerse un rato con el móvil.

—En la cestita de las revistas tienes de todo, cielo.

Buscando el cargador, el chaval encontró un objeto antiguo macizo, del tamaño de dos cubos de Rubik, con imágenes talladas en los laterales.

—¿Qué es esto? —preguntó enseguida.

—Es algo de un mercadillo que compró tu tío. Quédatelo si te gusta, cielo. Él querría que lo tuvieras.

—Gracias —dijo él abrazándola, más para calmar la tristeza que para agradecer nada.

—Bueno, Arancha —dijo Silvia—. ¿Qué es eso del hospital?

Víctor levantó la cabeza enseguida. Silvia miró a su hermana y después a su sobrino. Entonces recordó lo que el niño le había contado durante el sepelio.

—Víctor… Me habías prometido no decir nada —suspiró Arancha, con una mirada de reproche.

Víctor le levantó la camiseta a su madre. De costillas a cintura, moratones oscuros y cicatrices decoloradas cubrían el lienzo macabro en el que se había convertido su piel.

Silvia se quedó sin aire, igual que se quedó sin prudencia.

—¿Qué coño es esto, Arancha? —exclamó horrorizada—. Tienes que denunciarlo. Ahora mismo te acompaño a la comisaría.

Ethan, que había visto parte de la escena, avanzó hacia ellas sin ver otra cosa que la salida.

—Nos vamos —sentenció, agarrando a su pareja del brazo—. Ya nos hemos entretenido bastante.

—¡Suéltala! —saltó Silvia.

Pero Ethan ya tiraba de ella por el zaguán.

—Gracias por la ropa, cuñada. Adiós. 

—No le hagas daño, por favor —suplicó Víctor, mientras los tres desaparecían tras las puertas del ascensor.

Filigrana con una calavera

Algo más tarde, Víctor subió a casa, dejó sus cosas junto al sofá y los tres se sentaron a cenar en la cocina.

El zumbido del extractor puso banda sonora al puchero de la semana. Nadie hablaba. El chaval jugaba con la comida sin probarla.

—¿Vas a estar toda la noche con esa cara? —soltó Ethan, dejando el tercer bote de cerveza en la mesa con más fuerza de la necesaria.

Arancha se sobresaltó, pero no apartó la mirada.

—¿Qué cara, Ethan? Solo estoy cansada.

—¿Cansada de qué? —se encaró él—. Cansada de ir a meterle mierda en la cabeza a tu hermana, ¿no? Cansada de ir a llorarle para que te compadezca.

—Yo no le he llorado a nadie…

—¡No mientas! —golpeó la mesa—. ¿Te crees que soy tonto? Vi cómo se lo enseñabas. Le fuiste con el cuento a la viudita para que me mire como si fuera un monstruo.

—Ella no le enseñó nada —intervino Víctor, levantando la vista por primera vez—. Fui yo quien le levantó la camiseta.

Ethan se giró hacia el niño de golpe y habló muy despacio.

—¿Tú? Con doce años de mierda… ¿Qué coño tienes tú que enseñar ni hablar de lo que pasa en esta maldita casa, enano?

—Ethan, por favor, déjalo, es solo un niño… —suplicó Arancha, intentando ponerse en medio.

—¡Tú te callas! —la cortó él poniéndose de pie—. Aquí el problema es que ninguno de los dos me tiene el más mínimo respeto. Y a mí en mi propia casa no me vacila ni Dios.

—Es nuestra casa, no tuya —exclamó Víctor—. La compró mi padre. Si él estuviera aquí, ya te habría echado.

—¡No me hables así! —gritó Ethan.

De un tortazo seco tiró al niño de espaldas. Arancha corrió a levantarlo, pero Ethan le puso la zancadilla. Cayó contra el cristal de la puerta. El cristal se rompió y un trozo le atravesó el brazo.

Víctor se levantó con rabia.

—¡Desaparece de nuestras vidas, maldito asesino!

—¡Te voy a dar una paliza que no te va a conocer ni tu madre, crío de mierda!

—¡No! Para, por Dios. Y ayúdame. Estoy muy mareada —suplicó Arancha—. Trae una venda, rápido.

Arancha había arrancado el cristal del brazo y con la mano intentaba contener la sangre, que caía al suelo sin parar. Ethan salió corriendo a por el botiquín, con una maldición entre dientes.

Taaaan… taráaan… tan-tan, tan tararan…

Una canción empezó a oírse, como cuando los vecinos no querían oír las peleas.

Solo que esta vez estaba muy cerca. Demasiado.

Casi por instinto, Víctor se tocó el bolsillo. El móvil estaba ahí. Extrañado, siguió la música. Venía del comedor. De su mochila.

Víctor miró dentro. El orsai estaba completamente abierto. Se oyó un clic.

Del mecanismo salía una música rasgada inconfundible y una luz cegadora que lo asustó.

Hello, hello, hello, how low?

—¿Nirvana? —preguntó Ethan, que traía el botiquín en la mano, desorientado—. ¿Quién coño hace una caja de música con una canción de Nirvana? ¡Apaga eso, crío de mierda!

—¡No puedo! ¡No puedo cerrarlo!

Oh well, whatever, never mind…

Silencio.

—Ya está —respiró el niño—. Se ha parado.

Pero se oyó otro clic y empezó de nuevo. Una luz intermitente anaranjada inundó todo el piso y la canción continuó.

Hello, hello, hello, how low?

—¡Que lo apagues te he dicho! —bramó Ethan—. ¡Me va a reventar la cabeza!

—¡Que no puedo pararlo, no sé cómo funciona! —gritó desconsolado Víctor, intentando elevar la voz por encima del estruendo que hacía vibrar las paredes.

Silencio.

—Aún no lo puedo cerrar —se quejó el chaval.

Clic.

A denial, a denial, a denial, a denial…

No parecía que fuera a terminar nunca.

Ethan dio dos zancadas, arrebató la caja de las manos de Víctor y corrió hacia el balcón, dispuesto a lanzarla al vacío con todas sus fuerzas, como una bola de beísbol.

La carrera acabó en el monopatín del niño.

La barandilla no lo paró. Ethan desapareció en la oscuridad de la noche.

—¡Mamá! —gritó Víctor.

—Ya no está, cielo —dijo con calma—. No dejes el monopatín por la casa. Guarda siempre bien tus cosas en tu habitación, por favor.

—¿Estás bien, mamá? Lo siento mucho.

—Vamos a llamar a la policía.

Víctor salió al balcón a por el monopatín y se asomó.

—Doce años de mierda, doce pisos de mierda.

Abajo, una luz roja se apagó en la acera. Ethan apenas se distinguía en la oscuridad.

—Has caído como el Coyote.

Arancha fue a coger su teléfono y Víctor cogió su mochila.

—Ahora vuelvo, mamá. Tengo que hacer algo.

El chico bajó por la escalera. Sin prisa. Salió a la acera y se abrió paso entre la gente curiosa.

—¡Creo que es mi padrastro, dejadme pasar!

Víctor se acercó a Ethan, le arrancó la caja de música de las manos y la guardó en su mochila.

Mientras se volvía, solo dijo:

—Es él.

¿POR QUÉ HA BAJADO VÍCTOR A POR LA CAJA? 🎃

¿Qué pasaba por la cabeza del niño? Según lo que elijas, continuará la historia. Deja tu voto y, si quieres, amplía tu teoría en los comentarios.

Encuesta 11 votos

Capítulo 3: ¿Por qué ha bajado Víctor a por la caja?

Esta encuesta ha finalizado.

💬 Dejad vuestro voto y los comentarios que queráis añadir antes del 6 de octubre. La opción más votada determinará cómo continúa la historia. Son 3 días cada continuación y acabamos en el día de Halloween…

Atrévete a dirigir la construcción de esta historia.

Con vuestros votos, la historia continúa aquí:

A cinco tiempos de tu muerte 4: El café de mediodía.

GRACIAS

No olvides compartir, es muy importante.

A cinco tiempos de tu muerte, 2: Ayúdame.

A cinco tiempos de tu muerte. Orquesta fantasmal.

Viene de: A cinco tiempos de tu muerte

Música que se menciona en este capítulo:

La melodía sinuosa y melancólica del violín, que a Gabriel se le antojaba interminable, invitaba a volver a la cama. Aún sostenía el orsai, intrigado por la forma de producir ese sonido tan puro. La caja apenas se iluminaba a sí misma, como si se avergonzara de su contenido.

—Esto tiene que ser algo del AliExpress —se dijo, mientras buscaba algún interruptor para apagarlo y, ya puestos, dónde enchufarle un cable de carga—. Se ha quedado casi sin batería con la primera canción, y parece que hay cinco. A ver si veo algo con la linterna del móvil…

Sin embargo, por más que examinó la caja, no encontró nada. Además, no podía quitarse de la cabeza la pesadilla. Se habría recostado de no ser por el malestar que sentía.

El tercer tiempo, la Mazurca, llegó acompañado del chasquido metálico que colocó el siguiente cartucho en su posición.

La música se volvió intensa, como un carrusel de feria descontrolado. Una luz intensa de un blanco insoportable surgía de la caja. Todos los fluorescentes de la casa se encendieron a la vez. Los aseos y la cocina brillaban como enanas blancas cabreadas, iluminando cada rincón de la casa y dejando al descubierto hasta la última mota de polvo.

Angustiado, intentó bloquear el mecanismo usando un tenedor, pero fue incapaz de pararlo. 

La caja se le escapó de las manos y cayó sobre la alfombra. El haz de luz iluminaba la entrada del dormitorio principal.

Gabriel avanzó hacia la puerta, tensando la mandíbula, con un cuchillo de cocina que apenas le servía para calmar el temblor de su mano.

En la cama, sobre las sábanas revueltas, estaba él, inerte, con los ojos abiertos y fijos en el techo.

Una punzada le atravesó el esternón. El corazón dio un vuelco desbocado en el pecho.

La pastilla.

Con el lío del aparcamiento, la lluvia y el encuentro absurdo en el mercadillo, había olvidado por completo tomarse la medicación que mantenía a raya su arritmia.

Retrocedió y cayó al suelo. Si su cuerpo yacía sin vida sobre el colchón, ¿por qué estaba él respirando y sintiendo ese sudor frío en la nuca?

—Aún estoy vivo. Esto tiene que ser un viaje disociativo. Aún puedo despertarme. Tengo que regresar a mi cuerpo real.

Se arrastró hasta la cama y alargó una mano hacia su propio rostro.

Los dedos rozaron la mejilla.

Estaba helada.

—Vamos… despierta.

Le dio una bofetada.

Nada.

Volvió a golpearlo, esta vez con todas sus fuerzas.

Entonces los ojos del cadáver se movieron.

—Ayúdame —dijo.

Gabriel se quedó paralizado.

La mirada aterrorizada de su cuerpo parecía atravesarlo.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Qué coño…?

Algo se movió detrás de él.

Una figura oscura flotaba a pocos centímetros del suelo. De su cuerpo surgían largos filamentos que atravesaban el colchón y se hundían en el cuerpo tendido sobre las sábanas.

Uno de ellos se tensó.

Gabriel sintió un tirón brutal en el pecho.

—¡Suéltame!

Clavó los dedos en el suelo y tiró hacia atrás. El filamento se tensó aún más, oprimiéndole las costillas.

El cuerpo de Gabriel se incorporó unos centímetros.

Gabriel gritó.

La figura no se movió.

El cadáver volvió a caer sobre las sábanas.

Entonces Gabriel comprendió.

Aquello no estaba intentando entrar en él.

Estaba intentando sacarlo.

El terror le golpeó el cerebro con la fuerza de un ariete.

Gabriel se abalanzó sobre la cama y hundió el cuchillo en uno de los filamentos.

La hoja atravesó la oscuridad.

El filamento se contrajo.

Y el cuchillo se partió.

El mecanismo volvió a saltar y la música se extinguió por un instante.

La habitación se sumergió en el cuarto tiempo, la Romanza, con una luz anaranjada intensa como el calor agobiante de la fiebre. La sombra de la figura se proyectaba sobre la pared con el color sucio de la sangre seca.

Gabriel intentó girarse. El dolor del pecho era insoportable. Necesitaba las pastillas.

El frasco estaba en la mesita.

Se arrastró hacia él.

Las piernas no le respondían bien y el brazo izquierdo empezaba a agarrotarse.

Los dedos rozaron el frasco.

El bote cayó.

La tapa saltó y las pastillas se desparramaron sobre el suelo.

—No… no…

Intentó recoger una.

Los dedos le temblaban tanto que no conseguía sujetarla.

Una sombra pasó sobre él.

Gabriel levantó la cabeza.

El cadáver de la cama estaba sentado.

Lo miraba.

Esta vez sí.

Con un chirrido metálico entró el cartucho del Galop, el quinto y último tiempo.

La luz de la caja comenzó a parpadear al ritmo de un pulso cada vez más acelerado. El mismo que castigaba el pecho de Gabriel.

Gabriel, ahogado por el dolor, extendió las manos hacia su propio cuerpo.

—¡Vamos!

Intentó entrar en él.

Nada.

Lo golpeó.

Nada.

Volvió a intentarlo con desesperación, como si pudiera arrancarse de aquella pesadilla a fuerza de voluntad.

El cuerpo no respondió.

Detrás de él, algo arrastró lentamente los filamentos por el suelo.

Gabriel se volvió.

La figura estaba más cerca.

Mucho más cerca.

El cadáver abrió la boca.

—Te estaba esperando.

Volvían a ser uno.

Un chasquido seco cerró la tapa de marfil.

La caja era otra vez un bloque liso, mudo y helado.

La luz limpia del amanecer entró horas más tarde por las rendijas de la persiana. En el suelo, desparramado igual que su medicación y con las pupilas aterrorizadas, el cuerpo de Gabriel yacía inmóvil.

Su pareja se despertó bostezando, con la naturalidad de un día cualquiera. Estiró la mano sin encontrar a Gabriel. Al incorporarse, lo vio.

—¡Mierda, Gabriel! —soltó, corriendo a su lado—. ¡No me jodas! ¡No! ¡Todavía no! ¡Ahora que por fin estabas bien!

No había sangre, ni desorden, ni señales de lucha. Solo un trágico infarto de madrugada y las mejillas húmedas de quien comprende la pérdida sin aceptarla.

En la alfombra, la caja de marfil reposaba cerrada, perfecta, esperando en silencio a que la nueva dueña de la casa sintiera el dolor insoportable de la pérdida para volver a abrirse.

¡AHORA DECIDES TÚ QUÉ OCURRE! 🎃

Gabriel ha muerto. Su pareja sabía de la afección cardíaca, pero no esperaba perderlo esta noche. La caja de música permanece cerrada en la alfombra del comedor. ¿Qué debería hacer ahora?

Encuesta 11 votos

Capítulo 2: ¿Qué hace la pareja de Gabriel?

Esta encuesta ha finalizado.

💬 Dejad vuestro voto y los comentarios que queráis añadir antes del 3 de octubre. La opción más votada determinará cómo continúa la historia. Son 3 días cada continuación y acabamos en el día de Halloween…

Atrévete a dirigir la construcción de esta historia.

Con vuestros votos, la historia continúa aquí:

A cinco tiempos de tu muerte 3: El regalo.

GRACIAS

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A cinco tiempos de tu muerte

A cinco tiempos de tu muerte. Imagen del orsai.

A cinco tiempos de tu muerte es una historia que no voy a escribir a solas.

Cada tres días, tú decides qué continúa. Habrá cinco opciones y la más votada marcará el rumbo del siguiente capítulo.

No hay guion cerrado. No hay final decidido de antemano.

Solo una caja de música, cinco tiempos y un hombre que quizá debería haber dejado aquella caja donde la encontró.

Y, a partir de ahora, tú tienes parte de culpa.

¡Bienvenido al horror!

Filigrana con una calavera

Música que se menciona en este capítulo:

Capítulo 1: Gabriel

El frío en los pies lo despertó de golpe, pero fue el sonido lo que hizo que se quedara en la cama, pensando qué demonios era aquello.

Se oía una música extraña en la casa. Un vals de notas agudas con un compás acelerado. Era una melodía elegante, pero tenía algo de histérico, un timbre metálico que se le clavaba en el cerebro y hacía inútil cualquier intento de volver a cerrar los ojos.

Gabriel se incorporó, pasándose la mano por la cara.

—Maldita sea la tele… —farfulló—. Parece el Vals número 2, pero no es. Es algo más bastardo.

Convencido de que se había dejado el televisor encendido en un canal de madrugada, avanzó descalzo. Sin embargo, al cruzar el umbral, encontró la pantalla completamente negra.

En la penumbra del salón, a la derecha de la televisión, una luz azulada y tenue iluminaba la pared. Debajo, la música salía de una caja de marfil.

La caja, de hueso macizo y tacto suave, del tamaño de dos puños, estaba abierta. Una tapa rígida, que cerrada era indistinguible, se había levantado sola, mostrando el mecanismo típico de estas cajitas de música de las tiendas de recuerdos. El vals brotaba incansable a una velocidad absurda.

Al acercarse, se estremeció. La caja estaba helada. Sin embargo, el suelo, e incluso la mesa, estaban calientes. Como si alguien hubiese estado allí manipulándola.

Gabriel intentó presionar la cubierta para cerrarla, pero la estructura no cedía ni un ápice; era como intentar doblar un bloque de mármol.

Gabriel retrocedió un paso, rozando con el talón la esquina del sofá, y el sonido del vals pareció taladrarle las sienes.

Filigrana con una calavera

Todo por culpa de la maldita reordenación del barrio.

Gabriel llevaba más de cuarenta minutos dando vueltas en coche con el codo apoyado en la ventanilla, renegando entre dientes contra el Ayuntamiento. Hacía tres tardes habían desaparecido decenas de plazas de aparcamiento por su decisión de convertirlas en plazas de moto que nadie utilizaba.

Molesto y alejándose cada vez más de su trayecto habitual, terminó dejando el coche en una calle estrecha que ni siquiera le sonaba.

Al volver a pie hacia su casa, empapándose poco a poco bajo la lluvia fina, chocó de frente con un mercadillo de tenderetes. Era absurdo: llevaba diez años viviendo en ese barrio y jamás había visto puestos montados en esa travesía.

El mercado ya estaba recogiendo. Lonas dobladas, esqueletos de hierro al descubierto y furgonetas con los motores al ralentí. En la esquina más oscura, una mujer de cabellos claros recogidos en un pañuelo oscuro amontonaba figurillas y trastos de bronce sobre una manta.

Gabriel se fijó en una pieza de marfil entre el polvo.

—Está cerrado —dijo la mujer sin mirarlo, con una voz seca, sin levantar la espalda.

—Solo quiero ver esa caja —contestó Gabriel, dando un paso adelante.

—No está en venta. Recojo. Está empezando a llover y no quiero que se estropee el género. Váyase a su casa.

—Cuarenta minutos buscando aparcamiento, los pies mojados y una vendedora que no quiere vender. ¿Qué más puede fastidiarme la tarde?

—Créame —le dijo acercándose tan rápido que parecía haberse teletransportado— que esa caja le fastidiaría. La tarde y la vida entera.

Gabriel la observó con más atención ahora que la tenía delante. Debía rondar los cincuenta años. Era alta, de cabellos lisos y claros, y tenía una presencia elegante que contrastaba con el aspecto improvisado del puesto. Vestía unos vaqueros negros con remaches en los laterales y un suéter lencero del mismo color. No parecía una gitana. Ni siquiera parecía una vendedora de mercadillo.

—¿Qué? ¿Cómo me va a fastidiar la vida una cajita?

—Esta caja es muy antigua. Como casi todo lo que tengo aquí, proviene de los sacerdotes sármatas, anteriores al cristianismo. Son objetos sagrados cedidos por ucranianos que ya han muerto bajo las bombas del oso ruso.

—¿Y traicionas esa confianza vendiéndolas?

—Soy hechicera. Conozco el poder de cada objeto. Puedo vender cosas que no tienen relevancia, pero de los objetos sagrados solo vendo copias. Las talla Carla, mi pareja. Es muy hábil en trabajos manuales.

—No tienes pinta de ser una hechicera, ni ella tampoco —soltó sin filtro, tras echar un vistazo rápido a una joven que empaquetaba cosas en viejas maletas, probablemente recogidas de lo que deja la gente junto a los contenedores.

—Aquí viene a darnos clase el profesor de Artes Ocultas de Hogwarts. Supongo que acaba de llegar de Escocia, caballero. Cuéntenos las buenas nuevas de cuanto allí acontece.

—Está bien, no sé cómo podría reconocer a una hechicera, vale. Pero… ¿Qué se supone tan malo de la cajita? Para una vez que quiero comprar algo en un mercado, tanta tontería me supera.

—No es una cajita, es una caja de música. Fue el regalo que Ildico, la última esposa de Atila, hizo a su esposo en su boda. Esa misma noche murió Atila. Su hijo Elak murió después en extrañas circunstancias.

—¿Y esas muertes las causó la caja? ¿Un trasto que llevas a patadas entre tus bolsas?

—Es inofensiva cuando está cerrada. Al abrirla, se oye una música. Por aquel entonces, eran solo imitaciones de pájaros del campo. La última vez que la oímos, un mecanismo parecido a un reloj suizo tocaba música clásica.

—La habrá actualizado Microsoft. Más motivo para que me deje comprarla. ¿Puedo verla?

—Está bien. Aquí está, profesor.

—No tiene ninguna rendija ni cerradura. Esto es un trozo de hueso —comentó el hombre, observándola desde todos los ángulos.

—No se abre usando la fuerza. Solo responde a las emociones intensas de quien la posee.

—¿Cómo la rabia de no poder abrirla?

—La cajita no es suya. Es un orsai y, como todos los orsais, conoce a su dueño.

—Pues véndemela. No hay problema si no quiere que la pueda abrir. Yo soy muy soso, nunca tengo emociones fuertes. Es imposible que la abra. Soy más soso que Ned Flanders. La última vez que me rompí un dedo tropezando descalzo en casa, exclamé: «¡Oh, cielos! ¡Qué contrariedad para mi pequeño dedo meñique!».

Por detrás se oyó a alguien reírse a mandíbula batiente.

—Que se la lleve si tanta ilusión le hace; nos hace falta el dinero —dijo Carla desde un vehículo que hacía las veces de furgoneta camperizada—. Y esta noche nos vamos de buffet libre al Colonial para celebrarlo.

—Tome, este es todo el dinero que llevo —se apresuró Gabriel, aprovechando el momento de duda para sacar doscientos euros de su cartera como quien saca al perro a pasear.

La hechicera cogió el dinero.

—Escuche bien. Tiene que mantener la calma. Miedo, rabia, alegría, deseo, lo que sea: no deje que le importen. Si una emoción alcanza demasiada intensidad, la caja se abrirá. Cuando se abre, ya no puede cerrarse. Se cierra sola cuando termina la música. Cada vez que cambia de dueño, la caja cambia con él.

—O todos mienten.

—¡Basta de bromas! La caja ya es suya y lo sabe. Ahora posee un orsai. Cuídelo y respete las normas, o puede pagarlo con su vida. Esta caja alterará cuanto la rodea para convertir en realidad la emoción que provocó su apertura, de la forma más absurda imaginable.

—Entendido. Terminen de recoger, que si no van a acabar con más agua encima que yo —dijo Gabriel, satisfecho de su adquisición y con la caja de música en la mano.

—Tenga cuidado, profesor —dijo con un hilo de voz áspera—. Cuando se abre, tiene hambre. Y cuando suena, usted ya es suyo.

—No soy profesor, no hace falta seguir ese chascarrillo… En fin, que pasen una tarde agradable.

Filigrana con una calavera

El recuerdo se disolvió en el acto cuando el vals aceleró de nuevo en el salón. La música fue creciendo hasta alcanzar un clímax insoportable. Entonces, con un chasquido metálico, terminó de golpe. La luz se apagó.

—¿Por qué se ha abierto? ¡Joder!… ¡Por la pesadilla, claro! Pero no puede materializar eso. No existen los monstruos. Nadie te ve mientras duermes —se dijo en voz alta, mientras miraba el interior de la caja.

El mecanismo era tan grande que no parecía posible que cupiese ahí dentro.

—Este trasto parece tener cargadores. Igual puedo poner otra música.

Dentro del marfil, un engranaje rotó sobre su eje y un segundo cilindro empezó a girar. La música empezó a sonar de nuevo. Violines y contrabajos orquestaban una suave melodía que no parecía poder causar ningún desastre. El mecanismo se iluminó de nuevo, esta vez de forma tan tímida que la luz parecía no atreverse a salir de la caja.

¡AQUÍ DECIDES TÚ EL DESTINO DE GABRIEL! 🎃

La caja de música vuelve a sonar. Está abierta y tiene hambre. Suena el segundo tiempo de La suite masquerade, el Nocturno. Gabriel sabe que la caja es un peligro. ¿Qué debería hacer ahora para intentar sobrevivir a esta noche?

Encuesta 19 votos

Capítulo 1: Tú decides el destino de Gabriel

Esta encuesta ha terminado ya.

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A cinco tiempos de tu muerte 2: Ayúdame

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