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A cinco tiempos de tu muerte, 4: el café de mediodía

A cinco tiempos de tu muerte, 4: el café de mediodía

Viene de: A cinco tiempos de tu muerte 3: El regalo

Música que se menciona en este capítulo:

—Hiciste bien en recogerla, hijo —dijo Arancha—. Al fin y al cabo, fue un último regalo de tus tíos.

Víctor examinaba los grabados de los laterales.

—Mamá, no es solo un regalo. En el momento en el que grité a Ethan que desapareciera de nuestras vidas, empezó la música. Ahora no sé abrirla, y tampoco sé si quiero abrirla.

—Entonces, no sé qué habría pasado si se la hubiera llevado la policía, o si la hubiera recogido un vecino… No quiero que toques esa cosa. Imagínate que la usen.

—No pueden. La caja me hace caso a mí. Él estaba chillándome antes y no pasó nada.

Arancha se detuvo un segundo con la bayeta en la mano.

—Entonces es un arma. Mató a Ethan… un arma que conoce tu voz. ¿Estás asustado?

—No sé el motivo, pero ahora no siento ningún miedo. He visto lo que puede hacer la caja. Es mejor que siga cerrada.

En ese instante, el teléfono móvil de Arancha empezó a vibrar sobre la mesa, ahogando la conversación.

—¿Sí?… Hola, buenos días… Sí, soy yo.

Víctor vio a su madre descomponerse.

—¿Cómo que una ejecución de aval?… No… Mi marido falleció hace una semana, no puede ponerse al teléfono… ¿La casa? Pero si la hipoteca estaba liquidada… ¿Cómo? ¿Ethan puso la casa como garantía para la tienda de CBD?

A Arancha se le cortó la voz. Las lágrimas le brotaron sin control.

—Por favor, no me pueden dejar en la calle ahora. Tengo un hijo. No tenemos dónde ir… Entiendo. Gracias por llamar.

Colgó, o le colgaron. Arancha se dejó caer en la silla, tiritando de pura impotencia.

Víctor se quedó mudo. Ni en los peores momentos con Ethan había visto a su madre derrumbarse así. Verla vencida le hizo sentir insignificante.

No sintió rabia, ni siquiera contra el banco.

Un deseo intenso surgió del crío:

«Ya ha sufrido bastante; tendría que acabar con esta miseria para siempre».

Clic.

Víctor soltó la caja sin querer.

La mesita auxiliar del comedor se hizo añicos.

Taaaan… taráaan… tan-tan, tan tararan…

«Nirvana».

—Oh, no, mamá. ¡No te muevas! No toques nada, por favor. No hagas nada.

Ambos se refugiaron en el sofá mientras Kurt Cobain empezaba a cantar.

Era un sonido limpio, como de un altavoz USB moderno reproduciendo algún anuncio o una canción de YouTube.

Clic.

Víctor vio fascinado cómo giraba el mecanismo y cambiaba la luz.

—Déjame verlo, cielo —pidió Arancha, estirando el brazo para agarrarlo.

El timbre sonó insistente. Arancha hizo ademán de levantarse.

—¡No! Es peligroso, espera que se cierre.

—Tengo que abrir, puede ser importante. No te preocupes, es solo un juguete.

—¿Quién? —preguntó ella desde el intercomunicador.

Nadie respondió. Sería algún buzoneo. La mujer abrió un poco la puerta entre los restos de cristales, pero, no viendo a nadie, se dispuso a cerrar.

—¡Espere! ¿Es la señora Amenábar? ¿Arancha Amenábar? —preguntó un agente de policía, que salía del ascensor.

—Sí, ¿es por lo de la hipoteca? —inquirió ella, volviendo a abrir lo que pudo la puerta.

—Solo venimos a confirmar sus datos y entregarle las pertenencias de su difunto marido. Tenemos que cerrar el atestado. ¿Qué ha sucedido aquí?

—Nada, nada, es que se ha roto una mesa.

Clic.

Víctor intentaba esconder la caja, pero la música continuaba, sección a sección, implacable. Una luz blanca se reflejaba ahora en todos los trozos de cristal. Uno de los policías entró sin pedir permiso.

—¿Todo bien, chaval? —preguntó, dispuesto a averiguar si había problemas de maltrato.

—Es que cayó algo en la mesa de cristal. Los del Ikea cada vez ponen peores materiales.

El policía no se dio por vencido y quiso buscar signos de problemas familiares. Viendo una escoba, la cogió y empezó a barrer los cristales, un poco extrañado por el reflejo blanquecino que los recorría como una red que vibraba al ritmo de la guitarra.

—Os vamos a ayudar a recoger esto. Parece peligroso y tu madre ya ha sufrido bastante, chico. Tú eres Víctor, ¿verdad?

—Soy Víctor, sí. Tendría que estar en clase, pero el psicólogo de la asistenta social me ha obligado a quedarme unos días en casa.

—Yo soy Carlos, Víctor, encantado. El que habla con tu madre es Juan. Si ocurre cualquier cosa, quiero que vengas a Zapadores. Lo tienes cerquita, seguro que has pasado por el lado de nuestra comisaría un montón de veces. Pregunta por nosotros.

—Está bien, así lo haré.

El otro policía se abrió paso también. Usando un recogedor como pala, desplazaba montones de restos a las bolsas que sacaba Arancha. Carlos seguía hablando con el crío, sin perder de vista lo que ocurría a su alrededor.

El niño veía fascinado cómo, cuando unos trozos se movían, otros parecían sentirse atraídos y acababan amontonándose enseguida. A los agentes no parecía importarles.

—Estos cristales tienen que llevar neodimios o algo, porque se pegan unos a otros como el superglue —comentó Juan—. Esto estará listo en un periquete.

Clic.

—¡Qué caja de música más extraña tienes! Parece algo muy antiguo.

—Me la regalaron mis tíos. Espero que no les moleste; no sé cómo va y, cuando empieza una canción, no la puedo cerrar —contó el chico con una calma que ni él reconocía.

Una leve luz cálida salía de la caja. El chico vio que todas las luces de las habitaciones y los pasillos también estaban encendidas y habían adoptado el mismo color. Se preguntaba en qué momento los policías iban a considerar que allí pasaba algo.

—No es problema; además, ya hemos terminado. No vayáis descalzos estos días. Os dejo este sobre con las pertenencias de Ethan. Solo llevaba la cartera y las llaves.

Clic.

Víctor se preocupó. Conocía la canción. Sonaba el estribillo final «a denial», que antes había sonado en bucle hasta el incidente. Arancha lo vio en sus ojos.

—Vengan. Tengo café recién hecho. De alguna forma les tenemos que agradecer su apoyo.

—¿El cristal de la puerta de la cocina también roto? —se fijó Carlos. Eso no está en el informe.

—Ethan pegaba a mi madre. La estampó contra el cristal —contó Víctor.

—Entiendo. Vendremos más veces por aquí, si no les importa. A veces las cosas pasan por algo. En cualquier caso, vamos a necesitar completar el informe. Sentémonos a tomar ese café y os haremos unas preguntas.

Clic.

Media hora más tarde, se quedaron solos.

La caja se había cerrado sin más. Víctor no terminaba de creérselo.

—¿Ves, cielo? Solo es un trasto viejo, no tiene poderes.

—No lo entiendo, mamá. Aunque…

—¿Sí?

—Se abrió sin sentir nada malo.

—Se abrió sin más, no le des más vueltas, es un trasto roto.

—Se abrió cuando pensé que tú ya has sufrido bastante, que mereces que los problemas se alejen durante mucho tiempo.

—Eres un sol de chico. No sé cómo vamos a salir de esta, pero estamos mejor solos tú y yo. Voy a ver qué llevaba Ethan; igual podemos bajar al búrguer a comer.

Abrió el sobre con las cosas y dejó las llaves tras la puerta. Vació la cartera en la mesa. Veinte euros, unas monedas y un boleto del Euromillones doblado.

El niño cogió el boleto mientras la madre metía el dinero en su bolso.

—¡Mamá!

—Dime, hijo, ¿McDonald’s, Burger King? No da para mucho más.

—No, mamá. El Euromillones. ¡Tiene cinco aciertos y dos estrellas!

Arancha se quedó helada, con la mano a medio camino del bolso.

—Víctor, no juegues con eso, por favor… hoy no.

—No es broma, lo acabo de comprobar con el móvil.

El niño le tendió la pantalla del móvil, con la combinación ganadora. No había duda. Además, solo dos acertantes. El shock la hizo sentarse. Las deudas, la sombra de Ethan… todo se acababa de evaporar.

Miró a su hijo y metió el boleto en el bolso mientras se ponía en pie.

—Vámonos, Víctor. Empezaremos por el banco. Tenemos mucho que hacer hoy. Y llévate el amuleto en la mochila.

¡AQUÍ DECIDES TÚ EL DESTINO DE VÍCTOR! 🎃

Víctor llega al colegio sin la ropa desaliñada ni los moratones que lo caracterizaban. Los bullies que antes se habían burlado de él no pierden detalle. ¿Qué ocurre?

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Capítulo 4: ¿Qué va a pasar en el colegio?

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Atrévete a dirigir la construcción de esta historia.

Con vuestros votos, la historia continúa aquí:

A cinco tiempos de tu muerte 5: Adidas

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El perfeccionismo.

El perfeccionismo

Dicen que las brujas antiguas controlaban los elementos. Que con una palabra movían el viento y con una mirada hacían florecer las rosas y las amapolas. Nosotr@s, l@s perfeccionist@s modern@s, también intentamos controlar los elementos… pero nuestro perfeccionismo ahora son otros: medidas al milímetro, las expectativas que cargamos sobre los hombros, y tantas cosas más… Solo que nuestro conjuro no nace de la magia: nace del miedo.

Durante años, creí que ser perfeccionista era una virtud. Que la vida se ordenaría si yo la manejaba con precisión quirúrgica, que la calma aparecería si todo encajaba perfectamente, si no había errores, si no se escapaba nada del guion.

Pero el tiempo —ese sabio que te pone delante los espejos correctos— me enseñó algo distinto: quería controlar fuera lo que no sabía calmar por dentro.

Mi mente quería exactitud porque mi alma tenía miedo del caos. Mi cuerpo pedía control cuando lo que necesitaba era contención. 

El origen del hechizo del perfeccionismo.

El perfeccionismo no aparece de la nada como una flor espontánea. Es más bien una herencia invisible, un hechizo que aprendemos observando, escuchando e intentando sobrevivir.

A veces empieza en la infancia, cuando aprendemos que el amor no es incondicional siempre. Cuando alguien —sin mala intención— nos enseña que “si lo haces bien, te quiero más”, o que “si te equivocas, mejor cállate”. Y así, el pequeño mago o la pequeña hechicera que fuimos desarrolla su primer conjuro: “Si soy perfecto o perfecta, estaré a salvo. En lo alto de la torre”.

El perfeccionismo es, en el fondo, una estrategia de amor mal entendida. Una manera de intentar garantizar cariño, reconocimiento o seguridad. De pequeños, esa estrategia nos salvó; de adultos, muchas veces nos pesa. 

Hay también un componente cultural. Vivimos en un mundo que aplaude el resultado, no el proceso; que glorifica la productividad, no la presencia; que prefiere la foto filtrada a la realidad sin maquillaje, y en medio de ese ruido, una parte nuestra sigue susurrandoooo…

“Sé impecable, no falles, no muestres la grieta”.

Pero la grieta, queridos, es por donde entra la luz.

El espejismo del control.

El perfeccionismo promete protección. Susurra que si haces todo impecable, nadie podrá reprocharte nada, y te convence de que la perfección es sinónimo de valor… pero, en realidad, es un trato desigual: tú entregas tu paz y a cambio recibes una ilusión de control.

Te hace mirar constantemente lo que falta, lo que podría mejorarse, lo que aún no está “a la altura”. Y sin darte cuenta, te conviertes en la guardiana de lo imposible. Te roba el descanso, te vuelve rígida/o contigo misma/o y, sobre todo, te separa del placer de vivir. 

He conocido a muchas mujeres y hombres que han construido carreras brillantes, hogares preciosos, rutinas brillantes… pero que viven en un leve temblor constante. Esa vibración del “nunca es suficiente”. Como si dentro hubiera una voz diminuta que repite: “Si aflojas, todo se derrumbará”. Pero lo que no nos cuentan es que el control externo no cura el desorden interno. Puedes tener la casa reluciente y el alma enredada. Puedes tener el cuerpo perfecto y el corazón cansado. 

El perfeccionismo es un espejo: refleja todo lo que tememos no ser.

Por eso voy a tratar de nuevo mi tema preferido…

El arte de soltar, sin perder la magia.

Soltar el perfeccionismo no significa volverte descuidada, ni mediocre, ni indiferente. Significa dejar de exigir lo imposible. Significa permitirte ser humana, viva, cambiante, imperfecta… y maravillosa igualmente.

Nos exigimos ser buenas y buenos, si puede ser los mejores en nuestro trabajo: ventas, tiempo de gestión rápido, calidad en atención al cliente, innovadores en las nuevas tecnologías, cobrar más incentivos, excelentes profesionales; además, ser buenas amas de casa y padres excelentes; buenos cocineros, limpieza, higiene, además de estar siempre perfectos en cuanto a nuestra imagen; ser buen estudiante, sacar buenas notas; ser buena pareja; ser un buen amigo; ser buen hijo… y un largo etcétera… ¡Son tantas cosas! ¡Qué locura es esta!… Que cuando no llegamos a todo, nos provoca ansiedad, tristeza o depresión. 

¡Pues no! ¡Basta ya!

La hechicera Rubia con su varita mágica te dice que empieces por observar tus propios conjuros.

Cuando sientas la urgencia de que todo salga perfecto, detente un segundo. Respira y pregúntate:

¿Qué estoy intentando controlar?

¿Qué miedo está escondido detrás de esta exigencia?

A veces descubrirás que lo que buscas no es perfección, sino seguridad, amor o simplemente la sensación de que todo está bien, aunque no lo parezca. 

Practica la ternura contigo: quiérete y mímate. Habla con esa parte exigente como si fuera una niña asustada que necesita calma. 

“Gracias por cuidarme todo este tiempo, pero ya no necesito protegerme con el control”.

Permíteme hacer cosas “suficientemente bien” y ser malota o bichito… Deja una palabra fuera de lugar, un comentario que, aunque duela, sea real, una arruga sin planchar, no dejar preparada la cena, un lápiz de labios sin pintar, un plan sin cerrar, que se te olvide comprar el pan de cada día, dejar los aseos sin limpiar, saltarse la dieta, que tu perro se orine en el pasillo porque no has tenido tiempo de bajarlo porque vas liad@… Atrévete a ser muy loquita o un alma tarumba… y…

Observa qué pasa cuando no lo corriges. 

Te sorprenderá descubrir que el mundo no se derrumba y que tú, en cambio, te aligeras. ¡Que sí! ¡Que no va a pasar nada por no llegar a todo!

La alquimia interior.

El perfeccionismo es, en realidad, una forma de energía. Y toda energía puede transmutarse. Cuando lo reconoces, puedes convertir esa exigencia en fuerza creadora. Porque detrás de toda perfeccionista hay una mente brillante, una mirada detallista, un alma que anhela belleza y armonía. Solo hay que cambiar la dirección de la mirada: del miedo al amor. 

Ya no se trata de “tengo que hacerlo bien”, sino de “quiero hacerlo con verdad”. No de “no puedo fallar”, sino de “puedo aprender”. No de “debo demostrar”, sino de “elijo disfrutar”.

Eso es alquimia emocional: Transformar el control en confianza y el miedo en curiosidad y aprendizaje. Es convertir la exigencia en expresión.

Hoy os quiero regalar un microrrelato muy chic para vosotros, mis lectores…

“La grieta dorada”

Había una vez una hechicera rubia que intentaba crear el hechizo más perfecto del mundo entero. Cada noche mezclaba estrellas, lágrimas de hadas del bosque y un poco de polvo de luna… pero extraído de la cara oculta. (Secreto profesional mío: allí se esconden sustancias de propiedades únicas; no se lo contéis al Amo Luc, que querrá colonizar ese lugar virgen que solo vosotros y yo conocemos).

Pero justo cuando creía tenerlo todo listo, siempre encontraba algo que corregir: una sílaba mal dicha, una chispa fuera de lugar, una nota que sonaba demasiado humana.

Así pasaron las lunas y la hechicera rubia se fue agotando, hasta que una noche exhaló un suspiro tan profundo que el frasco del conjuro se le resbaló de las manos y se rompió en mil pedazos. Y de repente…

EL SUELO SE LLENÓ DE LUZ.

La magia se escapó, libre, bailando entre las grietas del cristal.

Entonces entendió:

Lo perfecto no era el hechizo intacto, sino la luz que se filtraba a través de su ruptura.

Y por primera vez sonrió, pero esta vez sin miedo a que algo quedara torcido.

Reflexión final sobre el perfeccionismo.

Quizá el verdadero perfeccionismo no sea hacerlo todo perfecto, sino mirarte con compasión incluso cuando no puedes más. Aceptar que el caos, el error y la vulnerabilidad también son formas de belleza. 

Hay una perfección secreta en lo imperfecto, una danza que solo se revela cuando dejas de corregir los pasos. Así que la próxima vez que tu mente te diga “hazlo perfecto”, enciende una vela, respira y contesta:

“No soy un robot, no necesito controlar el mundo para estar en paz. La paz empieza dentro”.

Y entonces, sentirás cómo se disuelve el hechizo. La perfeccionista se transforma en alquimista. La mujer o el hombre que buscaba control encuentra conexión.

Y tú, alma linda, brillarás de verdad; no porque todo esté en orden, sino porque, al fin, has aprendido a amar tu propio desorden sagrado. En la imperfección está escondida la perfección más pura, la que no busca brillar, pero ilumina igual. Porque la vida no se trata de borrar las grietas, sino de dejar que por ellas se cuele tu luz. 

Y esto te lo dice, con polvo de estrellas y verdad en la voz. 

Tú siempre amiga. 

La Hechicera Rubia 

III. Juntos, café para dos, amor en buena compañía.

Los círculos hambrientos del alma, parte III

Samuel salió del trance flotando en posición fetal, como el niño de 2001: Una odisea del espacio, buscando su virilidad, intentando recordar que alguna vez tuvo cuerpo. Empezó a tomar forma con el recuerdo de lo que fue antes del terrible suceso, como habían hecho las demás chispas, como si la memoria misma tejiera su cuerpo con hilos de luz temblorosa. Estaba en un gimnasio, en una cama enorme. En la otra, entre pétalos de rosa que apestaban a formol, estaba Lucía. “Ella también está aquí”. Intentó decirle algo, pero no le salieron las palabras. Igual es que cuesta un poco habituarse a estar muerto.

Capítulo III: Juntos, café para dos, amor en buena compañía.

Ella había llegado antes a otro lugar. Deambulaba confundida por una tienda de ropa con pasillos que se alargaban como intestinos. Habría asegurado que era El Corte Inglés, pero sus ojos aún no se habían aclimatado. Un dependiente la cubrió con una gran gabardina. Era de un tacto suave. La notó en toda la piel.

—No puede ir desnuda en esta tienda, señorita, acompáñeme, rápido —dijo, arrastrándola a los vestuarios—. Espere aquí, por favor, le traeré ropa conveniente. Mejor que no la vean, no parece tener con qué pagar.

Ella se observó en el espejo. Estaba majestuosa. La luz parpadeó unos instantes.

El reflejo del espejo le devolvió ahora una anciana marchita, con los ojos como pozos abandonados a su suerte en los que la gente echaba su basura. Su cabello parecía el nido deshabitado y desaliñado de una cigüeña muerta. Se asustó. Retrocedió, pero su reflejo no.

La luz se apagó y encendió de nuevo, como un latido. El lugar pestañeaba.

El reflejo volvía a ser el suyo.

El chico regresó, cerrando la puerta tras de sí, con la ropa. Todo parecía encajar a la perfección en su cuerpo, demasiado bien.

Ella lo provocaba mientras se probaba las prendas; dominaba el arte de la seducción. En vida había disfrutado de muchos amantes y siempre le habían tentado los hombres de piel oscura. Él, en cambio, estaba adorable intentando ocultar lo evidente, pero sus ojos lo traicionaban.

—¿Puedo quedarme la gabardina? Me gusta más que esta chaqueta —dijo ella, mientras intentaba quitársela sin éxito.

—Claro, te ayudo —respondió poniéndose manos a la obra. La cremallera no cedía, se revolvía como si tuviese vida. Finalmente, le sacó la ropa sobre la cabeza. La cremallera siseó como una serpiente y se marchó reptando bajo la puerta, dejando un rastro húmedo sobre el suelo, donde cayó entonces la chaqueta.

La proximidad y, quizás, el agradecimiento de ella quisieron que hicieran el amor salvajemente en el probador. Intenso y breve, no hubiese esperado otra cosa de un encuentro así, solo que parecía que con cada embiste perdiese algo de vida, que la consumiese por dentro.

Cuando intentó vestirse de nuevo, vio en el espejo otra vez a la anciana.

Era ella. Tenía la piel con arrugas que recorrían todo su cuerpo como viejas cordilleras castigadas por el tiempo, bolsas en los ojos del color de la fosa de las Marianas, patas de gallo que parecían de avestruces australianos, canas blancas secas como depósitos cálcicos del jurásico…

Se vistió rápido, asustada. No quería que la viesen así. No quería verse así. “¿Cómo era antes?”.

El chico había desaparecido. Tenía que salir de allí. No entendía qué había pasado. Cómo podía haber hecho algo así.

Afuera encontró una sala con dos camas enormes. Parecía un gimnasio. “Pero… estaba en una tienda…”, pensó. Las camas parecían acercarse y alejarse. El suelo no se sentía sólido, era blando y tibio, como si la tarima en sí respirara. Se acercó a una de las camas, cubierta de pétalos rojos. El aire olía a flores de tanatorio y polvo de hierro, como si alguien pretendiera soldar las flores a la muerte.

En la otra cama estaba Samuel. “¿Qué hace él aquí?”. Se sentó en la cama, cabizbaja, aprovechando que él no se había dado cuenta. Un policía se acercó y le puso unas esposas. Seguramente la habían oído, pero no podía decir nada, tenía a su marido a unos metros.

Se volvió hacia él. “¿Qué hacemos aquí los dos? ¿Qué es este lugar? Él no parece viejo”. Se miró bajo la falda. Ya no estaba arrugada. Volvía a ser ella, solo que con más miedo. Siempre había temido la decadencia. Y ser invisible.

Al chico se acercaron dos gemelas en bikini, de senos turgentes, inquietantes, demasiado iguales, hasta pestañeaban a la vez. Una de ellas le tocó el hombro. Él se sobresaltó. Una se sentó en la cama, y la otra sobre sus piernas. Cuanto más se las intentaba quitar de encima, más jugaban ellas con él.

Lucía no sabía qué pensar. Ella misma acababa de hacerlo. Y encima, estaba detenida. Frente a ella, una docena de hombres con batas blancas la observaban ahora. “Deben ser médicos, pero, ¿por qué no parpadean?”.

Llegó otro hombre. Oscuro. Tenebroso.

—¿Qué es este lugar? ¿Puedo ir con mi marido? Tengo mucho miedo —le preguntó.

—No tengas miedo. El miedo es peligroso aquí —dijo él, con una voz profunda, una melodía hipnótica que le provocó un escalofrío que recorrió toda su columna vertebral.

El jaleo que armaban las gemelas con Samuel la hizo girarse un instante. Jugaban con él. El chico ya no se resistía. Participaba activamente.

—Te conozco. Solo hay una persona que me provoque ese repelús. Tú eres… —empezó a decir, mientras se volvía de nuevo, pero él había desaparecido. Tan siniestro como tranquilo, tan reconfortante como espeluznante; tal como vino, se fue.

El policía le soltó las esposas y le sujetó las manos sobre la cabeza, tumbándola en la cama. La gabardina se abrió completamente y uno de los hombres empezó a hacerle un masaje. Ella quiso decir no, pero la excitación que le provocó no dejó que su boca emitiese ningún sonido.

Cerró los ojos. Sentía como decenas de manos masajeaban cada rincón de su cuerpo. De vez en cuando le daban la vuelta, como a las tortillas, como si levitara, y seguían masajeándola. Si la estaban cocinando, ella disfrutaba de cada incisión que el cuchillo de la lujuria sajaba en el banquete de su propia desintegración.

—Samuel —dijo, lamentándose, pero nadie contestó—. Se giró hacia la otra cama. Samuel no iba a decir nada. Las chicas no habían perdido el tiempo. “Mejor, yo no sé cómo escapar de aquí”.

Las chicas estaban haciendo el amor con él. Jugaban con él, lo pasaban bien. Samuel sentía como disfrutaban, como acariciaban su cuerpo, su cara, haciéndolo sentir deseable. 

—Siempre serás suficiente para nosotras, eres el mejor —creyó escuchar.

Lucía se dejaba hacer. Como expertos cartógrafos, esas manos hábiles eran capaces de encontrar cada punto sensible del territorio de su piel y activarlo, haciéndola suspirar y gemir. Al final no pudo resistirlo más y también hizo el amor con uno de ellos, después con otro, ruidosamente. No sabía cómo parar. No quería parar.

—Conmigo nunca ha sido tan fogosa —dijo Samuel—. Aquí hay algo que no está bien.

Samuel no estaba bien.

Su sexo perdió su firmeza. Las chicas intentaban animarlo, sin éxito. Perdieron interés en él. Ignorándole, tumbadas en la cama, jugaban sensualmente con sus cuerpos.

De pronto, una mujer rubia, delgada, alta, con unas piernas interminables y una carita de ángel celestial le cogió de la mano. Tenía una voz tan dulce que habría sido capaz de convencer al mismísimo cancerbero del infierno de que le dejara marcharse, si así lo hubiese querido. No era el caso; prefería consumir almas.

—Aquí, todo es más intenso, cielo, ven conmigo —dijo, y lo sentó en una silla que había entre las camas. Empezó a besarle, a seducirle, y le devolvió el ánimo necesario para hacerle el amor.

Ella los veía, los tenía al lado, sabía que la excitación lo había traído de vuelta. Cuando a él se le metía en la cabeza el miedo de ser insuficiente, ella misma nunca había conseguido recuperarle. “Aquí hay algo que no está bien”, pensó.

Lucía no estaba bien.

Yacía triste sobre su lado izquierdo. De su boca caía un hilo de sangre. Se dio cuenta y se tocó con los dedos, para descubrir un diente caído. Tosió. De su boca brotaron pétalos de rosa empapados en sangre negra, marchitos como si hubieran florecido dentro de un cadáver. “No, no, no… otra vez no”. 

Pero era tarde. Las piernas se habían encanijado hasta volverse ramas secas que apenas sostenían la carne. La piel pálida formaba arrugas en jirones de arriba abajo. El pelo se tornaba blanco, los pechos se caían flácidos, la barriga distendida mostraba las inclemencias del tiempo y la vejez.

Samuel estaba como ella. Escuálido, blandengue, demacrado, viejo, ya no era suficiente.

Todo el mundo se apartaba de ellos con cara de asco.

—Huelen a viejo —dijo alguien, mientras todos se marchaban apresuradamente.

Parecían dos judíos recién liberados de algún campo de concentración en la Segunda Guerra Mundial. Ella se acercó a una pared con un espejo. Samuel fue tras ella.

En el espejo encontraron dos viejos tristes, débiles, acabados.

Detrás de ellos, unos operarios despejaban y limpiaban el suelo con haraganes. Dos equipos de baloncesto se preparaban para competir y el público llenaba las gradas. No hacía falta que se taparan; la gente, sencillamente, ni los veía.

Samuel tenía ante sí a una Lucía que se rompería en sus brazos, al tiempo que se le clavaba como un puñal su propia impotencia. Lucía enfrentaba un Samuel muerto, valga la redundancia. Los dos se repelían mutuamente.

Súbitamente, él cogió su mano; no podía soportar el dolor de verla así. Y ella cambió. Volvía a ser como antes. No con la exuberancia reciente, solo ella, nada más. Samuel también.

—No mires los espejos, vámonos. Todo es horrible, pero al menos estamos juntos —dijo, llevándosela de allí, mientras los reflejos mostraban dos ancianos alejarse en silencio.


El Amo Luc las observó desde la distancia. Cuatro almas suspendidas, cada una atrapada en su propio eco. Mateo aún se lamía las sombras del hambre. Isabela buscaba algo de valor que poseer. Samuel y Lucía retorcían deseo y miedo entre carne y ceniza. Todos eran fragmentos rotos de una misma explosión: el suceso.

Capítulo IV: No hay ningún infierno, solo el que traigas dentro.

Lucifer avanzó despacio, sin emitir ruido alguno. A su paso, el vacío parecía reconocerle. La nada, incluso, se inclinaba ante él. Había esperado demasiado; no por obligación, sino por afecto. Por diferentes motivos, había compartido con ellos vida, trabajo, ilusiones y tiempo. Tiempo… al final, solo el tiempo dedicado indica cuánto amor hubo entre las personas. 

Esa tarde iba con Isabela a una feria de inversionistas. Iban a lanzar una nueva criptomoneda, SoulCoin. Se reían mucho con bromas sobre los eslóganes: “Invierte en lo eterno”, “El activo más puro del mercado”, “Tu token más profundo”. Estaban muy ilusionados.

Luc, siempre que podía, enchufaba a Mateo. Sabía que tenía muchos gastos y le venían bien estos trabajos. Mateo cortaría el jamón ibérico en el stand. También iban sus amigos Samuel y Lucía, de invitados. No era solo que le cuidaran el gato cuando se iba de vacaciones. El gato estaba tan a gusto con ellos que después de cada viaje no quería volver con él.

Así había comenzado todo.

—Curioso —dijo Luc, más para sí que para ellos—. Una pequeña explosión y toda la eternidad para extinguirla.

Las almas comenzaron a moverse, atraídas hacia su voz. Eran volutas de niebla consciente, cada vez más tenues, apenas sostenidas por el recuerdo.

—¿Qué lugar es este? ¿Por qué no acaba? —preguntó Mateo con hastío.

Luc sonrió.

—No acaba porque no existe. Nada de esto existe. Ni el dolor ni el placer. Todo lo que hayáis visto y experimentado lo habéis creado vosotros. Cada cual ha encendido su propio horno, fundido su oro o desnudado su alma. Haced un esfuerzo por recordar, estamos aún en la feria.

—¿Estamos muertos? —se interesó Samuel.

—Sí. Algunas cosas no se pueden cambiar. Sin embargo, no sufras. Todo tiene solución.

Isabela temblaba.

—Entonces… ¿Esto no es el infierno?

—No, Isabela. No hay ningún infierno. Solo el que traigas dentro.

Un silencio reverente siguió a sus palabras. Samuel y Lucía se miraron, todavía asidos de la mano, todavía intentando creerse vivos.

—¿Y tú? —preguntó Lucía, con la voz quebrada—. ¿Eres Lucifer, verdad?

Luc bajó la cabeza. Su sombra se estiró sobre el vacío como un río oscuro.

—Ya me reconociste antes. Tu alma es la más sensible.

Cuando la explosión se tragó el edificio, os traje aquí. Me ocupé de encontraros. Muchas almas se autodestruyen sin control cuando la gente muere.

Las chispas se estremecieron. Mateo quiso acercarse, pero su cuerpo ya no respondía. De hecho, no tenía cuerpo. El Amo Luc continuó.

—He venido a evitar que desaparezcáis por completo. Cuando un alma se consume, desaparece. No hay castigo ni gloria, solo el olvido. No hay juicio final.

—¿Entonces por qué desaparecemos? —intervino Samuel.

—El miedo que aparece cuando disfrutáis de vuestros pecados es lo que os consume. La educación os ha enseñado lo que está mal. En el preciso instante en que la intuición o conciencia os enseña lo malos que sois, es el momento en que se hacen superlativos vuestros miedos y os devoran.

—¿Y qué podemos hacer? —dijo Mateo, más calmado.

—Tenéis que dejar de tener miedo. Aquí no hay pecados, no hay cosas buenas ni malas, no hay nada. En cuanto soltéis esa carga, podréis renacer en alguien nuevo. Yo… quiero ver en qué os convertís.

—¿Aunque seamos peores? —preguntó Isabela, con una ternura que no había mostrado antes en su carácter.

—Especialmente si sois peores. Lo malo también enseña a la existencia a reconocerse. El equilibrio necesita ambas cosas. Yo no juzgo, solo observo. Tú ya estás evolucionando a otra cosa —respondió Luc sin dudar, mientras del banco del valor universal solo quedaba un polvo difuso.

Mateo vio su restaurante convertirse en humo; el gimnasio de Samuel y los pétalos de Lucía se fundieron a negro como una canción que se termina. Estaban comprendiendo. Suspendidos junto a Luc, flotando, desnudos, pero sin que importara, solo cuatro luces brillando, ahora de nuevo con fuerza, listas para un nuevo comienzo.

Él levantó las manos y las reunió en su pecho. Las cuatro luces se acercaron. En su interior ardía una claridad cálida, sin juicio. Una promesa. Energía pura e incondicional.

—Id —susurró—. Que vuestras luces encuentren nuevos ojos y oídos. No recordarán, pero yo sí. Y cuando vuelva a veros, quizás me reconozcáis también. Sabed que os cuidaré en el albor de vuestro nuevo génesis.

El vacío vibró. Las chispas se elevaron como luciérnagas en un campo sin nombre… y desaparecieron en una segunda explosión que las llevó lejos. Cuando el último destello estaba demasiado lejano para apreciar su luz, el Amo Luc quedó solo, contemplando el residuo de lo que había amado, con una lágrima por lo que termina y una sonrisa por lo que comienza.

—El día que aprendan a curar bien las cicatrices, no se acordarán más del infierno —murmuró. Se dio media vuelta y comenzó a caminar. El vacío se cerró detrás de él, como el telón que cae tras la última función.

El desvío de la N-324

El desvío de la N-324

Hola, mis criaturas de la noche. Yo, la hechicera Rubia, os traigo una historia de las que ponen los pelos como escarpias. Un camionero, en una carretera perdida, con niebla y gasoil de por medio. Dicen que el protagonista no volvió a mirar por el retrovisor igual… ¡Agarraros, que vienen curvas de verdad!

Escucha las historias de miedo en vez de leerlas.

Te lo recomienda la hechicera rubia.

Cuando trabajas tantos años en la carretera… terminas viendo cosas que no deberías. Lo que voy a contar… nunca lo he contado completo. Ni a mi mujer. Ni a nadie. Pero creo que ya va siendo hora de contároslo. 

Mi nombre es Diego Talaya, tengo 49 años y llevo desde los 23 conduciendo camiones. He recorrido España entera: Galicia, Murcia, Aragón, Extremadura… Rutas que ni aparecen en los mapas. Caminos que se pierden entre pueblos donde el tiempo se quedó dormido. 

Con la edad, uno se acostumbra a la soledad, a las madrugadas frías, a los cafés recalentados de gasolinera que a veces te provocan una breve infección de orina. Y sobre todo, a los silencios; esos silencios que a veces pesan más que el motor. 

Pero lo que me pasó aquella noche… no entra en ninguna lógica.

Era otoño, principios de noviembre. El aire olía a humedad y hojas podridas. Llevaba una carga de azulejos desde Cuenca hasta Albacete. Un trayecto corto, pensé, sin complicaciones. Salí pasada la medianoche, como siempre. Café, bocata, algo de música descargada y carretera.

La N-320 estaba vacía, ni un alma. 

El cielo cubierto, sin luna. Solo el rugido constante del motor y el parpadeo de las luces del cuadro. Pasaron un par de horas. Yo bordeaba un desvío secundario cuando lo vi; un cartel verde, viejo, medio torcido.

Decía:

DESVÍO ALTERNATIVO N-324: 12 kilómetros más corto.

Jamás había oído hablar de esa carretera. Y mira que llevo media vida en esto. Pero el gasoil ya estaba rozando el rojo, así que pensé:

“Bah… total, será un atajo rural. En diez minutos vuelvo a la principal”.

Así que ni lo pensé, giré. Y desde el primer metro, el asfalto cambió. Era viejo, agrietado, sin líneas ni señales. A los lados, árboles delgados, torcidos, se inclinaban sobre la carretera como si quisieran engullirme y atraparme.

La cobertura del móvil se fue al instante. El GPS se congeló… “¡Mierda!”, pensé. Y el silencio… el silencio era tan espeso, tan profundo, que parecía tragarse el ruido del motor. No se escuchaban grillos. Ni viento. Ni nada.

SILENCIO.

Solo esa sensación de que algo, o alguien, estaba escuchándome conducir.

A los veinte minutos, apareció una luz a lo lejos. Era una gasolinera pequeña, perdida en medio de la nada. 

El cartel decía:

SERVICIO 24 HORAS, con un neón blanco que parpadeaba como si respirara.

Me detuve, bajé y percibí el aire frío; además, olía raro. A tierra, y a algo podrido.

Hastiado de conducir, entré al local. El suelo estaba ajedrezado, las luces viejas tintineaban y las estanterías, medio vacías. No había ni radio, ni música; en conclusión, no había ni siquiera ninguna mosca. Sin embargo, detrás del mostrador había una mujer delgada, con el rostro muy pálido. Se había recogido el cabello en una trenza gris que le caía hasta la cintura. Tenía un delantal blanco, planchado, como si acabara de ponérselo.

—Buenas noches —le dije—. ¿Podría echarme algo de gasoil?

La muy antipática, ni siquiera levantó la cabeza. Solo dijo, con voz seca:

—¿Va a repostar?

—Sí. Pero… ¿Aceptan tarjeta?

—Solo efectivo.

Busqué en la cartera. No tenía ni para medio depósito. Le dije que no se preocupara, que seguía hasta la siguiente estación porque no tenía suficiente dinero en metálico.

Y ahí fue cuando esa mujer dijo algo que todavía a día de hoy me retumba en la cabeza:

—Si te vas ahora, puedes volver. Pero si te quedas más de lo necesario… ya no.

Levanté la vista de mi monedero y ya no estaba allí. Fue raro. No escuché ninguna puerta cerrándose, ni un paso. Nada. Solo un zumbido de los fluorescentes que destellaban como luciérnagas en la oscuridad. 

Salí corriendo, subí al camión y arranqué saliendo a escape de ese lugar. Las luces del cartel parpadearon una última vez… y se apagaron del todo. Oscuridad.

Volví a la carretera. O eso creí porque el camino ya no era el mismo. No había curvas, ni cruces, ni señales; solo un tramo recto, interminable. Sin embargo, los mismos árboles, una y otra vez. El reloj marcaba las 4:49. ¿Por qué no amanecía? Ni un indicio de luz, como si el tiempo se hubiera detenido. Y entonces, lo vi. Un hombre al costado de la carretera. Era muy alto. Su atuendo: un sombrero negro y un abrigo largo. No se movía, no miraba y me daba muy mal rollo. Así que pasé de largo.

Cinco minutos después… ¡Joder! Volví a verlo. Exactamente igual. El mismo sitio y la misma postura. Y entonces… entendí que no estaba solo.

Paré el camión y bajé. El aire helado me cortó la piel, y entonces miré atrás. 

Nada, nada de nada.

Pero cuando me di la vuelta para mirar el camión… sentí un golpe seco en el pecho, porque el desvío ya no estaba. Solo había campo y una oscuridad infinita. El camión ya no estaba sobre la ruta. Estaba detenido en medio de un campo árido, sin vegetación. Solo tierra seca y grietas que parecían heridas abiertas. Ningún camino. Ninguna luz.

Subí otra vez a la cabina. Intenté dar marcha atrás, pero nada. El motor rugía, pero las ruedas no giraban, como si algo invisible sujetara el camión.

Encendí de nuevo la radio. Ruido blanco. El sonido era estático, e intenté cambiar la frecuencia para nada. Ya con el corazón a mil, apagué todo, respiré hondo, y entonces escuché susurros. Murmullos muy bajitos, desde atrás del compartimiento donde duermo. No recuerdo bien si era una voz o varias; no lo sé. Pero una frase se repetía:

NO DEBISTE QUEDARTE.

Me giré y nada. Solo mi cena: un triste bocata de tortilla, la botella de agua y la soledad.

Y de repente… ¡PAM!

Un golpe seco contra el parabrisas. Un cuervo. O algo parecido… negro, enorme, con los ojos blancos, pero sin pupilas, me observó unos segundos y salió volando hacia la nada.

Intenté arrancar otra vez, pero el camión no respondió. Apreté el acelerador y salí cagando leches y, en un parpadeo, estaba de nuevo sobre el asfalto.

Un cartel frente a mí rezaba:

ESTACIÓN DE SERVICIO CEPSA-VICTORIA-2KM.

El reloj marcaba las 9:12 de la mañana. Había pasado toda la noche, pero para mí fue media hora.

Al fin, llegué tambaleando a la estación. Pedí un café y le pregunté al camarero si conocía la N-324. Se quedó callado.

—No hay ninguna ruta con ese número. La vieja nacional 324 se cerró hace 30 años. Un puente se vino abajo y murió un camionero. Dicen que el conductor, al ver que el puente se desplomaba, aceleró y se cayó por el barranco. Solo encontraron un sombrero negro sobre el barro. 

Me quedé mudo. Volví al camión, y en la puerta del acompañante, lo vi: una marca de mano, larga y huesuda, marcada en el metal. La lavé, intenté que desapareciera, pero cuanto más lo intentaba, más reaparecía. Era imposible quitar esa marca.

Pasaron los meses, y una noche en un área de servicio conté lo que me pasó. Un viejo camionero me escuchó sin interrumpirme. Al final, dijo:

—A veces, las carreteras viejas no desaparecen. Se quedan ahí, como heridas abiertas. Esperando a que alguien las vuelva a pisar.

—¿Y por qué yo? —le pregunté.

—Quizá para cerrar la herida. —me contestó.

No dormí esa noche, pero al amanecer, decidí volver. Tomé la A-45 hasta el desvío, el mismo punto donde todo había empezado. Nada. Campo, olivar, y un cártel oxidado que apenas se sostenía. Me bajé, caminé unos metros y en la tierra, entre las grietas, encontré algo.

Una placa metálica, medio enterrada. 

Se leía:

“En memoria del camionero Damián Moreno, apodado “Black hat”, fallecido el 4 de marzo de 1992. Que su alma siga su ruta”.

Me quedé quieto. El aire ahora olía a tierra húmeda, aunque no había llovido. Y por primera vez en meses… sentí calma. 

De fondo, la radio del camión se encendió sola. Sin tocarla. Ruido de fondo, y después, una voz. Mi propia voz, pero sonaba lejana y en paz:

—Gracias por traerme a casa.

El viento sopló. El cartel de metal se desprendió y cayó al suelo. Y justo detrás de donde había estado, apareció, por un instante, el viejo cartel verde:

“DESVÍO ALTERNATIVO N-324-12KM MÁS CORTO”

Lo miré, parpadeé y entonces desapareció. 

Desde entonces, cada vez que paso por esa zona, la radio se llena de interferencias. Pero ya no me da miedo, porque sé que esa noche, en algún lugar entre las rutas del norte y el sur, una carretera vieja se cerró para siempre. Y un alma cansada… por fin llegó a destino.

Y hasta aquí la historia de Diego Talaya y la ruta que nunca debió tomar. Dicen que, a veces, cuando uno viaja solo por la Nacional 324 de madrugada, puede ver a lo lejos una estación sin nombre, con un cartel que parpadea. Si te ocurre a ti, sigue de largo… No te detengas. Porque algunas rutas, igual que algunos recuerdos, nunca terminan de cerrarse.

Y eso, amigos, es un consejo que os da, siempre vuestra:

La hechicera Rubia. Nos vemos en la próxima curva.

El guardián del hotel San Benito.

Historias de Miedo

En este blog, tu Hechicera Rubia quiere anticiparse a Halloween. Es mi fiesta favorita y, a lo largo de estas semanas, os deleitaré con algunas historias de miedo, antes de la Noche de Brujas en la que volaré con mi escoba a la fiesta oficial. Espero que disfrutéis y os muráis de miedo, ja, ja, ja.

Escucha las historias de miedo en vez de leerlas.

Te lo recomienda la hechicera rubia.

El guardián del hotel San Benito

Por La Hechicera Rubia

Capítulo I

Dicen que hay trabajos que nadie quiere, que desconfían porque las ofertas parecen demasiado buenas para ser verdad y que, cuando la oscuridad pone el precio, nunca termina siendo una cuestión de dinero.

Aquel hombre se llamaba Raúl Mena, un guardia de seguridad de esos que viven al día, cambiando de turno, durmiendo en sofás prestados, sobreviviendo a base de café barato y promesas vacías.

Esa noche despertó sobresaltado en su sillón raído, en un piso que apenas recordaba haber alquilado. Había una nota amarilla en la mesa y un sobre abultado junto a ella.

8,500 euros por una sola noche.

Turno: 22.00 a 6.00

Lugar: Hotel San Benito, en El Picazo.

No hagas preguntas, solo sigue las instrucciones. El resto del pago será en efectivo al amanecer.

Raúl leyó la carta tres veces. ¿Estaba borracho o el dinero que ofrecían era demasiado? Y luego esas palabras plasmadas en el papel… demasiado frías.

Debajo, en letra pequeña, venía una lista de reglas escritas con tinta desvaída:

  • Regla 1: NO USES EL ASCENSOR. Si se abre solo, no mires adentro.
  • Regla 2: A las 22:34, pasa por el salón de eventos. Si escuchas música de violines y piano o voces, NO ENTRES. Apaga la luz y sigue caminando como si no fuera contigo.
  • Regla 3: La habitación 407 debe permanecer cerrada. Si está entreabierta, ciérrala sin mirar.
  • Regla 4: A las 23:54 toca tres veces la campanilla del vestíbulo. Si alguien responde, no contestes. Toca tres veces más y vete al comedor.
  • Regla 5: Entre las 3:00 y las 4:00, nunca mires por las ventanas del tercer piso. Las figuras de afuera no deben saber que los vistes.
  • Regla 6: Si el teléfono suena a las 04:04, no contestes. Desconéctalo sin hablar.
  • Regla 7: A las 5:50 enciende todas las luces del vestíbulo y di en voz alta:
    “Turno finalizado”

Mira al espejo. Si ves algo más que tu propio reflejo, corre… NO MIRES ATRÁS.

Raúl tragó saliva. Parecía una broma. ¿Quién le había dejado ese sobre allí?

Se lavó la cara y se pellizcó dos veces para comprobar si estaba soñando. Los billetes del sobre eran reales, gruesos, con ese olor a tinta y a promesa.

Y él, Raúl Mena, necesitaba el dinero. Solo eran 8 horas en ese hotel, ¿qué podía suceder?

Capítulo II

El hotel de San Benito estaba a las afueras de un pueblo pequeño, en la localización del Picazo, en Cuenca. Cubierto de maleza, con carteles oxidados que rezaban “Cerrado por reformas” desde hacía décadas.

Una verja vieja se abrió sola con un quejido metálico cuando Raúl la empujó.

Dentro, el aire olía a polvo y a madera húmeda. El reloj del vestíbulo marcaba las 22:00 exactas cuando cruzó la puerta.

—Solo una noche —murmuró—. Solo una maldita noche.

Encendió la linterna. La luz tembló sobre retratos antiguos y alfombras carcomidas.

El silencio era espeso, como si el edificio respirara por sí mismo.

Subió las escaleras, obedeciendo la primera regla, y se instaló tras el mostrador.

El teléfono, polvoriento, estaba desconectado.

Sobre la campanilla del mostrador, alguien había grabado con un punzón una única palabra:

“DESPIERTA”

CAPÍTULO III

A las 22:34, Raúl pasó frente al salón de eventos. La puerta estaba entreabierta. Del interior salía un leve murmullo… como música antigua, un vals lento, arrastrado: un, dos, tres… un, dos, tres… Se le heló la sangre. Esa noche no estaba solo.

La regla dos. Apagó la luz del pasillo y siguió caminando sin mirar adentro. Sin embargo, al pasar junto al marco, algo —una ráfaga helada, un susurro— le rozó la nuca. Giró la cabeza un grado, ¡solo un grado! Solo vio oscuridad, una espesa negrura.

Cuando llegó al vestíbulo, el eco de la música vibraba en los cristales.

Capítulo IV

A las 23:54 consultó el reloj y recordó la regla cuatro: la campanilla.

La tocó tres veces. El sonido metálico retumbó por los pasillos vacíos:

Ding, ding, ding.

Silencio espeso.

Entonces, una voz ronca, lejana, contestó desde algún lugar del edificio:

—Buenas noches, Raúl.

Se le heló la sangre.

El sobre no decía su nombre; nadie debía saberlo.

Con las manos temblorosas, volvió a tocar tres veces, tal como ordenaba la regla.

El sonido pareció arrastrarse como una respiración. Raúl dio un paso atrás y se marchó hacia el comedor sin volver la mirada, aunque sobre sus hombros algo le pesaba.

El reloj del comedor marcaba la 1:00. La noche se le estaba haciendo interminable. Las paredes crujían, los cuadros parecían seguirlo con la mirada, y cada sombra tenía forma de alguien que acababa de marcharse.

Capítulo V

A las 3:10, mientras patrullaba el tercer piso, pasó junto a una hilera de ventanas. La tentación le golpeó fuerte: deseaba mirar. Solo una mirada rápida, nada más.

Pero recordó la regla. Recordó la historia bíblica de la mujer de Lot, que a pesar de que le dijeron que no importaba lo que escuchase, no debía volver la cabeza hacia atrás, no hizo caso y miró. En el momento, se convirtió en estatua de sal para la eternidad.

Así que se resistió y quiso seguir hacia delante, pero algo le obligó a mirar.

El reflejo de la luna se movía extrañamente, como si hubiese algo frente a la fachada. Miró y los vio. Allí estaban las figuras. Decenas de ellos, quietos en medio del jardín, mirando hacia arriba. Rostros borrosos, pálidos, sin ojos.

Una levantó la mano lentamente, señalándolo.

Raúl se apartó de golpe, con el corazón a punto de estallar, apagó la linterna y se pegó a la pared. Desde fuera, como un murmullo en coro, escuchó:

—Ahora sabe.

Corrió, corrió sin parar por esos pasillos forrados con moqueta mohosa, tropezando con los jirones como si fueran garras que lo atrapaban.

Capítulo VI

A las 4:04 el teléfono del vestíbulo sonó. Un timbre seco, insistente, imposible. El aparato estaba desconectado. Raúl se acercó con cuidado. El cable estaba cortado. Aún así, el auricular vibraba sin parar.

—No… —susurró con mucho nerviosismo—. No voy a hacerlo.

Pero, de pronto, el sonido creció, más fuerte, más cerca, hasta que el aire mismo parecía gritar.

Raúl tapó el auricular con la mano, lo levantó y, sin hablar, lo tiró al suelo. El teléfono se quebró en dos y el sonido paró.

Del otro lado, justo antes del sofocante silencio, juraría haber oído una voz idéntica a la suya decir:

—Te quedaaa pocooo…

Capítulo VII

A las 5:50, con el corazón desbocado y las manos temblorosas, encendió todas las luces del vestíbulo.

La electricidad chispeó, parpadeó, pero las bombillas respondieron.

Se acercó al espejo del fondo, recordando la última regla:

—Turno finalizado —dijo en voz alta, intentando sonar firme.

Su reflejo lo imitó.

Pero un segundo después, sonrió, y él NO.

Raúl dio un paso atrás.

—No, no…

En el reflejo, su otro “yo” levantó la mano lentamente y tocó la campanilla.

Ding, ding, ding

El sonido llenó el aire y, de repente, todas las luces se apagaron.

Oscuridad total.

Un frío antinatural le subió por la espalda y el espejo —ya no espejo— empezó a brillar con una luz tenue, como una ventana hacia otro lugar.

Dentro vio el vestíbulo del hotel… igual que ahora. Solo que detrás del mostrador, de pie, estaba ÉL MISMO.

Con uniforme, con la mirada vacía, tocando la campanilla una y otra vez.

Ding, ding, ding

—No, no puede ser… —murmuró Raúl— y entonces lo recordó. Un fogonazo. El sonido de un ascensor. Un grito. La caída.

Él ya había estado allí antes.

El reloj marcó las 6:00 y, como decía la nota, alguien apareció.

El portero, un anciano con traje negro, lo miró desde la puerta y asintió.

—Buen trabajo, guardia —le tendió un sobre—. Su pago.

Raúl lo tomó con las manos temblorosas. Al abrirlo, no había dinero. Solo una tarjeta amarilla que decía:

Turno confirmado. Nos vemos mañana a las 22:00.

Cuando levantó la vista, el portero ya no estaba. Solo quedaba el eco lejano de la campanilla…

Ding, ding, ding

Raúl miró alrededor. El vestíbulo relucía. Los cuadros nuevos, el mármol pulido… el hotel estaba reformado. Brillante, mostrando esplendor… y vacío.

Y detrás del mostrador, el uniforme perfectamente planchado sobre su cuerpo. Entonces comprendió la VERDAD.

No estaba vigilando el hotel. Era parte de él. El guardia que siempre toca la campanilla, anunciando el inicio de otro turno que nunca termina.

Y así, mis queridos lectores y también mis queridos oyentes, como hechicera rubia, os doy un consejo:

Si alguna vez os hospedáis en el nuevo Hotel San Benito y escucháis una campanilla sonar tres veces a medianoche… no os acerquéis al vestíbulo.

Porque el guardia aún está allí, cumpliendo sus reglas, esperando el relevo que nunca llega.

Y si os ve… quizá el siguiente turno sea el vuestro.

Ding, ding, ding

Y esto os lo dice vuestra bruja de siempre, La Hechicera Rubia.

Miedo y Admiración

Miedo y Admiración

Queridísimos mortales, hoy os traigo un tema que a todo ser viviente nos atrae como la luna llena a los vampiros. Voy a hablaros del miedo a lo sobrenatural (y a no llevar rímel en plena posesión demoníaca). Miedo y admiración, ¿sabéis a cuánta gente le gustan las películas de terror?

Chispitas mías… ¿Alguna vez habéis sentido ese cosquilleo en la espalda mientras estáis solas en casa, con las luces bajitas y el ventilador apagado? Y de pronto… una ráfaga fría. Un portazo sin viento. O esa lámpara que parpadea justo cuando estás viendo una serie donde nadie sale vivo. Pues bienvenid@s al mundo del miedo a lo sobrenatural, ese cóctel de ansiedad, misterio y glamour que tanto me gusta, que, ¿por qué no decirlo?… me fascina.

El terror a lo desconocido no es solo miedo: es el vestido largo con capa de la curiosidad, el perfume de lo inexplicable. Lo que no entiendes, lo temes… pero también lo miras de reojo, deseando que pase algo… pero sin que se te caiga la copa de vino, ¡clarooo!

Levitación, posesiones, muertes sin causa, espectros, zombis, apariciones… son como los ex, tóxicos: no sabes dónde salen, pero de alguna manera siempre vuelven para darte la noche.

Y lo peor de todo: desafían las leyes de la física. Y mira, una puede tolerar muchas cosas… ¡pero que se levante sola una silla del salón, eso ya es pasarse de la raya!

¿Por qué nos da tanto pánico lo que no tiene forma?

Porque pone en duda lo que creemos saber. Activa ese rincón primitivo de nuestro cerebro que aún cree en brujas, lobos y jefes con cara de reptil.

¿Qué tiene lo misterioso que nos hipnotiza?

Desde tiempos remotos, el ser humano ha sentido una profunda atracción hacia lo que no se puede explicar. Nos criamos con cuentos de hechiceras, bosques prohibidos, muertos que caminan, voces que no tienen cuerpo. ¿Por qué? Porque nuestro cerebro está cableado para sobrevivir… pero también para imaginar.

El miedo a lo sobrenatural se activa cuando se rompe lo que damos por cierto: las leyes físicas, la lógica, la estabilidad del mundo. Y ahí, justo ahí, entra el deseo: ¿Y si todo fuera real? ¿Y si no estamos tan solos?

¿Estamos diseñados para sentir así?

A nivel neurológico, se activan áreas cerebrales como la amígdala y el hipocampo, responsables del procesamiento del miedo y de los recuerdos emocionales. Lo inexplicable satura nuestros sentidos, acelera el pulso y, paradójicamente, nos hace sentir más vivos que nunca. Por eso digo miedo y admiración. Es complicado entendernos.

Lo sobrenatural no tiene forma fija. Puede ser un ruido en el pasillo, una sombra que no debería estar ahí, un presentimiento que se cumple. Y eso es oro puro para nuestra mente: porque el cerebro detesta el vacío y lo llena con lo que más teme… o con lo que más desea.

Ese es el hechizo real: la ambigüedad. La posibilidad de que algo invisible esté ocurriendo, aunque no podamos demostrarlo. Si no sales corriendo despavorido, si analizas, quizá tienes miedo y admiración, los dos sentimientos contrapuestos, al ver algo aparentemente sobrenatural. O quizá no tan aparentemente.

Y también, aunque no lo admitamos en voz alta, hay una parte de nosotr@s que quiere creer. Porque lo misterioso nos da permiso para sentir más allá de lo racional. Para volver a la infancia, a la intuición, al alma.

Si, cariño. Dentro de ti hay una tormenta eléctrica, una constelación dormida, una grieta de magia que se abre cuando menos lo esperas. El miedo que sientes al ver moverse una vela sin explicación no es solo miedo al “más allá”… es miedo a tu propio “más adentro”.

Porque, seamos sincer@s: a veces lo más aterrador no está en la habitación… sino en lo que late en tu pecho.

No apagues la vela tan rápido cuando la veas danzar sin aire.

No corras a cerrar el cajón que se abrió solo. Y, por favor, no busques lógica en todo, que la lógica a veces es un polvo compacto de segunda.

Quizá no sea el viento, quizá no sea la humedad, quizá no sea tu gato, quizá seas tú.

Quizá, solo quizá… aún solo puedes sentir la magia.

Cuestiones para pensar

Y antes de terminar, proponeros unas preguntas que no dan miedo… dan curiosidad (y alguna risa también):

  • ¿Alguna vez has sentido que alguien te observaba… cuando estabas sola? ¿Y si era una parte de ti misma que habías olvidado?
  • ¿Por qué apagamos la luz para dormir, si sabemos que es cuando más activa está nuestra imaginación?
  • ¿Qué es peor: ver algo que no debería estar… o sentir que está y no poder demostrarlo?
  • ¿Y si esas cosas que no puedes explicar no están para asustarte, sino para recordarte que hay más?
  • ¿Y si la verdadera pregunta no es si existen los fantasmas… sino por qué te alegras un poquito cuando algo parece un fantasma?
  • ¿Qué pasaría si empezaras a escuchar más tu intuición… y menos a tu grupo de WhatsApp?
  • ¿Y si fueras la bruja de tu propia historia, pero aún no te has puesto las botas altas y el rímel resistente al drama?

Recuerda que el misterio no está ahí fuera… está en ti, en cómo vibras cuando algo no tiene explicación. Y eso, amiga o amigo, no se compra en Amazon.

Te lo dice la Hechicera Rubia.

Por cierto, ¿quién está detrás de ti, en la sombra?


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