A cinco tiempos de tu muerte, 2: ayúdame
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La melodía sinuosa y melancólica del violín, que a Gabriel se le antojaba interminable, invitaba a volver a la cama. Aún sostenía el orsai, intrigado por la forma de producir ese sonido tan puro. La caja apenas se iluminaba a sí misma, como si se avergonzara de su contenido.
—Esto tiene que ser algo del AliExpress —se dijo, mientras buscaba algún interruptor para apagarlo y, ya puestos, dónde enchufarle un cable de carga—. Se ha quedado casi sin batería con la primera canción, y parece que hay cinco. A ver si veo algo con la linterna del móvil…
Sin embargo, por más que examinó la caja, no encontró nada. Además, no podía quitarse de la cabeza la pesadilla. Se habría recostado de no ser por el malestar que sentía.
El tercer tiempo, la Mazurca, llegó acompañado del chasquido metálico que colocó el siguiente cartucho en su posición.
La música se volvió intensa, como un carrusel de feria descontrolado. Una luz intensa de un blanco insoportable surgía de la caja. Todos los fluorescentes de la casa se encendieron a la vez. Los aseos y la cocina brillaban como enanas blancas cabreadas, iluminando cada rincón de la casa y dejando al descubierto hasta la última mota de polvo.
Angustiado, intentó bloquear el mecanismo usando un tenedor, pero fue incapaz de pararlo.
La caja se le escapó de las manos y cayó sobre la alfombra. El haz de luz iluminaba la entrada del dormitorio principal.
Gabriel avanzó hacia la puerta, tensando la mandíbula, con un cuchillo de cocina que apenas le servía para calmar el temblor de su mano.
En la cama, sobre las sábanas revueltas, estaba él, inerte, con los ojos abiertos y fijos en el techo.
Una punzada le atravesó el esternón. El corazón dio un vuelco desbocado en el pecho.
La pastilla.
Con el lío del aparcamiento, la lluvia y el encuentro absurdo en el mercadillo, había olvidado por completo tomarse la medicación que mantenía a raya su arritmia.
Retrocedió y cayó al suelo. Si su cuerpo yacía sin vida sobre el colchón, ¿por qué estaba él respirando y sintiendo ese sudor frío en la nuca?
—Aún estoy vivo. Esto tiene que ser un viaje disociativo. Aún puedo despertarme. Tengo que regresar a mi cuerpo real.
Se arrastró hasta la cama y alargó una mano hacia su propio rostro.
Los dedos rozaron la mejilla.
Estaba helada.
—Vamos… despierta.
Le dio una bofetada.
Nada.
Volvió a golpearlo, esta vez con todas sus fuerzas.
Entonces los ojos del cadáver se movieron.
—Ayúdame —dijo.
Gabriel se quedó paralizado.
La mirada aterrorizada de su cuerpo parecía atravesarlo.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Qué coño…?
Algo se movió detrás de él.
Una figura oscura flotaba a pocos centímetros del suelo. De su cuerpo surgían largos filamentos que atravesaban el colchón y se hundían en el cuerpo tendido sobre las sábanas.
Uno de ellos se tensó.
Gabriel sintió un tirón brutal en el pecho.
—¡Suéltame!
Clavó los dedos en el suelo y tiró hacia atrás. El filamento se tensó aún más, oprimiéndole las costillas.
El cuerpo de Gabriel se incorporó unos centímetros.
Gabriel gritó.
La figura no se movió.
El cadáver volvió a caer sobre las sábanas.
Entonces Gabriel comprendió.
Aquello no estaba intentando entrar en él.
Estaba intentando sacarlo.
El terror le golpeó el cerebro con la fuerza de un ariete.
Gabriel se abalanzó sobre la cama y hundió el cuchillo en uno de los filamentos.
La hoja atravesó la oscuridad.
El filamento se contrajo.
Y el cuchillo se partió.
El mecanismo volvió a saltar y la música se extinguió por un instante.
La habitación se sumergió en el cuarto tiempo, la Romanza, con una luz anaranjada intensa como el calor agobiante de la fiebre. La sombra de la figura se proyectaba sobre la pared con el color sucio de la sangre seca.
Gabriel intentó girarse. El dolor del pecho era insoportable. Necesitaba las pastillas.
El frasco estaba en la mesita.
Se arrastró hacia él.
Las piernas no le respondían bien y el brazo izquierdo empezaba a agarrotarse.
Los dedos rozaron el frasco.
El bote cayó.
La tapa saltó y las pastillas se desparramaron sobre el suelo.
—No… no…
Intentó recoger una.
Los dedos le temblaban tanto que no conseguía sujetarla.
Una sombra pasó sobre él.
Gabriel levantó la cabeza.
El cadáver de la cama estaba sentado.
Lo miraba.
Esta vez sí.
Con un chirrido metálico entró el cartucho del Galop, el quinto y último tiempo.
La luz de la caja comenzó a parpadear al ritmo de un pulso cada vez más acelerado. El mismo que castigaba el pecho de Gabriel.
Gabriel, ahogado por el dolor, extendió las manos hacia su propio cuerpo.
—¡Vamos!
Intentó entrar en él.
Nada.
Lo golpeó.
Nada.
Volvió a intentarlo con desesperación, como si pudiera arrancarse de aquella pesadilla a fuerza de voluntad.
El cuerpo no respondió.
Detrás de él, algo arrastró lentamente los filamentos por el suelo.
Gabriel se volvió.
La figura estaba más cerca.
Mucho más cerca.
El cadáver abrió la boca.
—Te estaba esperando.
Volvían a ser uno.
Un chasquido seco cerró la tapa de marfil.
La caja era otra vez un bloque liso, mudo y helado.
La luz limpia del amanecer entró horas más tarde por las rendijas de la persiana. En el suelo, desparramado igual que su medicación y con las pupilas aterrorizadas, el cuerpo de Gabriel yacía inmóvil.
Su pareja se despertó bostezando, con la naturalidad de un día cualquiera. Estiró la mano sin encontrar a Gabriel. Al incorporarse, lo vio.
—¡Mierda, Gabriel! —soltó, corriendo a su lado—. ¡No me jodas! ¡No! ¡Todavía no! ¡Ahora que por fin estabas bien!
No había sangre, ni desorden, ni señales de lucha. Solo un trágico infarto de madrugada y las mejillas húmedas de quien comprende la pérdida sin aceptarla.
En la alfombra, la caja de marfil reposaba cerrada, perfecta, esperando en silencio a que la nueva dueña de la casa sintiera el dolor insoportable de la pérdida para volver a abrirse.
¡AHORA DECIDES TÚ QUÉ OCURRE! 🎃
Gabriel ha muerto. Su pareja sabía de la afección cardíaca, pero no esperaba perderlo esta noche. La caja de música permanece cerrada en la alfombra del comedor. ¿Qué debería hacer ahora?
Capítulo 2: ¿Qué hace la pareja de Gabriel?
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Que interesante se pone, no puedo morir ahora, tiene que recuperarse para continuar con su vida, y resolver lo que le atormenta y hace que se manifieste en forma de pesadilla, así podría enfrentarse a su miedo y ganarle la batalla.