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La salud.

Por Hechicera Rubia · 7 de noviembre de 2026
La Hechicera Rubia - La salud

La salud: ese tesoro que no sabemos que tenemos hasta que lo perdemos.

Queridos mortales:

Hoy vengo a hablaros de algo que todos tenemos, que todos damos por hecho y que, curiosamente, casi nadie valora como merece. No, no me refiero a la paciencia, que eso hace tiempo que la tengo agotada con algunos especímenes humanos. Hablo de la salud.

Sí, esa maravillosa compañera que nos permite levantarnos por las mañanas, caminar, reírnos, abrazar, enamorarnos, trabajar, viajar y hasta discutir por tonterías. Esa que parece invisible mientras nos acompaña, pero que, cuando decide tomarse unas vacaciones sin avisar, nos deja con el culo al aire y la vida patas arriba.

Y os lo digo yo, la Hechicera Rubia, que llevo casi un mes sintiéndome como si alguna bruja maligna me hubiera lanzado un conjuro de los chungos. No sé quién ha sido, pero que sepa que tengo una lista de ingredientes bastante desagradables para devolverle el hechizo, y no descarto incluir un sapo con complejo de diva.

Durante estas semanas, he aprendido, o mejor dicho, he recordado, algo que a veces olvidamos entre facturas, obligaciones, preocupaciones y carreras: la salud no es un detalle más de nuestra vida, es la base sobre la que construimos todo lo demás.

El cuerpo a veces decide declararse en huelga.

¡Qué curiosos somos los humanos!

Mientras estamos bien, nos creemos invencibles. Hacemos planes para dentro de seis meses, nos preocupamos por el dinero, por el trabajo, por si el vecino ha aparcado demasiado cerca de nuestra puerta o por si alguien nos ha dejado en visto en el WhatsApp.

Pero basta con que el cuerpo nos dé un pequeño toque de atención para que todo cambie.

De repente, ese café con una amiga que tanto nos apetecía se convierte en una misión imposible. El paseo que antes nos parecía una tontería se transforma en una expedición al Everest, y las tareas domésticas, que normalmente nos parecen una condena medieval, empiezan a parecernos un lujo que no podemos permitirnos.

Porque cuando estás mal, hasta levantarte del sofá puede parecer una prueba olímpica.

Y entonces empiezas a valorar cosas que antes ni siquiera veías: dormir bien, respirar sin molestias, comer con ganas a lo golindrona, tener energía para salir a la calle o simplemente poder reírte sin que te duela hasta el último músculo.

¡Qué cosas! Resulta que la felicidad no siempre necesita grandes acontecimientos. A veces basta con encontrarse bien y poder disfrutar de un día cualquiera.

Y que sepáis, almas mortales, que el dinero, el amor y otras cosas no curan.

Nos pasamos la vida persiguiendo cosas. Queremos ganar dinero, tener una casa grande, comprarnos ese coche que nos hace ojitos desde el escaparate o conseguir que nuestra cuenta bancaria tenga más ceros que una conversación entre dos personas que no se soportan.

Y no digo que el dinero no sea importante… ¡Claro que lo es! Nos da tranquilidad, nos permite cubrir necesidades y disfrutar de muchas experiencias.

Pero hay algo que el dinero no puede comprar por completo: la salud.

Puedes tener una mansión con veinte habitaciones, pero si no puedes levantarte de la cama para disfrutarla, ¿de qué te sirve? Igual quieres tener un coche de lujo, pero si no tienes fuerza para conducirlo, se convierte en un adorno carísimo. O tener una agenda llena de planes, pero si tu cuerpo no te acompaña, todos esos planes se quedan esperando en la puerta.

Con el amor pasa algo parecido. El amor es maravilloso, pero cuando estás enfermo descubres que lo verdaderamente valioso no es solo que alguien te diga «te quiero», sino que se siente a tu lado, te escuche, te cuide y te pregunte cómo estás sin esperar que le respondas que estás divina de la muerte. Porque a veces el mejor regalo no es un ramo de flores ni una cena romántica, sino que alguien te acerque un vaso de agua o te ponga un termómetro cuando no tienes fuerzas ni para levantarte.

La salud no es una moneda de cambio. No podemos hipotecarla pensando que ya la recuperaremos cuando tengamos más tiempo, más dinero o menos preocupaciones.

Os voy a contar una de esas historias que me gustan porque, aunque parezcan sencillas, esconden una verdad enorme.

Imaginad una jirafa y un conejito.

La jirafa, con el cuello larguísimo, vive prácticamente en las alturas, mira por encima de las nubes y contempla siempre un cielo precioso. Todo le parece soleado, luminoso y maravilloso.

Un día se encuentra con un conejito y le dice:

—¡Qué día tan estupendo hace hoy! ¡No hay ni una nube!

El conejito, empapado hasta las orejas, la mira con cara de pocos amigos y responde:

—¿Estupendo? ¡Llevo toda la mañana calado hasta los huesos!

La jirafa no entiende nada. Desde su posición, el cielo está despejado. Pero el conejito vive debajo de las nubes, donde está lloviendo a cántaros.

¿Quién tiene razón?

Los dos. Simplemente, están mirando el mundo desde lugares diferentes.

Y eso, queridos mortales, es algo que deberíamos recordar cada día.

Cuando alguien nos dice que está mal y que está cansado, que tiene miedo o que no puede más, no siempre tenemos que entender exactamente lo que siente, pero sí que podemos intentar mirar desde su perspectiva. Porque lo que para nosotros es una pequeña molestia, para otra persona puede ser una montaña imposible de escalar.

Y cuando llevas semanas encontrándote mal, descubres que no todo el mundo comprende lo que estás viviendo. Hay quien piensa que exageras, que ya deberías estar bien o que basta con ponerle un poco de buena cara al asunto.

¡Ah, claro! ¡Porque la salud funciona como una aplicación del móvil! Le das a actualizar y, en tres minutos, todo solucionado.

Ojalá fuera así.

A veces necesitamos tiempo, paciencia, comprensión y, sobre todo, personas que no nos juzguen por cómo nos sentimos.

Estar enfermo también te enseña a mirar de otra forma a quienes te rodean.

A esa persona que cancela un plan a última hora, a quien parece más apagado de lo habitual, a quien no tiene ganas de hablar, de salir o de sonreír.

Puede ser que esa persona no sea antipática; quizás está luchando en una batalla que tú no ves.

No todo el mundo lleva un cartel en la frente que diga: “Hoy estoy sobreviviendo como puedo”.

Por eso, antes de juzgar, deberíamos preguntar. Antes de reprochar, deberíamos escuchar. Y antes de exigirle a alguien que se ponga en nuestro lugar, intentar nosotros ponernos en el suyo.

La empatía no consiste en tener todas las respuestas. Consiste en estar dispuesto a comprender que el mundo del otro puede ser muy diferente al nuestro. Y eso, amigo mío, es salud: salud emocional. Salud en nuestras relaciones y salud en la forma en que convivimos.

Después de casi un mes de sentirme como si me hubiera atropellado una manada de unicornios con muy, pero que muy mala leche, he llegado a una conclusión.

El verdadero lujo no es tener el armario lleno de zapatos de marca, el último modelo de coche o una cuenta bancaria que dé vértigo.

El verdadero lujo es despertarse y sentirse bien.

Es poder caminar sin dolor, respirar sin parecer Darth Vader, abrazar a quienes quieres sin contagiarles y disfrutar de las pequeñas cosas que antes ni siquiera agradecías.

Es tener energía para vivir, no solo para sobrevivir.

No hace falta esperar a que una enfermedad nos dé un susto para empezar a valorar lo que tenemos. Podemos hacerlo HOY. Podemos cuidar nuestro cuerpo, escuchar sus señales, descansar cuando lo necesitemos y dejar de tratar la salud como si fuera un recurso infinito.

Porque no lo es.

Así que, queridos mortales, la próxima vez que os levantéis sintiéndoos estupendamente, deteneos un segundo. Respirad hondo… Sonreíd y agradeced ese pequeño milagro cotidiano.

Y si alguien a vuestro alrededor está pasando por un mal momento, no le digáis simplemente que se anime. A veces, lo que necesita es que os sentéis a su lado y le hagáis compañía mientras llueve.

Que la vida ya tiene bastantes tormentas como para que, encima, nos olvidemos de llevar paraguas los unos para los otros.

Con cariño, un poquito de magia con virus y la esperanza de que ninguna bruja maligna vuelva a cruzarse en mi camino (o le saco los ojos).

La Hechicera Rubia.


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