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A cinco tiempos de tu muerte, 4: el café de mediodía

A cinco tiempos de tu muerte, 4: el café de mediodía

Viene de: https://lahechicerarubia.es/a-cinco-tiempos-de-tu-muerte-3-el-regalo/

—Hiciste bien en recogerla, hijo —dijo Arancha—. Al fin y al cabo, fue un último regalo de tus tíos.

Víctor examinaba los grabados de los laterales.

—Mamá, no es solo un regalo. En el momento en el que grité a Ethan que desapareciera de nuestras vidas, empezó la música. Ahora no sé abrirla, y tampoco sé si quiero abrirla.

—Entonces, no sé qué habría pasado si se la hubiera llevado la policía, o si la hubiera recogido un vecino… No quiero que toques esa cosa. Imagínate que la usen.

—No pueden. La caja me hace caso a mí. Él estaba chillándome antes y no pasó nada.

Arancha se detuvo un segundo con la bayeta en la mano.

—Entonces es un arma. Mató a Ethan… un arma que conoce tu voz. ¿Estás asustado?

—No sé el motivo, pero ahora no siento ningún miedo. He visto lo que puede hacer la caja. Es mejor que siga cerrada.

En ese instante, el teléfono móvil de Arancha empezó a vibrar sobre la mesa, ahogando la conversación.

—¿Sí?… Hola, buenos días… Sí, soy yo.

Víctor vio a su madre descomponerse.

—¿Cómo que una ejecución de aval?… No… Mi marido falleció hace una semana, no puede ponerse al teléfono… ¿La casa? Pero si la hipoteca estaba liquidada… ¿Cómo? ¿Ethan puso la casa como garantía para la tienda de CBD?

A Arancha se le cortó la voz. Las lágrimas le brotaron sin control.

—Por favor, no me pueden dejar en la calle ahora. Tengo un hijo. No tenemos dónde ir… Entiendo. Gracias por llamar.

Colgó, o le colgaron. Arancha se dejó caer en la silla, tiritando de pura impotencia.

Víctor se quedó mudo. Ni en los peores momentos con Ethan había visto a su madre derrumbarse así. Verla vencida le hizo sentir insignificante.

No sintió rabia, ni siquiera contra el banco.

Un deseo intenso surgió del crío:

«Ya ha sufrido bastante; tendría que acabar con esta miseria para siempre».

Clic.

Víctor soltó la caja sin querer.

La mesita auxiliar del comedor se hizo añicos.

Taaaan… taráaan… tan-tan, tan tararan…

«Nirvana».

—Oh, no, mamá. ¡No te muevas! No toques nada, por favor. No hagas nada.

Ambos se refugiaron en el sofá mientras Kurt Cobain empezaba a cantar.

Era un sonido limpio, como de un altavoz USB moderno reproduciendo algún anuncio o una canción de YouTube.

Clic.

Víctor vio fascinado cómo giraba el mecanismo y cambiaba la luz.

—Déjame verlo, cielo —pidió Arancha, estirando el brazo para agarrarlo.

El timbre sonó insistente. Arancha hizo ademán de levantarse.

—¡No! Es peligroso, espera que se cierre.

—Tengo que abrir, puede ser importante. No te preocupes, es solo un juguete.

—¿Quién? —preguntó ella desde el intercomunicador.

Nadie respondió. Sería algún buzoneo. La mujer abrió un poco la puerta entre los restos de cristales, pero, no viendo a nadie, se dispuso a cerrar.

—¡Espere! ¿Es la señora Amenábar? ¿Arancha Amenábar? —preguntó un agente de policía, que salía del ascensor.

—Sí, ¿es por lo de la hipoteca? —inquirió ella, volviendo a abrir lo que pudo la puerta.

—Solo venimos a confirmar sus datos y entregarle las pertenencias de su difunto marido. Tenemos que cerrar el atestado. ¿Qué ha sucedido aquí?

—Nada, nada, es que se ha roto una mesa.

Clic.

Víctor intentaba esconder la caja, pero la música continuaba, sección a sección, implacable. Una luz blanca se reflejaba ahora en todos los trozos de cristal. Uno de los policías entró sin pedir permiso.

—¿Todo bien, chaval? —preguntó, dispuesto a averiguar si había problemas de maltrato.

—Es que cayó algo en la mesa de cristal. Los del Ikea cada vez ponen peores materiales.

El policía no se dio por vencido y quiso buscar signos de problemas familiares. Viendo una escoba, la cogió y empezó a barrer los cristales, un poco extrañado por el reflejo blanquecino que los recorría como una red que vibraba al ritmo de la guitarra.

—Os vamos a ayudar a recoger esto. Parece peligroso y tu madre ya ha sufrido bastante, chico. Tú eres Víctor, ¿verdad?

—Soy Víctor, sí. Tendría que estar en clase, pero el psicólogo de la asistenta social me ha obligado a quedarme unos días en casa.

—Yo soy Carlos, Víctor, encantado. El que habla con tu madre es Juan. Si ocurre cualquier cosa, quiero que vengas a Zapadores. Lo tienes cerquita, seguro que has pasado por el lado de nuestra comisaría un montón de veces. Pregunta por nosotros.

—Está bien, así lo haré.

El otro policía se abrió paso también. Usando un recogedor como pala, desplazaba montones de restos a las bolsas que sacaba Arancha. Carlos seguía hablando con el crío, sin perder de vista lo que ocurría a su alrededor.

El niño veía fascinado cómo, cuando unos trozos se movían, otros parecían sentirse atraídos y acababan amontonándose enseguida. A los agentes no parecía importarles.

—Estos cristales tienen que llevar neodimios o algo, porque se pegan unos a otros como el superglue —comentó Juan—. Esto estará listo en un periquete.

Clic.

—¡Qué caja de música más extraña tienes! Parece algo muy antiguo.

—Me la regalaron mis tíos. Espero que no les moleste; no sé cómo va y, cuando empieza una canción, no la puedo cerrar —contó el chico con una calma que ni él reconocía.

Una leve luz cálida salía de la caja. El chico vio que todas las luces de las habitaciones y los pasillos también estaban encendidas y habían adoptado el mismo color. Se preguntaba en qué momento los policías iban a considerar que allí pasaba algo.

—No es problema; además, ya hemos terminado. No vayáis descalzos estos días. Os dejo este sobre con las pertenencias de Ethan. Solo llevaba la cartera y las llaves.

Clic.

Víctor se preocupó. Conocía la canción. Sonaba el estribillo final «a denial», que antes había sonado en bucle hasta el incidente. Arancha lo vio en sus ojos.

—Vengan. Tengo café recién hecho. De alguna forma les tenemos que agradecer su apoyo.

—¿El cristal de la puerta de la cocina también roto? —se fijó Carlos. Eso no está en el informe.

—Ethan pegaba a mi madre. La estampó contra el cristal —contó Víctor.

—Entiendo. Vendremos más veces por aquí, si no les importa. A veces las cosas pasan por algo. En cualquier caso, vamos a necesitar completar el informe. Sentémonos a tomar ese café y os haremos unas preguntas.

Clic.

Media hora más tarde, se quedaron solos.

La caja se había cerrado sin más. Víctor no terminaba de creérselo.

—¿Ves, cielo? Solo es un trasto viejo, no tiene poderes.

—No lo entiendo, mamá. Aunque…

—¿Sí?

—Se abrió sin sentir nada malo.

—Se abrió sin más, no le des más vueltas, es un trasto roto.

—Se abrió cuando pensé que tú ya has sufrido bastante, que mereces que los problemas se alejen durante mucho tiempo.

—Eres un sol de chico. No sé cómo vamos a salir de esta, pero estamos mejor solos tú y yo. Voy a ver qué llevaba Ethan; igual podemos bajar al búrguer a comer.

Abrió el sobre con las cosas y dejó las llaves tras la puerta. Vació la cartera en la mesa. Veinte euros, unas monedas y un boleto del Euromillones doblado.

El niño cogió el boleto mientras la madre metía el dinero en su bolso.

—¡Mamá!

—Dime, hijo, ¿McDonald’s, Burger King? No da para mucho más.

—No, mamá. El Euromillones. ¡Tiene cinco aciertos y dos estrellas!

Arancha se quedó helada, con la mano a medio camino del bolso.

—Víctor, no juegues con eso, por favor… hoy no.

—No es broma, lo acabo de comprobar con el móvil.

El niño le tendió la pantalla del móvil, con la combinación ganadora. No había duda. Además, solo dos acertantes. El shock la hizo sentarse. Las deudas, la sombra de Ethan… todo se acababa de evaporar.

Miró a su hijo y metió el boleto en el bolso mientras se ponía en pie.

—Vámonos, Víctor. Empezaremos por el banco. Tenemos mucho que hacer hoy. Y llévate el amuleto en la mochila.

¡AQUÍ DECIDES TÚ EL DESTINO DE VÍCTOR! 🎃

Víctor llega al colegio sin la ropa desaliñada ni los moratones que lo caracterizaban. Los bullies que antes se habían burlado de él no pierden detalle. ¿Qué ocurre?

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Capítulo 4: ¿Qué va a pasar en el colegio?

💬 Dejad vuestro voto y los comentarios que queráis añadir antes del 9 de octubre. La opción más votada determinará cómo continúa la historia. Son 3 días cada continuación y acabamos en el día de Halloween…

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A cinco tiempos de tu muerte, 3: el regalo

A cinco tiempos de tu muerte. Concierto Nirvana.

Viene de: https://lahechicerarubia.es/a-cinco-tiempos-de-tu-muerte-2-ayudame/

Silvia y Arancha se fundieron en un abrazo breve. Ni Arancha ni su pareja, Ethan, habían ido al entierro de Gabriel; solo el pequeño Víctor, de doce años, hijo de Arancha, había acudido con su abuela.

—Siento no haber venido antes, hermanita —murmuró Arancha. Llevaba gafas de sol y una capa gruesa de maquillaje.

—Queríamos estar, cuñada, pero con todo el lío de… —empezó a disculparse Ethan.

—Las cervezas de Gabriel siguen en la nevera, Ethan —lo cortó Silvia en seco, sin mirarlo a la cara—. Coge las que quieras; hay más en la alacena.

Ethan se tragó la contestación y se fue a la cocina con cara de bulldog.

—Aún no me lo creo, Silvia —dijo Arancha con pesar—. Gabriel parecía tan en forma, no me lo esperaba para nada…

—Hacía años que los dos teníamos asumido que un día u otro el corazón le fallaría. Pero ha sido muy triste, cuesta seguir adelante.

Silvia dio un paso hacia su hermana y, sin pedir permiso, le retiró las gafas. Una hinchazón morada le cubría la parte izquierda de la cara, desde el párpado hasta el pómulo.

—¡Dios mío! —soltó Silvia con una mueca amarga—. Yo vengo de un funeral y tú llevas el ojo a la funerala.

Arancha dejó escapar una risita nerviosa mientras se encajaba las gafas a toda prisa.

—Mejor así, de verdad.

La voz de Ethan llegó desde el pasillo, con el bote en la mano.

—¿De qué os reís?

—Ethan —volvió a atajar Silvia—, en el cuarto de invitados he dejado la ropa de Gabriel. Coge lo que te sirva antes de que lo tire.

Ethan enarcó una ceja, pero la idea de algo gratis le pudo y asintió.

—¿Tienes un cargador tipo C, tía? —preguntó Víctor, quizá buscando abstraerse un rato con el móvil.

—En la cestita de las revistas tienes de todo, cielo.

Buscando el cargador, el chaval encontró un objeto antiguo macizo, del tamaño de dos cubos de Rubik, con imágenes talladas en los laterales.

—¿Qué es esto? —preguntó enseguida.

—Es algo de un mercadillo que compró tu tío. Quédatelo si te gusta, cielo. Él querría que lo tuvieras.

—Gracias —dijo él abrazándola, más para calmar la tristeza que para agradecer nada.

—Bueno, Arancha —dijo Silvia—. ¿Qué es eso del hospital?

Víctor levantó la cabeza enseguida. Silvia miró a su hermana y después a su sobrino. Entonces recordó lo que el niño le había contado durante el sepelio.

—Víctor… Me habías prometido no decir nada —suspiró Arancha, con una mirada de reproche.

Víctor le levantó la camiseta a su madre. De costillas a cintura, moratones oscuros y cicatrices decoloradas cubrían el lienzo macabro en el que se había convertido su piel.

Silvia se quedó sin aire, igual que se quedó sin prudencia.

—¿Qué coño es esto, Arancha? —exclamó horrorizada—. Tienes que denunciarlo. Ahora mismo te acompaño a la comisaría.

Ethan, que había visto parte de la escena, avanzó hacia ellas sin ver otra cosa que la salida.

—Nos vamos —sentenció, agarrando a su pareja del brazo—. Ya nos hemos entretenido bastante.

—¡Suéltala! —saltó Silvia.

Pero Ethan ya tiraba de ella por el zaguán.

—Gracias por la ropa, cuñada. Adiós. 

—No le hagas daño, por favor —suplicó Víctor, mientras los tres desaparecían tras las puertas del ascensor.

Filigrana con una calavera

Algo más tarde, Víctor subió a casa, dejó sus cosas junto al sofá y los tres se sentaron a cenar en la cocina.

El zumbido del extractor puso banda sonora al puchero de la semana. Nadie hablaba. El chaval jugaba con la comida sin probarla.

—¿Vas a estar toda la noche con esa cara? —soltó Ethan, dejando el tercer bote de cerveza en la mesa con más fuerza de la necesaria.

Arancha se sobresaltó, pero no apartó la mirada.

—¿Qué cara, Ethan? Solo estoy cansada.

—¿Cansada de qué? —se encaró él—. Cansada de ir a meterle mierda en la cabeza a tu hermana, ¿no? Cansada de ir a llorarle para que te compadezca.

—Yo no le he llorado a nadie…

—¡No mientas! —golpeó la mesa—. ¿Te crees que soy tonto? Vi cómo se lo enseñabas. Le fuiste con el cuento a la viudita para que me mire como si fuera un monstruo.

—Ella no le enseñó nada —intervino Víctor, levantando la vista por primera vez—. Fui yo quien le levantó la camiseta.

Ethan se giró hacia el niño de golpe y habló muy despacio.

—¿Tú? Con doce años de mierda… ¿Qué coño tienes tú que enseñar ni hablar de lo que pasa en esta maldita casa, enano?

—Ethan, por favor, déjalo, es solo un niño… —suplicó Arancha, intentando ponerse en medio.

—¡Tú te callas! —la cortó él poniéndose de pie—. Aquí el problema es que ninguno de los dos me tiene el más mínimo respeto. Y a mí en mi propia casa no me vacila ni Dios.

—Es nuestra casa, no tuya —exclamó Víctor—. La compró mi padre. Si él estuviera aquí, ya te habría echado.

—¡No me hables así! —gritó Ethan.

De un tortazo seco tiró al niño de espaldas. Arancha corrió a levantarlo, pero Ethan le puso la zancadilla. Cayó contra el cristal de la puerta. El cristal se rompió y un trozo le atravesó el brazo.

Víctor se levantó con rabia.

—¡Desaparece de nuestras vidas, maldito asesino!

—¡Te voy a dar una paliza que no te va a conocer ni tu madre, crío de mierda!

—¡No! Para, por Dios. Y ayúdame. Estoy muy mareada —suplicó Arancha—. Trae una venda, rápido.

Arancha había arrancado el cristal del brazo y con la mano intentaba contener la sangre, que caía al suelo sin parar. Ethan salió corriendo a por el botiquín, con una maldición entre dientes.

Taaaan… taráaan… tan-tan, tan tararan…

Una canción empezó a oírse, como cuando los vecinos no querían oír las peleas.

Solo que esta vez estaba muy cerca. Demasiado.

Casi por instinto, Víctor se tocó el bolsillo. El móvil estaba ahí. Extrañado, siguió la música. Venía del comedor. De su mochila.

Víctor miró dentro. El orsai estaba completamente abierto. Se oyó un clic.

Del mecanismo salía una música rasgada inconfundible y una luz cegadora que lo asustó.

Hello, hello, hello, how low?

—¿Nirvana? —preguntó Ethan, que traía el botiquín en la mano, desorientado—. ¿Quién coño hace una caja de música con una canción de Nirvana? ¡Apaga eso, crío de mierda!

—¡No puedo! ¡No puedo cerrarlo!

Oh well, whatever, never mind…

Silencio.

—Ya está —respiró el niño—. Se ha parado.

Pero se oyó otro clic y empezó de nuevo. Una luz intermitente anaranjada inundó todo el piso y la canción continuó.

Hello, hello, hello, how low?

—¡Que lo apagues te he dicho! —bramó Ethan—. ¡Me va a reventar la cabeza!

—¡Que no puedo pararlo, no sé cómo funciona! —gritó desconsolado Víctor, intentando elevar la voz por encima del estruendo que hacía vibrar las paredes.

Silencio.

—Aún no lo puedo cerrar —se quejó el chaval.

Clic.

A denial, a denial, a denial, a denial…

No parecía que fuera a terminar nunca.

Ethan dio dos zancadas, arrebató la caja de las manos de Víctor y corrió hacia el balcón, dispuesto a lanzarla al vacío con todas sus fuerzas, como una bola de beísbol.

La carrera acabó en el monopatín del niño.

La barandilla no lo paró. Ethan desapareció en la oscuridad de la noche.

—¡Mamá! —gritó Víctor.

—Ya no está, cielo —dijo con calma—. No dejes el monopatín por la casa. Guarda siempre bien tus cosas en tu habitación, por favor.

—¿Estás bien, mamá? Lo siento mucho.

—Vamos a llamar a la policía.

Víctor salió al balcón a por el monopatín y se asomó.

—Doce años de mierda, doce pisos de mierda.

Abajo, una luz roja se apagó en la acera. Ethan apenas se distinguía en la oscuridad.

—Has caído como el Coyote.

Arancha fue a coger su teléfono y Víctor cogió su mochila.

—Ahora vuelvo, mamá. Tengo que hacer algo.

El chico bajó por la escalera. Sin prisa. Salió a la acera y se abrió paso entre la gente curiosa.

—¡Creo que es mi padrastro, dejadme pasar!

Víctor se acercó a Ethan, le arrancó la caja de música de las manos y la guardó en su mochila.

Mientras se volvía, solo dijo:

—Es él.

¿POR QUÉ HA BAJADO VÍCTOR A POR LA CAJA? 🎃

¿Qué pasaba por la cabeza del niño? Según lo que elijas, continuará la historia. Deja tu voto y, si quieres, amplía tu teoría en los comentarios.

Encuesta 11 votos

Capítulo 3: ¿Por qué ha bajado Víctor a por la caja?

Esta encuesta ha finalizado.

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A cinco tiempos de tu muerte, 2: ayúdame

A cinco tiempos de tu muerte. Orquesta fantasmal.

Viene de: https://lahechicerarubia.es/a-cinco-tiempos-de-tu-muerte-1/

La melodía sinuosa y melancólica del violín, que a Gabriel se le antojaba interminable, invitaba a volver a la cama. Aún sostenía el orsai, intrigado por la forma de producir ese sonido tan puro. La caja apenas se iluminaba a sí misma, como si se avergonzara de su contenido.

—Esto tiene que ser algo del AliExpress —se dijo, mientras buscaba algún interruptor para apagarlo y, ya puestos, dónde enchufarle un cable de carga—. Se ha quedado casi sin batería con la primera canción, y parece que hay cinco. A ver si veo algo con la linterna del móvil…

Sin embargo, por más que examinó la caja, no encontró nada. Además, no podía quitarse de la cabeza la pesadilla. Se habría recostado de no ser por el malestar que sentía.

El tercer tiempo, la Mazurca, llegó acompañado del chasquido metálico que colocó el siguiente cartucho en su posición.

La música se volvió intensa, como un carrusel de feria descontrolado. Una luz intensa de un blanco insoportable surgía de la caja. Todos los fluorescentes de la casa se encendieron a la vez. Los aseos y la cocina brillaban como enanas blancas cabreadas, iluminando cada rincón de la casa y dejando al descubierto hasta la última mota de polvo.

Angustiado, intentó bloquear el mecanismo usando un tenedor, pero fue incapaz de pararlo. 

La caja se le escapó de las manos y cayó sobre la alfombra. El haz de luz iluminaba la entrada del dormitorio principal.

Gabriel avanzó hacia la puerta, tensando la mandíbula, con un cuchillo de cocina que apenas le servía para calmar el temblor de su mano.

En la cama, sobre las sábanas revueltas, estaba él, inerte, con los ojos abiertos y fijos en el techo.

Una punzada le atravesó el esternón. El corazón dio un vuelco desbocado en el pecho.

La pastilla.

Con el lío del aparcamiento, la lluvia y el encuentro absurdo en el mercadillo, había olvidado por completo tomarse la medicación que mantenía a raya su arritmia.

Retrocedió y cayó al suelo. Si su cuerpo yacía sin vida sobre el colchón, ¿por qué estaba él respirando y sintiendo ese sudor frío en la nuca?

—Aún estoy vivo. Esto tiene que ser un viaje disociativo. Aún puedo despertarme. Tengo que regresar a mi cuerpo real.

Se arrastró hasta la cama y alargó una mano hacia su propio rostro.

Los dedos rozaron la mejilla.

Estaba helada.

—Vamos… despierta.

Le dio una bofetada.

Nada.

Volvió a golpearlo, esta vez con todas sus fuerzas.

Entonces los ojos del cadáver se movieron.

—Ayúdame —dijo.

Gabriel se quedó paralizado.

La mirada aterrorizada de su cuerpo parecía atravesarlo.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

—¿Qué coño…?

Algo se movió detrás de él.

Una figura oscura flotaba a pocos centímetros del suelo. De su cuerpo surgían largos filamentos que atravesaban el colchón y se hundían en el cuerpo tendido sobre las sábanas.

Uno de ellos se tensó.

Gabriel sintió un tirón brutal en el pecho.

—¡Suéltame!

Clavó los dedos en el suelo y tiró hacia atrás. El filamento se tensó aún más, oprimiéndole las costillas.

El cuerpo de Gabriel se incorporó unos centímetros.

Gabriel gritó.

La figura no se movió.

El cadáver volvió a caer sobre las sábanas.

Entonces Gabriel comprendió.

Aquello no estaba intentando entrar en él.

Estaba intentando sacarlo.

El terror le golpeó el cerebro con la fuerza de un ariete.

Gabriel se abalanzó sobre la cama y hundió el cuchillo en uno de los filamentos.

La hoja atravesó la oscuridad.

El filamento se contrajo.

Y el cuchillo se partió.

El mecanismo volvió a saltar y la música se extinguió por un instante.

La habitación se sumergió en el cuarto tiempo, la Romanza, con una luz anaranjada intensa como el calor agobiante de la fiebre. La sombra de la figura se proyectaba sobre la pared con el color sucio de la sangre seca.

Gabriel intentó girarse. El dolor del pecho era insoportable. Necesitaba las pastillas.

El frasco estaba en la mesita.

Se arrastró hacia él.

Las piernas no le respondían bien y el brazo izquierdo empezaba a agarrotarse.

Los dedos rozaron el frasco.

El bote cayó.

La tapa saltó y las pastillas se desparramaron sobre el suelo.

—No… no…

Intentó recoger una.

Los dedos le temblaban tanto que no conseguía sujetarla.

Una sombra pasó sobre él.

Gabriel levantó la cabeza.

El cadáver de la cama estaba sentado.

Lo miraba.

Esta vez sí.

Con un chirrido metálico entró el cartucho del Galop, el quinto y último tiempo.

La luz de la caja comenzó a parpadear al ritmo de un pulso cada vez más acelerado. El mismo que castigaba el pecho de Gabriel.

Gabriel, ahogado por el dolor, extendió las manos hacia su propio cuerpo.

—¡Vamos!

Intentó entrar en él.

Nada.

Lo golpeó.

Nada.

Volvió a intentarlo con desesperación, como si pudiera arrancarse de aquella pesadilla a fuerza de voluntad.

El cuerpo no respondió.

Detrás de él, algo arrastró lentamente los filamentos por el suelo.

Gabriel se volvió.

La figura estaba más cerca.

Mucho más cerca.

El cadáver abrió la boca.

—Te estaba esperando.

Volvían a ser uno.

Un chasquido seco cerró la tapa de marfil.

La caja era otra vez un bloque liso, mudo y helado.

La luz limpia del amanecer entró horas más tarde por las rendijas de la persiana. En el suelo, desparramado igual que su medicación y con las pupilas aterrorizadas, el cuerpo de Gabriel yacía inmóvil.

Su pareja se despertó bostezando, con la naturalidad de un día cualquiera. Estiró la mano sin encontrar a Gabriel. Al incorporarse, lo vio.

—¡Mierda, Gabriel! —soltó, corriendo a su lado—. ¡No me jodas! ¡No! ¡Todavía no! ¡Ahora que por fin estabas bien!

No había sangre, ni desorden, ni señales de lucha. Solo un trágico infarto de madrugada y las mejillas húmedas de quien comprende la pérdida sin aceptarla.

En la alfombra, la caja de marfil reposaba cerrada, perfecta, esperando en silencio a que la nueva dueña de la casa sintiera el dolor insoportable de la pérdida para volver a abrirse.

¡AHORA DECIDES TÚ QUÉ OCURRE! 🎃

Gabriel ha muerto. Su pareja sabía de la afección cardíaca, pero no esperaba perderlo esta noche. La caja de música permanece cerrada en la alfombra del comedor. ¿Qué debería hacer ahora?

Encuesta 11 votos

Capítulo 2: ¿Qué hace la pareja de Gabriel?

Esta encuesta ha finalizado.

💬 Dejad vuestro voto y los comentarios que queráis añadir antes del 3 de octubre. La opción más votada determinará cómo continúa la historia. Son 3 días cada continuación y acabamos en el día de Halloween…

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A cinco tiempos de tu muerte

A cinco tiempos de tu muerte. Imagen del orsai.

A cinco tiempos de tu muerte es una historia que no voy a escribir a solas.

Cada tres días, tú decides qué continúa. Habrá cinco opciones y la más votada marcará el rumbo del siguiente capítulo.

No hay guion cerrado. No hay final decidido de antemano.

Solo una caja de música, cinco tiempos y un hombre que quizá debería haber dejado aquella caja donde la encontró.

Y, a partir de ahora, tú tienes parte de culpa.

¡Bienvenido al horror!

Filigrana con una calavera

Capítulo 1: Gabriel

El frío en los pies lo despertó de golpe, pero fue el sonido lo que hizo que se quedara en la cama, pensando qué demonios era aquello.

Se oía una música extraña en la casa. Un vals de notas agudas con un compás acelerado. Era una melodía elegante, pero tenía algo de histérico, un timbre metálico que se le clavaba en el cerebro y hacía inútil cualquier intento de volver a cerrar los ojos.

Gabriel se incorporó, pasándose la mano por la cara.

—Maldita sea la tele… —farfulló—. Parece el Vals número 2, pero no es. Es algo más bastardo.

Convencido de que se había dejado el televisor encendido en un canal de madrugada, avanzó descalzo. Sin embargo, al cruzar el umbral, encontró la pantalla completamente negra.

En la penumbra del salón, a la derecha de la televisión, una luz azulada y tenue iluminaba la pared. Debajo, la música salía de una caja de marfil.

La caja, de hueso macizo y tacto suave, del tamaño de dos puños, estaba abierta. Una tapa rígida, que cerrada era indistinguible, se había levantado sola, mostrando el mecanismo típico de estas cajitas de música de las tiendas de recuerdos. El vals brotaba incansable a una velocidad absurda.

Al acercarse, se estremeció. La caja estaba helada. Sin embargo, el suelo, e incluso la mesa, estaban calientes. Como si alguien hubiese estado allí manipulándola.

Gabriel intentó presionar la cubierta para cerrarla, pero la estructura no cedía ni un ápice; era como intentar doblar un bloque de mármol.

Gabriel retrocedió un paso, rozando con el talón la esquina del sofá, y el sonido del vals pareció taladrarle las sienes.

Filigrana con una calavera

Todo por culpa de la maldita reordenación del barrio.

Gabriel llevaba más de cuarenta minutos dando vueltas en coche con el codo apoyado en la ventanilla, renegando entre dientes contra el Ayuntamiento. Hacía tres tardes habían desaparecido decenas de plazas de aparcamiento por su decisión de convertirlas en plazas de moto que nadie utilizaba.

Molesto y alejándose cada vez más de su trayecto habitual, terminó dejando el coche en una calle estrecha que ni siquiera le sonaba.

Al volver a pie hacia su casa, empapándose poco a poco bajo la lluvia fina, chocó de frente con un mercadillo de tenderetes. Era absurdo: llevaba diez años viviendo en ese barrio y jamás había visto puestos montados en esa travesía.

El mercado ya estaba recogiendo. Lonas dobladas, esqueletos de hierro al descubierto y furgonetas con los motores al ralentí. En la esquina más oscura, una mujer de cabellos claros recogidos en un pañuelo oscuro amontonaba figurillas y trastos de bronce sobre una manta.

Gabriel se fijó en una pieza de marfil entre el polvo.

—Está cerrado —dijo la mujer sin mirarlo, con una voz seca, sin levantar la espalda.

—Solo quiero ver esa caja —contestó Gabriel, dando un paso adelante.

—No está en venta. Recojo. Está empezando a llover y no quiero que se estropee el género. Váyase a su casa.

—Cuarenta minutos buscando aparcamiento, los pies mojados y una vendedora que no quiere vender. ¿Qué más puede fastidiarme la tarde?

—Créame —le dijo acercándose tan rápido que parecía haberse teletransportado— que esa caja le fastidiaría. La tarde y la vida entera.

Gabriel la observó con más atención ahora que la tenía delante. Debía rondar los cincuenta años. Era alta, de cabellos lisos y claros, y tenía una presencia elegante que contrastaba con el aspecto improvisado del puesto. Vestía unos vaqueros negros con remaches en los laterales y un suéter lencero del mismo color. No parecía una gitana. Ni siquiera parecía una vendedora de mercadillo.

—¿Qué? ¿Cómo me va a fastidiar la vida una cajita?

—Esta caja es muy antigua. Como casi todo lo que tengo aquí, proviene de los sacerdotes sármatas, anteriores al cristianismo. Son objetos sagrados cedidos por ucranianos que ya han muerto bajo las bombas del oso ruso.

—¿Y traicionas esa confianza vendiéndolas?

—Soy hechicera. Conozco el poder de cada objeto. Puedo vender cosas que no tienen relevancia, pero de los objetos sagrados solo vendo copias. Las talla Carla, mi pareja. Es muy hábil en trabajos manuales.

—No tienes pinta de ser una hechicera, ni ella tampoco —soltó sin filtro, tras echar un vistazo rápido a una joven que empaquetaba cosas en viejas maletas, probablemente recogidas de lo que deja la gente junto a los contenedores.

—Aquí viene a darnos clase el profesor de Artes Ocultas de Hogwarts. Supongo que acaba de llegar de Escocia, caballero. Cuéntenos las buenas nuevas de cuanto allí acontece.

—Está bien, no sé cómo podría reconocer a una hechicera, vale. Pero… ¿Qué se supone tan malo de la cajita? Para una vez que quiero comprar algo en un mercado, tanta tontería me supera.

—No es una cajita, es una caja de música. Fue el regalo que Ildico, la última esposa de Atila, hizo a su esposo en su boda. Esa misma noche murió Atila. Su hijo Elak murió después en extrañas circunstancias.

—¿Y esas muertes las causó la caja? ¿Un trasto que llevas a patadas entre tus bolsas?

—Es inofensiva cuando está cerrada. Al abrirla, se oye una música. Por aquel entonces, eran solo imitaciones de pájaros del campo. La última vez que la oímos, un mecanismo parecido a un reloj suizo tocaba música clásica.

—La habrá actualizado Microsoft. Más motivo para que me deje comprarla. ¿Puedo verla?

—Está bien. Aquí está, profesor.

—No tiene ninguna rendija ni cerradura. Esto es un trozo de hueso —comentó el hombre, observándola desde todos los ángulos.

—No se abre usando la fuerza. Solo responde a las emociones intensas de quien la posee.

—¿Cómo la rabia de no poder abrirla?

—La cajita no es suya. Es un orsai y, como todos los orsais, conoce a su dueño.

—Pues véndemela. No hay problema si no quiere que la pueda abrir. Yo soy muy soso, nunca tengo emociones fuertes. Es imposible que la abra. Soy más soso que Ned Flanders. La última vez que me rompí un dedo tropezando descalzo en casa, exclamé: «¡Oh, cielos! ¡Qué contrariedad para mi pequeño dedo meñique!».

Por detrás se oyó a alguien reírse a mandíbula batiente.

—Que se la lleve si tanta ilusión le hace; nos hace falta el dinero —dijo Carla desde un vehículo que hacía las veces de furgoneta camperizada—. Y esta noche nos vamos de buffet libre al Colonial para celebrarlo.

—Tome, este es todo el dinero que llevo —se apresuró Gabriel, aprovechando el momento de duda para sacar doscientos euros de su cartera como quien saca al perro a pasear.

La hechicera cogió el dinero.

—Escuche bien. Tiene que mantener la calma. Miedo, rabia, alegría, deseo, lo que sea: no deje que le importen. Si una emoción alcanza demasiada intensidad, la caja se abrirá. Cuando se abre, ya no puede cerrarse. Se cierra sola cuando termina la música. Cada vez que cambia de dueño, la caja cambia con él.

—O todos mienten.

—¡Basta de bromas! La caja ya es suya y lo sabe. Ahora posee un orsai. Cuídelo y respete las normas, o puede pagarlo con su vida. Esta caja alterará cuanto la rodea para convertir en realidad la emoción que provocó su apertura, de la forma más absurda imaginable.

—Entendido. Terminen de recoger, que si no van a acabar con más agua encima que yo —dijo Gabriel, satisfecho de su adquisición y con la caja de música en la mano.

—Tenga cuidado, profesor —dijo con un hilo de voz áspera—. Cuando se abre, tiene hambre. Y cuando suena, usted ya es suyo.

—No soy profesor, no hace falta seguir ese chascarrillo… En fin, que pasen una tarde agradable.

Filigrana con una calavera

El recuerdo se disolvió en el acto cuando el vals aceleró de nuevo en el salón. La música fue creciendo hasta alcanzar un clímax insoportable. Entonces, con un chasquido metálico, terminó de golpe. La luz se apagó.

—¿Por qué se ha abierto? ¡Joder!… ¡Por la pesadilla, claro! Pero no puede materializar eso. No existen los monstruos. Nadie te ve mientras duermes —se dijo en voz alta, mientras miraba el interior de la caja.

El mecanismo era tan grande que no parecía posible que cupiese ahí dentro.

—Este trasto parece tener cargadores. Igual puedo poner otra música.

Dentro del marfil, un engranaje rotó sobre su eje y un segundo cilindro empezó a girar. La música empezó a sonar de nuevo. Violines y contrabajos orquestaban una suave melodía que no parecía poder causar ningún desastre. El mecanismo se iluminó de nuevo, esta vez de forma tan tímida que la luz parecía no atreverse a salir de la caja.

¡AQUÍ DECIDES TÚ EL DESTINO DE GABRIEL! 🎃

La caja de música vuelve a sonar. Está abierta y tiene hambre. Suena el segundo tiempo de La suite masquerade, el Nocturno. Gabriel sabe que la caja es un peligro. ¿Qué debería hacer ahora para intentar sobrevivir a esta noche?

Encuesta 19 votos

Capítulo 1: Tú decides el destino de Gabriel

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Atrévete a dirigir la construcción de esta historia

Con vuestros votos, la historia continúa aquí:

https://lahechicerarubia.es/a-cinco-tiempos-de-tu-muerte-2-ayudame/

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Ten paciencia contigo: la vida no funciona con entrega Prime

Ten paciencia contigo mismo, la vida no funciona con entrega Prime

Hola, buenos días, almas pacientes… o casi.

Hoy vengo a hablarte de algo que se nos da fatal a casi todos:

Tener paciencia con nosotros mismos.

Porque paciencia con los demás… bueno, esa sí tenemos. A veces una barbaridad.

Esperamos que nuestros hijos maduren, sin que les demos collejas a diestro y siniestro cuando se lo merecen: estilazo patada voladora de Chuck Norris; que nuestra pareja cambie; que el vecino de arriba deje de taconear sin parar; que la gente aprenda a no opinar de lo que no le importa…

Pues hoy vengo a hablarte de algo importantísimo, de algo que debería enseñarse en los colegios, en las universidades, en los cursos de crecimiento personal y, si me apuras, hasta en las autoescuelas.

La paciencia

Esa maravillosa que recomendamos a los demás mientras nosotros queremos resultados para antes de ayer.

Porque somos así.

A una amiga le decimos:

—Tú tranquila, todo llega.

Pero cuando nos toca a nosotros:

—¿Y cuándo llega? ¿Y por qué no ha llegado todavía? ¿Y dónde está? ¿Se ha perdido? ¿Lo han dejado en Correos?

Queremos que nuestra vida se arregle en siete días.

Queremos sanar el lunes, entenderlo todo el martes, perdonar el miércoles y estar estupendos el jueves.

Y el viernes, si puede ser, queremos tener una iluminación espiritual mientras hacemos la compra de Mercadona.

Pues no.

La vida no funciona con entrega Prime.

Hay cosas que necesitan tiempo, mucho tiempo. Y otras necesitan tanto tiempo que cuando por fin las entiendes dices:

—¡Ah, jolines! ¡Ahora lo entiendo!

Y resulta que llevaba veinte años haciendo el gilipollas.

Pero bueno.

También eso forma parte del aprendizaje.

Aprender a tener paciencia con nosotros mismos

Porque no todo se ordena en una semana, no todo se entiende al primer intento, no todo se sana cuando tú quieres.

Aunque la vida ahora quiere hacernos creer lo contrario, con influencers que tienen éxito por el número de likes, gente que va a realities y se hace famosa por vender su vida en la televisión, etc.

Hay heridas que necesitan tiempo.

Decisiones que necesitan maduración.

Personas que necesitamos sacar de nuestra vida con una delicadeza extraordinaria… o con una patada en el culo, dependiendo del caso.

Y hay momentos en los que lo único que puedes hacer es seguir, sin saber muy bien hacia dónde.

Pero seguir…

Porque hay días en los que levantarte ya es suficiente.

Y no estoy hablando metafóricamente.

Hay días en los que abrir los ojos por la mañana y pensar:

—Bueno… otro día más.

Ya es una hazaña.

Te levantas, vas al baño, te miras al espejo y piensas:

—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi cara?

Te duchas, te vistes, sales a la calle… y nadie sabe que por dentro llevas una guerra civil.

Por eso no te exijas tanto.

No tienes que estar bien todos los días, no tienes que tener una respuesta para cada pregunta, no tienes que ser fuerte todo el tiempo y, por supuesto, no tienes que saber qué diantres estás haciendo con tu vida a las ocho de la mañana.

No te compares con los demás

Hay gente que parece tenerlo todo clarísimo: casa preciosa, pareja maravillosa, trabajo estupendo, hijos perfectos, viajes, fotos con puestas de sol.

Y tú mirando tu vida y pensando:

—Pues yo ayer cené tortilla francesa de pie en la cocina porque si me meto un plato de chuletas y patatas fritas, engordo como una melocha… y encima va y se me cae un trozo al suelo, y se lo come mi perrito.

NO TE COMPARES.

Porque las redes sociales enseñan mucho, pero enseñar la factura de la luz llorando en la cocina no da tantos «likes».

Y pequeños mortales, ESO TAMBIÉN ES VIDA.

Así que ten paciencia contigo.

Estás aprendiendo, y aprender lleva mucho tiempo.

Estás intentando hacerlo lo mejor que puedes.

Y eso merece respeto.

Incluso cuando tu mejor esfuerzo consiste en no contestarle a alguien:

—Mira, vete a tomar por fanta.

Perdón por el vocablo, una hechicera damisela como yo no dice palabrotas; pero es que a veces me sale mi lado oscuro sin poder evitarlo… cachissss.

Aunque sepáis que eso también es autocontrol…

Es EVOLUCIÓN ESPIRITUAL.

Antes le contestabas… ahora respiras.

Bueno… a veces respiras y después contestas.

Pero estamos trabajando en ello.

No hay atajos para crecer

No puedes saltarte la parte difícil.

Lo siento.

No hay atajo.

No existe una pastilla que diga:

«Tómese dos y mañana será una persona completamente equilibrada y emocionalmente funcional».

Si existiera, estaría agotada en todas las farmacias.

La parte difícil es precisamente la que te cambia, la que te enseña, la que te obliga a descubrir de qué estás hecha.

Porque mientras unos huyen de la tormenta, otros se meten dentro.

No porque no tengan miedo, sino porque llega un momento en el que estás tan cansado de correr que dices:

—Mira, que llueva lo que dé la gana.

Y entras, atraviesas, lloras, te enfadas y vuelves a empezar.

Y un día miras atrás y descubres que aquello que pensabas que iba a destruirte… te convirtió en alguien mucho más fuerte.

No eres la misma persona que eras antes de algunas cosas, y gracias a Dios, porque aquella versión tuya aguantaba cosas que hoy no permitirías ni cinco minutos.

Antes aceptabas migajas, ahora quieres el pan entero, y si puede ser, con jamón.

Porque una también evoluciona.

Abraza tu proceso.

ABRAZA TU PROCESO.

Con sus días buenos, con sus días malos, con sus «hoy puedo con todo» y con sus «hoy que nadie me hable porque muerdo», todo forma parte de ti.

No tengas tanta prisa.

La vida no es una competición.

No tienes que llegar antes que nadie, no tienes que demostrar que puedes con todo.

Solo tienes que seguir.

Aunque sea despacio.

Aunque sea arrastrándote.

O sea, dando un paso pequeñísimo.

Porque un paso sigue siendo un paso.

Y cuando quieras rendirte…

Cuando pienses:

—No puedo más.

Cuando sientas que no avanzas, cuando mires tu vida y pienses que todo sigue igual… quiero que hagas una cosa.

Sé como una hormiga.

No necesita saber qué está haciendo, no necesita entender el universo, no necesita tener un propósito perfectamente definido, no necesita validación externa, ni que nadie le diga:

—Eres suficiente.

Simplemente…

SIGUE.

Y oye…

Si una criatura tan pequeña puede cargar con tanto y continuar su camino…

TÚ TAMBIÉN.

Así que venga…

Arriba, sacúdete, respira y sigue.

Que todavía nos queda mucha vida por delante.

Y quién sabe…

Quizá algún día miremos atrás y digamos:

—Menos mal que no me rendí.

.Bueno, criaturas…

Paciencia, tiempo y un poquito de amor propio.

Y cuando todo falle…

Piensa en la hormiga.

La naturaleza tiene respuestas para todo.

Con cariño, mala leche y un poquito de magia,

La hechicera rubia

P. D.

Y si después de leer esto sigues pensando en rendirte… mira una hormiga.

Ahí tienes a tu pequeña maestra.

No será grande, pero no se rinde.

¡Estrenamos nueva casa digital! Una experiencia más rápida, clara y pensada para ti

La Hechicera Rubia

Nos renovamos por fuera y por dentro. Si has visitado la web en las últimas horas, habrás notado que algo ha cambiado. Hemos diseñado un nuevo tema totalmente a medida, pensado para que leer, explorar y navegar por todo nuestro contenido sea más sencillo, ágil y cómodo que nunca, tanto desde tu ordenador como desde el móvil.

Te contamos todas las novedades que ya puedes probar:

Un mapa de contenidos directo e intuitivo

Olvídate de buscar entre menús complicados o páginas infinitas para encontrar lo que te apetece leer hoy. Ahora la portada se organiza de forma clara y limpia por filas horizontales por categoría:

  • Últimas publicaciones: La primera fila reúne todo lo nuevo que vamos publicando, en riguroso orden de llegada.
  • Tus secciones favoritas: Cada categoría (como Literatura, psicología…) tiene su propia fila dedicada con todos sus artículos.
  • El rincón de La Hechicera Rubia: Una fila exclusiva para acceder de un vistazo a todos sus libros y novedades editoriales.

¿Cómo funciona? Tan solo tienes que deslizar horizontalmente cada fila de tarjetas para descubrir más contenidos. Y si quieres profundizar en una sección concreta, haz clic en «Ver todos»: accederás a un mosaico completo con todos los artículos de esa categoría organizados de forma tradicional.

Velocidad extrema: carga en menos de 1 segundo

Sabemos que tu tiempo es valioso. Por eso hemos eliminado todo lo innecesario, reduciendo el peso de la web a una décima parte de lo que ocupaba antes.

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Hemos unificado en el menú inferior los accesos directos más importantes: la página de enlaces, la información legal y un nuevo formulario de contacto totalmente operativo para que puedas escribirnos o enviarnos tus comentarios de forma directa y sencilla. Tus mensajes tendrán respuesta.

Te invitamos a dar una vuelta por la portada, deslizarte entre nuestras filas de lecturas y disfrutar de esta nueva etapa.

¡Esperamos que disfrutes la experiencia tanto como nosotros hemos disfrutado creándola!

Mientras vuelvo a ti

Portada del libro Mientras vuelvo a ti

Mientras vuelvo a ti… Y mientras ¿tú sigues sin leerlo?

Queridos amigos, aquí viene la Hechicera Rubia con una advertencia seria… bueno, todo lo seria que puede ser una escritora que se ha pasado encerrada entre personajes, amores, mentiras, secretos y unas cuantas crisis existenciales.

¿Todavía no tienes “Mientras vuelvo a ti”?

¿Pero a qué estás esperando, criatura del bosque?

¡Corre a tu librería!

Porque mi nuevo libro ya está aquí, recién salido del horno literario, dispuesto a haceros reír, respirar, enamoraros, enfadaros conmigo y, probablemente, soltar alguna lagrimita de esas que intentas disimular diciendo «se me ha metido algo en el ojo».

“Mientras vuelvo a ti” es mi nueva criatura y os puedo asegurar una cosa: me lo he pasado de maravilla escribiéndolo.

También he sufrido, no os voy a engañar.

He trabajado muchísimo. He reescrito, he dudado, he cambiado cosas, he vuelto atrás, incluso he mandado a los personajes por caminos que ni yo misma sabía que iban a tomar…

En algún momento, creo que me volví completamente loca. Porque cuando una escritora empieza a discutir con sus personajes, hay dos posibilidades: o está escribiendo una gran historia o necesita vacaciones.

Como lo segundo no me lo dan fácilmente, pensé en seguir con la primera opción, y así nació esta historia.

Una historia de amor

Una historia de amor, sí, pero no de esas en las que todo es sencillo y maravilloso desde la primera página.

Aquí hay identidades cruzadas, mentiras, emociones, situaciones que se complican y personajes que tienen la mala costumbre de tomar decisiones que hacen pensar: «Pero alma de cántaro, ¿por qué haces eso?»

Y ellos, naturalmente, ni caso.

Porque los personajes, cuando se ponen rebeldes, son peores que los adolescentes del internado del Refugio de las voces silenciadas.

Pero ahí está la magia.

En “Mientras vuelvo a ti”, vais a encontrar amor, humor, emoción y muchas sorpresas. Vais a reír, enfadaros y enamoraros y, quizá en algún momento, queráis entrar dentro del libro para darle un pequeño empujón o una colleja a alguno de los protagonistas.

Y sí…

También vais a llorar un poquito, porque yo quería que esta historia no se quedara solamente en las páginas, quería que llegara bajo vuestra piel y os hiciera sentir un torrente de emociones.

Que os preguntase, de alguna manera, cuánto estamos dispuestos a arriesgar por amor y qué ocurre cuando la verdad y la mentira se cruzan en el mismo camino.

Y ahora viene la parte en la que la Hechicera Rubia se pone seria durante exactamente treinta segundos.

Un libro no termina cuando la escritora escribe «fin».

Ahí empieza otra historia, la vuestra. La de cada lector que abre sus páginas y convierte a los personajes en parte de su imaginación. Los lectores son la parte imprescindible que completa la historia que la obra cuenta.

Por eso, si todavía no lo tienes…

Ve a por él.

A tu librería de confianza.

Pídelo.

Busca «Mientras vuelvo a ti» porque ya forma parte del catálogo de novedades y durante septiembre estará llegando a todas las librerías de la Comunidad Valenciana que apuestan por la gente de aquí, de nuestra tierra.

Y si eres de los que compran desde el sofá, pídelo por internet. Amazon ya ha servido las primeras copias.

Si te animas, mándame una foto con el libro. Puedo poner vuestras fotos (de quienes deis el permiso) en el blog. Me encanta que los libros que escribo os hagan felices, que disfrutéis con su lectura, que os emocionen, que os hagan vivir cada una de las historias.

Pero sobre todo, léelo. Déjame llevarte de la mano por esta historia. 

Que mi libro salga de las estanterías y entre en vuestras casas.

Porque un libro que no se lee es como una hechicera sin caldero: mucho potencial, pero no sirve para hacer magia.

La magia eres tú, el lector.

Con cariño, con mucha ilusión y con la varita literaria preparada,

La Hechicera Rubia.

El arte de leer a las personas sin necesidad de bola de cristal

El arte de leer a las personas

Amor propio, autoconocimiento e inteligencia emocional para sobrevivir a la fauna humana.

Hay una edad en la vida en la que una empieza a sospechar que debería haber nacido con un detector de mentiras incorporado.

Un aparatito pequeño, discreto, quizá colocado detrás de la oreja, como llevan los espías de alto standing, que hiciera pi-pi-pi cuando alguien dijera:

—Yo te lo digo por tu bien.

Porque, queridas criaturas del bosque, hay frases que deberían venir con sirena, luces de emergencia y un señor de Protección Civil.

Pero no.

La vida nos manda a las personas sin instrucciones.

Nos entrega a un ser humano envuelto en una sonrisa, con dos ojos, una boca, una colección de opiniones y, en algunos casos, una habilidad extraordinaria para meterse en nuestra vida sin haber sido invitado.

Y ahí vamos nosotros, confiadas, pensando:

«Qué persona tan encantadora».

Hasta que un día descubrimos que aquella sonrisa tenía más dientes que un cocodrilo.

Y entonces nos preguntamos:

«¿Cómo no me di cuenta antes?»

Pues quizá porque nunca nos enseñaron una asignatura imprescindible:

Cómo leer a las personas sin perderte a ti mismo por el camino.

Tuvimos grandes maestros, y otros no tan buenos, que nos enseñaron historia, matemáticas, a dividir con decimales, las raíces cuadradas… ¡Se nota que no me gustaron las mates!, ¿no?

Pero nadie nos explicó cómo distinguir a un amigo de un interesado, a una persona noble de una hipócrita, a alguien que nos quiere de alguien que simplemente nos necesita.

Y mucho menos nos enseñaron algo todavía más importante:

Cómo mimarnos a nosotros mismos.

Porque el verdadero viaje no consiste solamente en descubrir quiénes son los demás. Consiste en descubrir quién eres tú cuando estás con ellos.

Y aquí aparece la primera gran lección de la Hechicera Rubia:

El amor propio no consiste en pensar que eres mejor que los demás; consiste en dejar de aceptar que los demás te hagan sentir que eres menos que ellos.

Y eso, amigos míos, cambia muchas cosas.

La vida es un bosque y nosotros vamos sin mapa

Imaginemos que la vida es un bosque de esos frondosos y enormes, lleno de caminos, donde tus pies se hunden en los colchones de hojas.

Por algunos sitios encontramos personas maravillosas: árboles que dan sombra, fuentes donde descansar, flores que no necesitan que las arranques para demostrar que son bonitas.

Y por otros encontramos zarzas.

Muchas zarzas.

Zarzas que arañan y se llevan con sus espinas alguna gota de tu sangre.

Algunas de estas zarzas llevan perfume.

Y ahí, justo ahí, está el problema.

No todo lo que huele bien es bueno para nuestra salud.

Hay personas que llegan a nuestra vida envueltas en amabilidad, palabras bonitas, abrazos y sonrisas; y otras llegan con una sinceridad tan brutal que parece que te han disparado una piedra directamente a la frente.

Pero cuidado.

La sinceridad no siempre es nobleza, y la amabilidad tampoco siempre es bondad.

Por eso necesitamos algo mucho más poderoso que la intuición.

La inteligencia emocional consiste, entre otras cosas, en aprender a observar lo que ocurre sin reaccionar inmediatamente: mirar, escuchar, esperar… y comprobar si las palabras de una persona coinciden con sus actos.

Porque las palabras pueden maquillarse, pero los actos no suelen tener tanto presupuesto para peluquería.

Los hipócritas: demasiado azúcar también empalaga

La hipocresía tiene una característica curiosa: a veces viene disfrazada de dulzura.

La persona hipócrita puede ser exageradamente amable.

¡¡Demasiado!!

Tan amable que una hechicera de mi calaña empieza a sospechar que, si te descuidas, también te limpia los zapatos.

—¡Qué guapa estás!

—¡Qué maravilla de persona eres!

—¡Cuánto me alegro por ti!

—¡Te mereces todo lo bueno!

Y tú allí, emocionada, pensando:

«¡Qué suerte he tenido! ¡He encontrado un ángel!»

Hasta que descubres que, cuando te marchas, el ángel se convierte en crítico literario de tu vida.

Porque una cosa es ser amable y otra utilizar la amabilidad como disfraz.

Una de las señales más claras de hipocresía aparece cuando observamos cómo una persona trata a quienes considera que no pueden ofrecerle nada.

Con una persona poderosa será encantadora. Con alguien que considera inferior puede ser fría, despreciativa o incluso cruel.

Por eso, observa cómo trata al camarero, a la persona que limpia, al empleado, al anciano, al niño o al desconocido.

Es muy fácil ser educado con quien puede beneficiarnos.

La verdadera personalidad aparece cuando no necesitamos quedar bien.

También hay otra señal.

La persona hipócrita suele decir una cosa delante de alguien y otra completamente diferente cuando esa persona se marcha.

Si constantemente habla mal de los demás contigo, querida criatura, no te emociones demasiado pensando que eres la excepción.

Probablemente también habla de ti cuando cierras la puerta.

La hipocresía es como una casa con dos entradas.

Por una entra la sonrisa y por la otra sale el cuchillo.

Y no siempre lo vemos.

Los envidiosos: cuando tu luz los molesta

La envidia es una criatura extraña.

No siempre dice:

«Quiero lo que tú tienes».

A veces dice:

«Tampoco es para tanto».

Y ahí aparece.

Cuando consigues algo:

—Bueno, tampoco es gran cosa.

Cuando adelgazas:

—Seguro que estás haciendo una dieta rara.

Cuando compras algo:

—Yo nunca me compraría una cosa así. ¡Uf, ese coche es muy feo!

Cuando publicas un libro:

—Hoy en día cualquiera publica.

Cuando te felicitan:

—Has tenido suerte.

¿Veis el patrón?

La persona envidiosa muchas veces necesita desvalorizar aquello que no puede soportar admirar.

No puede quitarte tu éxito, así que intenta reducirlo.

No puede apagar tu luz, así que intenta convencerte de que tampoco ilumina tanto.

Y aquí debemos aprender algo importantísimo:

Que alguien minimice lo que has conseguido no significa que lo que has logrado valga menos.

Si plantas un rosal y alguien te dice que las rosas tienen demasiadas espinas, el rosal no deja de florecer.

Simplemente, esa persona está mirando las espinas.

La envidia también puede aparecer disfrazada de preocupación:

—Yo te lo digo porque soy tu amiga.

Y empieza la demolición:

—No te hagas tantas ilusiones.

—Eso no va a salir bien.

—Te lo estás creyendo demasiado.

—No te conviene.

Claro que debemos escuchar las críticas.

Pero una crítica sana busca ayudarte a crecer.

La envidia busca que te hundas.

Una te ofrece una escalera; la otra intenta quitarte el suelo.

Los nobles ayudan en silencio

Y entonces encontramos a los nobles.

Esas criaturas no suelen hacer demasiado ruido.

No necesitan anunciar sus buenas acciones, no llevan una banda municipal y a Manolo el del bombo detrás…

Simplemente ayudan.

A veces sin que nadie lo sepa.

Una llamada, un mensaje, una mano en el hombro, un favor, una presencia.

Una persona noble no necesita que el mundo se entere de que ha sido buena, porque su recompensa no está en el aplauso.

Está en haber hecho lo correcto.

¿Y sabéis?

Esta clase de personas son auténticos tesoros.

Porque cuando todo se complica, no preguntan:

—¿Qué gano yo?

Preguntan:

—¿Qué necesitas?

Y hay una diferencia gigantesca entre ambas preguntas.

La primera habla de interés.

La segunda, de humanidad.

Los valientes admiten sus miedos

Durante muchos años nos hicieron creer que ser valiente significaba no tener miedo.

¡¡¡Mentira!!!

La persona que no tiene miedo quizá sea imprudente.

La persona valiente es aquella que tiene miedo y, aun así, avanza.

El valiente puede decir:

—Tengo miedo.

—No sé qué hacer.

—Me he equivocado.

—Necesito ayuda.

—No puedo con eso solo.

Y decirlo no lo hace pequeño.

Lo hace humano.

Hay una valentía enorme en reconocer nuestras propias heridas, porque mirar hacia dentro requiere más coraje que señalar hacia fuera.

Es mucho más cómodo decir:

«La culpa es de todos».

que reconocer:

«Quizá yo también tengo algo que aprender».

Y aquí entra el autoconocimiento.

Conocerse no significa saber qué signo del zodiaco eres, cuál es tu color favorito o qué canción te pone nostálgico.

Conocerse es saber:

  • qué te duele;
  • qué te enfada;
  • qué te asusta;
  • qué necesitas;
  • qué límites tienes;
  • qué errores repites;
  • y, sobre todo, qué versión de ti aparece cuando alguien toca tus heridas.

Las mentes pequeñas hablan de personas

Una mente pequeña necesita constantemente protagonistas.

Y, normalmente, esos protagonistas son los demás.

¿Quién se ha separado?

¿Quién ha engordado?

¿Quién se ha comprado un coche?

¿Quién dijo qué?

¿Quién hizo aquello?

¡Es fascinante!

Hay personas que conocen perfectamente la vida de los demás y desconocen completamente la suya.

Pueden explicarte los problemas matrimoniales de veinte vecinos, pero no saben qué hacer con sus propios silencios.

Las grandes mentes, sin embargo, suelen hablar de ideas, proyectos, libros, viajes, sueños, de cómo mejorar, de cómo construir, de cómo aprender…

No necesitan destruir a nadie para sentirse grandes, porque han comprendido algo fundamental:

La grandeza no necesita compararse.

Un árbol enorme no necesita decir:

«Mira qué pequeño es ese arbusto».

Simplemente crece.

Los débiles buscan culpables

Cuando algo sale mal, resulta tentador señalar.

La culpa es de mi pareja, de mis padres, de mi jefe, de mi infancia, del gobierno, del tiempo y, si hace falta, del señor que pasaba por allí por casualidad.

Pero hay una pregunta mucho más incómoda:

¿Qué parte de responsabilidad tengo yo en mi propia historia?

No se trata de culparnos por todo.

Eso tampoco es sano.

Se trata de recuperar el poder.

Cuando reconocemos aquello que sí podemos cambiar, recuperamos el timón.

Y entonces aparece otra característica de las personas fuertes:

saber perdonar.

Pero cuidado.

Perdonar no significa permitir, no significa volver y tampoco significa olvidar.

Perdonar significa dejar de cargar con una piedra que nos está destrozando la espalda.

Puedes perdonar y poner distancia.

Puedes querer a alguien y no permitir que vuelva a entrar.

Eso también es amor propio.

Los ignorantes creen saberlo todo

Además, si les dices que no tienen razón… prepárate.

Porque no estás ante una conversación.

Estás ante una cumbre internacional.

La ignorancia más peligrosa no es no saber.

Es no saber y no aceptar que no sabes.

Sin embargo, los sabios saben cuándo hablar y también saben cuándo callar.

Callar no significa rendirse.

Significa no desperdiciar energía.

Hay discusiones que no se ganan. Simplemente se abandonan porque hay personas que no quieren entenderte: quieren vencerte.

Y cuando descubres la diferencia, dejas de entrar en determinadas batallas.

Los felices no necesitan vivir en la vida de los demás

La persona que está en paz consigo misma tiene poco tiempo para vigilar la vida ajena, porque está demasiado ocupada viviendo.

Y esto es algo que deberíamos recordar.

La felicidad ocupa mucho espacio.

Si pudiera dejaros una pequeña pócima para llevar en el bolsillo, sería esta:

Observa más y juzga menos.

Escucha.

Mira los actos.

Aprende a reconocer las señales.

Y comprende que no necesitas gustarle a todo el mundo para estar bien contigo.

Esa es la verdadera magia.

Con una escoba, una pizca de mala leche, bastante amor propio… y una bola de cristal que, por suerte, no funciona demasiado bien.

Porque, después de todo, ¿qué gracia tendría la vida si pudiéramos saber de antemano quién nos va a sorprender?

Con cariño y chispa…

te lo dice

La Hechicera Rubia


🎵 Música: Canon in D Major — Kevin MacLeod (incompetech.com), bajo licencia CC BY 4.0.

La distancia lo estropea todo, ayudada por las personas

La distancia lo estropea todo

Hoy os habla el rey de las tinieblas.

Sí, sí… yo, el diablo, Lucifer, el Amo Luc para los amigos, amo del infierno, director general de las malas decisiones, consejero de los «ya cambiará», «seguro que esta vez funciona» y «no pasa nada por esperar un poquito más».

La Hechicera Rubia me ha prestado las llaves de su blog. No sé en qué estaba pensando, pero prometo devolvérselas… o no.

Hoy vengo a hablaros de una de mis obras maestras: el amor a distancia.

Ella, la buena samaritana, os ha contado que la distancia aviva la llama. Lo que pude reírme con esa entrada.

¡Ja! Espera, que me da la tos con tanta risa infernal. Jajajaja. Vaya tela.

La aviva… claro, como un cubito de hielo a una barbacoa.

No, pobres incautos. El amor a distancia no alimenta el fuego, sino que, al contrario, lo pone a dieta.


Yo nunca derribo puertas.

Es una de mis grietas favoritas, porque yo no entro derribando puertas. Eso es muy de aficionados. Yo entro por las rendijas.

Una videollamada que se aplaza, un «hoy estoy cansado», un mensaje que se queda en visto, una diferencia horaria, un «este verano seguro que nos vemos».

Cuando queréis daros cuenta, ya no habláis de cómo os sentís, solo habláis de cuándo podréis veros… como si fuerais ministros organizando una cumbre internacional.

Mientras tanto, yo me siento en primera fila, en butaca de lujo, con unas palomitas infernales.

Porque la distancia tiene un superpoder maravilloso: deja que la imaginación haga horas extra sin medida.

Si sale con amigos, seguro que hay alguien que la mira poniendo ojitos. Si ha puesto una foto sonriendo, seguro que esa sonrisa era para otra persona.

¡Gracias, imaginación, mi aliada! ¡Nunca me fallas!


El calendario trabaja para mí.

Y luego están los héroes, esos que dicen:

«Nuestro amor puede con todo».

Jaja… esos tortolitos son mis favoritos. Los primeros que caen.

Porque «todo» incluye facturas, kilómetros, horarios imposibles, vuelos caros, trabajo, familia, internet que se corta justo cuando venían las palabras importantes y, por último, la rutina.

Ja,ja, ja alma terrenal, no necesito hacer nada. Esos superenamorados se ahorcan solos.

Solo hay que esperar un poco, y tiempo tengo de sobra. Es la ventaja de ser inmortal. Desde mi trono dejo que el calendario haga el trabajo por mí.

Aunque, de vez en cuando, alguna pareja consigue sobrevivir. Es un fastidio de gente. Los muy babosos se llaman todos los días, se buscan, se eligen incluso cuando tienen que pasar por algo incómodo, convierten los kilómetros en un trámite y no en una excusa.

En cinco palabras:

Esas parejas son mi kriptonita.

Por suerte, son menos que las que presumen en redes sociales.

Así que, si estás viviendo un amor a distancia, tranquilo. El reloj ya hace tic tac, tic tac. Va descontando el tiempo que os queda «juntos», pues ya ha empezado a trabajar.


No hacen falta cuernos.

Las relaciones no suelen romperse con una gran explosión. Son las pequeñas cosas, que van acumulándose unas sobre otras hasta que ya es imposible hacer limpieza.

Como los coches: si no haces el mantenimiento a tiempo voluntariamente, llega un momento en que ya no merece la pena hacerlo ni obligado.

Así que, cuando oigas o digas «a nosotros no nos va a pasar», si pones el oído, me oirás reírme con ganas.

No hará falta ni el contrato con letra pequeña, ni siquiera que enseñe los cuernos o la cola.

El trabajo será todo vuestro. Y solo necesito que lo haga uno de los dos.


La pobre hechicera.

Pobre Hechicera Rubia. No sabe lo que ha hecho cediéndome el control del blog.

Además de buena gana, soltando eso de:

«Todas las voces merecen ser escuchadas».

¿Hace falta ser tan buena persona?

Incluso diría más.

¿Aún hay gente que no se cuida de las mosquitas muertas?

Hoy me deja el teclado y mañana alquila una habitación a algún poltergeist.


Todos sois especiales… claro.

Seamos realistas, el amor a distancia es romanticismo.

No hay nada más romántico que verse una vez al año… o dos, si Ryanair no decide que vuestro amor también es equipaje de mano prescindible.

Cuando más me troncho es con frases como:

«Lo nuestro es especial».

Miles de años de humanidad… y lo acabáis de inventar: El amor distinto, un cariño de lo más variopinto. Permítanme que lo dude.

Las relaciones a distancia son como la lavadora. Entran dos calcetines y recoges solo uno. Con las relaciones a distancia pasa igual: empiezan dos, y luego hace aparición alguien en el trabajo. Alguien demasiado próximo.

Quizá un argentino con una guitarra, un informático que sabe qué botón pulsar, o una monitora de gimnasio que redefine el spandex como la nueva lencería visible (o invisible).

Y ya empiezan a no salir las cuentas.


A trescientos kilómetros todos somos perfectos.

«Es que es perfecto, no le encuentro ningún defecto».

¡Claro! ¡Si no convives con él!

No ves la toalla en el suelo. O peor, mojada sobre la cama. No ves la tapa del váter levantada. No le oyes masticar ni sorber la sopa.

¿Eres de las personas que aspiran los espaguetis o de las que odian a quienes lo hacen?

No tienes que esperar cuarenta minutos a que elija una serie o una película.

En ese tiempo que os veis, no os da tiempo a descubrir los nuevos pelos, los granos o las pequeñas manías. O simplemente no les dais importancia.

A trescientos kilómetros, todos somos almas gemelas.

A tres metros, seres humanos.

Pero no os engañéis.

Las parejas que conviven pueden fracasar o triunfar.

Las parejas a distancia no tienen ninguna posibilidad.


El mundo entero es una isla de las tentaciones.

El amor a distancia es como mi reality favorito. ¿Habéis visto La isla de las tentaciones? Es mi preferido porque los productores son mis ángeles caídos que mando a la tierra para destruir el amor.

Os parecerá que es algo extremo y aislado, pero, en realidad, sucede cada día, en un lugar llamado mundo.

Todos entran con la típica frase:

«Confío plenamente en mi pareja».

Y salen preguntándose: ¿Pero quién es este con el que mantenía una relación? ¿Se ha convertido en un gremlin? ¿Cómo he podido amar a esa persona?

Eso sí es amor en la distancia: Mientras todos se destruyen, yo invito a cócteles de mango llenos de pócimas para la tentación. Y esos que alardeaban de fidelidad, caen en mis redes más fácil que respiran.

La Hechicera Ingenua… perdón, Rubia; me traiciona el subconsciente… os insiste en que el amor verdadero supera kilómetros.

¡Qué cosa más mona! ¡Qué ternura!

Como lo de hacer deporte cada día, dejar de fumar o comer mejor.

Todas esas patrañas que dice la gente.


Un último consejo del diablo

Así que, queridos enamorados de wifi y videollamada, seguid diciendo que la distancia fortalece.

Yo seguiré en mi trono, con tridente, esperando el mensaje que nunca falla:

«Tenemos que hablar».

O cualquiera de esos casuales:

«Te juro que solo es una amiga». Esta es mi frase favorita.

«Solo es un compañero de trabajo».

«No sabía que tenía familia aquí; hemos ido a celebrarlo».

La hechicera Rubia insiste en que el amor verdadero siempre encuentra el camino como un mandaloriano. Yo, sin embargo, creo que también encuentra muchos desvíos.

Y en algunos te preguntarás adónde te habrían llevado.

Conociendo a vuestra anfitriona, ya supondréis que me ha pedido que termine esta entrada con esperanza.

Me da urticaria solo de pensarlo.

Si no quieres venir a mi terreno…

No decepciones.

Te lo dice quien espera tu alma con los brazos abiertos.

El Amo Luc.

El amor a distancia no mata el amor, matan las excusas

Relación a distancia basada en la confianza y el amor.

Introducción

Dicen que las relaciones a distancia están condenadas al fracaso. Pero quizá llevemos demasiado tiempo culpando a los kilómetros de algo que, en realidad, tiene mucho más que ver con las ganas, la confianza y el compromiso. Hoy esta hechicera quiere romper uno de los mitos más repetidos sobre el amor. El amor a distancia no mata el amor.


¿De verdad la distancia rompe una relación?

Voy a romper un mito desde la primera línea.

No, la distancia no es el mayor enemigo de una relación. El mayor enemigo es la desgana.

Porque puedes dormir cada noche al lado de alguien y sentirlo a años luz.

También puedes tener a la persona que quieres a mil kilómetros y sentirla en cada momento.

La diferencia no está en el mapa.

Está en las ganas.

Cada vez que alguien descubre una pareja con una relación a distancia pone exactamente la misma cara. Esa mezcla entre pena y compasión que parece decir:

«Pobrecita… Ya se dará cuenta de que eso no funciona.»

¿Perdona?

Muchos que llevan tres años cenando juntos lo hacen en silencio y mirando el móvil porque ya no tienen nada que decirse.

Como si el amor fuera una tostadora y llevara un botón que pusiera:

«Más de 300 kilómetros: avería detectada».

Porque vivir cerca no garantiza absolutamente nada. Ni fidelidad, ni pasión, ni complicidad, ni siquiera amor.

Lo único que garantiza es que compartís el mismo código postal.

Y eso, sinceramente, alma mortal, me parece un mérito bastante escaso.


La parte difícil de amar a distancia

Ahora bien, tampoco voy a disfrazar la realidad.

Hay días en los que abrazarías hasta al repartidor si llevara el perfume de tu pareja.

Hay noches en las que el móvil pesa más que un ladrillo porque ninguna pantalla sustituye una caricia.

Y las despedidas…

Ay, las despedidas.

Quien inventó la frase «es solo un hasta luego» seguramente nunca se quedó viendo cómo el tren desaparecía mientras una parte de él se iba sentada en el vagón.

Porque despedirse duele.

Siempre.

Pero ¿sabéis qué?

También hace que cada reencuentro sea una fiesta.

Las parejas que se ven todos los días acaban discutiendo porque uno ha dejado la tapa del váter levantada.

Las que viven lejos celebran hasta ir al supermercado juntas.

Y eso tiene algo precioso.

Aprendes a valorar lo que otros dan por hecho.

Un paseo.

Un café.

Una película en el sofá.

Dormir abrazados.

Cogerse de la mano.

Solo descubres lo extraordinarias que son esas cosas cuando dejan de ser cotidianas.


La confianza: el verdadero puente entre dos personas

Eso sí…

Si quieres que una relación a distancia funcione, olvídate de jugar al detective.

Nada destruye antes una historia que convertirte en inspector jefe del FBI.

  • ¿Quién le ha dado «me gusta»?
  • ¿Por qué se ha conectado hace cinco minutos y no me ha escrito?
  • ¿Quién es esa persona que sale en la foto del fondo?

Respira.

Porque si tienes que investigar constantemente…

El problema no es la distancia.

El problema es la confianza.

Y una relación sin confianza es como un coche sin gasolina.

Da igual lo bonito que sea.

No va a ninguna parte.


Hablar salva más relaciones que el romanticismo

Otra cosa que he aprendido…

No esperes que tu pareja adivine lo que te pasa.

No tiene una bola de cristal.

Eso solo lo tiene una hechicera como servidora.

Si estás triste, dilo.

Si tienes miedo, dilo.

Si echas de menos un detalle, dilo.

Hablar salva más relaciones que el romanticismo.

Y muchísimo más que las indirectas.

Porque las indirectas son como lanzar una botella al mar esperando que llegue exactamente a quien quieres.

Y normalmente…

Acaban en cualquier otra playa.


La chispa no desaparece por los kilómetros

Y hablemos de la chispa.

Ese gran drama.

—¿Y si con la distancia se apaga?

Pues claro que puede apagarse.

Pero no por los kilómetros.

La chispa desaparece cuando dejamos de conquistar a quien ya creemos conquistado.

Cuando dejamos de preguntar cómo ha ido el día con verdadero interés.

Cuando dejamos de sorprender.

Cuando dejamos de reír juntos.

Cuando pensamos que el amor ya se mantiene solo.

Y no.

El amor es como una planta.

Sí, la comparación está muy vista.

Pero sigue siendo cierta.

Si no la riegas…

Se seca.


Los pequeños gestos sostienen las grandes historias

No hace falta gastarse un dineral para mantener viva una relación.

A veces basta un mensaje que diga:

«He visto esto y me he acordado de ti.»

O…

«No tengo nada importante que contar… Solo quería escucharte respirar un momento.»

O una canción.

Una foto absurda.

Una videollamada de diez minutos.

Los pequeños gestos hacen muchísimo más ruido que los grandes discursos.


No dejes de vivir mientras esperas

Y, por favor…

No aparques tu vida mientras esperas el próximo reencuentro.

Ese es uno de los errores más peligrosos.

Tu pareja quiere reencontrarse con alguien que sigue creciendo.

Que sigue riendo.

Que sigue teniendo historias que contar.

Porque el amor bonito no consiste en necesitarse.

Consiste en elegirse.

Una y otra vez.


Lo que realmente pone a prueba el amor

Si alguien vuelve a decirte que una relación a distancia está condenada al fracaso…

Pregúntale:

¿Cuántas parejas conoces que viven en la misma casa y hace meses que dejaron de mirarse a los ojos?

Verás cómo cambia la conversación.

Al final he llegado a una conclusión muy sencilla.

La distancia no pone a prueba el amor.

Pone a prueba a las personas.

Porque querer es muy fácil cuando todo sale bien.

Lo difícil es seguir eligiendo cuando entre los dos hay kilómetros, horarios imposibles, despedidas y pantallas.

Y precisamente por eso…

Cuando funciona…

Tiene un sabor especial.


La decisión que mantiene vivo el amor

Mi pequeño ser de luz…

Esta hechicera de más de cien años ha visto relaciones romperse con una pared de por medio.

Y otras sobrevivir con un océano entre los dos.

Así que igual el problema nunca fue la distancia.

Igual siempre fueron las ganas.

Porque el amor necesita vivir en el mismo proyecto.

En la misma ilusión.

Y en las mismas ganas de seguir juntos.

Sin excusas.

Recuerda una cosa.

El destino puede cruzar dos vidas por casualidad.

Pero que esas dos vidas sigan caminando juntas…

Eso ya no es cosa del destino.

Eso es una decisión.

Y sabéis qué…

Las mejores historias de amor nunca las escriben los mapas.

Las escriben dos cabezotas que, después de mil obstáculos, siguen diciendo:

«Vale… ¿y ahora cuándo nos vemos?»

Y lo demás…

Son todo cuentos.


Con cariño y mucha chispa,

Te lo dice tu siempre amiga,

La Hechicera Rubia

Y tú, mi pequeño ser de luz… ¿Crees que el mayor enemigo del amor es la distancia o las excusas? Te leo en los comentarios. 💜