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III. Juntos, café para dos, amor en buena compañía.

Los círculos hambrientos del alma, parte III

Samuel salió del trance flotando en posición fetal, como el niño de 2001: Una odisea del espacio, buscando su virilidad, intentando recordar que alguna vez tuvo cuerpo. Empezó a tomar forma con el recuerdo de lo que fue antes del terrible suceso, como habían hecho las demás chispas, como si la memoria misma tejiera su cuerpo con hilos de luz temblorosa. Estaba en un gimnasio, en una cama enorme. En la otra, entre pétalos de rosa que apestaban a formol, estaba Lucía. “Ella también está aquí”. Intentó decirle algo, pero no le salieron las palabras. Igual es que cuesta un poco habituarse a estar muerto.

Capítulo III: Juntos, café para dos, amor en buena compañía.

Ella había llegado antes a otro lugar. Deambulaba confundida por una tienda de ropa con pasillos que se alargaban como intestinos. Habría asegurado que era El Corte Inglés, pero sus ojos aún no se habían aclimatado. Un dependiente la cubrió con una gran gabardina. Era de un tacto suave. La notó en toda la piel.

—No puede ir desnuda en esta tienda, señorita, acompáñeme, rápido —dijo, arrastrándola a los vestuarios—. Espere aquí, por favor, le traeré ropa conveniente. Mejor que no la vean, no parece tener con qué pagar.

Ella se observó en el espejo. Estaba majestuosa. La luz parpadeó unos instantes.

El reflejo del espejo le devolvió ahora una anciana marchita, con los ojos como pozos abandonados a su suerte en los que la gente echaba su basura. Su cabello parecía el nido deshabitado y desaliñado de una cigüeña muerta. Se asustó. Retrocedió, pero su reflejo no.

La luz se apagó y encendió de nuevo, como un latido. El lugar pestañeaba.

El reflejo volvía a ser el suyo.

El chico regresó, cerrando la puerta tras de sí, con la ropa. Todo parecía encajar a la perfección en su cuerpo, demasiado bien.

Ella lo provocaba mientras se probaba las prendas; dominaba el arte de la seducción. En vida había disfrutado de muchos amantes y siempre le habían tentado los hombres de piel oscura. Él, en cambio, estaba adorable intentando ocultar lo evidente, pero sus ojos lo traicionaban.

—¿Puedo quedarme la gabardina? Me gusta más que esta chaqueta —dijo ella, mientras intentaba quitársela sin éxito.

—Claro, te ayudo —respondió poniéndose manos a la obra. La cremallera no cedía, se revolvía como si tuviese vida. Finalmente, le sacó la ropa sobre la cabeza. La cremallera siseó como una serpiente y se marchó reptando bajo la puerta, dejando un rastro húmedo sobre el suelo, donde cayó entonces la chaqueta.

La proximidad y, quizás, el agradecimiento de ella quisieron que hicieran el amor salvajemente en el probador. Intenso y breve, no hubiese esperado otra cosa de un encuentro así, solo que parecía que con cada embiste perdiese algo de vida, que la consumiese por dentro.

Cuando intentó vestirse de nuevo, vio en el espejo otra vez a la anciana.

Era ella. Tenía la piel con arrugas que recorrían todo su cuerpo como viejas cordilleras castigadas por el tiempo, bolsas en los ojos del color de la fosa de las Marianas, patas de gallo que parecían de avestruces australianos, canas blancas secas como depósitos cálcicos del jurásico…

Se vistió rápido, asustada. No quería que la viesen así. No quería verse así. “¿Cómo era antes?”.

El chico había desaparecido. Tenía que salir de allí. No entendía qué había pasado. Cómo podía haber hecho algo así.

Afuera encontró una sala con dos camas enormes. Parecía un gimnasio. “Pero… estaba en una tienda…”, pensó. Las camas parecían acercarse y alejarse. El suelo no se sentía sólido, era blando y tibio, como si la tarima en sí respirara. Se acercó a una de las camas, cubierta de pétalos rojos. El aire olía a flores de tanatorio y polvo de hierro, como si alguien pretendiera soldar las flores a la muerte.

En la otra cama estaba Samuel. “¿Qué hace él aquí?”. Se sentó en la cama, cabizbaja, aprovechando que él no se había dado cuenta. Un policía se acercó y le puso unas esposas. Seguramente la habían oído, pero no podía decir nada, tenía a su marido a unos metros.

Se volvió hacia él. “¿Qué hacemos aquí los dos? ¿Qué es este lugar? Él no parece viejo”. Se miró bajo la falda. Ya no estaba arrugada. Volvía a ser ella, solo que con más miedo. Siempre había temido la decadencia. Y ser invisible.

Al chico se acercaron dos gemelas en bikini, de senos turgentes, inquietantes, demasiado iguales, hasta pestañeaban a la vez. Una de ellas le tocó el hombro. Él se sobresaltó. Una se sentó en la cama, y la otra sobre sus piernas. Cuanto más se las intentaba quitar de encima, más jugaban ellas con él.

Lucía no sabía qué pensar. Ella misma acababa de hacerlo. Y encima, estaba detenida. Frente a ella, una docena de hombres con batas blancas la observaban ahora. “Deben ser médicos, pero, ¿por qué no parpadean?”.

Llegó otro hombre. Oscuro. Tenebroso.

—¿Qué es este lugar? ¿Puedo ir con mi marido? Tengo mucho miedo —le preguntó.

—No tengas miedo. El miedo es peligroso aquí —dijo él, con una voz profunda, una melodía hipnótica que le provocó un escalofrío que recorrió toda su columna vertebral.

El jaleo que armaban las gemelas con Samuel la hizo girarse un instante. Jugaban con él. El chico ya no se resistía. Participaba activamente.

—Te conozco. Solo hay una persona que me provoque ese repelús. Tú eres… —empezó a decir, mientras se volvía de nuevo, pero él había desaparecido. Tan siniestro como tranquilo, tan reconfortante como espeluznante; tal como vino, se fue.

El policía le soltó las esposas y le sujetó las manos sobre la cabeza, tumbándola en la cama. La gabardina se abrió completamente y uno de los hombres empezó a hacerle un masaje. Ella quiso decir no, pero la excitación que le provocó no dejó que su boca emitiese ningún sonido.

Cerró los ojos. Sentía como decenas de manos masajeaban cada rincón de su cuerpo. De vez en cuando le daban la vuelta, como a las tortillas, como si levitara, y seguían masajeándola. Si la estaban cocinando, ella disfrutaba de cada incisión que el cuchillo de la lujuria sajaba en el banquete de su propia desintegración.

—Samuel —dijo, lamentándose, pero nadie contestó—. Se giró hacia la otra cama. Samuel no iba a decir nada. Las chicas no habían perdido el tiempo. “Mejor, yo no sé cómo escapar de aquí”.

Las chicas estaban haciendo el amor con él. Jugaban con él, lo pasaban bien. Samuel sentía como disfrutaban, como acariciaban su cuerpo, su cara, haciéndolo sentir deseable. 

—Siempre serás suficiente para nosotras, eres el mejor —creyó escuchar.

Lucía se dejaba hacer. Como expertos cartógrafos, esas manos hábiles eran capaces de encontrar cada punto sensible del territorio de su piel y activarlo, haciéndola suspirar y gemir. Al final no pudo resistirlo más y también hizo el amor con uno de ellos, después con otro, ruidosamente. No sabía cómo parar. No quería parar.

—Conmigo nunca ha sido tan fogosa —dijo Samuel—. Aquí hay algo que no está bien.

Samuel no estaba bien.

Su sexo perdió su firmeza. Las chicas intentaban animarlo, sin éxito. Perdieron interés en él. Ignorándole, tumbadas en la cama, jugaban sensualmente con sus cuerpos.

De pronto, una mujer rubia, delgada, alta, con unas piernas interminables y una carita de ángel celestial le cogió de la mano. Tenía una voz tan dulce que habría sido capaz de convencer al mismísimo cancerbero del infierno de que le dejara marcharse, si así lo hubiese querido. No era el caso; prefería consumir almas.

—Aquí, todo es más intenso, cielo, ven conmigo —dijo, y lo sentó en una silla que había entre las camas. Empezó a besarle, a seducirle, y le devolvió el ánimo necesario para hacerle el amor.

Ella los veía, los tenía al lado, sabía que la excitación lo había traído de vuelta. Cuando a él se le metía en la cabeza el miedo de ser insuficiente, ella misma nunca había conseguido recuperarle. “Aquí hay algo que no está bien”, pensó.

Lucía no estaba bien.

Yacía triste sobre su lado izquierdo. De su boca caía un hilo de sangre. Se dio cuenta y se tocó con los dedos, para descubrir un diente caído. Tosió. De su boca brotaron pétalos de rosa empapados en sangre negra, marchitos como si hubieran florecido dentro de un cadáver. “No, no, no… otra vez no”. 

Pero era tarde. Las piernas se habían encanijado hasta volverse ramas secas que apenas sostenían la carne. La piel pálida formaba arrugas en jirones de arriba abajo. El pelo se tornaba blanco, los pechos se caían flácidos, la barriga distendida mostraba las inclemencias del tiempo y la vejez.

Samuel estaba como ella. Escuálido, blandengue, demacrado, viejo, ya no era suficiente.

Todo el mundo se apartaba de ellos con cara de asco.

—Huelen a viejo —dijo alguien, mientras todos se marchaban apresuradamente.

Parecían dos judíos recién liberados de algún campo de concentración en la Segunda Guerra Mundial. Ella se acercó a una pared con un espejo. Samuel fue tras ella.

En el espejo encontraron dos viejos tristes, débiles, acabados.

Detrás de ellos, unos operarios despejaban y limpiaban el suelo con haraganes. Dos equipos de baloncesto se preparaban para competir y el público llenaba las gradas. No hacía falta que se taparan; la gente, sencillamente, ni los veía.

Samuel tenía ante sí a una Lucía que se rompería en sus brazos, al tiempo que se le clavaba como un puñal su propia impotencia. Lucía enfrentaba un Samuel muerto, valga la redundancia. Los dos se repelían mutuamente.

Súbitamente, él cogió su mano; no podía soportar el dolor de verla así. Y ella cambió. Volvía a ser como antes. No con la exuberancia reciente, solo ella, nada más. Samuel también.

—No mires los espejos, vámonos. Todo es horrible, pero al menos estamos juntos —dijo, llevándosela de allí, mientras los reflejos mostraban dos ancianos alejarse en silencio.


El Amo Luc las observó desde la distancia. Cuatro almas suspendidas, cada una atrapada en su propio eco. Mateo aún se lamía las sombras del hambre. Isabela buscaba algo de valor que poseer. Samuel y Lucía retorcían deseo y miedo entre carne y ceniza. Todos eran fragmentos rotos de una misma explosión: el suceso.

Capítulo IV: No hay ningún infierno, solo el que traigas dentro.

Lucifer avanzó despacio, sin emitir ruido alguno. A su paso, el vacío parecía reconocerle. La nada, incluso, se inclinaba ante él. Había esperado demasiado; no por obligación, sino por afecto. Por diferentes motivos, había compartido con ellos vida, trabajo, ilusiones y tiempo. Tiempo… al final, solo el tiempo dedicado indica cuánto amor hubo entre las personas. 

Esa tarde iba con Isabela a una feria de inversionistas. Iban a lanzar una nueva criptomoneda, SoulCoin. Se reían mucho con bromas sobre los eslóganes: “Invierte en lo eterno”, “El activo más puro del mercado”, “Tu token más profundo”. Estaban muy ilusionados.

Luc, siempre que podía, enchufaba a Mateo. Sabía que tenía muchos gastos y le venían bien estos trabajos. Mateo cortaría el jamón ibérico en el stand. También iban sus amigos Samuel y Lucía, de invitados. No era solo que le cuidaran el gato cuando se iba de vacaciones. El gato estaba tan a gusto con ellos que después de cada viaje no quería volver con él.

Así había comenzado todo.

—Curioso —dijo Luc, más para sí que para ellos—. Una pequeña explosión y toda la eternidad para extinguirla.

Las almas comenzaron a moverse, atraídas hacia su voz. Eran volutas de niebla consciente, cada vez más tenues, apenas sostenidas por el recuerdo.

—¿Qué lugar es este? ¿Por qué no acaba? —preguntó Mateo con hastío.

Luc sonrió.

—No acaba porque no existe. Nada de esto existe. Ni el dolor ni el placer. Todo lo que hayáis visto y experimentado lo habéis creado vosotros. Cada cual ha encendido su propio horno, fundido su oro o desnudado su alma. Haced un esfuerzo por recordar, estamos aún en la feria.

—¿Estamos muertos? —se interesó Samuel.

—Sí. Algunas cosas no se pueden cambiar. Sin embargo, no sufras. Todo tiene solución.

Isabela temblaba.

—Entonces… ¿Esto no es el infierno?

—No, Isabela. No hay ningún infierno. Solo el que traigas dentro.

Un silencio reverente siguió a sus palabras. Samuel y Lucía se miraron, todavía asidos de la mano, todavía intentando creerse vivos.

—¿Y tú? —preguntó Lucía, con la voz quebrada—. ¿Eres Lucifer, verdad?

Luc bajó la cabeza. Su sombra se estiró sobre el vacío como un río oscuro.

—Ya me reconociste antes. Tu alma es la más sensible.

Cuando la explosión se tragó el edificio, os traje aquí. Me ocupé de encontraros. Muchas almas se autodestruyen sin control cuando la gente muere.

Las chispas se estremecieron. Mateo quiso acercarse, pero su cuerpo ya no respondía. De hecho, no tenía cuerpo. El Amo Luc continuó.

—He venido a evitar que desaparezcáis por completo. Cuando un alma se consume, desaparece. No hay castigo ni gloria, solo el olvido. No hay juicio final.

—¿Entonces por qué desaparecemos? —intervino Samuel.

—El miedo que aparece cuando disfrutáis de vuestros pecados es lo que os consume. La educación os ha enseñado lo que está mal. En el preciso instante en que la intuición o conciencia os enseña lo malos que sois, es el momento en que se hacen superlativos vuestros miedos y os devoran.

—¿Y qué podemos hacer? —dijo Mateo, más calmado.

—Tenéis que dejar de tener miedo. Aquí no hay pecados, no hay cosas buenas ni malas, no hay nada. En cuanto soltéis esa carga, podréis renacer en alguien nuevo. Yo… quiero ver en qué os convertís.

—¿Aunque seamos peores? —preguntó Isabela, con una ternura que no había mostrado antes en su carácter.

—Especialmente si sois peores. Lo malo también enseña a la existencia a reconocerse. El equilibrio necesita ambas cosas. Yo no juzgo, solo observo. Tú ya estás evolucionando a otra cosa —respondió Luc sin dudar, mientras del banco del valor universal solo quedaba un polvo difuso.

Mateo vio su restaurante convertirse en humo; el gimnasio de Samuel y los pétalos de Lucía se fundieron a negro como una canción que se termina. Estaban comprendiendo. Suspendidos junto a Luc, flotando, desnudos, pero sin que importara, solo cuatro luces brillando, ahora de nuevo con fuerza, listas para un nuevo comienzo.

Él levantó las manos y las reunió en su pecho. Las cuatro luces se acercaron. En su interior ardía una claridad cálida, sin juicio. Una promesa. Energía pura e incondicional.

—Id —susurró—. Que vuestras luces encuentren nuevos ojos y oídos. No recordarán, pero yo sí. Y cuando vuelva a veros, quizás me reconozcáis también. Sabed que os cuidaré en el albor de vuestro nuevo génesis.

El vacío vibró. Las chispas se elevaron como luciérnagas en un campo sin nombre… y desaparecieron en una segunda explosión que las llevó lejos. Cuando el último destello estaba demasiado lejano para apreciar su luz, el Amo Luc quedó solo, contemplando el residuo de lo que había amado, con una lágrima por lo que termina y una sonrisa por lo que comienza.

—El día que aprendan a curar bien las cicatrices, no se acordarán más del infierno —murmuró. Se dio media vuelta y comenzó a caminar. El vacío se cerró detrás de él, como el telón que cae tras la última función.

II. El banco del valor universal.

Los círculos hambrientos del alma, parte II

Isabela se encontró en una sala blanca, sin puertas, llena de destellos dorados que parecían flotar en el aire: reflejos del oro puro que lo cubría todo. Se dio cuenta enseguida. La avaricia la había convertido en algo parecido a Tío Gilito. Incluso tenía una piscina de oro en su cámara acorazada, replicando aquella idea ingenua de Walt Disney de nadar en el precioso metal, aunque la suya estaba llena de pepitas en lugar de monedas. No pudo nadar allí. Como ella misma explicaba, siempre con la mirada baja, el oro es demasiado denso:
—Sencillamente, ni siquiera te hundes —creyó decir, recordando mientras sonreía a media asta.

Escucha las historias de miedo en vez de leerlas.

Te lo recomienda la hechicera rubia.

Capítulo II: El Banco del Valor Universal.

El recuerdo se disolvió al instante. Estaba en una cámara acorazada, sí, pero no la suya. Aquí sí había monedas. Monedas de oro puro. Cogió una. Tenía una cara dibujada, con los ojos cerrados. Parecía una cara conocida, pero la memoria le fallaba.

Agarró un puñado: todas eran distintas caras. Todas le resultaban familiares. Todas con los ojos cerrados. De repente, una moneda abrió los ojos y dijo:

—Tú no vales nada.

Las demás comenzaron a abrir los ojos y a gritar:

—¡Me lo quitaste todo! Ahora no vales nada.
—Todo lo querías y nada tienes.
—No vales nada.

Asustada, las dejó caer. Los gritos seguían.

—No vales nada.
—Tú no vales nada.
—Isabela, no vales nada.

Miles de monedas, millones, gritando, saltando, con caras que sobresalían del metal. Isabela gritó. Gritó tanto como pudo.

Sus lamentos se mezclaban con los de las monedas, que parecían ahogarse. El oro se estaba derritiendo; cuanto más chillaban, más se deshacían. Pronto, el líquido dorado comenzó a cubrirlo todo.

Buscó algo a lo que asirse, pero no había nada que no fuese de oro. Se subió a una estatua dorada de Buda que aún estaba bastante entera. La estatua empezó a gritar:

—No vales nada, Isabela.

La estatua abrió las manos, haciendo que la chica cayera de espaldas a la piscina. La estatua también se desequilibró, con su base ya fundida, mientras gritaba:

—Nada aquí, Isabela. No vales nada. Aquí sí te hundes. Nada.

Pero no podía nadar; el oro ya la cubría casi por completo. Empujándose con lo que encontraba bajo sus pies, pedía ayuda a gritos. Cada vez más débil, escupía oro con cada aliento.

De repente, una puerta se abrió.

—Isabela, la estaba esperando. Espero que nuestras reservas no le hayan provocado ningún malestar. A veces son un poco traviesas —dijo un hombre alto, oscuro, como una sombra, mirándola desde lo que parecía ser la salida, en lo alto de la cámara, con una voz que parecía salir del mismo infierno.

—Yo… iba a morir ahogada por el oro…

—Eso no puede pasar —respondió aquel ser extraño con una sonrisa afable—. Aquí nadie está vivo. Venga por aquí, hay una escalera.

Las monedas volvían a ser monedas. En un lado tenían una cara con los ojos cerrados. Le dio la vuelta a una: la otra cara no tenía nada, ni siquiera un valor grabado. Con esfuerzo se subió por encima del montón que la cubría y se dirigió a la escalera.

—Bienvenida, señora Isabela. Su cuenta ha sido transferida —dijo con voz solemne—, conforme a sus deseos.

Isabela frunció el ceño.

—¿Transferida? ¿A dónde? ¿Le conozco? Su voz…

—Al lugar donde el valor nunca muere.

—¿Mi oro es lo que había en la cámara? —preguntó—. Tuve miedo… pensé que desaparecería sin más, sin que nadie supiese siquiera que estaba ahí.

—Tenga cuidado. Los miedos son peligrosos aquí. No hay nada que los detenga.

Sobre el mostrador apareció un contrato. Era enorme, de un papel que parecía piel humana, con letras que se movían como si latieran, como larvas que conocen su destino recogidas en un nido de pájaros antes de ser devoradas.

Su nombre aparecía en lo alto, escrito con una tinta negra que se le antojó extraña. Las cifras eran colosales: trillones, cuatrillones, inimaginables. Sintió un escalofrío de placer.

—Firme, por favor. Aquí será usted la jefa del Banco del Valor Universal.

Firmó, y mientras lo hacía sintió cómo algo la tasaba desde dentro, como si una fuerza estuviera calculando el precio exacto de su alma: un valor más en un mercado fluctuante.

El contrato absorbió la rúbrica en todas sus hojas, como si dejara de ser un ente inanimado. Las páginas se movían frenéticamente mientras gritaban “Isabela”. Algunas comenzaron a pegársele a la piel, cobrando vida. Las letras se le introducían bajo la dermis como lombrices calientes. Todo el contrato era una infección que se extendía como una marabunta, tatuando cada cláusula en su cuerpo. Cuando levantó la mirada, estaba sola. Joven, poderosa, sola. Y bella —desde su punto de vista—. Ella era el contrato.

En la mesa que presidía el entorno, la placa de nomenclatura tenía su nombre. Una placa hermosa, con letras grabadas en mármol negro y recubiertas de oro puro.

Una fila de personas vestidas de gris aguardaba ante ella. Parecían figuras de un museo, de distintas civilizaciones. Hablaban entre ellas, pero no avanzaban hacia su mesa. La ignoraban. Le pidió al primero que se acercara, pero no pareció escucharla.

—Soy Isabela, la jefa —gritó a los maniquíes de cera—. ¡Lo que tengáis que hacer aquí, ya me lo estáis diciendo!

Las figuras, antes inmóviles, empezaron a preguntarse entre ellas:

—¿Quién es Isabela?
—¿Isabela? No es nadie. ¿Qué hizo que debamos recordar?
—La gente viene y va. Será la chica de la limpieza.

Ella empezó a zarandearlas.

—¡Soy la directora! ¿Me oís?

Pero nadie la escuchaba. Las figuras se tornaban cenizas al agitarlas. Y tenían razón. ¿Qué había hecho ella que la hiciera memorable?

Ahora solo quedaban vacío y silencio.

No un silencio cómodo. No, no, ese tipo de silencio no.

Era el silencio del monumento que nadie visita, salvo las palomas que lo usan de retrete. El de las oficinas quemadas, donde la fotocopiadora imprimió su última página años atrás. El que atraviesa los huesos, pero se queda acongojando el corazón, sin esperanzas de cambio.

“Por lo menos tengo un contrato”, pensó. “Soy el contrato, de hecho”.

Se miró las manos. Ya no estaban los tatuajes. Se acercó a las paredes cubiertas de espejos. Cada espejo la reflejaba de una forma. En algunos se veía hermosa, radiante; en otros, vieja y marchita, con los ojos hundidos y las manos temblorosas.

Pero no se veía ni una letra. Su piel estaba limpia. Se arrancó la ropa. Entonces vio cómo los tatuajes del contrato se movían bajo la piel, como larvas buscando salir.

Una subió por su cuello y se abrió paso hasta la boca, gritando:

—Los intereses de demora abusivos no están sujetos a verificación por terceros.

Y salió en una bocanada de sangre del color del oro puro que empañó la superficie del espejo, deslizándose hacia el suelo hasta transformarse en algo más oscuro.

Todos encontraban un agujero por el que salir de su cuerpo. Al final, solo quedó un charco de sangre bajo sus pies, creciendo: sangre negra, oxidada, corrompida. Una amalgama de podredumbre que se solidificaba lentamente, entre espumas tóxicas y mensajes hirientes.

Intentó no mirarse, alejarse, pero sus reflejos la seguían. Cada imagen tardaba un segundo más que ella, como si preparara la jugada. Los espejos le devolvían las peores escenas de su vida. Cada momento de angustia estaba allí, listo para ser reflejado. Y cada reflejo se estiraba para arrancarle un trozo de piel. Un dedo, un fragmento de pecho, una oreja.

Corrió, corrió cuanto pudo. Intentó escapar de sus imágenes. Tras de sí, cada huella de su sangre en el suelo se desvanecía. Cada paso borraba el anterior, como si su recuerdo ya no fuese tolerado. Isabela tenía miedo, sí. Pero, sobre todo, sentía un vacío más antiguo que el pecado de la ambición: la certeza de convertirse en invisible, sin huella ni epitafio.

Tenía que salir de allí, lo que quedase de ella. Las zancadas no le permitían avanzar con normalidad. Si hubiese estado soñando, al forzar el paso se habría despertado. No fue así. Con desesperación, se batió en duelo consigo misma hasta que consiguió salir a ningún sitio.

Sin más que hacer, se puso a caminar sin rumbo. Sin pensar, sin hacer, sin desear. Solo andar, hasta que el suelo dejó de reconocer sus pasos.

I. El evangelio según San Mateo.

Los círculos hambrientos del alma

¡Saludos, mortales curiosos!

Yo, la Hechicera Rubia, os traigo susurros del más allá…

Desde las profundidades del abismo, el Amo Luc desciende una vez más a los infiernos, trayendo consigo historias que hielan la sangre y encienden el alma.

Preparad vuestras almas, encended las velas y cerrad bien las puertas… porque lo que está por venir no pertenece a este mundo.

Hoy, las sombras tienen voz… y vienen a contarnos sus secretos.

Escucha las historias de miedo en vez de leerlas.

Te lo recomienda la hechicera rubia.

Los círculos hambrientos del alma.

Son unos instantes, lo hemos oído tantas veces. Toda la vida pasando por delante de tus ojos, y luego ya nada. No hay luz, no hay sonido, no hay nada. Se acaba. Todo lo que te has esforzado, todo lo que has conseguido, todo, todo perdido.

Solo queda un poco de tristeza, o mucha, depende de quién has sido para los demás. Pero eso también se pierde. Se diluye en el tiempo hasta que solo es un recuerdo lejano. Tras esos instantes de extrema lucidez puedes contar que todo ha terminado.

Claro, eso contando que no crees.

Luego están los que creen, por ejemplo, los lamas, que se reencarnan en alguien que esté cerca del difunto. El almacén de almas no llega a recuperar esa energía. Como cada vez somos más en el mundo, siempre hay un nuevo cuerpo necesita esa alma. ¿O no? Al final, de la muerte no sabemos nada.

Pero cuando a alguien lo reaniman con palas, incluso aunque sea no creyente, pertenezca a la civilización que pertenezca, del hemisferio sur o del norte, venga de donde venga, explica siempre lo mismo.

Tus seres queridos te esperan al final de un túnel, una salida que da paz, que reconforta. Y cuando no toman esa salida, porque les están reanimando, se ven fuera del cuerpo. Recuerdan dónde les han devuelto la vida, incluso aunque no hayan estado conscientes mientras eso sucedía.

Y esto, cuando lo escuchas, te da escalofríos.

Entonces hay una chispa, la chispa es el alma, lo que no hemos podido explicar.

Los que os sintáis incómodos con la religión, llamadla conciencia.

La conciencia no muere.

Prólogo: la chispa que no se agota.

Cuatro de esas chispas flotaron, suspendidas entre el último latido y el olvido. Cuatro almas confundidas en el vacío del desconocimiento más profundo. Mateo, Isabela, Samuel y Lucía. No era un sitio conocido.

El miedo y el dolor no estaban con ellos, extrañamente. Alguno pensó que quizás el dolor es algo del cuerpo, un cuerpo que había quedado atrás. Habían dejado atrás algo esencial; la sensación de pérdida era desgarradora y, sin embargo, eran libres y conscientes. Ahora eran bebés explorando el nuevo entorno, un entorno estático. El tiempo no parecía tener ningún efecto. Todo estaba suspendido, luminoso, perfecto. La muerte —pensaron— no era tan terrible después de todo.

Para todos, la muerte parecía algo lejano. Eso fue lo primero que empezó a evolucionar, el olvido del evento catastrófico. Ninguno se preguntó cómo había llegado allí. Solo sentían el alivio cálido, casi placentero, del cambio que llegaba a su fin.

Hasta que lo notaron

Mateo fue el primero en abrir los ojos. Olió el pan recién hecho, escuchó los ruidos de decenas de cubiertos y platos, notó la humedad del vapor de las ollas. No cabía duda, estaba en el cielo. Poco le había importado al Divino todo lo que había derrochado para deleite suyo y de unos pocos clientes de alta alcurnia, mientras otros morían de hambre. Tampoco le había importado que su gula le hubiese llevado al instante final a una edad tan temprana. Ahora ya no notaba sobrepeso. “Si hay cocina, hay comida”.

Capítulo I: El Evangelio según San Mateo.

Al principio no había más que niebla. Una niebla tibia, progresivamente menos densa, con aroma de pan tostado y madera húmeda.

Mateo caminó sin rumbo. Estaba en una cocina, o eso le parecía, pero no conocía el lugar. No estaba seguro de nada. En un brote de genialidad, se dirigió afuera y miró hacia arriba. Un resplandor rojo neón palpitaba al ritmo de un corazón enfermo, con ritmo decadente y desenfadado. El cartel rezaba “El Evangelio según San Mateo”.

“¡Qué nombre para un restaurante! ¡Qué hambre tengo! ¿Cómo puedo tener hambre si me he muerto?”. Sentía un hambre profunda, como un agujero que crecía y crecía, un agujero negro que todo lo consume.

Empujó la puerta.

Él era el jefe. Lo supo enseguida.

Tras la puerta estaban los delantales. Se colocó uno. No, se colocó el de las tres bandas azules. “La gente tiene que saber quién es el jefe”. Todos los demás eran completamente blancos.

Necesitaba comer algo; si no, iba a morir de nuevo.

No lo pensó; después de toda una vida, el instinto puede más que el cerebro.

Encendió los fogones, afiló los cuchillos, templó los filos, sacó los alimentos de la cámara. Parecía la cocina de “El Resplandor”. Frutas y verduras, cajas de hortalizas, bandejas de huevos, carnes y pescados, incluso postres dulces y, mientras movía los ingredientes a las mesas de preparación, había visto una bodega impresionante.

Cortó, sofrió, batió. El aceite siseó con vida propia. Parecía que los elementos cocinaran a la voluntad de sus pensamientos. El fuego le obedecía.

De hecho, le pareció que todo era autónomo. Por cada intención suya, observaba que algo, misteriosamente, realizaba la acción. “Esto de morirse le pone a uno extrañamente creativo… y hambriento; menuda imaginación tengo, y qué dolor de barriga”.

Pero entonces un hedor leve, ajeno, le alertó. Era carne podrida. Podría distinguir esa peste hasta en el infierno.

Sobre la encimera, uno de los trozos de carne se había vuelto gris. Tenía un borde verdoso, el corte lleno de puntitos blancos y un hilo de sangre que caía hasta el suelo, oscuro, casi negro.

Retiró la pieza entera, empujándola con el cuchillo a uno de los cubos de basura, con la calma de un profesional y el estómago contraído.

La siguiente pieza también empezaba a coger mal aspecto. Todas las piezas. Costillares enteros, lomos, entrecots, hasta jamones curados. Nada parecía durar más de unos instantes.

Además, la fruta estaba igual. “Una manzana podrida pudre a la de al lado, pero aquí están todas podridas”, pensó recordando su infancia de pobreza, cuando para comer tenía que recorrer los cubos de basura del mercado donde los fruteros y demás comerciantes tiraban sus sobras.

Recordó esos tiempos en los que nada estaba garantizado, en los que no sabía si conseguiría comida, en los que no sabía si la comida conseguida estaba lo suficientemente fresca para no hacerle enfermar.

El hambre volvió más fuerte. Y ese olor. Iba a vomitar con la peste de las cebollas descompuestas. Tapó un cubo con lo peor. La acidez estaba matándolo. Tenía que ingerir algo urgente. Los platos que estaba preparando estaban casi perfectos. Iba a devorar uno urgentemente…

Ding, ding, ding.

Había un cliente.

Mateo salió al comedor. En el fondo había una figura, o eso le pareció, esforzándose por distinguir algo en aquella penumbra. No conseguía distinguir ningún rostro. Entonces oyó una voz, suave, neutra:

—El plato del día, chef.

—Sí —respondió Mateo, de repente más consciente y determinado—. Enseguida.

Volvió a la cocina.

La carne estaba completamente podrida. Al intentar deshacerse de ella con las manos, sucedió algo increíble. Al tocarla, la carne volvía a estar bien. Y las frutas, las hortalizas… los filetes se alisaban, tiernos, recuperando el brillo y color. La fruta relucía, las hortalizas turgentes parecían recién cortadas.

El hedor desaparecía.

Todo volvía a ser fresco, perfecto.

La cocina vivía de nuevo a su tacto. “Soy el rey Midas de la cocina. Todo lo que toco lo convierto en bueno”. Se olvidó un poco de su hambre y sonrió. “He comido tanta basura, pero eso… fue hace una vida”.

Sonrió con la ocurrencia y se puso a preparar el plato con una precisión religiosa. Luego lo colocó en una bandeja de plata y lo llevó al comedor.

—Voilà, monsieur, bon appétit.

El comensal se inclinó hacia el plato. Mateo no vio su rostro, solo el vapor que ascendía.

Entonces regresó el olor.

Podredumbre pura.

El plato burbujeaba levemente. Dentro, algo se movía.

Era carne, sí… pero…

Había un lunar en un pedazo de piel que reconoció.

Un trozo de su cara.

Mateo retrocedió, tropezando con una silla.

El cliente levantó la cabeza.

—Perfecto, chef, excelente. Exactamente como a mí me gusta —dijo sonriendo, con una mueca enigmática.

Mateo quiso gritar, pero el aire se espesó en su garganta.

El hambre, aquella que lo había acompañado desde el principio, se desató con violencia.

Sintió la necesidad brutal de probar ese plato, de saborearse, de devorarse.

Se lanzó sobre la bandeja, temblando, sin control.

El sabor era cálido, intenso, humano.

Lloró. Rio. Comió.

Cada bocado trajo un dolor inmenso, inimaginable, como el ansia que le impulsaba a seguir devorando aquel manjar.

El cliente, en una calma sobrenatural, lo observaba desde su asiento.

También lo vio alejarse, tambaleándose, atravesando las puertas batientes de la cocina.

La música empezó a sonar. Fuerte, más fuerte.

Las luces se encendieron.

De la cocina llegaban otra vez sonidos de actividad frenética. Por fin todo funcionaba en perfecta armonía.

En el comedor no había nadie.