¿Por qué tantos divorcios después de verano?
¿Por qué tantos divorcios después de verano (y no es por el calor)? ¿No es el verano la estación de los amores? Con ese sol, las terrazas, el olor a crema solar y las noches largas, con esa sensación de que todo es posible, ¿a qué vienen los divorcios del verano?
Las estadísticas no cuentan la historia de la postal: en verano se dispara el número de separaciones y divorcios. Es como si las parejas guardaran la firma del divorcio junto al bikini y las chanclas, esperando que llegue agosto para estrenarla.
¿Por qué pasa esto? No, no es solo porque haya más gente en bañador, aunque algún papel juega. Es algo más profundo, más humano… y sí, también un poco más divertido, visto desde fuera.
¿Por qué tantos divorcios después de verano? El primer punto es que pasamos en verano demasiado tiempo juntos.
La rutina del año es como un muro de contención para las parejas: trabajo, niños al cole, horarios… «Nos vemos por la noche, cariño, que llego tarde».
El verano derriba este muro. De repente, 24 horas juntos, 7 días a la semana. Las comidas, las cenas, las siestas (o discusiones sobre si se echa la siesta o no), las caminatas por la playa… todo compartido.
Lo que durante el año era un «me encantas, pero ahora tengo reunión», en agosto se convierte en «¿Por qué tienes que masticar tan fuerte?» o «¿Puedes dejar de hacer ese ruido con la chancla?».
Es el síndrome del exceso de presencia: de tanto verse, uno empieza a mirar al otro como si fuera un vecino ruidoso, no como a la persona con la que se casó. Empieza a molestar todo: «Tiene la capacidad de comentar a cada persona que pasa por la playa», «Cree que descansar es tumbarse con el móvil mientras tú recoges la arena que dejó la sombrilla»…
Hace unos días, un brujo al que tengo enamorado me dijo: «Cariño, me encanta pasar tiempo contigo». Y yo, con todo el amor del mundo, pensé: «Pues imagínate si pasáramos un poquito menos de tiempo juntos… todavía te encantaría más».
El problema no es el amor, es el exceso de exposición. Porque el verano derriba las paredes que nos mantenían cuerdos. Ya no hay reuniones, ni tráfico… Ahora es todo el día, todos los días… y llega un momento en el que te preguntas si el matrimonio viene con un botón de «modo avión» que puedas activar en agosto para evitar los divorcios del verano.
¿Por qué tantos divorcios después de verano? El segundo punto es expectativas versus realidad (o cómo el verano te recuerda que no vives en un anuncio de cerveza).
Las redes sociales nos han vendido que las vacaciones en pareja son como esos anuncios: atardecer en la playa, una copa fría, risas suaves… y tú con un vestido vaporoso que ondea con la brisa.
La realidad es que la brisa te pega el pelo a la boca, la copa está ya caliente y el atardecer lo estás viendo desde la cola del chiringuito que apesta a fritanga porque alguien (ejem, ejem) olvidó reservar mesa.
En tu cabeza, el verano es para reconectar: paseos de la mano, cenas a la luz de las velas, conversaciones profundas mirando las estrellas…
En la vida real, el paseo es buscando una farmacia porque alguien se quemó la espalda; la cena a la luz de las velas revela el corte de suministro eléctrico y la conversación profunda es: ¿Tú piensas que esta picadura es de mosquito o de medusa?
El problema de las expectativas es que son como esos filtros de Instagram: preciosas pero falsas. Y claro, llega agosto y el contraste es brutal. Yo el año pasado soñaba con una escapada romántica con mi novio, el licántropo de la noche… y acabamos discutiendo en un Decathlon porque «necesitábamos» una sombrilla más grande. (No la necesitábamos).
¿Por qué tantos divorcios después de verano? El tercer punto es el efecto espejo (o cómo el verano te pone la lupa donde menos te interesa).
En invierno, pequeño mortal, no tienes tiempo ni para mirarte las puntas del pelo. Mucho menos para mirar a tu pareja. El verano, en cambio, te deja horas libres, luz solar… y, de pronto, «¡Se hizo la luz!». Ves cosas. Cosas que no habías notado desde, probablemente, la boda.
Por ejemplo:
- Descubres que su risa en realidad no es «graciosa y contagiosa», sino una sirena de barco que resuena en todo el chiringuito.
- Confirmas que, cuando dice «me voy a dar un baño rápido», significa «te dejo 40 minutos sola vigilando las mochilas mientras yo hago triatlón acuático».
- Y lo peor, te das cuenta de que vuestra idea de «vacaciones» es completamente distinta. Tú querías tumbarte a leer. Él cree que eso es perder el tiempo y te arrastra a hacer rutas de senderismo con 38 grados a la sombra.
El verano es un espejo, pero no de esos que te hacen más alta y más delgada. Es un espejo de esos de probador de tienda, con luz blanca, que te muestra cada arruga y cada grieta de la relación.
Porque cuando tienes tiempo de sobra para mirarte (y mirarlo), te das cuenta de que algunas «cositas» que pasabas por alto durante el año… ahora te saltan a la cara como un mosquito a las tres de la mañana.
La Hechicera Rubia siempre dice «el amor es ciego… hasta que llega agosto y te quita la venda».
¿Por qué tantos divorcios después de verano? El cuarto punto es la tentación.
La tentación llama fuerte (y en verano usa la megafonía).
En invierno la rutina te protege: trabajo, frío, pijama polar… y la única piel que ves es la tuya saliendo de la ducha. Pero llega el verano y ¡pum!, la gente se desnuda más que la verdad en una borrachera.
De repente, tu pareja ve más abdominales en la playa que en todo el año, y tú empiezas a notar que el camarero del chiringuito te sonríe un poquito más de lo necesario cuando te trae la caña.
El calor no solo sube la temperatura del aire… sube también la de las ideas. Y claro, es cuando aparece esa vocecita interna: «No voy a hacer nada… pero mirar, no me lo quita nadie».
Y mirar, amigos y amigas, es a veces el primer paso antes de tropezar.
Yo siempre digo que, en verano, la fidelidad se pone a prueba más que un teléfono nuevo: arena, agua salada y un montón de monos (y miradas) peligrosos alrededor.
Es la estación de los cuerpos brillantes de crema, las sonrisas ligeras y las cervezas y mojitos al atardecer… y si a eso le sumas que tu relación ya viene con grietas, el cóctel molotov está servido.
Moraleja: En verano no solo hay que ponerse protector solar… también protector sentimental.
¿Por qué tantos divorcios después de verano? El quinto punto es que el verano no rompe parejas, las desenmascara.
Siempre se habla de los divorcios del verano, porque hay más. Y yo te digo, alma de luz: el verano no rompe nada… simplemente te enseña lo que ya estaba roto.
Es como esa luz del mediodía que no perdona ni una ojera: en agosto no hay filtros y lo que no funciona, se nota.
El calor agota la paciencia; el exceso de tiempo juntos saca el «modo supervivencia»; el estrés de los niños quema más y acabas más gripada que la moto de un hippie; y las tentaciones caminan en bañador y en las discotecas, por todas partes.
Y claro, al final de las vacaciones, muchas parejas regresan a casa con más que arena en la maleta: traen discusiones acumuladas, silencios incómodos… y la sensación de que tal vez solos les va a ir mejor.
Pero no todo es malo, ojo.
El verano también puede ser ese toque de atención para hablar, reírse de las manías del otro y decidir que, a pesar de todo, vale la pena seguir compartiendo sombrilla.
Si sobrevives a un agosto juntos… puedes con todo. Y si no… al menos te quedas con un bronceado precioso para las fotos del Tinder.
¿Por qué tantos divorcios después de verano? El sexto punto, después del verano (o cómo pasar del «te quiero» al «se pondrá en contacto contigo mi abogado»).
Septiembre llega como ese amigo que te recuerda que la fiesta ha terminado y que ahora toca recoger los vasos. Ya no hay barecitos, ni siestas de faraón, ni excusas para comer helado tres veces al día. Ahora hay rutina… y silencio.
Y aquí pasa una cosa curiosa: muchas parejas se dan cuenta de que, después de tanto tiempo juntos en verano, en realidad, no saben estar juntos en la vida real.
Porque en verano todo es más intenso: las risas, las discusiones, las miradas… y cuando vuelves a casa, lo que queda es una resaca emocional.
Es en ese «después» cuando se firman muchos papeles. Porque ya no hay distracciones, ni atardeceres, ni parques temáticos que maquillen las roturas. Solo está la verdad, sentada contigo en la mesa del desayuno. Y si el café ya sabe amargo, mal asunto.
Claro, también hay quien sobrevive y hasta sale reforzado. El verano pone a prueba, y si aún le miras con ganas… eso es amor del bueno.
¿Por qué tantos divorcios después de verano? El punto séptimo es que nos conocemos demasiado… o demasiado poco.
El verano tiene un talento especial: o te confirma que conoces a tu pareja como la palma de tu mano… o te revela que, en realidad, estabas saliendo con un extraño que ronca como un tractor y se pone sandalias con calcetines.
A veces, el problema es que nos conocemos demasiado. Ya sabes exactamente qué va a pedir para comer, qué chiste va a soltar y hasta el tono que va a usar cuando se enfade. Y claro, la novedad, ese ingrediente picante de los primeros años, está más seco que la maceta de tu madre en agosto. Otras veces te das cuenta de que sabías bien poco.
¿Por qué tantos divorcios después de verano? El punto octavo es el dinero (que se mete en medio con chanclas y todo).
La pobreza vacacional es esa fase en que uno quiere comer marisco y el otro hace cuentas para ver si le llega para la gasolina de vuelta. Es discutir si vale la pena pagar 15 euros por una tumbona o sentarse en la toalla llena de arena. Es convertir el «yo pago esta ronda» en «¿tú crees que necesitamos otra ronda?».
Porque sí, el amor es muy bonito… pero a 35 grados, con la tarjeta echando humo, el wifi del hotel pagado aparte, el Carrefour anunciando la vuelta al cole… hasta la pareja más zen empieza a discutir.
Aunque aquí podemos encontrar controversia. Si bien esas discusiones pueden llevar a los divorcios del verano, también la falta de dinero puede evitarlos. Divorciarse es caro, igual que tener dos casas, dos coches, todo lo que al no compartir, hay que multiplicar por dos.
¿Por qué tantos divorcios después de verano? El punto noveno, para terminar: el calor no ayuda (y a veces, es el verdadero culpable).
Que sí, que el verano es precioso: los días son largos y el sol te ayuda con la vitamina D, pero seamos realistas, el calor es un enemigo silencioso del amor.
No hay romance posible cuando te despiertas empapada en sudor, con la sábana pegada como un papel film, y la otra persona respira a dos centímetros de tu cuello como si fuera un dragón con halitosis.
El calor derrite más que el helado, derrite la paciencia.
Empiezas bien por la mañana, pero a las 3 de la tarde ya no aguantas a tus hijos gritando por casa sin hacer nada y dejando los juguetes por en medio. Y si hablamos de las noches: batallas campales por el ventilador, discusiones sobre «ventana abierta o aire acondicionado» y el drama de las duchas eternas para sobrevivir.
El calor te cambia el humor, te quita las ganas de abrazar y te convierte en un gremlin malhumorado.
Y claro, si ya vienes con una relación que hace aguas, en pleno agosto la cosa se evapora más rápido que el agua de la piscina.
Consejos finales de la Hechicera Rubia
Por eso, si no quieres tener uno más de los divorcios del verano, sigue los consejos de esta Hechicera.
- Espacio, cariño, espacio.
Un paseo en solitario o un rato con tus propios amigos, es sano. - Presupuesto acordado antes de salir.
- Flexibilidad en los planes.
Si uno quiere playa y otro montaña, alternad. Ni tú eres un lagarto, ni él es una cabra montesa. - Humor como salvavidas.
- Prohibido discutir por el calor.
- Tiempo para la intimidad.
Buscar tiempo para besarse, tocarse y reconectar. - Respetar las manías del otro.
- Desconectar el móvil.
- Recordad por qué estáis juntos.
¿Qué me gusta de esta persona? - Si todo falla…
Recordad que septiembre trae rutina, fresquito y la posibilidad de llevarse mejor, sin tanto sol de por medio.
Te lo dice con amor,
La Hechicera Rubia.
Disponible en iVoox
