El arte de leer a las personas sin necesidad de bola de cristal

El arte de leer a las personas
El arte de leer a las personas

Amor propio, autoconocimiento e inteligencia emocional para sobrevivir a la fauna humana.

Hay una edad en la vida en la que una empieza a sospechar que debería haber nacido con un detector de mentiras incorporado.

Un aparatito pequeño, discreto, quizá colocado detrás de la oreja, como llevan los espías de alto standing, que hiciera pi-pi-pi cuando alguien dijera:

—Yo te lo digo por tu bien.

Porque, queridas criaturas del bosque, hay frases que deberían venir con sirena, luces de emergencia y un señor de Protección Civil.

Pero no.

La vida nos manda a las personas sin instrucciones.

Nos entrega a un ser humano envuelto en una sonrisa, con dos ojos, una boca, una colección de opiniones y, en algunos casos, una habilidad extraordinaria para meterse en nuestra vida sin haber sido invitado.

Y ahí vamos nosotros, confiadas, pensando:

«Qué persona tan encantadora».

Hasta que un día descubrimos que aquella sonrisa tenía más dientes que un cocodrilo.

Y entonces nos preguntamos:

«¿Cómo no me di cuenta antes?»

Pues quizá porque nunca nos enseñaron una asignatura imprescindible:

Cómo leer a las personas sin perderte a ti mismo por el camino.

Tuvimos grandes maestros, y otros no tan buenos, que nos enseñaron historia, matemáticas, a dividir con decimales, las raíces cuadradas… ¡Se nota que no me gustaron las mates!, ¿no?

Pero nadie nos explicó cómo distinguir a un amigo de un interesado, a una persona noble de una hipócrita, a alguien que nos quiere de alguien que simplemente nos necesita.

Y mucho menos nos enseñaron algo todavía más importante:

Cómo mimarnos a nosotros mismos.

Porque el verdadero viaje no consiste solamente en descubrir quiénes son los demás. Consiste en descubrir quién eres tú cuando estás con ellos.

Y aquí aparece la primera gran lección de la Hechicera Rubia:

El amor propio no consiste en pensar que eres mejor que los demás; consiste en dejar de aceptar que los demás te hagan sentir que eres menos que ellos.

Y eso, amigos míos, cambia muchas cosas.

La vida es un bosque y nosotros vamos sin mapa

Imaginemos que la vida es un bosque de esos frondosos y enormes, lleno de caminos, donde tus pies se hunden en los colchones de hojas.

Por algunos sitios encontramos personas maravillosas: árboles que dan sombra, fuentes donde descansar, flores que no necesitan que las arranques para demostrar que son bonitas.

Y por otros encontramos zarzas.

Muchas zarzas.

Zarzas que arañan y se llevan con sus espinas alguna gota de tu sangre.

Algunas de estas zarzas llevan perfume.

Y ahí, justo ahí, está el problema.

No todo lo que huele bien es bueno para nuestra salud.

Hay personas que llegan a nuestra vida envueltas en amabilidad, palabras bonitas, abrazos y sonrisas; y otras llegan con una sinceridad tan brutal que parece que te han disparado una piedra directamente a la frente.

Pero cuidado.

La sinceridad no siempre es nobleza, y la amabilidad tampoco siempre es bondad.

Por eso necesitamos algo mucho más poderoso que la intuición.

La inteligencia emocional consiste, entre otras cosas, en aprender a observar lo que ocurre sin reaccionar inmediatamente: mirar, escuchar, esperar… y comprobar si las palabras de una persona coinciden con sus actos.

Porque las palabras pueden maquillarse, pero los actos no suelen tener tanto presupuesto para peluquería.

Los hipócritas: demasiado azúcar también empalaga

La hipocresía tiene una característica curiosa: a veces viene disfrazada de dulzura.

La persona hipócrita puede ser exageradamente amable.

¡¡Demasiado!!

Tan amable que una hechicera de mi calaña empieza a sospechar que, si te descuidas, también te limpia los zapatos.

—¡Qué guapa estás!

—¡Qué maravilla de persona eres!

—¡Cuánto me alegro por ti!

—¡Te mereces todo lo bueno!

Y tú allí, emocionada, pensando:

«¡Qué suerte he tenido! ¡He encontrado un ángel!»

Hasta que descubres que, cuando te marchas, el ángel se convierte en crítico literario de tu vida.

Porque una cosa es ser amable y otra utilizar la amabilidad como disfraz.

Una de las señales más claras de hipocresía aparece cuando observamos cómo una persona trata a quienes considera que no pueden ofrecerle nada.

Con una persona poderosa será encantadora. Con alguien que considera inferior puede ser fría, despreciativa o incluso cruel.

Por eso, observa cómo trata al camarero, a la persona que limpia, al empleado, al anciano, al niño o al desconocido.

Es muy fácil ser educado con quien puede beneficiarnos.

La verdadera personalidad aparece cuando no necesitamos quedar bien.

También hay otra señal.

La persona hipócrita suele decir una cosa delante de alguien y otra completamente diferente cuando esa persona se marcha.

Si constantemente habla mal de los demás contigo, querida criatura, no te emociones demasiado pensando que eres la excepción.

Probablemente también habla de ti cuando cierras la puerta.

La hipocresía es como una casa con dos entradas.

Por una entra la sonrisa y por la otra sale el cuchillo.

Y no siempre lo vemos.

Los envidiosos: cuando tu luz los molesta

La envidia es una criatura extraña.

No siempre dice:

«Quiero lo que tú tienes».

A veces dice:

«Tampoco es para tanto».

Y ahí aparece.

Cuando consigues algo:

—Bueno, tampoco es gran cosa.

Cuando adelgazas:

—Seguro que estás haciendo una dieta rara.

Cuando compras algo:

—Yo nunca me compraría una cosa así. ¡Uf, ese coche es muy feo!

Cuando publicas un libro:

—Hoy en día cualquiera publica.

Cuando te felicitan:

—Has tenido suerte.

¿Veis el patrón?

La persona envidiosa muchas veces necesita desvalorizar aquello que no puede soportar admirar.

No puede quitarte tu éxito, así que intenta reducirlo.

No puede apagar tu luz, así que intenta convencerte de que tampoco ilumina tanto.

Y aquí debemos aprender algo importantísimo:

Que alguien minimice lo que has conseguido no significa que lo que has logrado valga menos.

Si plantas un rosal y alguien te dice que las rosas tienen demasiadas espinas, el rosal no deja de florecer.

Simplemente, esa persona está mirando las espinas.

La envidia también puede aparecer disfrazada de preocupación:

—Yo te lo digo porque soy tu amiga.

Y empieza la demolición:

—No te hagas tantas ilusiones.

—Eso no va a salir bien.

—Te lo estás creyendo demasiado.

—No te conviene.

Claro que debemos escuchar las críticas.

Pero una crítica sana busca ayudarte a crecer.

La envidia busca que te hundas.

Una te ofrece una escalera; la otra intenta quitarte el suelo.

Los nobles ayudan en silencio

Y entonces encontramos a los nobles.

Esas criaturas no suelen hacer demasiado ruido.

No necesitan anunciar sus buenas acciones, no llevan una banda municipal y a Manolo el del bombo detrás…

Simplemente ayudan.

A veces sin que nadie lo sepa.

Una llamada, un mensaje, una mano en el hombro, un favor, una presencia.

Una persona noble no necesita que el mundo se entere de que ha sido buena, porque su recompensa no está en el aplauso.

Está en haber hecho lo correcto.

¿Y sabéis?

Esta clase de personas son auténticos tesoros.

Porque cuando todo se complica, no preguntan:

—¿Qué gano yo?

Preguntan:

—¿Qué necesitas?

Y hay una diferencia gigantesca entre ambas preguntas.

La primera habla de interés.

La segunda, de humanidad.

Los valientes admiten sus miedos

Durante muchos años nos hicieron creer que ser valiente significaba no tener miedo.

¡¡¡Mentira!!!

La persona que no tiene miedo quizá sea imprudente.

La persona valiente es aquella que tiene miedo y, aun así, avanza.

El valiente puede decir:

—Tengo miedo.

—No sé qué hacer.

—Me he equivocado.

—Necesito ayuda.

—No puedo con eso solo.

Y decirlo no lo hace pequeño.

Lo hace humano.

Hay una valentía enorme en reconocer nuestras propias heridas, porque mirar hacia dentro requiere más coraje que señalar hacia fuera.

Es mucho más cómodo decir:

«La culpa es de todos».

que reconocer:

«Quizá yo también tengo algo que aprender».

Y aquí entra el autoconocimiento.

Conocerse no significa saber qué signo del zodiaco eres, cuál es tu color favorito o qué canción te pone nostálgico.

Conocerse es saber:

  • qué te duele;
  • qué te enfada;
  • qué te asusta;
  • qué necesitas;
  • qué límites tienes;
  • qué errores repites;
  • y, sobre todo, qué versión de ti aparece cuando alguien toca tus heridas.

Las mentes pequeñas hablan de personas

Una mente pequeña necesita constantemente protagonistas.

Y, normalmente, esos protagonistas son los demás.

¿Quién se ha separado?

¿Quién ha engordado?

¿Quién se ha comprado un coche?

¿Quién dijo qué?

¿Quién hizo aquello?

¡Es fascinante!

Hay personas que conocen perfectamente la vida de los demás y desconocen completamente la suya.

Pueden explicarte los problemas matrimoniales de veinte vecinos, pero no saben qué hacer con sus propios silencios.

Las grandes mentes, sin embargo, suelen hablar de ideas, proyectos, libros, viajes, sueños, de cómo mejorar, de cómo construir, de cómo aprender…

No necesitan destruir a nadie para sentirse grandes, porque han comprendido algo fundamental:

La grandeza no necesita compararse.

Un árbol enorme no necesita decir:

«Mira qué pequeño es ese arbusto».

Simplemente crece.

Los débiles buscan culpables

Cuando algo sale mal, resulta tentador señalar.

La culpa es de mi pareja, de mis padres, de mi jefe, de mi infancia, del gobierno, del tiempo y, si hace falta, del señor que pasaba por allí por casualidad.

Pero hay una pregunta mucho más incómoda:

¿Qué parte de responsabilidad tengo yo en mi propia historia?

No se trata de culparnos por todo.

Eso tampoco es sano.

Se trata de recuperar el poder.

Cuando reconocemos aquello que sí podemos cambiar, recuperamos el timón.

Y entonces aparece otra característica de las personas fuertes:

saber perdonar.

Pero cuidado.

Perdonar no significa permitir, no significa volver y tampoco significa olvidar.

Perdonar significa dejar de cargar con una piedra que nos está destrozando la espalda.

Puedes perdonar y poner distancia.

Puedes querer a alguien y no permitir que vuelva a entrar.

Eso también es amor propio.

Los ignorantes creen saberlo todo

Además, si les dices que no tienen razón… prepárate.

Porque no estás ante una conversación.

Estás ante una cumbre internacional.

La ignorancia más peligrosa no es no saber.

Es no saber y no aceptar que no sabes.

Sin embargo, los sabios saben cuándo hablar y también saben cuándo callar.

Callar no significa rendirse.

Significa no desperdiciar energía.

Hay discusiones que no se ganan. Simplemente se abandonan porque hay personas que no quieren entenderte: quieren vencerte.

Y cuando descubres la diferencia, dejas de entrar en determinadas batallas.

Los felices no necesitan vivir en la vida de los demás

La persona que está en paz consigo misma tiene poco tiempo para vigilar la vida ajena, porque está demasiado ocupada viviendo.

Y esto es algo que deberíamos recordar.

La felicidad ocupa mucho espacio.

Si pudiera dejaros una pequeña pócima para llevar en el bolsillo, sería esta:

Observa más y juzga menos.

Escucha.

Mira los actos.

Aprende a reconocer las señales.

Y comprende que no necesitas gustarle a todo el mundo para estar bien contigo.

Esa es la verdadera magia.

Con una escoba, una pizca de mala leche, bastante amor propio… y una bola de cristal que, por suerte, no funciona demasiado bien.

Porque, después de todo, ¿qué gracia tendría la vida si pudiéramos saber de antemano quién nos va a sorprender?

Con cariño y chispa…

te lo dice

La Hechicera Rubia


🎵 Música: Canon in D Major — Kevin MacLeod (incompetech.com), bajo licencia CC BY 4.0.


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Un comentario en «El arte de leer a las personas sin necesidad de bola de cristal»
  1. Cuántas veces nos dejamos llevar por las palabras y olvidamos que son los pequeños gestos los que realmente nos muestran cómo es alguien. Me ha gustado mucho eso de observar más, reaccionar menos y no olvidarnos tampoco de cuidarnos y mimarnos a nosotros mismos. ❤️

    Un placer seguir leyéndote por aquí y con muchas ganas de leer “Mientras vuelvo a ti”. Nos leemos pronto, Hechicera Rubia ✨🪄✨

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