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A cinco tiempos de tu muerte, 9: apocalipsis

Por Amo Luc · 31 de octubre de 2026
A cinco tiempos de tu muerte, 9: Apocalipsis

Viene de: A cinco tiempos de tu muerte 8: El Ángel.

Música que se menciona en este capítulo:

El pasillo no estaba vacío.

En la salida, ahora cerrada, dos mujeres cortaban el paso. Víctor no conseguía distinguirlas a contraluz. Tampoco podía saber quiénes eran. Su tío Gabriel las habría reconocido enseguida.

La hechicera del mercadillo, con su inconfundible elegancia para vestir unos vaqueros, ocupaba el pasillo. A su lado, Carla, más bohemia, cerraba cualquier posibilidad de escapatoria.

—Se acabó la carrera, chaval —dijo la hechicera con tono seco, extendiendo una mano—. Dame lo que llevas en esa mochila. Inmediatamente.

—No os voy a dar nada —espetó Víctor, retrocediendo un poco, consciente de que lo único que podía salvarle era retroceder en el tiempo—. ¿Quiénes sois?

—Soy Elvira, la última de los sármatas, sacerdotisa y guardiana de objetos sagrados como el orsai que llevas ahí. Carla es mi hija. Ella talla copias de los objetos para venderlos, pero ese que tienes ahí es un original. Se lo vendimos a un señor que prometió seguir las reglas. Como ya has visto, es muy peligroso.

—¿Cómo sabíais que estaba aquí?

—Puse un localizador GPS a esa cajita hace ya muchos años —respondió con total naturalidad—. Somos rubias, no tontas.

Carla la miró de reojo con los ojos muy abiertos.

—¿Cuándo le has puesto un GPS? Si no quieres ni pensar en el trasto ese, menos aún manipularlo —preguntó Carla en voz baja, descolocando a Elvira en mitad de su gran entrada dramática.

—¡Y también hemos oído las noticias! —zanjó la hechicera, ignorando la interrupción de su hija—. Esa caja no es un juguete. Necesitamos su poder para contener lo que hay ahí fuera.

—Pero, no hay nada que contener, Shinji y Kaworu han muerto… y también…

—Y también tu amor platónico, ¿verdad? El orsai tiene ese humor extraño que lo estropea todo cada vez que actúa. Echa un vistazo ahí fuera —dijo Carla, entreabriendo la puerta de acceso al patio.

En el exterior, Víctor vio a Kaworu apoyar los dedos de una mano en el suelo y apuntar al cielo con la otra. De su cuerpo flexionado continuaba brotando un hilo de sangre que dibujaba en el suelo una especie de globo terráqueo encerrado en algo parecido a un dispositivo de vacío que había usado en el taller de física.

Tras el ángel, el corazón de Valeria había dejado un charco mucho mayor, grotesco, que aún se expandía, como si quisiera alcanzar ese globo en el suelo.

En ese momento, el charco de Valeria se estiró tocando el dibujo en el suelo. Kaworu pronunció unas palabras que Víctor no pudo entender.

Un rugido ensordecedor cruzó el cielo, que se volvió completamente amarillo. Una llamarada solar de proporciones descomunales había alcanzado el polo norte, provocando un pulso electromagnético que barrió los satélites de comunicaciones de todo el planeta.

Sobre el suelo, el globo brillaba como el firmamento, alimentado con la energía de un alma aún presente, y como un corazón reanimado, latía con una fuerza descomunal y una calma perturbadora.

El ángel arrancó la espada del pecho de Valeria.

—Tu alma aún está contigo. Puedes vivir conmigo hasta el final definitivo —dijo Kaworu—, hasta que todos seáis liberados de todo sufrimiento.

Valeria no dijo nada. Solo se abrazó al ángel.

Los móviles comenzaron a sonar. El chirrido estridente de una alerta ES-ALERT no parecía querer detenerse nunca. El tono dio paso a una frecuencia mística perfecta, los célebres 528 hercios, resonando en cada terminal, en cada altavoz, en cada rincón del planeta.

Era tan hermosa. Víctor escuchó la llamada. Transmitía paz, pero exigía ser escuchada. Tenía algo de toda la violencia que el chico había vivido, escondida en una nota de aparente pureza.

El chico abrió la mochila a toda prisa y sacó unos tapones para los oídos.

Aquel sonido tan puro, lejos de traer paz, desató una agresividad repentina e irracional en todos los presentes.

Dos agentes de policía que habían acudido alertados por la pelea anterior entraban en el recinto escolar.

—Mira a esos dos —le dijo un agente a su compañero, señalando a un par de alumnos que peleaban—. Han pasado de comerse a besos a arrancarse los pelos.

Sin vacilar un segundo, el compañero sacó su arma reglamentaria y de un tiro atravesó la cabeza de ambos estudiantes, que cayeron desplomados sobre la gravilla.

—Eso no ha estado bien —murmuró el primer agente.

Entonces colocó su propia pistola bajo las costillas de su compañero y disparó a bocajarro directo al corazón.

—Deberías mostrar más respeto por la gente —dijo el agente, con la mano cubierta de sangre—. La violencia no es la solución.

Víctor le tendió la caja a Elvira. Los dedos le temblaban sin control.

—Toma. Cógela. Si es verdad que puedes, arréglalo tú —suplicó el chico—. Es tuya.

La hechicera cogió la caja, dispuesta a dar fin a todo aquello. Tenía que deshacer el mal causado por el orsai. No era la primera vez que había pasado por esto.

Clic.

Pero ya era tarde.

Los sármatas mantenían un vínculo ancestral con la Tierra. Ahora, aquella frecuencia había borrado los límites entre Elvira y la naturaleza.

El Vals de La suite masquerade parecía más lleno, más perfecto, con el tono divino que hacía vibrar la atmósfera.

—Todo es tan hermoso —murmuraba al mismo tiempo que Kaworu. Las palabras del ángel salían también de su boca—. Todas estas almas, liberadas… no tendrán que volver a sufrir. El mundo es perfecto. Solo sobran los humanos.

—¿De quién es la conciencia que está resonando con la mía? —dijeron ambos, percibiendo al tiempo la conexión entre sus energías.

Clic.

Kaworu avanzó hacia el pasillo, no sin antes recuperar el arma.

«La caja que concede deseos se ha abierto», pensó, entrando al edificio del que antes había salido Shinji con la música.

—Eres tú —exclamaron a la vez ángel y hechicera cuando entró—. Tú eres el origen de esta magia.

En el trance, Elvira apenas sintió cómo el acero la atravesaba.

Mi espíritu también anhela la paz.

Cayó de bruces.

—Todo está oscuro —dijo—. ¿Qué son todas esas luces?

—Son almas liberadas. La energía no se crea ni se destruye. Cada chispa encontrará otra vida distinta, mejor.

Carla se lanzó sobre Kaworu, intentando quitarle la espada. Valeria se lanzó sobre Carla.

En el preciso instante en que la hechicera exhaló el último aliento, la caja se cerró de golpe. Víctor la cogió y salió a toda prisa de allí.

Afuera, todos peleaban a muerte, en una orgía de lucha cuyos límites era incapaz de distinguir. Fuera lo que fuera la paz de la que hablaba Kaworu, no estaba allí.

Pero el chico había escapado muchas veces de sus acosadores. Se dirigió a un hueco bajo los parasoles del colegio donde tantas otras veces se había escondido.

Ya lo había controlado antes, solo tenía que sentirlo todo con claridad.

Por él, por su madre, por Valeria, por todos. Incluso por esas mujeres que habían intentado acabar con la locura…

Cerró los ojos. Una respiración profunda, otra más…

Clic.

El MN4 estaba a unos metros.

Debo darme prisa.

Víctor volvió hacia el autobús. A lo lejos, Marcos y Fernando cruzaban hacia la vía de servicio de la autopista. El chico hizo un pequeño rodeo para no ser visto.

Se asomó a la puerta y vio a Valeria coger la caja.

—Valeria, eso es mío. Es un amuleto que me dieron mis tíos, necesito que me la devuelvas —le dijo Víctor.

Valeria, sin rastro de los horrores que acababa de vivir, le miró con los ojos muy abiertos y asintió, sin oponer resistencia.

—Toma, Víctor…, claro. La había cogido para llevártela mañana —murmuró la chica, entregándosela—. ¿No te habías ido a casa?

—Algo me ha hecho volver —contestó él—. Te veo mañana en el instituto.

Víctor metió el artefacto en la mochila. Sabía que seguía perteneciendo a Marcos. Sin perder un segundo, se escabulló del autobús y buscó uno de los túneles para cruzar a la huerta sur de Valencia. No sabía de cuánto tiempo disponía.

Se sentó junto a una caseta de riego controlado, en la acequia olvidada de un campo, y esperó en silencio.

Igual que horas antes, escribió a su madre para avisarla que llegaría tarde, que había tenido problemas en el colegio. Esperó a que su madre contestara.

Al poco la caja se abrió sola. No era Nirvana, ni siquiera reconoció la música.

Tenía que suceder. Marcos y Fernando habían muerto por ello. No iba a intervenir para evitarlo.

Es mejor que esas almas sean liberadas.

Sacó la caja de la mochila y vio cómo iban cambiando los cartuchos con cada clic, hasta que empezó a sonar el último.

Esto lo tengo hecho.

Concentró en su interior un deseo absoluto. Algo limpio y puro, completamente destructivo, pero con un objetivo inesperado.

Nirvana empezó a sonar con el primer clic. La melodía llenaba la huerta con la misma naturalidad que el azahar la llenaba con su aroma.

Víctor guardó el orsai en la mochila.

La canción terminó dando paso a un silencio natural, tan lleno de brisa, mosquitos y pájaros como cualquier otro día.

Esta vez no hubo clic final. No hubo cierre automático.

Unos pasos suaves venían del camino de tierra que discurría junto a la acequia. Dos figuras femeninas se acercaban con paso tranquilo.

—¿Cómo lo hiciste? —preguntó Elvira, con una mezcla de respeto y sorpresa—. Sé que hemos estado muertas. Prácticamente todos lo hemos estado. Pude ver un firmamento entero de vidas que se extinguían.

—Deseé recoger yo la caja para que todo fuera falso, para que no hubiese pasado nada. La caja solo me lo podía conceder devolviéndome al día anterior. Valeria nunca supo a lo que se exponía. Solo hice eso —contestó, con los ojos cansados—. No fue nada del otro mundo.

La mujer sonrió levemente, ajustándose el pañuelo oscuro que el viento quería llevarse.

—Enhorabuena. Has conseguido controlar un artefacto legendario y deshacerte de un ángel destructor. Ya no es un peligro que lo tengas. Puedes quedártelo. Eres un guardián digno.

—Lo sé —susurró Víctor, cerrando la caja entre sus manos—. Nunca más la utilizará nadie. He usado su poder para acabar con lo que era.

—Toma, Carla, para ti —dijo Víctor con una sonrisa amplia—. Es tuya. Una caja de música preciosa y funcional. Puedes darle cuerda desde abajo.

—Gracias —dijo Carla—, entre la sorpresa y el susto, sin fiarse completamente de que fuese así.

—Eres todo un personaje —dijo Elvira entre risas—. ¿No nos preguntas esta vez cómo te hemos encontrado?

—No. En el patio quise volver atrás, pero sin que nosotros tres olvidáramos nada. Sería injusto vivir sintiendo una amenaza así; era imprescindible este encuentro.

—Te llevamos a casa, Víctor —dijo Carla, señalando una furgoneta al principio del camino.

—Prefiero andar. No soportaría otro accidente más. Venid a verme alguna vez, con ese GPS que tenéis.

—Está bien. Lo haremos. Sé moderadamente feliz —se despidió Elvira guiñándole un ojo al chico.

Víctor observó cómo el vehículo se alejaba, dejando atrás una nube de polvo.

Comprobó el interior de su mochila.

El orsai seguía ahí, inocente, con el resto de sus cosas.

Calmado.

Hermético.

Como él.


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