A veces, el amor también necesita vacaciones.
Queridos mortales: A veces, el amor también necesita vacaciones.
De vuestra hechicera rubia, experta en pociones emocionales, descifradora de sentimientos ajenos y aprendiz eterna en eso de entender los propios.
Ay, mis queridos mortales, hoy vengo a hablaros de amor.
Sí, otra vez. Ya sé que algunos estaréis pensando que a esta mujer le han vuelto a revolotear las mariposas en el estómago, pero os tranquilizo enseguida: las mías llevan tanto tiempo haciendo horas extras que están pidiendo una baja laboral.
Hoy no vengo a hablaros del amor de película, de los besos bajo la lluvia ni de ese príncipe que aparece a caballo para solucionar todos tus problemas. Entre otras cosas, porque a estas alturas de la vida, como aparezca uno a caballo, lo primero que voy a preguntarle es quién recoge lo que deja el animal.
No, hoy quiero hablaros de ese amor que existe, que importa, que duele y que, a veces, parece hablar un idioma que ni Google Translate consigue descifrar.
¿Qué pasa cuando nuestra alma gemela no entiende nuestro lenguaje?
Porque hay amores en los que dos personas se aman mucho, pero tienen una habilidad extraordinaria para hacerse daño intentando demostrárselo.
Tú intentas ayudar y la otra persona cree que la estás hundiendo. Tú quieres acercarte y ella siente que la estás invadiendo. Intentas arreglar las cosas porque tienes miedo de perderla y ella interpreta que nunca haces nada bien.
Y, mientras tanto, los dos con el corazón en la mano, mirándose como si el otro acabara de aterrizar de Marte.
¡Pero vamos a ver, criaturas! ¿No podríais sentaros un ratito, respirar y comprobar si estáis discutiendo por lo mismo, pero con distinto diccionario?
Pues no. ¡Así de cabezotas somos los seres terrenales!
Porque cuando entran en juego el miedo, las heridas y el orgullo, hasta un “¿qué te pasa?” puede convertirse en una declaración de guerra.
Y señores y señoras, ahí empieza el espectáculo.
Uno habla desde el miedo. El otro escucha desde el dolor. Uno intenta explicar sus intenciones; el otro recuerda lo que sufrió. Y al final, lo que empezó como un intento de acercamiento termina con dos personas alejándose un poquito más.
Lo más triste es que, a veces, ambos están diciendo lo mismo:
“No quiero perderte”; pero ninguno consigue escuchar al otro decirlo. Y es entonces cuando aparece esa impotencia tan puñetera que te hace preguntarte si no estarás haciéndolo todo mal.
Porque sí, queridos mortales, hay que tener el valor de reconocer que no siempre sabemos amar bien.
A veces confundimos ayudar con solucionar. Escuchar con responder. Acompañar con insistir.
Nos empeñamos tanto en demostrar que tenemos buenas intenciones que olvidamos comprobar si la otra persona está recibiendo nuestro cariño como tal. Porque, aunque nos fastidie reconocerlo, no basta con querer hacer el bien: también hay que aprender a no hacer daño mientras lo intentamos.
Pero aquí viene lo interesante.
¿Qué ocurre cuando tú llevas tanto tiempo intentando ayudar a alguien a levantarse y esa persona no consigue ver tu mano?
¿Qué ocurre cuando tú crees que estás poniendo todo tu amor y el otro solo siente presión?
¿Y qué pasa cuando, después de intentarlo una y otra vez, empiezas a quedarte sin fuerzas?
Pues que un buen día descubres algo que no te enseñaron en los cuentos de hadas: también puedes cansarte de luchar por alguien a quien quieres.
Y eso duele. Principalmente porque no quieres rendirte, porque recuerdas lo bonito, porque sabes que hay sentimientos y porque piensas que, si consiguierais entenderos, si ambos cambiarais algunas cosas, quizá todo podría ser diferente. Pero también recuerdas…
¡¡Ay!!, queridos míos, ¡qué buena memoria tiene el corazón cuando se trata de las cosas que le han dolido!
Puedes haber perdonado, puedes haber aceptado las disculpas, ver que la otra persona ha cambiado y que ahora intenta hacerlo mejor.
Pero eso no significa que dentro de ti todo haya vuelto a su sitio.
Una cosa es perdonar lo que pasó y otra muy distinta conseguir que deje de dolerme.
Las heridas emocionales no tienen fecha de caducidad ni se curan porque alguien se impaciente. No son un yogur que puedas sacar de la nevera y comprobar si todavía está en condiciones.
Necesitan tiempo.
Y, sobre todo, necesitan que dejen de abrirse.
Porque hay personas que te ponen una tirita con muchísimo cariño, pero no se dan cuenta de que siguen rozando la herida cada vez que te piden que olvides, que avances, que confíes o que vuelvas a ser quien eras antes.
Y claro, tú lo intentas… ¡Claro que lo intentas!
Pero hay una parte de ti que todavía recuerda cómo se sintió cuando las cosas no iban bien. Una parte que se pone en guardia, aunque ahora todo parezca tranquilo. Una parte que quiere creer, pero tiene miedo de volver a equivocarse. Y no, eso no significa necesariamente que no quieras. Significa que tu corazón todavía está intentando averiguar si puede bajar la guardia.
Quizá necesitabas tiempo y la otra persona tuvo demasiada prisa; quizá tú necesitabas que te escucharan y recibiste explicaciones; quizá necesitabas un abrazo y te ofrecieron soluciones y quizá necesitabas que reconocieran tu dolor y terminaste consolando a quien te lo había provocado. A veces, de tanto intentar que el otro comprendiera cómo te sentías, te olvidaste de preguntarte cómo estabas tú.
Hasta que un día te antepusiste. Y no, no te convertiste en un egoísta sin escrúpulos que se alimenta de corazones rotos y desayuna lágrimas ajenas. Simplemente empezaste a entender que tú también importabas. Que tus sentimientos no podían vivir permanentemente en la sala de espera mientras atendías las necesidades de los demás. Que poner límites no era dejar de amar, y que cuidarte no era una traición a nadie. Pero entonces ocurrió algo que quizá no esperabas: empezaste a ver tu relación de otra manera. Lo que antes tolerabas ahora te dolía. Lo que antes justificabas ahora te hacía pensar. Y aquello que tanto deseabas recuperar empezó a generarte una pregunta incómoda:
“Si ahora que he aprendido a quererme no consigo volver a quererte de la misma manera, ¿qué hago con todo este amor que todavía siento?”
¡Ayy! Esta pregunta no tiene una respuesta fácil. Porque puedes seguir queriendo a alguien y no sentirte capaz de volver a construir una relación con esa persona. Puedes echar de menos lo que vivisteis y no querer regresar a lo que sufristeis. Puedes desear que las cosas hubieran sido diferentes y, aun así, comprender que no puedes cambiar lo que ocurrió.
Y puedes tener miedo de decirle a alguien que ya no sientes lo mismo, porque sabes que tus palabras pueden romperle el corazón.
Pero ¿sabes qué, querido mortal?
A veces, por miedo a romper el corazón de alguien, terminamos rompiendo el nuestro en pedacitos para que el otro no tenga que recoger los suyos. Y eso tampoco es amor. O, al menos, no es una forma de amar en la que podamos vivir eternamente sin acabar agotados. No puedes quedarte por culpa, no puedes prometer un futuro que no sabes si deseas. No puedes obligarte a sentir lo que sentías antes. Pero tampoco tienes que tomar todas las decisiones en mitad de una tormenta emocional. A veces necesitas parar. Estar a solas contigo. Dejar de analizar cada palabra, cada gesto y cada silencio. Necesitas descubrir qué sientes cuando ya no estás pendiente de lo que siente la otra persona.
Y sí, queridos mortales.
También necesitas echar de menos.
¡Qué escándalo acabo de soltar!
En esta sociedad donde todo tiene que ser inmediato, parece que pedir espacio es una declaración de guerra. Si no contestas enseguida, hay problemas. Si necesitas estar solo, algo ocurre. Si no tienes ganas de hablar, parece que estás preparando una mudanza emocional sin avisar al propietario.
Pero siempre es así. A veces necesitamos silencio para escuchar nuestros propios pensamientos. Necesitamos distancia para distinguir el amor del miedo a perder. Y a veces necesitamos dejar de estar tan pendientes de alguien para descubrir cuánto espacio ocupamos nosotros mismos en nuestra propia vida.
Eso sí, una cosa es necesitar espacio y otra utilizar el silencio para castigar o manipular. Que vuestra hechicera Rubia tiene magia, pero tampoco pretende fundar una academia de tortura sentimental.
Hablo de respirar, de respetar, de comprender que dos personas pueden amarse y necesitar tiempos diferentes. Porque el amor no debería ser una carrera en la que uno llega a la meta y se pasa el resto del camino gritándole al otro que se dé prisa. Ni una competición para ver quién sufre más, quién cede primero o quién demuestra que quiere más. El amor debería permitirnos caminar juntos sin que ninguno tenga que dejar de ser quien es.
Y aquí llega otra verdad incómoda.
A veces creemos que estamos ayudando a la persona que amamos, pero, sin darnos cuenta, estamos apagando su luz.
Decidimos por ella porque creemos saber qué necesita. Insistimos porque pensamos que tenemos razón. Intentamos protegerla de todos los golpes de la vida, olvidando que también necesita descubrir sus propias fuerzas. Otras veces ocurre justo lo contrario: alguien nos dice que hace todo por nuestro bien, pero terminamos sintiéndonos cada vez más pequeños, más inseguros y menos nosotros mismos.
Por eso hay que mirar más allá de las intenciones.
Porque el amor no se demuestra únicamente por lo que alguien dice que quiere por ti, sino también por cómo te sientes cuando estás a su lado.
¿Puedes hablar sin miedo?
¿Puedes equivocarte sin sentir que tienes que pedir perdón por existir?
¿Puedes decir que no?
¿Puedes crecer, cambiar de opinión y descubrir nuevas partes de ti sin que la otra persona lo viva como una amenaza?
¿Puedes ser tú?
Porque, querido ser de luz, si para conservar un amor tenéis que apagar vuestra propia luz, quizá ha llegado el momento de preguntaros qué clase de oscuridad estáis intentando iluminar.
Y ahora permitidme que me ponga un poquito más seria.
Quizá el problema no sea que uno quiera y el otro no; sino que el problema sea que uno necesita reparar lo que ocurrió y el otro necesita que dejen de recordárselo. Uno necesita tiempo y el otro certezas… Y ambos se desesperan porque ninguno entiende por qué el otro no puede hacer las cosas de una manera diferente.
Pero… es que todos no amamos igual. Y, aunque aprender a comprendernos es fundamental, tampoco podemos pasarnos la vida traduciendo nuestros sentimientos a alguien que nunca intenta aprender nuestro idioma.
Hay conversaciones que pueden salvar una relación y otras que, después de muchos intentos, nos ayudan a comprender que quizá estamos pidiendo cosas que el otro no puede o no quiere ofrecernos. Reconocerlo duele. Muchísimo.
Queremos recuperar la confianza, la ilusión y las ganas. Pero no siempre podemos recuperar una relación exactamente como era. Tampoco deberíamos quererlo, porque nosotros ya no somos los mismos. Hemos aprendido, cambiado, descubierto cosas de nosotros que antes desconocíamos. Y puede que ahora necesitemos construir algo diferente. O puede que descubramos que, aunque todavía exista cariño, nuestros caminos ya no avanzan en la misma dirección. Y ninguna de las dos posibilidades convierte nuestra historia en un fracaso.
El amor también necesita responsabilidad, paciencia y libertad. Y, sobre todo, necesita dos personas dispuestas a construir. No una que levante las paredes mientras la otra decide si le gusta el color de la pintura. Porque una relación no puede sostenerse eternamente sobre los esfuerzos de una sola persona.
Y ahora, queridos mortales, os voy a dejar una pregunta de esas que mi bola de cristal no sabe responder, porque últimamente está más perdida que yo buscando las gafas cuando las llevo puestas.
¿Y si a veces no necesitamos que alguien nos quiera más, sino que aprenda a querernos de una manera que no nos haga daño?
Pensadlo.
Porque quizá ahí esté la diferencia entre sentirse amado y sentirse comprendido. Y allí está la respuesta a muchas de esas noches en las que nos preguntamos por qué, si nos amamos tanto, nos cuesta tanto estar bien juntos. A lo mejor necesitamos aprender a escucharnos. A dejar de defendernos cada vez que el otro nos cuenta cómo se siente. Entender que reconocer el dolor de alguien no significa declararnos culpables de todos sus males. Y a comprender que pedir perdón no siempre basta: a veces… Hay que demostrar, con tiempo y hechos, que algo ha cambiado. Pero también debemos aprender cuándo ya no podemos más. Sin convertir al otro en un monstruo, sin borrar los momentos bonitos y sin fingir que no nos importó. Porque puedes agradecer lo que viviste y reconocer que ya no quieres seguir viviéndolo.
Habla desde el corazón, pero escucha también el suyo. Si has hecho daño, no te escondas detrás de tus buenas intenciones. Intenta comprender el dolor que has causado.
No tengáis tanto miedo de perder a alguien que terminéis perdiéndoos a vosotros.
Porque el amor puede ser un hogar maravilloso, pero nunca debería exigirnos que desaparezcamos para que la otra persona se sienta cómoda. El amor es tener el valor de detenerse, mirar al otro con cariño y mirarse a uno mismo con honestidad. Y aceptar que, a veces, dos personas pueden quererse de verdad y, aun así, necesitar cosas diferentes. Y si alguna vez te ocurre, no te avergüences de haber amado. No te arrepientas de haberlo intentado. No conviertas los recuerdos bonitos en enemigos de tu presente. Simplemente, recuerda que tú también mereces un amor en el que puedas descansar.
Un amor donde no tengas que justificar constantemente tus heridas. Donde no tengas que gritar para que te escuchen, donde no tengas que hacerte pequeña para que el otro se sienta grande.
Un amor que no te obligue a elegir entre querer a alguien y quererte a ti.
Y si todavía estáis a tiempo de reconstruir lo vuestro, hacedlo con paciencia. Sin prisas, sin reproches eternos y sin exigir que el otro olvide lo que todavía está aprendiendo a perdonar.
Pero hacedlo los dos.
Porque el amor es cosa de dos, aunque a veces el sufrimiento parezca tener la exclusiva.
Y ahora sí, me despido, que bastante he removido hoy el caldero emocional y no quiero que mañana tengáis que llamar a los bomberos para apagar tanta reflexión.
Os dejo un abrazo enorme, un poquito de magia y una última pregunta para que os acompañe esta noche:
Si mañana dejaras de tener miedo a perder a la persona que amas, ¿seguirías eligiendo la relación que tienes hoy?
No respondas deprisa. Hay preguntas que necesitan silencio y respuestas que, cuando por fin nos atrevemos a escucharlas, nos cambian la vida.
Con todo mi cariño, mis verdades incómodas y esa pizca de locura que me mantiene a flote…
Vuestra hechicera Rubia.
Porque amar es maravilloso, queridos mortales. Pero aprender a no abandonarnos por amor… eso sí que es verdadera magia.
Descubre más desde La Hechicera Rubia
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
