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22 hábitos que cambiarán tu vida en 2026

Libros de La Hechicera Rubia

De los creadores de El 2026 viene cargado de maravillosos propósitos, La Hechicera Rubia, guardiana de los nuevos comienzos, recolectora de amaneceres, domadora de alarmas y bruja oficialmente certificada en caos humanos y transformación espiritual, te trae el artículo Los 22 hábitos que cambiarán tu vida en 2026.

El amanecer del poder personal

Querida alma luminosa,

Si estás leyendo esto, no es porque el algoritmo te haya elegido… es porque el universo hizo scroll por ti. El 2026 no llega suavecito, llega a despertarte, sacudirte y decirte “cariño, ya es hora”. Y aquí estoy yo, la Hechicera Rubia, con mi bata invisible, mi café astral y mis rituales cotidianos disfrazados de hábitos.

Recuerda esta verdad antigua: la magia no ocurre en lo extraordinario, ocurre en lo repetido con intención. 

Empezamos por la mañana, porque quien gana la mañana… bueno, ya sabes: luego presume paz todo el día… Menos los profesionales de atención al cliente, que esos se extienden en el averno de por vida, las 24 horas.

1. Despierta tempranito.

Sí, la típica frase de “A quien madruga, Dios le ayuda”. Antes de que el mundo empiece a pedirte cosas, levántate tú y di: “Hoy mando yo”. A comenzar el día con alegría… como cantaba Leticia Sabater.

2. Agua primero.

Elimina toxinas. Antes del café, antes del drama, antes de revisar mensajes: AGUA.

Tu cuerpo viene deshidratado de otras dimensiones y quiere agua para el body. Beber agua de buena mañana es supersano; te hace eliminar aquello que sobra.

3. Ducha fría.

Refuerza la fuerza de voluntad. Sí, protestarás, sííí, maldecirássss… Síííííí. Y justo ahí… te harás más fuerte. Aunque os digo un secreto, yo en invierno me baño ardiendo en mi caldero.

4. Respira profundo.

Reinicia el estrés. Inhala como si llamaras a la calma. Exhala como si soltaras a esa persona que ya no responde mensajes, o al teléfono… como si fueras Laura Pausini cantando… “Se fue, se fueee”.

5. Camina a diario.

Despeja tu mente. Caminar ordena pensamientos que sentados se vuelven telenovela. Caminar, correr, ir por el pasillo mientras cantas ese villancico que no deja descansar tu mente: “Con mi burrito sabanerooo voy camino de Belén. Con mi burrito sabanero voy camino de Belén. Si me ven, si me ven, voy camino de Belén. Si me ven, si me ven, voy camino de Belén”. Esta canción es tan pegadiza que basta con que la cante una vez y, mágicamente, todos a mi alrededor empiezan a cantarla también… Primero me siguen, luego me odian, pero ya es demasiado tarde: el hechizo de la Navidad hizo efecto.

6. Luz solar por la mañana.

Equilibra tus hormonas. El sol no solo ilumina, sino que recalibra. Pasas de parecer un vampiro a ser un alma mortal.

7. No pospongas la alarma.

Desarrolla disciplina. Cada vez que la apagas sin levantarte, un hada pierde sus alas. No seas esa persona… Cuídate y también a Campanilla.

El cuerpo como templo, la mente como aliada.

Escucha bien, criatura cósmica: tu cuerpo no es un castigo, es un templo con sistema nervioso sensible. Y tu mente… una aprendiz poderosa que necesita guía, no gritos.

8. Levantamiento de pesas.

Aumenta la confianza. Levantar cosas pesadas te recuerda que también puedes con conversaciones difíciles, situaciones conflictivas…

9. Teléfono apagado por la mañana.

Gana claridad. Si lo primero que ves nada más levantarte es la vida de otros, la tuya se quedará dormida.

10. Come proteína.

Elimina antojitos. El hambre no es siempre hambre: a veces es falta de estructura… o de huevos, muchos huevos.

11. Duerme en la oscuridad.

Aumenta la melatonina. Dormir con luces es como intentar meditar en un concierto.

12. Reduce el azúcar.

Siéntete limpio. Menos subidas y bajadas emocionales sin motivo aparente.

13. Lee 10 minutos al día.

Entrena tu enfoque. Diez minutos no te quitan tiempo, te devuelven el cerebro.

14. Siéntate erguido.

Siéntete más fuerte. La postura le dice al mundo y al alma: “Aquí estoy”.

15. Pon límites con dignidad.

Protege tu paz. Decir no también es un ritual de protección energética. 

El arte de vivir con magia cotidiana.

Aquí es donde la vida se vuelve arte. No perfecta, sino real, sentida y un poco caótica.

16. Sonríe más.

Reprograma tu cerebro. Sonreír no es negar la realidad; es recordarle quién manda.

17. Corrige tu postura al caminar.

Aumenta tu energía. Camina como si supieras un secreto (aunque sea que vas a comer algo rico).

18. Ayuna de vez en cuando.

Sana tu cuerpo. El descanso también es medicina. Incluso para el dramático sistema digestivo.

19. Come despacio.

Ayuda a la digestión. Nadie alcanza la iluminación devorando.

20. Abraza a alguien.

Eleva la oxitocina. Los abrazos sinceros arreglan más que muchos consejos.

21. Hidrátate bien.

Siéntete vivo. El agua mueve energía, emociones y decisiones.

22. Y lo más importante: Regálate para estos reyes un libro de la Hechicera Rubia. 

¿Todavía no los tienes? Qué leen mis ojosss… ¡¡¡No sabes lo que te estás perdiendo!!!

Porque hay hábitos que no se leen: se recuerdan.

Este no es un consejo, sino un embrujo suave, de esos que no fuerzan nada… pero dejan huella.

Al abordaje en el amor

No te dejes engañar por el título, alma curiosa. Aquí el amor no es un final feliz con música de fondo: es una travesía. Este libro es como subirte a un barco sin saber exactamente a qué puerto llegarás, pero con la certeza de que no volverás siendo la misma persona.

Entre sus páginas hay mares emocionales, decisiones valientes, encuentros que despiertan algo dormido y despedidas que enseñan más que muchas promesas. No habla solo de amar a otros, sino de atreverte a mirarte, de lanzarte cuando el corazón tiembla y aun así decir: ¡¡¡Vamos!!! ¡¡¡Adelante!!!

Es un libro para quienes sienten demasiado, para quienes aman con intensidad, para quienes alguna vez se preguntaron si el amor podía ser también una aventura espiritual. No te dirá qué sentir… pero te hará recordar todo lo que ya sabías.

Léelo despacio, o devóralo… Ambos caminos funcionan con… Al abordaje en el amor.

Luego, si prefieres el misterio, el suspense, también el amor… Mi segundo libro no lo leerás, te encontrará, como el ser de la película Fallen de Denzel Washington atrapaba a los mortales.

El refugio de las voces silenciadas.

Es un refugio, sí, pero no uno cómodo. Aquí viven los silencios, los misterios, las emociones no dichas que se esconden entre las paredes de un internado, esperando ser escuchadas. Y sí, también hay preguntas que nadie se atreve a formular en voz alta. Hasta que una maestra quiere ver más allá y descubrir cosas que no deberían haber sido encontradas.

Con este libro te emocionarás, porque tiene amor, tiene sombras, tiene giros suaves y otros que te miran directo a los ojos.

No hay spoilers posibles porque cada lector abre una puerta distinta. Algunos encuentran consuelo, otros revelaciones… Mientras, vas paseando por una ruta de las emociones, capítulo a capítulo.

Es una historia con capas, como la vida misma: misterio, emoción, ternura, ira, abandono, alegría y una luz que no grita, pero permanece. Ideal para noches de suspense… Ideal para noches tranquilas, para almas observadoras, para quienes saben que incluso en el silencio hay verdad.

No compres estos libros por impulso. Hazlo por reconocimiento. Si al leer esto sentiste una vibración, una curiosidad suave o un “esto es para mí, y menudo regalazo de reyes voy a tener”, entonces el embrujo ya hizo su trabajo.

Yo, la Hechicera Rubia, no obligo a nadie a leerme…

Solo dejo las puertas entreabiertas. Y quien entra… nunca sale igual.

Los libros se pueden comprar en amazon, en las librerías tradicionales bajo pedido, o me los puedes pedir a mí. Puedes dejarme un comentario si no sabes como contactar conmigo. Si me los pides a mí, te puedo poner una hermosa dedicatoria, solo para ti.

Para terminar.

Ahora, alma valiente, cierra este pergamino moderno y lleva contigo lo importante.

No necesitas cumplir los 22 hábitos a la perfección. La perfección es aburrida y no vibra alto. Lo que transforma es la intención repetida, el gesto pequeño sostenido en el tiempo, el volver a ti una y otra vez.

Habrá días luminosos y días en los que solo puedas con uno de estos hábitos… y estará bien. Porque incluso elegir uno ya es elegirte.

Que el 2026 no te encuentre corriendo, sino presente.

Que no te encuentre buscando fuera lo que siempre estuvo dentro.

Que te encuentre despertando temprano, respirando profundo, leyendo despacio y amándote sin condiciones raras. Tú vales mucho.

Yo, la Hechicera Rubia, dejo aquí este cierre de los 22 hábitos que cambiarán tu vida en 2026, como quien apaga una vela sabiendo que la llama sigue encendida en otro lugar:

Tu vida no cambia de golpe. Cambia el día que decides tratarte como magia viva.

VE. VIVE. PRÁCTICA. RÍE cuando falles.

Y recuerda, el verdadero hábito es NO ABANDONARTE.

Fin del hechizo; el resto lo haces tú.

Y esto, mi fiel lector, esto, con cariño y chispa, te lo dice…

La hechicera Rubia.

¿Por qué es esencial desconectar del móvil?

Por qué es esencial desconectar del móvil

A ver, tesoros míos: todos adoramos nuestros móviles. Son como ese amigo pesado que siempre quiere salir en todas las fotos, “los chupacámaras”… Pero también te roba la paz mental, el sueño y unas cuantas neuronas si le das demasiada confianza. La ciencia, sí, esa señora seria que siempre lleva bata blanca, ha demostrado que abusar de las pantallas, sean móviles, tabletas o el “solo voy a ver un vídeo de La isla de las tentaciones”, tiene un precio. Y no se paga en euros: se paga en atención, en calma… y en salud.

Los psiquiatras nos cuentan que, cuando los peques y adolescentes se pegan demasiado tiempo a las pantallas, pueden aparecer comportamientos más intensos que en una telenovela turca: violencia, dificultades de aprendizaje, problemas para comprender… Y todo porque esas horas de scroll sin fin afectan a una parte importante del cerebro: la corteza prefrontal, la jefa suprema de decisiones, planificación, sentido crítico y autocontrol. Vamos, la que nos impide mandar un mensaje dramático a las dos de la mañana o comprarnos una cafetera industrial sin necesitarla.

Esta zona del cerebro también es clave en la regulación emocional y la personalidad. O sea: es importante. No es un accesorio. No es como perder un pendiente; es más como perder tu GPS interno o, para las hechiceras, su magia.

Y cuidado, porque uno de cada cuatro adolescentes podría tener nomofobia, que es básicamente el miedo irracional a estar sin móvil. Sí, existe, tiene nombre oficial y todo. Tan serio es el tema que hasta hay un Día Mundial Sin Móvil: el 15 de abril. Apúntalo, o mejor no lo apuntes, al menos no en el móvil… Uy, qué contradicción. 

Pero, ¿por qué nos enganchamos tanto? Fácil: la dopamina, ese miniduende químico que vive en nuestro cerebro y que se emociona muchííísimo cada vez que alguien nos da un like, nos escribe o nos manda un meme tontísimo. Os lo dice aquí una humilde servidora, que cada vez que recibe un like en este blog es como una chispa de fiesta para mí. Y claro, si no aprendemos a gestionarlo, el móvil puede convertirse en una pequeña adicción brillante, portátil y silenciosa… como un villano elegante, estilazo Amo Luc o Thanos. 

Beneficios de reducir el uso del móvil (según la hechicera rubia, que ha quemado más de un móvil en calderos burbujeantes).

Reducir el uso del móvil no es solo cosa de sabios… también es cosa de supervivientes. Porque ya me dirás cuántas veces has tenido el corazón en un puño por si te has dejado el móvil en el baño de un centro comercial, en el coche o dentro de una bolsa de patatas fritas. Así que, por tu paz mental y la de todo un reino entero, aquí te explico por qué es tan mágico desconectar un poquito del satánico aparatito.

1. Más habilidades sociales, menos conversaciones con máquinas.

Sorprendente, pero cierto: si los niños quieren jugar con sus amigos, lo mejor es… ¡Que se vean! Nada de “te mando un emoji llorando”, no: una lagrimita real, una risa inocente y un empujoncito amistoso que no venga acompañado del mensaje “¿sigues ahí?”.

Cuando se encuentran cara a cara, desarrollan habilidades mágicas como compartir, resolver conflictos, empatizar… ¡Y hasta mirarse a los ojos sin que les dé un síncope!

2. ¡Más calidad de vida!

Al usar menos el móvil, de repente aparece algo maravilloso: tiempo.

Tiempo para la familia, para los amigos, para correr, saltar, lanzar hechizos o simplemente respirar sin notificaciones intermitentes. Y encima, mientras hacemos ejercicio, se despiertan más de 50 hormonas en plan fiesta sorpresa: serotonina, dopamina, endorfinas… ¡Todas las VIPS del buen humor! El efecto secundario: mejor salud física y mejor humor. A veces incluso en adultos gruñones, que últimamente me cruzo con muchos.

3. Subidón de productividad (y menos accidentes mágicos)

Tener el móvil cerca mientras estudias o trabajas es como tener un duendecillo hiperactivo tirándote del pelo. Distracción, distracción y más cool distracción. Rindes menos y encima te frustras… ¡Diosss, se me ha volatilizado el tiempo! ¿Qué ha sucedido? ¿Me habrá atrapado un agujero negro?

Os lo digo yo: cada vez que intento preparar un hechizo importante, si tengo el móvil cerca… ¡Termina dentro del caldero! Y os juro que no hay seguro que cubra eso.

4. Sueño más profundo (sin luces azules arruinando la noche).

Las pantallas emiten esa luz azul que engaña al cerebro y le dice: “¡Despierta, que es de día!”. Es como cuando Peter Pan y su panda de niños se sienten atraídos por la pedorra de Campanilla con sus aleteos que lanzan polvos mágicos. Espóiler: esos polvos no son como los que lanza esta humilde hechicera rubia, son de marca blanca.

Resultado: menos melatonina, más vueltas en la cama, estilazo croquetas de la abuela y un despertar digno de un troll mal peinado… o de Campanilla, que todos la conocéis con su moño perfecto, pero es para ocultar sus puntas abiertas en Fantasía. 

Desconectar ayuda a que el cuerpo active su magia natural para dormir bien.

5. Mejor salud visual (y menos ojos de búho cansado).

Según un estudio realizado este año por la Universidad Complutense de Madrid, la luz de las pantallas castiga a las neuronas de los ojos.

Para los niños, además, los oftalmólogos pediátricos avisan: un 30% de los problemas visuales vienen del uso de videojuegos y dispositivos electrónicos.

Vamos, que los ojitos necesitan descansar… ¡Y ver algo más que píxeles! A no ser que sea el ojo de Saurón, que ese está abierto las 24 horas como una farmacia de guardia… y lo ve todooo.

6. Aumento de la felicidad (sí, en serio, felicidad real y palpable).

Menos pantalla equivale a más vida.

Cuando los niños (y los mayores, ejem, ejem…) vuelven a conectar con la realidad, con cosas sencillas como jugar, pasear, hablar, reír, la ansiedad baja y la alegría sube. 

Porque compararse con vidas perfectas en redes sociales es receta garantizada para la tristeza instantánea y la frustración.

De hecho, la ansiedad y depresión juvenil han aumentado un 70% por culpa de ese espejismo. Porque en las redes sociales todo el mundo es perfecto: perfectos escritores, perfectos amigos, perfectos cocineros, perfectos brujos ancestrales, perfectos influencers, perfectos “yo jamás madrugo con cara de pingüino mareado”. Compararse con eso nos deja  el ánimo como una poción mal hecha: grumosa y decepcionante… y a veces con algún pelo rubio que se ha colado.

Así que, por favor, apaga el móvil de vez en cuando… Tu mente, tu cuerpo y tus hormonas te lo agradecerán con una reverencia digna de cuento.

7. Mejora la postura corporal.

Adiós al famoso síndrome del cuello roto, provocado por pasar horas mirando hacia abajo como si fuéramos exploradores buscando hormigas. Eso lo hacía, en mis tiempos mozos, mi amiga, la niña del exorcista, y tuvo que convertirse en buena porque su columna no era feliz.

Menos móvil equivale a una columna más contenta.

8. Aumenta la concentración. 

La multitarea tecnológica nos ha costado un precio cognitivo alto: la atención. Pero reducir pantallas permite que tu mente vuelva a enfocarse como un rayo láser… pero sin quemar nada (bueno, en teoría).

Señales de que necesitas desconectar del móvil

Durante el confinamiento pasamos más de 9 horas pegados a dispositivos digitales, según el Observatorio Social de la Caixa. 7 de cada 10 menores tienen móvil y un 34% de familias ni siquiera pone horario.

Vamos, una fiesta tecnológica sin límites… pero no de las divertidas. 

Y aquí viene la parte seria, pero necesaria: estar siempre conectados puede llevarnos a una tremenda desconexión emocional. 

La tecnología, cuando se usa compulsivamente, funciona como un hechizo anestesiante: no pensamos demasiado; el tiempo se esfuma, las emociones difíciles se esconden bajo montañas de vídeos nuevos. Empezamos a compararnos con las vidas idílicas que vemos en las redes. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, se resiente la autoestima, sube la autoexigencia y la realidad empieza a parecer… insuficiente.

Y un día, después de horas pasando vídeos entre TikTok e Instagram, dices:

¿Pero qué soy ahora? ¿Una persona? ¿Un pulgar con wifi? ¿Un filtro de Instagram hecho carne?

Tranquila o tranquilo… tiene remedio. Solo tienes que hacer lo más radical del siglo XXI: APAGAR EL P… MÓVIL, un ratico. (Ufff, me ha salido mi sentido arácnido de mami de jóvenes hechiceras).

Señales de que tenemos saturación tecnológica

1. Sentirse irritable o ansioso si no tenemos el móvil cerca.

Si cada vez que tu móvil se queda sin batería sientes una especie de temblor cósmico interior, como si te hubieran desconectado de la Fuerza, amiga, amigo… estás saturadísima. Eso no es ansiedad, es modo gremlin activado. Respira, sorbe un té. No muerdas a nadie.

2. Consultar el móvil sin motivo aparente.

Momento clásico: desbloqueas el móvil, no miras nada, lo vuelves a bloquear… y a los 20 segundos repites el ritual como si una maldición te tuviera atrapado. No, no te controla un espíritu, lo hace la dopamina. Y tu dedo ya actúa por inercia, como si tuviera vida propia. 

3. Falta de concentración en tareas sencillas.

Si fuiste a buscar una cuchara a la cocina y volviste con una pinza de la ropa, un paquete de galletas y cero cucharas… probablemente la culpa no es tuya, sino de las 87 notificaciones que te marean el cerebro. La magia de la multitarea es una ilusión: es básicamente tu mente jugándote una mala pasada.

4. Tener alteraciones del sueño.

Cuando te metes en la cama y dices “solo un vídeo más, solo un preguntados más…” y de repente los pájaros cantan, el sol sale y tú sigues ahí viendo a un señor montar una casita para su pato. Hermana o hermano, eso no es insomnio, eso es agotamiento embrujado por pantallas. 

5. Sentirse fatigados mentalmente de manera constante.

Esa sensación de “no me da la ida”, “estoy quemada”, “tengo el cerebro como puré de calabaza”… no siempre se arregla con café (aunque yo lo intento, siempre). A veces necesitas apagar la pantalla… y encender las neuronas.

6. No disfrutar de momentos sin dispositivo.

Si estás en un atardecer precioso y lo único que piensas es: «¿Por qué el sol no se pone un poco más a la derecha para que quede mejor en la foto?», amiga… te has ido. Te nos has perdido en el bosque digital. Ven, coge mi mano, regresa al mundo real… Ven hacia la luz. 

7. Postergar responsabilidades por estar conectados.

La clásica frase: “En cinco minutos lo hago”. Tres horas después: sigues viendo vídeos de un hámster comiéndose una zanahoria como si fuera lo más importante del mundo. Y tu pila de tareas te observa desde la esquina como un chihuahua hambriento. 

8. Sentirse desconectado de uno mismo y de los demás.

Esta es la paradoja definitiva: cuanto más conectados estamos al móvil, más desconectados nos sentimos de nosotros mismos. Si necesitas poner música para no pensar, vídeos para no sentir y notificaciones para no aburrirte… puede que lo que te falte no sea contenido, sino silencio. Pero silencio del mágico, del bueno. 

Antes de que el móvil nos adopte como mascota emocional, y no al revés, conviene que tomemos las riendas del asunto. No hace falta dramatizar: no vamos a tener que exorcizar el teléfono ni enterrarlo bajo una luna llena (aunque es tentador… ¿Eh?). Basta con pequeños encantamientos diarios, pequeños gestos que, si se repiten, transforman más que la mejor de mis pociones rosadas.

Aquí van mis conjuros modernos para desengancharse sin sufrir migrañas lobunas:

1. Escoge un día o un ratico sagrado sin pantallas.

Puede ser el domingo por la mañana, que hasta Dios, nuestro Señor, descansó; o los 15 minutos después de despertar. Un micro retiro espiritual sin wifi. Tu cerebro hace reverencias cuando lo pruebas. 

2. Desactiva notificaciones innecesarias.

Si cada ding te hace saltar como si te hubieran lanzado un hechizo sorpresa, es hora de silenciar o bloquear. Quien necesite algo de verdad… llamará, y si no llama, pues mejor.

3. Establece un momento del día para revisar redes. 

Y por favor, que no sea mientras estás con gente. Nada rompe más la magia que hablar con alguien que mira su pantalla como si fuera un oráculo que le debe una profecía.

4. Equilibra lo digital con lo humano.

Un mensajito está bien, pero un paseo con alguien que exista en 3D es más restaurador que cualquier filtro. Reparte tu energía entre el mundo online… y el que huele, respira y te hace reír de verdad.

5. Recupera placeres analógicos.

Leer con las manos, escribir con letra torcida, caminar sin destino, conversar sin prisas, jugar con amigos, crear cosas absurdas, cocinar algo que huela a hogar… Son como vitaminas para el alma que no vienen en formato notificación. 

6. Recuerda que desconectar no es perder algo, sino recuperarte a ti.

Tu atención, tu calma, tus ideas, tu humor, tu creatividad: todo eso está del lado de la creatividad, todo eso está del otro lado de la pantalla esperando que le abras la puerta.

Y todo esto te lo dice, con cariño, chispa y una pizca de purpurina. 

Tú siempre, querida… la Hechicera Rubia.

El perfeccionismo.

El perfeccionismo

Dicen que las brujas antiguas controlaban los elementos. Que con una palabra movían el viento y con una mirada hacían florecer las rosas y las amapolas. Nosotr@s, l@s perfeccionist@s modern@s, también intentamos controlar los elementos… pero nuestro perfeccionismo ahora son otros: medidas al milímetro, las expectativas que cargamos sobre los hombros, y tantas cosas más… Solo que nuestro conjuro no nace de la magia: nace del miedo.

Durante años, creí que ser perfeccionista era una virtud. Que la vida se ordenaría si yo la manejaba con precisión quirúrgica, que la calma aparecería si todo encajaba perfectamente, si no había errores, si no se escapaba nada del guion.

Pero el tiempo —ese sabio que te pone delante los espejos correctos— me enseñó algo distinto: quería controlar fuera lo que no sabía calmar por dentro.

Mi mente quería exactitud porque mi alma tenía miedo del caos. Mi cuerpo pedía control cuando lo que necesitaba era contención. 

El origen del hechizo del perfeccionismo.

El perfeccionismo no aparece de la nada como una flor espontánea. Es más bien una herencia invisible, un hechizo que aprendemos observando, escuchando e intentando sobrevivir.

A veces empieza en la infancia, cuando aprendemos que el amor no es incondicional siempre. Cuando alguien —sin mala intención— nos enseña que “si lo haces bien, te quiero más”, o que “si te equivocas, mejor cállate”. Y así, el pequeño mago o la pequeña hechicera que fuimos desarrolla su primer conjuro: “Si soy perfecto o perfecta, estaré a salvo. En lo alto de la torre”.

El perfeccionismo es, en el fondo, una estrategia de amor mal entendida. Una manera de intentar garantizar cariño, reconocimiento o seguridad. De pequeños, esa estrategia nos salvó; de adultos, muchas veces nos pesa. 

Hay también un componente cultural. Vivimos en un mundo que aplaude el resultado, no el proceso; que glorifica la productividad, no la presencia; que prefiere la foto filtrada a la realidad sin maquillaje, y en medio de ese ruido, una parte nuestra sigue susurrandoooo…

“Sé impecable, no falles, no muestres la grieta”.

Pero la grieta, queridos, es por donde entra la luz.

El espejismo del control.

El perfeccionismo promete protección. Susurra que si haces todo impecable, nadie podrá reprocharte nada, y te convence de que la perfección es sinónimo de valor… pero, en realidad, es un trato desigual: tú entregas tu paz y a cambio recibes una ilusión de control.

Te hace mirar constantemente lo que falta, lo que podría mejorarse, lo que aún no está “a la altura”. Y sin darte cuenta, te conviertes en la guardiana de lo imposible. Te roba el descanso, te vuelve rígida/o contigo misma/o y, sobre todo, te separa del placer de vivir. 

He conocido a muchas mujeres y hombres que han construido carreras brillantes, hogares preciosos, rutinas brillantes… pero que viven en un leve temblor constante. Esa vibración del “nunca es suficiente”. Como si dentro hubiera una voz diminuta que repite: “Si aflojas, todo se derrumbará”. Pero lo que no nos cuentan es que el control externo no cura el desorden interno. Puedes tener la casa reluciente y el alma enredada. Puedes tener el cuerpo perfecto y el corazón cansado. 

El perfeccionismo es un espejo: refleja todo lo que tememos no ser.

Por eso voy a tratar de nuevo mi tema preferido…

El arte de soltar, sin perder la magia.

Soltar el perfeccionismo no significa volverte descuidada, ni mediocre, ni indiferente. Significa dejar de exigir lo imposible. Significa permitirte ser humana, viva, cambiante, imperfecta… y maravillosa igualmente.

Nos exigimos ser buenas y buenos, si puede ser los mejores en nuestro trabajo: ventas, tiempo de gestión rápido, calidad en atención al cliente, innovadores en las nuevas tecnologías, cobrar más incentivos, excelentes profesionales; además, ser buenas amas de casa y padres excelentes; buenos cocineros, limpieza, higiene, además de estar siempre perfectos en cuanto a nuestra imagen; ser buen estudiante, sacar buenas notas; ser buena pareja; ser un buen amigo; ser buen hijo… y un largo etcétera… ¡Son tantas cosas! ¡Qué locura es esta!… Que cuando no llegamos a todo, nos provoca ansiedad, tristeza o depresión. 

¡Pues no! ¡Basta ya!

La hechicera Rubia con su varita mágica te dice que empieces por observar tus propios conjuros.

Cuando sientas la urgencia de que todo salga perfecto, detente un segundo. Respira y pregúntate:

¿Qué estoy intentando controlar?

¿Qué miedo está escondido detrás de esta exigencia?

A veces descubrirás que lo que buscas no es perfección, sino seguridad, amor o simplemente la sensación de que todo está bien, aunque no lo parezca. 

Practica la ternura contigo: quiérete y mímate. Habla con esa parte exigente como si fuera una niña asustada que necesita calma. 

“Gracias por cuidarme todo este tiempo, pero ya no necesito protegerme con el control”.

Permíteme hacer cosas “suficientemente bien” y ser malota o bichito… Deja una palabra fuera de lugar, un comentario que, aunque duela, sea real, una arruga sin planchar, no dejar preparada la cena, un lápiz de labios sin pintar, un plan sin cerrar, que se te olvide comprar el pan de cada día, dejar los aseos sin limpiar, saltarse la dieta, que tu perro se orine en el pasillo porque no has tenido tiempo de bajarlo porque vas liad@… Atrévete a ser muy loquita o un alma tarumba… y…

Observa qué pasa cuando no lo corriges. 

Te sorprenderá descubrir que el mundo no se derrumba y que tú, en cambio, te aligeras. ¡Que sí! ¡Que no va a pasar nada por no llegar a todo!

La alquimia interior.

El perfeccionismo es, en realidad, una forma de energía. Y toda energía puede transmutarse. Cuando lo reconoces, puedes convertir esa exigencia en fuerza creadora. Porque detrás de toda perfeccionista hay una mente brillante, una mirada detallista, un alma que anhela belleza y armonía. Solo hay que cambiar la dirección de la mirada: del miedo al amor. 

Ya no se trata de “tengo que hacerlo bien”, sino de “quiero hacerlo con verdad”. No de “no puedo fallar”, sino de “puedo aprender”. No de “debo demostrar”, sino de “elijo disfrutar”.

Eso es alquimia emocional: Transformar el control en confianza y el miedo en curiosidad y aprendizaje. Es convertir la exigencia en expresión.

Hoy os quiero regalar un microrrelato muy chic para vosotros, mis lectores…

“La grieta dorada”

Había una vez una hechicera rubia que intentaba crear el hechizo más perfecto del mundo entero. Cada noche mezclaba estrellas, lágrimas de hadas del bosque y un poco de polvo de luna… pero extraído de la cara oculta. (Secreto profesional mío: allí se esconden sustancias de propiedades únicas; no se lo contéis al Amo Luc, que querrá colonizar ese lugar virgen que solo vosotros y yo conocemos).

Pero justo cuando creía tenerlo todo listo, siempre encontraba algo que corregir: una sílaba mal dicha, una chispa fuera de lugar, una nota que sonaba demasiado humana.

Así pasaron las lunas y la hechicera rubia se fue agotando, hasta que una noche exhaló un suspiro tan profundo que el frasco del conjuro se le resbaló de las manos y se rompió en mil pedazos. Y de repente…

EL SUELO SE LLENÓ DE LUZ.

La magia se escapó, libre, bailando entre las grietas del cristal.

Entonces entendió:

Lo perfecto no era el hechizo intacto, sino la luz que se filtraba a través de su ruptura.

Y por primera vez sonrió, pero esta vez sin miedo a que algo quedara torcido.

Reflexión final sobre el perfeccionismo.

Quizá el verdadero perfeccionismo no sea hacerlo todo perfecto, sino mirarte con compasión incluso cuando no puedes más. Aceptar que el caos, el error y la vulnerabilidad también son formas de belleza. 

Hay una perfección secreta en lo imperfecto, una danza que solo se revela cuando dejas de corregir los pasos. Así que la próxima vez que tu mente te diga “hazlo perfecto”, enciende una vela, respira y contesta:

No soy un robot, no necesito controlar el mundo para estar en paz. La paz empieza dentro”.

Y entonces, sentirás cómo se disuelve el hechizo. La perfeccionista se transforma en alquimista. La mujer o el hombre que buscaba control encuentra conexión.

Y tú, alma linda, brillarás de verdad; no porque todo esté en orden, sino porque, al fin, has aprendido a amar tu propio desorden sagrado. En la imperfección está escondida la perfección más pura, la que no busca brillar, pero ilumina igual. Porque la vida no se trata de borrar las grietas, sino de dejar que por ellas se cuele tu luz. 

Y esto te lo dice, con polvo de estrellas y verdad en la voz. 

Tú siempre amiga. 

La Hechicera Rubia 

Los círculos hambrientos del alma. Parte III.

Los círculos hambrientos del alma, parte III

Samuel salió del trance flotando en posición fetal, como el niño de 2001: Una odisea del espacio, buscando su virilidad, intentando recordar que alguna vez tuvo cuerpo. Empezó a tomar forma con el recuerdo de lo que fue antes del terrible suceso, como habían hecho las demás chispas, como si la memoria misma tejiera su cuerpo con hilos de luz temblorosa. Estaba en un gimnasio, en una cama enorme. En la otra, entre pétalos de rosa que apestaban a formol, estaba Lucía. “Ella también está aquí”. Intentó decirle algo, pero no le salieron las palabras. Igual es que cuesta un poco habituarse a estar muerto.

Capítulo III: Juntos, café para dos, amor en buena compañía.

Ella había llegado antes a otro lugar. Deambulaba confundida por una tienda de ropa con pasillos que se alargaban como intestinos. Habría asegurado que era El Corte Inglés, pero sus ojos aún no se habían aclimatado. Un dependiente la cubrió con una gran gabardina. Era de un tacto suave. La notó en toda la piel.

—No puede ir desnuda en esta tienda, señorita, acompáñeme, rápido —dijo, arrastrándola a los vestuarios—. Espere aquí, por favor, le traeré ropa conveniente. Mejor que no la vean, no parece tener con qué pagar.

Ella se observó en el espejo. Estaba majestuosa. La luz parpadeó unos instantes.

El reflejo del espejo le devolvió ahora una anciana marchita, con los ojos como pozos abandonados a su suerte en los que la gente echaba su basura. Su cabello parecía el nido deshabitado y desaliñado de una cigüeña muerta. Se asustó. Retrocedió, pero su reflejo no.

La luz se apagó y encendió de nuevo, como un latido. El lugar pestañeaba.

El reflejo volvía a ser el suyo.

El chico regresó, cerrando la puerta tras de sí, con la ropa. Todo parecía encajar a la perfección en su cuerpo, demasiado bien.

Ella lo provocaba mientras se probaba las prendas; dominaba el arte de la seducción. En vida había disfrutado de muchos amantes y siempre le habían tentado los hombres de piel oscura. Él, en cambio, estaba adorable intentando ocultar lo evidente, pero sus ojos lo traicionaban.

—¿Puedo quedarme la gabardina? Me gusta más que esta chaqueta —dijo ella, mientras intentaba quitársela sin éxito.

—Claro, te ayudo —respondió poniéndose manos a la obra. La cremallera no cedía, se revolvía como si tuviese vida. Finalmente, le sacó la ropa sobre la cabeza. La cremallera siseó como una serpiente y se marchó reptando bajo la puerta, dejando un rastro húmedo sobre el suelo, donde cayó entonces la chaqueta.

La proximidad y, quizás, el agradecimiento de ella quisieron que hicieran el amor salvajemente en el probador. Intenso y breve, no hubiese esperado otra cosa de un encuentro así, solo que parecía que con cada embiste perdiese algo de vida, que la consumiese por dentro.

Cuando intentó vestirse de nuevo, vio en el espejo otra vez a la anciana.

Era ella. Tenía la piel con arrugas que recorrían todo su cuerpo como viejas cordilleras castigadas por el tiempo, bolsas en los ojos del color de la fosa de las Marianas, patas de gallo que parecían de avestruces australianos, canas blancas secas como depósitos cálcicos del jurásico…

Se vistió rápido, asustada. No quería que la viesen así. No quería verse así. “¿Cómo era antes?”.

El chico había desaparecido. Tenía que salir de allí. No entendía qué había pasado. Cómo podía haber hecho algo así.

Afuera encontró una sala con dos camas enormes. Parecía un gimnasio. “Pero… estaba en una tienda…”, pensó. Las camas parecían acercarse y alejarse. El suelo no se sentía sólido, era blando y tibio, como si la tarima en sí respirara. Se acercó a una de las camas, cubierta de pétalos rojos. El aire olía a flores de tanatorio y polvo de hierro, como si alguien pretendiera soldar las flores a la muerte.

En la otra cama estaba Samuel. “¿Qué hace él aquí?”. Se sentó en la cama, cabizbaja, aprovechando que él no se había dado cuenta. Un policía se acercó y le puso unas esposas. Seguramente la habían oído, pero no podía decir nada, tenía a su marido a unos metros.

Se volvió hacia él. “¿Qué hacemos aquí los dos? ¿Qué es este lugar? Él no parece viejo”. Se miró bajo la falda. Ya no estaba arrugada. Volvía a ser ella, solo que con más miedo. Siempre había temido la decadencia. Y ser invisible.

Al chico se acercaron dos gemelas en bikini, de senos turgentes, inquietantes, demasiado iguales, hasta pestañeaban a la vez. Una de ellas le tocó el hombro. Él se sobresaltó. Una se sentó en la cama, y la otra sobre sus piernas. Cuanto más se las intentaba quitar de encima, más jugaban ellas con él.

Lucía no sabía qué pensar. Ella misma acababa de hacerlo. Y encima, estaba detenida. Frente a ella, una docena de hombres con batas blancas la observaban ahora. “Deben ser médicos, pero, ¿por qué no parpadean?”.

Llegó otro hombre. Oscuro. Tenebroso.

—¿Qué es este lugar? ¿Puedo ir con mi marido? Tengo mucho miedo —le preguntó.

—No tengas miedo. El miedo es peligroso aquí —dijo él, con una voz profunda, una melodía hipnótica que le provocó un escalofrío que recorrió toda su columna vertebral.

El jaleo que armaban las gemelas con Samuel la hizo girarse un instante. Jugaban con él. El chico ya no se resistía. Participaba activamente.

—Te conozco. Solo hay una persona que me provoque ese repelús. Tú eres… —empezó a decir, mientras se volvía de nuevo, pero él había desaparecido. Tan siniestro como tranquilo, tan reconfortante como espeluznante; tal como vino, se fue.

El policía le soltó las esposas y le sujetó las manos sobre la cabeza, tumbándola en la cama. La gabardina se abrió completamente y uno de los hombres empezó a hacerle un masaje. Ella quiso decir no, pero la excitación que le provocó no dejó que su boca emitiese ningún sonido.

Cerró los ojos. Sentía como decenas de manos masajeaban cada rincón de su cuerpo. De vez en cuando le daban la vuelta, como a las tortillas, como si levitara, y seguían masajeándola. Si la estaban cocinando, ella disfrutaba de cada incisión que el cuchillo de la lujuria sajaba en el banquete de su propia desintegración.

—Samuel —dijo, lamentándose, pero nadie contestó—. Se giró hacia la otra cama. Samuel no iba a decir nada. Las chicas no habían perdido el tiempo. “Mejor, yo no sé cómo escapar de aquí”.

Las chicas estaban haciendo el amor con él. Jugaban con él, lo pasaban bien. Samuel sentía como disfrutaban, como acariciaban su cuerpo, su cara, haciéndolo sentir deseable. 

—Siempre serás suficiente para nosotras, eres el mejor —creyó escuchar.

Lucía se dejaba hacer. Como expertos cartógrafos, esas manos hábiles eran capaces de encontrar cada punto sensible del territorio de su piel y activarlo, haciéndola suspirar y gemir. Al final no pudo resistirlo más y también hizo el amor con uno de ellos, después con otro, ruidosamente. No sabía cómo parar. No quería parar.

—Conmigo nunca ha sido tan fogosa —dijo Samuel—. Aquí hay algo que no está bien.

Samuel no estaba bien.

Su sexo perdió su firmeza. Las chicas intentaban animarlo, sin éxito. Perdieron interés en él. Ignorándole, tumbadas en la cama, jugaban sensualmente con sus cuerpos.

De pronto, una mujer rubia, delgada, alta, con unas piernas interminables y una carita de ángel celestial le cogió de la mano. Tenía una voz tan dulce que habría sido capaz de convencer al mismísimo cancerbero del infierno de que le dejara marcharse, si así lo hubiese querido. No era el caso; prefería consumir almas.

—Aquí, todo es más intenso, cielo, ven conmigo —dijo, y lo sentó en una silla que había entre las camas. Empezó a besarle, a seducirle, y le devolvió el ánimo necesario para hacerle el amor.

Ella los veía, los tenía al lado, sabía que la excitación lo había traído de vuelta. Cuando a él se le metía en la cabeza el miedo de ser insuficiente, ella misma nunca había conseguido recuperarle. “Aquí hay algo que no está bien”, pensó.

Lucía no estaba bien.

Yacía triste sobre su lado izquierdo. De su boca caía un hilo de sangre. Se dio cuenta y se tocó con los dedos, para descubrir un diente caído. Tosió. De su boca brotaron pétalos de rosa empapados en sangre negra, marchitos como si hubieran florecido dentro de un cadáver. “No, no, no… otra vez no”. 

Pero era tarde. Las piernas se habían encanijado hasta volverse ramas secas que apenas sostenían la carne. La piel pálida formaba arrugas en jirones de arriba abajo. El pelo se tornaba blanco, los pechos se caían flácidos, la barriga distendida mostraba las inclemencias del tiempo y la vejez.

Samuel estaba como ella. Escuálido, blandengue, demacrado, viejo, ya no era suficiente.

Todo el mundo se apartaba de ellos con cara de asco.

—Huelen a viejo —dijo alguien, mientras todos se marchaban apresuradamente.

Parecían dos judíos recién liberados de algún campo de concentración en la Segunda Guerra Mundial. Ella se acercó a una pared con un espejo. Samuel fue tras ella.

En el espejo encontraron dos viejos tristes, débiles, acabados.

Detrás de ellos, unos operarios despejaban y limpiaban el suelo con haraganes. Dos equipos de baloncesto se preparaban para competir y el público llenaba las gradas. No hacía falta que se taparan; la gente, sencillamente, ni los veía.

Samuel tenía ante sí a una Lucía que se rompería en sus brazos, al tiempo que se le clavaba como un puñal su propia impotencia. Lucía enfrentaba un Samuel muerto, valga la redundancia. Los dos se repelían mutuamente.

Súbitamente, él cogió su mano; no podía soportar el dolor de verla así. Y ella cambió. Volvía a ser como antes. No con la exuberancia reciente, solo ella, nada más. Samuel también.

—No mires los espejos, vámonos. Todo es horrible, pero al menos estamos juntos —dijo, llevándosela de allí, mientras los reflejos mostraban dos ancianos alejarse en silencio.


El Amo Luc las observó desde la distancia. Cuatro almas suspendidas, cada una atrapada en su propio eco. Mateo aún se lamía las sombras del hambre. Isabela buscaba algo de valor que poseer. Samuel y Lucía retorcían deseo y miedo entre carne y ceniza. Todos eran fragmentos rotos de una misma explosión: el suceso.

Capítulo IV: No hay ningún infierno, solo el que traigas dentro.

Lucifer avanzó despacio, sin emitir ruido alguno. A su paso, el vacío parecía reconocerle. La nada, incluso, se inclinaba ante él. Había esperado demasiado; no por obligación, sino por afecto. Por diferentes motivos, había compartido con ellos vida, trabajo, ilusiones y tiempo. Tiempo… al final, solo el tiempo dedicado indica cuánto amor hubo entre las personas. 

Esa tarde iba con Isabela a una feria de inversionistas. Iban a lanzar una nueva criptomoneda, SoulCoin. Se reían mucho con bromas sobre los eslóganes: “Invierte en lo eterno”, “El activo más puro del mercado”, “Tu token más profundo”. Estaban muy ilusionados.

Luc, siempre que podía, enchufaba a Mateo. Sabía que tenía muchos gastos y le venían bien estos trabajos. Mateo cortaría el jamón ibérico en el stand. También iban sus amigos Samuel y Lucía, de invitados. No era solo que le cuidaran el gato cuando se iba de vacaciones. El gato estaba tan a gusto con ellos que después de cada viaje no quería volver con él.

Así había comenzado todo.

—Curioso —dijo Luc, más para sí que para ellos—. Una pequeña explosión y toda la eternidad para extinguirla.

Las almas comenzaron a moverse, atraídas hacia su voz. Eran volutas de niebla consciente, cada vez más tenues, apenas sostenidas por el recuerdo.

—¿Qué lugar es este? ¿Por qué no acaba? —preguntó Mateo con hastío.

Luc sonrió.

—No acaba porque no existe. Nada de esto existe. Ni el dolor ni el placer. Todo lo que hayáis visto y experimentado lo habéis creado vosotros. Cada cual ha encendido su propio horno, fundido su oro o desnudado su alma. Haced un esfuerzo por recordar, estamos aún en la feria.

—¿Estamos muertos? —se interesó Samuel.

—Sí. Algunas cosas no se pueden cambiar. Sin embargo, no sufras. Todo tiene solución.

Isabela temblaba.

—Entonces… ¿Esto no es el infierno?

—No, Isabela. No hay ningún infierno. Solo el que traigas dentro.

Un silencio reverente siguió a sus palabras. Samuel y Lucía se miraron, todavía asidos de la mano, todavía intentando creerse vivos.

—¿Y tú? —preguntó Lucía, con la voz quebrada—. ¿Eres Lucifer, verdad?

Luc bajó la cabeza. Su sombra se estiró sobre el vacío como un río oscuro.

—Ya me reconociste antes. Tu alma es la más sensible.

Cuando la explosión se tragó el edificio, os traje aquí. Me ocupé de encontraros. Muchas almas se autodestruyen sin control cuando la gente muere.

Las chispas se estremecieron. Mateo quiso acercarse, pero su cuerpo ya no respondía. De hecho, no tenía cuerpo. El Amo Luc continuó.

—He venido a evitar que desaparezcáis por completo. Cuando un alma se consume, desaparece. No hay castigo ni gloria, solo el olvido. No hay juicio final.

—¿Entonces por qué desaparecemos? —intervino Samuel.

—El miedo que aparece cuando disfrutáis de vuestros pecados es lo que os consume. La educación os ha enseñado lo que está mal. En el preciso instante en que la intuición o conciencia os enseña lo malos que sois, es el momento en que se hacen superlativos vuestros miedos y os devoran.

—¿Y qué podemos hacer? —dijo Mateo, más calmado.

—Tenéis que dejar de tener miedo. Aquí no hay pecados, no hay cosas buenas ni malas, no hay nada. En cuanto soltéis esa carga, podréis renacer en alguien nuevo. Yo… quiero ver en qué os convertís.

—¿Aunque seamos peores? —preguntó Isabela, con una ternura que no había mostrado antes en su carácter.

—Especialmente si sois peores. Lo malo también enseña a la existencia a reconocerse. El equilibrio necesita ambas cosas. Yo no juzgo, solo observo. Tú ya estás evolucionando a otra cosa —respondió Luc sin dudar, mientras del banco del valor universal solo quedaba un polvo difuso.

Mateo vio su restaurante convertirse en humo; el gimnasio de Samuel y los pétalos de Lucía se fundieron a negro como una canción que se termina. Estaban comprendiendo. Suspendidos junto a Luc, flotando, desnudos, pero sin que importara, solo cuatro luces brillando, ahora de nuevo con fuerza, listas para un nuevo comienzo.

Él levantó las manos y las reunió en su pecho. Las cuatro luces se acercaron. En su interior ardía una claridad cálida, sin juicio. Una promesa. Energía pura e incondicional.

—Id —susurró—. Que vuestras luces encuentren nuevos ojos y oídos. No recordarán, pero yo sí. Y cuando vuelva a veros, quizás me reconozcáis también. Sabed que os cuidaré en el albor de vuestro nuevo génesis.

El vacío vibró. Las chispas se elevaron como luciérnagas en un campo sin nombre… y desaparecieron en una segunda explosión que las llevó lejos. Cuando el último destello estaba demasiado lejano para apreciar su luz, el Amo Luc quedó solo, contemplando el residuo de lo que había amado, con una lágrima por lo que termina y una sonrisa por lo que comienza.

—El día que aprendan a curar bien las cicatrices, no se acordarán más del infierno —murmuró. Se dio media vuelta y comenzó a caminar. El vacío se cerró detrás de él, como el telón que cae tras la última función.

Los círculos hambrientos del alma. Parte II.

Los círculos hambrientos del alma, parte II

Isabela se encontró en una sala blanca, sin puertas, llena de destellos dorados que parecían flotar en el aire: reflejos del oro puro que lo cubría todo. Se dio cuenta enseguida. La avaricia la había convertido en algo parecido a Tío Gilito. Incluso tenía una piscina de oro en su cámara acorazada, replicando aquella idea ingenua de Walt Disney de nadar en el precioso metal, aunque la suya estaba llena de pepitas en lugar de monedas. No pudo nadar allí. Como ella misma explicaba, siempre con la mirada baja, el oro es demasiado denso:
—Sencillamente, ni siquiera te hundes —creyó decir, recordando mientras sonreía a media asta.

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Capítulo II: El Banco del Valor Universal

El recuerdo se disolvió al instante. Estaba en una cámara acorazada, sí, pero no la suya. Aquí sí había monedas. Monedas de oro puro. Cogió una. Tenía una cara dibujada, con los ojos cerrados. Parecía una cara conocida, pero la memoria le fallaba.

Agarró un puñado: todas eran distintas caras. Todas le resultaban familiares. Todas con los ojos cerrados. De repente, una moneda abrió los ojos y dijo:

—Tú no vales nada.

Las demás comenzaron a abrir los ojos y a gritar:

—¡Me lo quitaste todo! Ahora no vales nada.
—Todo lo querías y nada tienes.
—No vales nada.

Asustada, las dejó caer. Los gritos seguían.

—No vales nada.
—Tú no vales nada.
—Isabela, no vales nada.

Miles de monedas, millones, gritando, saltando, con caras que sobresalían del metal. Isabela gritó. Gritó tanto como pudo.

Sus lamentos se mezclaban con los de las monedas, que parecían ahogarse. El oro se estaba derritiendo; cuanto más chillaban, más se deshacían. Pronto, el líquido dorado comenzó a cubrirlo todo.

Buscó algo a lo que asirse, pero no había nada que no fuese de oro. Se subió a una estatua dorada de Buda que aún estaba bastante entera. La estatua empezó a gritar:

—No vales nada, Isabela.

La estatua abrió las manos, haciendo que la chica cayera de espaldas a la piscina. La estatua también se desequilibró, con su base ya fundida, mientras gritaba:

—Nada aquí, Isabela. No vales nada. Aquí sí te hundes. Nada.

Pero no podía nadar; el oro ya la cubría casi por completo. Empujándose con lo que encontraba bajo sus pies, pedía ayuda a gritos. Cada vez más débil, escupía oro con cada aliento.

De repente, una puerta se abrió.

—Isabela, la estaba esperando. Espero que nuestras reservas no le hayan provocado ningún malestar. A veces son un poco traviesas —dijo un hombre alto, oscuro, como una sombra, mirándola desde lo que parecía ser la salida, en lo alto de la cámara, con una voz que parecía salir del mismo infierno.

—Yo… iba a morir ahogada por el oro…

—Eso no puede pasar —respondió aquel ser extraño con una sonrisa afable—. Aquí nadie está vivo. Venga por aquí, hay una escalera.

Las monedas volvían a ser monedas. En un lado tenían una cara con los ojos cerrados. Le dio la vuelta a una: la otra cara no tenía nada, ni siquiera un valor grabado. Con esfuerzo se subió por encima del montón que la cubría y se dirigió a la escalera.

—Bienvenida, señora Isabela. Su cuenta ha sido transferida —dijo con voz solemne—, conforme a sus deseos.

Isabela frunció el ceño.

—¿Transferida? ¿A dónde? ¿Le conozco? Su voz…

—Al lugar donde el valor nunca muere.

—¿Mi oro es lo que había en la cámara? —preguntó—. Tuve miedo… pensé que desaparecería sin más, sin que nadie supiese siquiera que estaba ahí.

—Tenga cuidado. Los miedos son peligrosos aquí. No hay nada que los detenga.

Sobre el mostrador apareció un contrato. Era enorme, de un papel que parecía piel humana, con letras que se movían como si latieran, como larvas que conocen su destino recogidas en un nido de pájaros antes de ser devoradas.

Su nombre aparecía en lo alto, escrito con una tinta negra que se le antojó extraña. Las cifras eran colosales: trillones, cuatrillones, inimaginables. Sintió un escalofrío de placer.

—Firme, por favor. Aquí será usted la jefa del Banco del Valor Universal.

Firmó, y mientras lo hacía sintió cómo algo la tasaba desde dentro, como si una fuerza estuviera calculando el precio exacto de su alma: un valor más en un mercado fluctuante.

El contrato absorbió la rúbrica en todas sus hojas, como si dejara de ser un ente inanimado. Las páginas se movían frenéticamente mientras gritaban “Isabela”. Algunas comenzaron a pegársele a la piel, cobrando vida. Las letras se le introducían bajo la dermis como lombrices calientes. Todo el contrato era una infección que se extendía como una marabunta, tatuando cada cláusula en su cuerpo. Cuando levantó la mirada, estaba sola. Joven, poderosa, sola. Y bella —desde su punto de vista—. Ella era el contrato.

En la mesa que presidía el entorno, la placa de nomenclatura tenía su nombre. Una placa hermosa, con letras grabadas en mármol negro y recubiertas de oro puro.

Una fila de personas vestidas de gris aguardaba ante ella. Parecían figuras de un museo, de distintas civilizaciones. Hablaban entre ellas, pero no avanzaban hacia su mesa. La ignoraban. Le pidió al primero que se acercara, pero no pareció escucharla.

—Soy Isabela, la jefa —gritó a los maniquíes de cera—. ¡Lo que tengáis que hacer aquí, ya me lo estáis diciendo!

Las figuras, antes inmóviles, empezaron a preguntarse entre ellas:

—¿Quién es Isabela?
—¿Isabela? No es nadie. ¿Qué hizo que debamos recordar?
—La gente viene y va. Será la chica de la limpieza.

Ella empezó a zarandearlas.

—¡Soy la directora! ¿Me oís?

Pero nadie la escuchaba. Las figuras se tornaban cenizas al agitarlas. Y tenían razón. ¿Qué había hecho ella que la hiciera memorable?

Ahora solo quedaban vacío y silencio.

No un silencio cómodo. No, no, ese tipo de silencio no.

Era el silencio del monumento que nadie visita, salvo las palomas que lo usan de retrete. El de las oficinas quemadas, donde la fotocopiadora imprimió su última página años atrás. El que atraviesa los huesos, pero se queda acongojando el corazón, sin esperanzas de cambio.

“Por lo menos tengo un contrato”, pensó. “Soy el contrato, de hecho”.

Se miró las manos. Ya no estaban los tatuajes. Se acercó a las paredes cubiertas de espejos. Cada espejo la reflejaba de una forma. En algunos se veía hermosa, radiante; en otros, vieja y marchita, con los ojos hundidos y las manos temblorosas.

Pero no se veía ni una letra. Su piel estaba limpia. Se arrancó la ropa. Entonces vio cómo los tatuajes del contrato se movían bajo la piel, como larvas buscando salir.

Una subió por su cuello y se abrió paso hasta la boca, gritando:

—Los intereses de demora abusivos no están sujetos a verificación por terceros.

Y salió en una bocanada de sangre del color del oro puro que empañó la superficie del espejo, deslizándose hacia el suelo hasta transformarse en algo más oscuro.

Todos encontraban un agujero por el que salir de su cuerpo. Al final, solo quedó un charco de sangre bajo sus pies, creciendo: sangre negra, oxidada, corrompida. Una amalgama de podredumbre que se solidificaba lentamente, entre espumas tóxicas y mensajes hirientes.

Intentó no mirarse, alejarse, pero sus reflejos la seguían. Cada imagen tardaba un segundo más que ella, como si preparara la jugada. Los espejos le devolvían las peores escenas de su vida. Cada momento de angustia estaba allí, listo para ser reflejado. Y cada reflejo se estiraba para arrancarle un trozo de piel. Un dedo, un fragmento de pecho, una oreja.

Corrió, corrió cuanto pudo. Intentó escapar de sus imágenes. Tras de sí, cada huella de su sangre en el suelo se desvanecía. Cada paso borraba el anterior, como si su recuerdo ya no fuese tolerado. Isabela tenía miedo, sí. Pero, sobre todo, sentía un vacío más antiguo que el pecado de la ambición: la certeza de convertirse en invisible, sin huella ni epitafio.

Tenía que salir de allí, lo que quedase de ella. Las zancadas no le permitían avanzar con normalidad. Si hubiese estado soñando, al forzar el paso se habría despertado. No fue así. Con desesperación, se batió en duelo consigo misma hasta que consiguió salir a ningún sitio.

Sin más que hacer, se puso a caminar sin rumbo. Sin pensar, sin hacer, sin desear. Solo andar, hasta que el suelo dejó de reconocer sus pasos.

Los círculos hambrientos del alma. Parte I.

Los círculos hambrientos del alma

¡Saludos, mortales curiosos!

Yo, la Hechicera Rubia, os traigo susurros del más allá…

Desde las profundidades del abismo, el Amo Luc desciende una vez más a los infiernos, trayendo consigo historias que hielan la sangre y encienden el alma.

Preparad vuestras almas, encended las velas y cerrad bien las puertas… porque lo que está por venir no pertenece a este mundo.

Hoy, las sombras tienen voz… y vienen a contarnos sus secretos.

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Los círculos hambrientos del alma

Son unos instantes, lo hemos oído tantas veces. Toda la vida pasando por delante de tus ojos, y luego ya nada. No hay luz, no hay sonido, no hay nada. Se acaba. Todo lo que te has esforzado, todo lo que has conseguido, todo, todo perdido.

Solo queda un poco de tristeza, o mucha, depende de quién has sido para los demás. Pero eso también se pierde. Se diluye en el tiempo hasta que solo es un recuerdo lejano. Tras esos instantes de extrema lucidez puedes contar que todo ha terminado.

Claro, eso contando que no crees.

Luego están los que creen, por ejemplo, los lamas, que se reencarnan en alguien que esté cerca del difunto. El almacén de almas no llega a recuperar esa energía. Como cada vez somos más en el mundo, siempre hay un nuevo cuerpo necesita esa alma. ¿O no? Al final, de la muerte no sabemos nada.

Pero cuando a alguien lo reaniman con palas, incluso aunque sea no creyente, pertenezca a la civilización que pertenezca, del hemisferio sur o del norte, venga de donde venga, explica siempre lo mismo.

Tus seres queridos te esperan al final de un túnel, una salida que da paz, que reconforta. Y cuando no toman esa salida, porque les están reanimando, se ven fuera del cuerpo. Recuerdan dónde les han devuelto la vida, incluso aunque no hayan estado conscientes mientras eso sucedía.

Y esto, cuando lo escuchas, te da escalofríos.

Entonces hay una chispa, la chispa es el alma, lo que no hemos podido explicar.

Los que os sintáis incómodos con la religión, llamadla conciencia.

La conciencia no muere.

Prólogo: la chispa que no se agota

Cuatro de esas chispas flotaron, suspendidas entre el último latido y el olvido. Cuatro almas confundidas en el vacío del desconocimiento más profundo. Mateo, Isabela, Samuel y Lucía. No era un sitio conocido.

El miedo y el dolor no estaban con ellos, extrañamente. Alguno pensó que quizás el dolor es algo del cuerpo, un cuerpo que había quedado atrás. Habían dejado atrás algo esencial; la sensación de pérdida era desgarradora y, sin embargo, eran libres y conscientes. Ahora eran bebés explorando el nuevo entorno, un entorno estático. El tiempo no parecía tener ningún efecto. Todo estaba suspendido, luminoso, perfecto. La muerte —pensaron— no era tan terrible después de todo.

Para todos, la muerte parecía algo lejano. Eso fue lo primero que empezó a evolucionar, el olvido del evento catastrófico. Ninguno se preguntó cómo había llegado allí. Solo sentían el alivio cálido, casi placentero, del cambio que llegaba a su fin.

Hasta que lo notaron

Mateo fue el primero en abrir los ojos. Olió el pan recién hecho, escuchó los ruidos de decenas de cubiertos y platos, notó la humedad del vapor de las ollas. No cabía duda, estaba en el cielo. Poco le había importado al Divino todo lo que había derrochado para deleite suyo y de unos pocos clientes de alta alcurnia, mientras otros morían de hambre. Tampoco le había importado que su gula le hubiese llevado al instante final a una edad tan temprana. Ahora ya no notaba sobrepeso. “Si hay cocina, hay comida”.

Capítulo I: El Evangelio según San Mateo.

Al principio no había más que niebla. Una niebla tibia, progresivamente menos densa, con aroma de pan tostado y madera húmeda.

Mateo caminó sin rumbo. Estaba en una cocina, o eso le parecía, pero no conocía el lugar. No estaba seguro de nada. En un brote de genialidad, se dirigió afuera y miró hacia arriba. Un resplandor rojo neón palpitaba al ritmo de un corazón enfermo, con ritmo decadente y desenfadado. El cartel rezaba “El Evangelio según San Mateo”.

“¡Qué nombre para un restaurante! ¡Qué hambre tengo! ¿Cómo puedo tener hambre si me he muerto?”. Sentía un hambre profunda, como un agujero que crecía y crecía, un agujero negro que todo lo consume.

Empujó la puerta.

Él era el jefe. Lo supo enseguida.

Tras la puerta estaban los delantales. Se colocó uno. No, se colocó el de las tres bandas azules. “La gente tiene que saber quién es el jefe”. Todos los demás eran completamente blancos.

Necesitaba comer algo; si no, iba a morir de nuevo.

No lo pensó; después de toda una vida, el instinto puede más que el cerebro.

Encendió los fogones, afiló los cuchillos, templó los filos, sacó los alimentos de la cámara. Parecía la cocina de “El Resplandor”. Frutas y verduras, cajas de hortalizas, bandejas de huevos, carnes y pescados, incluso postres dulces y, mientras movía los ingredientes a las mesas de preparación, había visto una bodega impresionante.

Cortó, sofrió, batió. El aceite siseó con vida propia. Parecía que los elementos cocinaran a la voluntad de sus pensamientos. El fuego le obedecía.

De hecho, le pareció que todo era autónomo. Por cada intención suya, observaba que algo, misteriosamente, realizaba la acción. “Esto de morirse le pone a uno extrañamente creativo… y hambriento; menuda imaginación tengo, y qué dolor de barriga”.

Pero entonces un hedor leve, ajeno, le alertó. Era carne podrida. Podría distinguir esa peste hasta en el infierno.

Sobre la encimera, uno de los trozos de carne se había vuelto gris. Tenía un borde verdoso, el corte lleno de puntitos blancos y un hilo de sangre que caía hasta el suelo, oscuro, casi negro.

Retiró la pieza entera, empujándola con el cuchillo a uno de los cubos de basura, con la calma de un profesional y el estómago contraído.

La siguiente pieza también empezaba a coger mal aspecto. Todas las piezas. Costillares enteros, lomos, entrecots, hasta jamones curados. Nada parecía durar más de unos instantes.

Además, la fruta estaba igual. “Una manzana podrida pudre a la de al lado, pero aquí están todas podridas”, pensó recordando su infancia de pobreza, cuando para comer tenía que recorrer los cubos de basura del mercado donde los fruteros y demás comerciantes tiraban sus sobras.

Recordó esos tiempos en los que nada estaba garantizado, en los que no sabía si conseguiría comida, en los que no sabía si la comida conseguida estaba lo suficientemente fresca para no hacerle enfermar.

El hambre volvió más fuerte. Y ese olor. Iba a vomitar con la peste de las cebollas descompuestas. Tapó un cubo con lo peor. La acidez estaba matándolo. Tenía que ingerir algo urgente. Los platos que estaba preparando estaban casi perfectos. Iba a devorar uno urgentemente…

Ding, ding, ding.

Había un cliente.

Mateo salió al comedor. En el fondo había una figura, o eso le pareció, esforzándose por distinguir algo en aquella penumbra. No conseguía distinguir ningún rostro. Entonces oyó una voz, suave, neutra:

—El plato del día, chef.

—Sí —respondió Mateo, de repente más consciente y determinado—. Enseguida.

Volvió a la cocina.

La carne estaba completamente podrida. Al intentar deshacerse de ella con las manos, sucedió algo increíble. Al tocarla, la carne volvía a estar bien. Y las frutas, las hortalizas… los filetes se alisaban, tiernos, recuperando el brillo y color. La fruta relucía, las hortalizas turgentes parecían recién cortadas.

El hedor desaparecía.

Todo volvía a ser fresco, perfecto.

La cocina vivía de nuevo a su tacto. “Soy el rey Midas de la cocina. Todo lo que toco lo convierto en bueno”. Se olvidó un poco de su hambre y sonrió. “He comido tanta basura, pero eso… fue hace una vida”.

Sonrió con la ocurrencia y se puso a preparar el plato con una precisión religiosa. Luego lo colocó en una bandeja de plata y lo llevó al comedor.

—Voilà, monsieur, bon appétit.

El comensal se inclinó hacia el plato. Mateo no vio su rostro, solo el vapor que ascendía.

Entonces regresó el olor.

Podredumbre pura.

El plato burbujeaba levemente. Dentro, algo se movía.

Era carne, sí… pero…

Había un lunar en un pedazo de piel que reconoció.

Un trozo de su cara.

Mateo retrocedió, tropezando con una silla.

El cliente levantó la cabeza.

—Perfecto, chef, excelente. Exactamente como a mí me gusta —dijo sonriendo, con una mueca enigmática.

Mateo quiso gritar, pero el aire se espesó en su garganta.

El hambre, aquella que lo había acompañado desde el principio, se desató con violencia.

Sintió la necesidad brutal de probar ese plato, de saborearse, de devorarse.

Se lanzó sobre la bandeja, temblando, sin control.

El sabor era cálido, intenso, humano.

Lloró. Rio. Comió.

Cada bocado trajo un dolor inmenso, inimaginable, como el ansia que le impulsaba a seguir devorando aquel manjar.

El cliente, en una calma sobrenatural, lo observaba desde su asiento.

También lo vio alejarse, tambaleándose, atravesando las puertas batientes de la cocina.

La música empezó a sonar. Fuerte, más fuerte.

Las luces se encendieron.

De la cocina llegaban otra vez sonidos de actividad frenética. Por fin todo funcionaba en perfecta armonía.

En el comedor no había nadie.

EL DESVÍO DE LA N-324

El desvío de la N-324

Hola, mis criaturas de la noche. Yo, la hechicera Rubia, os traigo una historia de las que ponen los pelos como escarpias. Un camionero, en una carretera perdida, con niebla y gasoil de por medio. Dicen que el protagonista no volvió a mirar por el retrovisor igual… ¡Agarraros, que vienen curvas de verdad!

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Cuando trabajas tantos años en la carretera… terminas viendo cosas que no deberías. Lo que voy a contar… nunca lo he contado completo. Ni a mi mujer. Ni a nadie. Pero creo que ya va siendo hora de contároslo. 

Mi nombre es Diego Talaya, tengo 49 años y llevo desde los 23 conduciendo camiones. He recorrido España entera: Galicia, Murcia, Aragón, Extremadura… Rutas que ni aparecen en los mapas. Caminos que se pierden entre pueblos donde el tiempo se quedó dormido. 

Con la edad, uno se acostumbra a la soledad, a las madrugadas frías, a los cafés recalentados de gasolinera que a veces te provocan una breve infección de orina. Y sobre todo, a los silencios; esos silencios que a veces pesan más que el motor. 

Pero lo que me pasó aquella noche… no entra en ninguna lógica.

Era otoño, principios de noviembre. El aire olía a humedad y hojas podridas. Llevaba una carga de azulejos desde Cuenca hasta Albacete. Un trayecto corto, pensé, sin complicaciones. Salí pasada la medianoche, como siempre. Café, bocata, algo de música descargada y carretera.

La N-320 estaba vacía, ni un alma. 

El cielo cubierto, sin luna. Solo el rugido constante del motor y el parpadeo de las luces del cuadro. Pasaron un par de horas. Yo bordeaba un desvío secundario cuando lo vi; un cartel verde, viejo, medio torcido.

Decía:

DESVÍO ALTERNATIVO N-324: 12 kilómetros más corto.

Jamás había oído hablar de esa carretera. Y mira que llevo media vida en esto. Pero el gasoil ya estaba rozando el rojo, así que pensé:

“Bah… total, será un atajo rural. En diez minutos vuelvo a la principal”.

Así que ni lo pensé, giré. Y desde el primer metro, el asfalto cambió. Era viejo, agrietado, sin líneas ni señales. A los lados, árboles delgados, torcidos, se inclinaban sobre la carretera como si quisieran engullirme y atraparme.

La cobertura del móvil se fue al instante. El GPS se congeló… “¡Mierda!”, pensé. Y el silencio… el silencio era tan espeso, tan profundo, que parecía tragarse el ruido del motor. No se escuchaban grillos. Ni viento. Ni nada.

SILENCIO.

Solo esa sensación de que algo, o alguien, estaba escuchándome conducir.

A los veinte minutos, apareció una luz a lo lejos. Era una gasolinera pequeña, perdida en medio de la nada. 

El cartel decía:

SERVICIO 24 HORAS, con un neón blanco que parpadeaba como si respirara.

Me detuve, bajé y percibí el aire frío; además, olía raro. A tierra, y a algo podrido.

Hastiado de conducir, entré al local. El suelo estaba ajedrezado, las luces viejas tintineaban y las estanterías, medio vacías. No había ni radio, ni música; en conclusión, no había ni siquiera ninguna mosca. Sin embargo, detrás del mostrador había una mujer delgada, con el rostro muy pálido. Se había recogido el cabello en una trenza gris que le caía hasta la cintura. Tenía un delantal blanco, planchado, como si acabara de ponérselo.

—Buenas noches —le dije—. ¿Podría echarme algo de gasoil?

La muy antipática, ni siquiera levantó la cabeza. Solo dijo, con voz seca:

—¿Va a repostar?

—Sí. Pero… ¿Aceptan tarjeta?

—Solo efectivo.

Busqué en la cartera. No tenía ni para medio depósito. Le dije que no se preocupara, que seguía hasta la siguiente estación porque no tenía suficiente dinero en metálico.

Y ahí fue cuando esa mujer dijo algo que todavía a día de hoy me retumba en la cabeza:

Si te vas ahora, puedes volver. Pero si te quedas más de lo necesario… ya no.

Levanté la vista de mi monedero y ya no estaba allí. Fue raro. No escuché ninguna puerta cerrándose, ni un paso. Nada. Solo un zumbido de los fluorescentes que destellaban como luciérnagas en la oscuridad. 

Salí corriendo, subí al camión y arranqué saliendo a escape de ese lugar. Las luces del cartel parpadearon una última vez… y se apagaron del todo. Oscuridad.

Volví a la carretera. O eso creí porque el camino ya no era el mismo. No había curvas, ni cruces, ni señales; solo un tramo recto, interminable. Sin embargo, los mismos árboles, una y otra vez. El reloj marcaba las 4:49. ¿Por qué no amanecía? Ni un indicio de luz, como si el tiempo se hubiera detenido. Y entonces, lo vi. Un hombre al costado de la carretera. Era muy alto. Su atuendo: un sombrero negro y un abrigo largo. No se movía, no miraba y me daba muy mal rollo. Así que pasé de largo.

Cinco minutos después… ¡Joder! Volví a verlo. Exactamente igual. El mismo sitio y la misma postura. Y entonces… entendí que no estaba solo.

Paré el camión y bajé. El aire helado me cortó la piel, y entonces miré atrás. 

Nada, nada de nada.

Pero cuando me di la vuelta para mirar el camión… sentí un golpe seco en el pecho, porque el desvío ya no estaba. Solo había campo y una oscuridad infinita. El camión ya no estaba sobre la ruta. Estaba detenido en medio de un campo árido, sin vegetación. Solo tierra seca y grietas que parecían heridas abiertas. Ningún camino. Ninguna luz.

Subí otra vez a la cabina. Intenté dar marcha atrás, pero nada. El motor rugía, pero las ruedas no giraban, como si algo invisible sujetara el camión.

Encendí de nuevo la radio. Ruido blanco. El sonido era estático, e intenté cambiar la frecuencia para nada. Ya con el corazón a mil, apagué todo, respiré hondo, y entonces escuché susurros. Murmullos muy bajitos, desde atrás del compartimiento donde duermo. No recuerdo bien si era una voz o varias; no lo sé. Pero una frase se repetía:

NO DEBISTE QUEDARTE.

Me giré y nada. Solo mi cena: un triste bocata de tortilla, la botella de agua y la soledad.

Y de repente… ¡PAM!

Un golpe seco contra el parabrisas. Un cuervo. O algo parecido… negro, enorme, con los ojos blancos, pero sin pupilas, me observó unos segundos y salió volando hacia la nada.

Intenté arrancar otra vez, pero el camión no respondió. Apreté el acelerador y salí cagando leches y, en un parpadeo, estaba de nuevo sobre el asfalto.

Un cartel frente a mí rezaba:

ESTACIÓN DE SERVICIO CEPSA-VICTORIA-2KM.

El reloj marcaba las 9:12 de la mañana. Había pasado toda la noche, pero para mí fue media hora.

Al fin, llegué tambaleando a la estación. Pedí un café y le pregunté al camarero si conocía la N-324. Se quedó callado.

—No hay ninguna ruta con ese número. La vieja nacional 324 se cerró hace 30 años. Un puente se vino abajo y murió un camionero. Dicen que el conductor, al ver que el puente se desplomaba, aceleró y se cayó por el barranco. Solo encontraron un sombrero negro sobre el barro. 

Me quedé mudo. Volví al camión, y en la puerta del acompañante, lo vi: una marca de mano, larga y huesuda, marcada en el metal. La lavé, intenté que desapareciera, pero cuanto más lo intentaba, más reaparecía. Era imposible quitar esa marca.

Pasaron los meses, y una noche en un área de servicio conté lo que me pasó. Un viejo camionero me escuchó sin interrumpirme. Al final, dijo:

—A veces, las carreteras viejas no desaparecen. Se quedan ahí, como heridas abiertas. Esperando a que alguien las vuelva a pisar.

—¿Y por qué yo? —le pregunté.

—Quizá para cerrar la herida. —me contestó.

No dormí esa noche, pero al amanecer, decidí volver. Tomé la A-45 hasta el desvío, el mismo punto donde todo había empezado. Nada. Campo, olivar, y un cártel oxidado que apenas se sostenía. Me bajé, caminé unos metros y en la tierra, entre las grietas, encontré algo.

Una placa metálica, medio enterrada. 

Se leía:

“En memoria del camionero Damián Moreno, apodado “Black hat”, fallecido el 4 de marzo de 1992. Que su alma siga su ruta”.

Me quedé quieto. El aire ahora olía a tierra húmeda, aunque no había llovido. Y por primera vez en meses… sentí calma. 

De fondo, la radio del camión se encendió sola. Sin tocarla. Ruido de fondo, y después, una voz. Mi propia voz, pero sonaba lejana y en paz:

—Gracias por traerme a casa.

El viento sopló. El cartel de metal se desprendió y cayó al suelo. Y justo detrás de donde había estado, apareció, por un instante, el viejo cartel verde:

“DESVÍO ALTERNATIVO N-324-12KM MÁS CORTO”

Lo miré, parpadeé y entonces desapareció. 

Desde entonces, cada vez que paso por esa zona, la radio se llena de interferencias. Pero ya no me da miedo, porque sé que esa noche, en algún lugar entre las rutas del norte y el sur, una carretera vieja se cerró para siempre. Y un alma cansada… por fin llegó a destino.

Y hasta aquí la historia de Diego Talaya y la ruta que nunca debió tomar. Dicen que, a veces, cuando uno viaja solo por la Nacional 324 de madrugada, puede ver a lo lejos una estación sin nombre, con un cartel que parpadea. Si te ocurre a ti, sigue de largo… No te detengas. Porque algunas rutas, igual que algunos recuerdos, nunca terminan de cerrarse.

Y eso, amigos, es un consejo que os da, siempre vuestra:

La hechicera Rubia. Nos vemos en la próxima curva.

Historias de Miedo

Historias de Miedo

En este blog, tu Hechicera Rubia quiere anticiparse a Halloween. Es mi fiesta favorita y, a lo largo de estas semanas, os deleitaré con algunas historias de miedo, antes de la Noche de Brujas en la que volaré con mi escoba a la fiesta oficial. Espero que disfrutéis y os muráis de miedo, ja, ja, ja.

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El guardián del hotel San Benito

Por La Hechicera Rubia

Capítulo I

Dicen que hay trabajos que nadie quiere, que desconfían porque las ofertas parecen demasiado buenas para ser verdad y que, cuando la oscuridad pone el precio, nunca termina siendo una cuestión de dinero.

Aquel hombre se llamaba Raúl Mena, un guardia de seguridad de esos que viven al día, cambiando de turno, durmiendo en sofás prestados, sobreviviendo a base de café barato y promesas vacías.

Esa noche despertó sobresaltado en su sillón raído, en un piso que apenas recordaba haber alquilado. Había una nota amarilla en la mesa y un sobre abultado junto a ella.

8,500 euros por una sola noche.

Turno: 22.00 a 6.00

Lugar: Hotel San Benito, en El Picazo.

No hagas preguntas, solo sigue las instrucciones. El resto del pago será en efectivo al amanecer.

Raúl leyó la carta tres veces. ¿Estaba borracho o el dinero que ofrecían era demasiado? Y luego esas palabras plasmadas en el papel… demasiado frías.

Debajo, en letra pequeña, venía una lista de reglas escritas con tinta desvaída:

  • Regla 1: NO USES EL ASCENSOR. Si se abre solo, no mires adentro.
  • Regla 2: A las 22:34, pasa por el salón de eventos. Si escuchas música de violines y piano o voces, NO ENTRES. Apaga la luz y sigue caminando como si no fuera contigo.
  • Regla 3: La habitación 407 debe permanecer cerrada. Si está entreabierta, ciérrala sin mirar.
  • Regla 4: A las 23:54 toca tres veces la campanilla del vestíbulo. Si alguien responde, no contestes. Toca tres veces más y vete al comedor.
  • Regla 5: Entre las 3:00 y las 4:00, nunca mires por las ventanas del tercer piso. Las figuras de afuera no deben saber que los vistes.
  • Regla 6: Si el teléfono suena a las 04:04, no contestes. Desconéctalo sin hablar.
  • Regla 7: A las 5:50 enciende todas las luces del vestíbulo y di en voz alta:
    “Turno finalizado”

Mira al espejo. Si ves algo más que tu propio reflejo, corre… NO MIRES ATRÁS.

Raúl tragó saliva. Parecía una broma. ¿Quién le había dejado ese sobre allí?

Se lavó la cara y se pellizcó dos veces para comprobar si estaba soñando. Los billetes del sobre eran reales, gruesos, con ese olor a tinta y a promesa.

Y él, Raúl Mena, necesitaba el dinero. Solo eran 8 horas en ese hotel, ¿qué podía suceder?

Capítulo II

El hotel de San Benito estaba a las afueras de un pueblo pequeño, en la localización del Picazo, en Cuenca. Cubierto de maleza, con carteles oxidados que rezaban “Cerrado por reformas” desde hacía décadas.

Una verja vieja se abrió sola con un quejido metálico cuando Raúl la empujó.

Dentro, el aire olía a polvo y a madera húmeda. El reloj del vestíbulo marcaba las 22:00 exactas cuando cruzó la puerta.

—Solo una noche —murmuró—. Solo una maldita noche.

Encendió la linterna. La luz tembló sobre retratos antiguos y alfombras carcomidas.

El silencio era espeso, como si el edificio respirara por sí mismo.

Subió las escaleras, obedeciendo la primera regla, y se instaló tras el mostrador.

El teléfono, polvoriento, estaba desconectado.

Sobre la campanilla del mostrador, alguien había grabado con un punzón una única palabra:

“DESPIERTA”

CAPÍTULO III

A las 22:34, Raúl pasó frente al salón de eventos. La puerta estaba entreabierta. Del interior salía un leve murmullo… como música antigua, un vals lento, arrastrado: un, dos, tres… un, dos, tres… Se le heló la sangre. Esa noche no estaba solo.

La regla dos. Apagó la luz del pasillo y siguió caminando sin mirar adentro. Sin embargo, al pasar junto al marco, algo —una ráfaga helada, un susurro— le rozó la nuca. Giró la cabeza un grado, ¡solo un grado! Solo vio oscuridad, una espesa negrura.

Cuando llegó al vestíbulo, el eco de la música vibraba en los cristales.

Capítulo IV

A las 23:54 consultó el reloj y recordó la regla cuatro: la campanilla.

La tocó tres veces. El sonido metálico retumbó por los pasillos vacíos:

Ding, ding, ding.

Silencio espeso.

Entonces, una voz ronca, lejana, contestó desde algún lugar del edificio:

—Buenas noches, Raúl.

Se le heló la sangre.

El sobre no decía su nombre; nadie debía saberlo.

Con las manos temblorosas, volvió a tocar tres veces, tal como ordenaba la regla.

El sonido pareció arrastrarse como una respiración. Raúl dio un paso atrás y se marchó hacia el comedor sin volver la mirada, aunque sobre sus hombros algo le pesaba.

El reloj del comedor marcaba la 1:00. La noche se le estaba haciendo interminable. Las paredes crujían, los cuadros parecían seguirlo con la mirada, y cada sombra tenía forma de alguien que acababa de marcharse.

Capítulo V

A las 3:10, mientras patrullaba el tercer piso, pasó junto a una hilera de ventanas. La tentación le golpeó fuerte: deseaba mirar. Solo una mirada rápida, nada más.

Pero recordó la regla. Recordó la historia bíblica de la mujer de Lot, que a pesar de que le dijeron que no importaba lo que escuchase, no debía volver la cabeza hacia atrás, no hizo caso y miró. En el momento, se convirtió en estatua de sal para la eternidad.

Así que se resistió y quiso seguir hacia delante, pero algo le obligó a mirar.

El reflejo de la luna se movía extrañamente, como si hubiese algo frente a la fachada. Miró y los vio. Allí estaban las figuras. Decenas de ellos, quietos en medio del jardín, mirando hacia arriba. Rostros borrosos, pálidos, sin ojos.

Una levantó la mano lentamente, señalándolo.

Raúl se apartó de golpe, con el corazón a punto de estallar, apagó la linterna y se pegó a la pared. Desde fuera, como un murmullo en coro, escuchó:

—Ahora sabe.

Corrió, corrió sin parar por esos pasillos forrados con moqueta mohosa, tropezando con los jirones como si fueran garras que lo atrapaban.

Capítulo VI

A las 4:04 el teléfono del vestíbulo sonó. Un timbre seco, insistente, imposible. El aparato estaba desconectado. Raúl se acercó con cuidado. El cable estaba cortado. Aún así, el auricular vibraba sin parar.

—No… —susurró con mucho nerviosismo—. No voy a hacerlo.

Pero, de pronto, el sonido creció, más fuerte, más cerca, hasta que el aire mismo parecía gritar.

Raúl tapó el auricular con la mano, lo levantó y, sin hablar, lo tiró al suelo. El teléfono se quebró en dos y el sonido paró.

Del otro lado, justo antes del sofocante silencio, juraría haber oído una voz idéntica a la suya decir:

—Te quedaaa pocooo…

Capítulo VII

A las 5:50, con el corazón desbocado y las manos temblorosas, encendió todas las luces del vestíbulo.

La electricidad chispeó, parpadeó, pero las bombillas respondieron.

Se acercó al espejo del fondo, recordando la última regla:

—Turno finalizado —dijo en voz alta, intentando sonar firme.

Su reflejo lo imitó.

Pero un segundo después, sonrió, y él NO.

Raúl dio un paso atrás.

—No, no…

En el reflejo, su otro “yo” levantó la mano lentamente y tocó la campanilla.

Ding, ding, ding

El sonido llenó el aire y, de repente, todas las luces se apagaron.

Oscuridad total.

Un frío antinatural le subió por la espalda y el espejo —ya no espejo— empezó a brillar con una luz tenue, como una ventana hacia otro lugar.

Dentro vio el vestíbulo del hotel… igual que ahora. Solo que detrás del mostrador, de pie, estaba ÉL MISMO.

Con uniforme, con la mirada vacía, tocando la campanilla una y otra vez.

Ding, ding, ding

—No, no puede ser… —murmuró Raúl— y entonces lo recordó. Un fogonazo. El sonido de un ascensor. Un grito. La caída.

Él ya había estado allí antes.

El reloj marcó las 6:00 y, como decía la nota, alguien apareció.

El portero, un anciano con traje negro, lo miró desde la puerta y asintió.

—Buen trabajo, guardia —le tendió un sobre—. Su pago.

Raúl lo tomó con las manos temblorosas. Al abrirlo, no había dinero. Solo una tarjeta amarilla que decía:

Turno confirmado. Nos vemos mañana a las 22:00.

Cuando levantó la vista, el portero ya no estaba. Solo quedaba el eco lejano de la campanilla…

Ding, ding, ding

Raúl miró alrededor. El vestíbulo relucía. Los cuadros nuevos, el mármol pulido… el hotel estaba reformado. Brillante, mostrando esplendor… y vacío.

Y detrás del mostrador, el uniforme perfectamente planchado sobre su cuerpo. Entonces comprendió la VERDAD.

No estaba vigilando el hotel. Era parte de él. El guardia que siempre toca la campanilla, anunciando el inicio de otro turno que nunca termina.

Y así, mis queridos lectores y también mis queridos oyentes, como hechicera rubia, os doy un consejo:

Si alguna vez os hospedáis en el nuevo Hotel San Benito y escucháis una campanilla sonar tres veces a medianoche… no os acerquéis al vestíbulo.

Porque el guardia aún está allí, cumpliendo sus reglas, esperando el relevo que nunca llega.

Y si os ve… quizá el siguiente turno sea el vuestro.

Ding, ding, ding

Y esto os lo dice vuestra bruja de siempre, La Hechicera Rubia.

El Amor Verdadero y el Valor del Compromiso

El amor verdadero y el valor del compromiso

El amor… cuántas veces lo pronunciamos, y qué pocas veces lo comprendemos. Vivimos en una sociedad donde todo se consume rápido: las modas, las amistades, los trabajos, incluso los afectos. Y en medio de esta prisa, parece que también hemos reducido el amor a una chispa pasajera, a un juego sin consecuencias, a una experiencia que caduca tan pronto como deja de arder el fuego de la pasión inicial… Por eso han crecido nuevos vocablos en la jerga: “Los follaamigos”, “los casi algo”, “los rollos”, “el amigo o amiga con derecho al roce”, etc. ¿Dónde han quedado el amor verdadero y el valor del compromiso?

El amor, el verdadero amor, es mucho más profundo que ese fuego fátuo, es mucho más prolongado que la energía germinal de un encuentro hormonal. No se trata únicamente de ese cosquilleo en el estómago tipo película de Pixar, ni de las noches de deseo, ni de los mensajes constantes en los primeros meses. Tampoco es el control de su Instagram, sus estados, etc. que roza la obsesión fatal. Eso es enamoramiento y sí, es maravilloso, casi un hechizo. Pero, como toda chispa, es efímera, tanto como nuestra existencia en la tierra, ¡sin ánimo de ser fatalista ni pragmática! El amor de verdad es lo que queda después, lo que sobrevive cuando la magia del principio se calma, cuando las máscaras se caen y la vida cotidiana muestra su rostro real.

Porque mira lo que te voy a decir, y bien clarito…

Cuando empieza el amor, la relación con ese chico o chica, cuando todo es nuevo y las hormonas están a tope, lo normal es que no veas más allá de esa persona. Esa fase de tu relación es como ponerse unas orejeras de burro, que solo dejan mirar en una dirección. Todo te parece mágico, todo te parece perfecto. Esa es la fase del enamoramiento, donde el corazón late más rápido que el cerebro… ¡Ay, alma de cántaro!… y el cerebro apenas piensa.

Ahora bien, si en ese momento —en el más intenso, en el más cegador— ya tienes dudas, si algo dentro de ti te dice: “no me llena del todo”, escucha tu voz. Porque el corazón sabe mucho más de lo que creemos. Y si, incluso con toda esa euforia, no lo ves claro y estás triste sin saber por qué, solo hay una respuesta: algo falla.

El amor verdadero tiene que tener un conjunto de cosas: química, física, atracción, conexión espiritual, admiración… Quien diga que no hace falta la atracción, miente. Tiene que haber ese cosquilleo, esas ganas de comerle la boca, de sentir sus brazos entrelazados alrededor de tu cuerpo, esas ganas de oler, observar, ese “solo quiero estar contigo y con nadie más”. Sin eso, lo que construyas no será sólido. Tiene que existir la admiración que provocará una gran energía de atracción. Y no solo la cósmica, que eso ya nos encargamos las hechiceras en el inframundo.

Si desde el inicio sientes que dudas, que no te completa, que no vibra contigo, entonces no te engañes. Porque más adelante, cuando la pasión baje y la rutina aparezca, esas dudas crecerán el doble. Tu intuición ya te está hablando, ya te dice: “No es por aquí”. Y lo mejor que puedes hacer es apartarte y esperar a la persona que sí despierte en ti esa locura bonita y hechizante, esa mezcla de deseo, conexión y paz. 

Sí, lindos mortales que vivís en vuestra caverna, el amor es entrega, pero también es certeza. Y si no lo sientes desde el principio, a pesar de que esa persona te diga “te quiero”, si no estás como hechizado y obnubilado, si no ves en esa persona tu reflejo y tu hogar, entonces no es el amor que necesitas. Y tú, cariño, no mereces menos que eso.

El miedo al compromiso en estos tiempos

Hoy en día escucho a muchas personas decir: “No quiero novio”, “No me quiero casar”, “No estoy para compromisos”. Y lo dicen, no porque quieran no compartir tiempo con esa persona, o porque no lo deseen en el fondo, sino porque tienen miedo. Miedo a equivocarse, miedo a sufrir, miedo a que la otra persona no sea la correcta. Y ese miedo, en esta sociedad actual, se ha hecho tan grande que nos paraliza.

Pero, ¿desde cuándo el amor se calcula como si fuera una ecuación? ¿Desde cuándo buscamos garantías como si el corazón fuera un contrato? El amor siempre implicará riesgo, porque amar significa entregarse, abrirse, desnudarse emocionalmente. Y claro que puede doler. Pero sin ese riesgo, jamás se alcanzará lo verdadero. Y si no quieres arriesgar, es porque no quieres a esa persona de verdad. 

Vivimos en una sociedad que nos ha enseñado a usar y a soltar. Nos relacionamos por conveniencia, por lo que el otro nos da, por lo que a “nosotros” nos aporta. Y en cuanto deja de “servirnos”, lo desechamos. Hemos olvidado que el amor no se trata de lo que recibo, sino de lo que comparto. Que no es una transacción, sino una decisión constante de cuidar y sostener.

El amor no es solo enamoramiento; el amor verdadero es compromiso. 

Ya sé que soy plasta con el tema, pero quiero volver a detenerme en este punto, porque muchas veces confundimos el amor con la primera etapa: el enamoramiento. Esa fase de mariposas, de adrenalina, de todo perfecto, en la que creemos que la otra persona no tiene defectos, donde vivimos en un sueño. Pero eso no es amor. Eso es el hechizo inicial, el canto de sirena que nos atrae.

El amor verdadero empieza después, cuando la novedad desaparece. Es ahí cuando miramos al otro con sus luces y sus sombras, con sus virtudes y sus defectos, y aun así decidimos quedarnos. Amor es cuando ya no hay máscaras, cuando la rutina entra en escena, y aun así seguimos eligiendo a esa persona cada día.

Es verdad que el sexo, la pasión y la atracción son importantes, claro que sí… ¡Además, reactiva más que una lavadora en pleno centrifugado! ¡Pero, no!, el amor auténtico es también ternura, paciencia, comprensión, cuidado… hasta en las formas de decir las cosas, para no herir a la persona que te está mirando. Es pensar en el otro más que en uno mismo, es estar en los días buenos y sobre todo en los malos. Es saber que no todo será perfecto, y aun así desear recorrer el camino juntos.

Porque vivimos en una sociedad, almas mías, donde reina el yoísmo.

El yo, yo, yo y solamente yooo.

“Lo que yo siento”

“Lo que yo necesito”

“Primero tengo que entenderme para quererte”.

“Necesito saber lo que quiero antes de estar contigo”.

“Te quiero, pero a veces me agobias, necesito mi espacio”.

¿Ya toca?

Y yo digo… ¡Vale, perfecto! Pero al final, ¿qué pasa? Que estamos tan centrados en nuestro propio ombligo que nos olvidamos de mirar al otro. Vivimos con un calendario emocional: “Ahora sí me toca enamorarme, ahora no me toca porque estoy en proceso de sanación, ahora me apetece estar contigo porque yo me siento bien, pero mañana… quién sabe”. Y claro, así el amor no funciona. Solo cortocircuita.

El amor no es un “porque me toca”. El amor es “porque me nace”. Porque cuando amas de verdad, no te pones excusas de agenda ni te escondes detrás de frases de autoayuda como la típica de “No eres tú, soy yo” o “Si te quiere, te hará llorar”… ¡Venga ya! Quien te quiere no te hace llorar, sino que se le ilumina el rostro cuando ve que sonríes porque saca lo mejor de ti mismo. El amor de verdad te arrolla, te transforma, te hace pensar menos en ti y más en el otro.

Pero eso sí, tampoco vamos a romantizar como en las películas. Que en la pantalla todo es perfecto: el chico es guapísimo, es vikingo con unos abdominales perfectos y melena al viento; ella se despierta cada mañana maquillada y oliendo a rosas… ¿En serio? Ja, ja y dos veces ja. En la vida real, los vikingos también devuelven el aliento por la mañana, se tiran pedos, roncan como osos y tienen días de mal humor. Y ellas también. Y ahí está la gracia, porque si no, sería todo tremendamente aburrido.

El amor verdadero no está en el cliché de película ni en el postureo de Instagram. El amor está en aceptar que la persona que tienes al lado no es un héroe mitológico, sino un ser humano con defectos, rarezas y manías… ¡Ahhh! Y equivocaciones.

Y aun así, sigues diciendo: “te elijo”. Así que recordad, almas errantes: dejad un poco de lado el yo, yo, yo, y empezad a mirar más al “tú y yo”. Porque la verdadera magia del amor no se da cuando uno solo brilla, sino cuando dos corazones deciden brillar juntos… aunque alguno pegue bufidos y el otro tenga los pies fríos en invierno y te toque los tuyos.

El amor como compromiso

Compromiso… una palabra que en el año 2025… ASUSTA.

Es escuchar compromiso y… Hay quienes corren como si fueran velocirraptores. Es esa palabra que, al decirla, hace sudar más que una clase de spinning. Lees “compromiso” y escuchas un mix de las bandas sonoras de Psicosis y el Exorcista. Os juro por Snoopy que hay mortales que, al escuchar la palabra “compromiso”, piensan que es una secta secreta de la que no se puede salir. Malditas etiquetas: novio, novia, mujer, marido… SOCORRO… ¿Compromiso? Sí, sí, les provoca diarrea.

Hoy lo vemos como pérdida de libertad, como cadenas. Pero el compromiso no es una cárcel, sino una ELECCIÓN. Es mirar a alguien y decir: “De todas las posibilidades, elijo estar contigo”, “Apuesto por ti”.

Consiste en construir un “nosotros” que trasciende al “yo”. Significa que ponemos esfuerzo, cuidado y tiempo en el otro, en lugar de salir corriendo al primer obstáculo.

El verdadero amor es compromiso, porque sin él, todo queda en la superficie. ¿De qué sirve vivir intensamente unas semanas o los meses de verano… si luego lo tiramos todo a la basura?

El amor de verdad es perseverancia, es paciencia, no mentir, es construir poco a poco un hogar emocional donde ambos puedan crecer.

El amor de tu vida…

Dicen que cuando conoces al amor de tu vida, lo sabes. No porque aparezcan fuegos artificiales, sino porque encuentras paz. Es tu lugar más bonito. El amor de tu vida no es el que te hace vivir en un vaivén constante de emociones extremas, sino el que te hace sentir en casa. Que cuando estás con él o ella, eres tú. Te gusta más cómo eres y te sientes completo/a a su lado. Es esa persona a la que no solo deseas, sino a la que admiras, respetas y agradeces. Cuando lo encuentras, te das cuenta de que el amor no es solo emoción, sino también decisión. Si dudas, si no es el momento, si tienes que tener mucho tiempo para confiar en él o en ella, ¿qué haces? NEXT.

Además, ¿te cuento un secreto? La persona que te quiere en su vida no tendrá dudas porque solo tendrá en cuenta cómo no herirte. Tendrá ganas de regalarte su tiempo, porque su tiempo contigo es una inversión, no una pérdida. El tiempo contigo será para esa persona el tiempo más valioso, el que no cambia por nada.

Vivimos en un mundo que nos empuja al individualismo, al consumo rápido, al usar y tirar. Pero el amor de verdad no funciona así. El amor verdadero exige entrega, compromiso y, sobre todo, valentía. Coraje para no huir, para quedarse, para cuidar. Así os pregunto, almas lúcidas: ¿Qué tipo de amor estáis viviendo? ¿El que dura lo que dura una chispa, o el que enciende una hoguera que puede arder toda la vida? El amor no es fácil, ni rápido, ni cómodo. Pero es, sin duda, el mayor de los hechizos que podamos experimentar.

Y recuerda: el amor no se busca en lo que el otro puede darte, sino en lo que tú estás dispuesto a entregar. 

Te lo dice con mucho amor: 

Tu hechicera Rubia.

Un sueño cumplido: la presentación de El Refugio de las Voces Silenciadas

Libro El Refugio de las Voces Silenciadas

Todavía tengo el corazón lleno de emoción al recordar lo que viví el pasado viernes 12 de septiembre en la Casa de la Cultura de Burjassot. Fue la primera presentación de mi segundo libro, El refugio de las voces silenciadas, y lo que sentí esa tarde-noche es algo que no se me olvidará jamás.

Presentar un libro no es solo subir a un escenario y hablar de lo que has escrito. Para mí fue como abrir un cofre muy personal, como mostrar un pedacito de mi alma. Y lo hice con muchos nervios, con ilusión, pero sobre todo con una gratitud inmensa hacia todas las personas que hicieron posible que ese momento se convirtiera en realidad.

Quiero dar las gracias, en primer lugar, al Ayuntamiento de Burjassot y a la Casa de la Cultura, por abrirme sus puertas y acoger este sueño. Gracias también a quienes me ayudaron con la organización, los detalles y la difusión, porque detrás de cada acto hay siempre un trabajo silencioso que hace que todo fluya.

Pero sobre todo, mi agradecimiento más grande es para vosotros, los que vinisteis. Familia, amigos, conocidos… y también esas personas que quizás no me conocían tanto, pero que se acercaron con interés, con cariño y con respeto. Vuestra presencia fue un verdadero regalo para la hechicera Rubia. Ver la sala llena, sentir vuestra atención y vuestro aplauso… fue como recibir un abrazo enorme que me decía: “Sigue, este camino es el tuyo”.

Cuando escribí El refugio de las voces silenciadas, lo hice desde lo más profundo. Fue un viaje personal y emocional, donde reí, lloré, recordé y me descubrí a mí misma en muchos sentidos. Pero también lo escribí pensando en los demás, en que mis palabras pudieran servir de compañía, de consuelo o de espejo para quienes se sientan identificados. Porque la literatura, al final, es un puente que nos une.

En la presentación viví algo mágico: pude darles voz a esas páginas que nacieron en silencio y compartirlas con todos vosotros. Y os prometo que mientras leía y hablaba, sentí una conexión especial, como si todos estuviéramos dentro de ese refugio que he creado con letras. 

Gracias infinitas por estar, por apoyarme, por creer en mí. Sin vosotros, este sueño no tendría sentido. Me siento afortunada, feliz y profundamente agradecida.

Seguiré escribiendo, seguiré soñando, y espero que nos encontremos muchas veces más en este camino de palabras. 

Con todo mi cariño,

Mercedes Victoria Cebrián Berenguer, para vosotros… La Hechicera Rubia

Para terminar con este post os dejo unas fotos y videos del evento. Pongo primero las fotos y al final los videos enlazados en youtube. Espero que os gusten. Si queréis agregar alguna enviádmela y la pongo. Si queréis borrar alguna indicádmelo también.

De nuevo muchas gracias.

Fotos previas

Anuncio en Burjassot del libro Refugio de las Voces Silenciadas
Preparación de la sala para la presentación del libro El Refugio de las Voces Silenciadas
Preparación de la sala para la presentación del libro El Refugio de las Voces Silenciadas

Fotos de la exposición

Presentación del libro El Refugio de las Voces Silenciadas
Presentación del libro El Refugio de las Voces Silenciadas
Presentación del libro El Refugio de las Voces Silenciadas
Presentación del libro El Refugio de las Voces Silenciadas
Presentación del libro El Refugio de las Voces Silenciadas
Presentación del libro El Refugio de las Voces Silenciadas

Firma de ejemplares

Firmando libros del Refugio de las voces silenciadas
Firmando libros del Refugio de las voces silenciadas
Libros del Abordaje en el Amor y del Refugio de las Voces Silenciadas. Dos creaciones hechas con todo el amor para vosotros, lectores.
Firmando libros del Refugio de las voces silenciadas
El Refugio de las voces silenciadas también es para adolescentes
Tengo unas hermanas superestupendas

Videos

Un abrazo a todos.