La ciudad de Me Doy Permiso, parte II
La ciudad de Me Doy Permiso, parte II

Mis queridos lectores… mis queridos mortales de corazón valiente, como hechicera rubia seguí deambulando por la ciudad de Me Doy Permiso.

Caminé por la impactante cueva azul… Cada paso resonaba suavemente en cada piedra, como si la montaña escuchase mis pensamientos más profundos.

El azul se hacía más profundo… más sereno… ¡Sí! Incluso parecía más mágico, hasta que, de pronto, la cueva se abrió dando paso a un lugar maravilloso.

El lago subterráneo.

Ante mí apareció un lago subterráneo de aguas tranquilas, tan claras que reflejaban la luz azul de los cristales del techo como si fueran pequeñas estrellas flotando en el silencio; como si el cielo nocturno hubiera decidido descansar bajo la tierra. El agua parecía hecha de luz líquida. Cada pequeño movimiento creaba ondas suaves que brillaban como polvo de estrellas. Alrededor del lago crecían orquídeas transparentes y flores diminutas que emitían un resplandor suave, como si la propia tierra respirara magia.

El aire allí era diferente… ligero… como si en ese rincón del mundo las prisas no existieran. Y entonces lo vi… Pequeñas hadas danzaban sobre la superficie del agua. Sus alas eran tan finas que parecían hechas de bruma y luna. Reían bajito, dejando caer chispas doradas que flotaban en el aire como luciérnagas. Algunas se posaban sobre las piedras azules, otras jugaban a rozar el agua con la punta de los pies, haciendo pequeños círculos luminosos.

El silencio allí no era un silencio vacío, era un silencio vivo, un eco que abrazaba.

Deteniéndose a contemplar la paz.

Me senté en una roca lisa, dejé caer la capa de hechicera a mi lado… y respiré despacio, concentrándome en ello. Dejé que mis pies tocasen el agua… Por un momento olvidé las prisas del mundo de los mortales: mis idas y venidas al trabajo, mis responsabilidades con mis duendes, mis tareas domésticas, mis discusiones con los trolls… porque en aquel lugar mágico ocurría algo extraño… El tiempo no corría… respiraba. Comprendí el mensaje que aquel lugar guardaba. Las hadas parecían susurrar una verdad muy antigua al oído de quien llegara hasta allí:

Quien aprende a detenerse…
descubre la magia que siempre estuvo delante de sus ojos.

En las paredes de la cueva comenzaron a brillar palabras, como si la propia montaña quisiera hablar.

Leí en voz alta, para vosotros, mis queridas almas:

ME DOY PERMISO PARA NO ANDAR CORRIENDO POR LA VIDA SIN VIVIRLA.

Porque no venimos a este mundo para correr sin aliento, atrapados entre trabajos que nos exprimen o expectativas que otros colocan sobre nuestros hombros.

ME DOY PERMISO PARA HACER LAS COSAS A MI PROPIO RITMO.

El ritmo de nuestro corazón y de nuestra alma. No debemos aceptar las presiones de quienes quieren descargar sobre nosotros responsabilidades que no nos pertenecen. Porque cada cual, queridos lectores, tiene su propio camino.

Yo hago lo mío… Y los otros deben hacer lo suyo. 

Mientras observaba el lago azul, esta hechicera rubia comprendió también algo más poderoso:

Debemos darnos permiso para volver atrás y cancelar compromisos que ya no están en armonía con nosotros mismos. No por capricho… sino siguiendo esa brújula interior que siempre sabe dónde está el equilibrio. 

Porque muchas veces, sin darnos cuenta, vamos aceptando promesas, tareas, encargos… uno detrás de otro… hasta que la mochila se vuelve demasiado pesada para vivir en paz y con alegría. 

Y entonces… ¡Obvio, microbio! Llega el momento de echar un verdadero hechizo: 

Yo, la hechicera del siglo XXI, con mi varita mágica invoco:

Desatemos nudos que nos ahogan,
soltemos promesas excesivas,
y liberémonos de compromisos que nos encadenan. 

Por eso decidí algo muy claro allí, ese día junto a ese lago azul:

Me di permiso para cancelar compromisos que acepté por presión y que ahora sé que son demasiado para mí. No me convertiré en esclava de obligaciones que no nacen de mi verdad. 

Y sí, almas bonitas, alguna vez tenemos que decir…

“Lo siento… ya no puedo con esto”… y lo diremos sin culpa y sin vergüenza, porque la verdadera sabiduría no consiste en cargar más… sino en saber cuánto podemos llevar con ligereza. 

Desde aquel día decidí algo más:

No asumiré más compromisos que aquellos que mi cuerpo y mi mente puedan sostener con alegría y calma. Porque una vida llena de peso… no es una vida mágica.

Y vosotros, mis queridos lectores… si alguna vez os encontráis corriendo demasiado… recordad este lago azul.

Recordad la calma de sus aguas, recordad el silencio de la cueva, recordad que hasta una hechicera rubia certificada, con carnet de maga y colegiada, tuvo que sentarse un momento… para volver a escuchar su propio corazón.

Porque la vida no es una carrera que haya que ganar, sino un camino que merece ser vivido con presencia, con pausa… y con un poco de brillo.

El conjuro.

Y dicen las antiguas leyendas de la ciudad de Me doy Permiso que, al salir de aquella cueva azul, estas palabras quedaron grabadas como un pequeño conjuro para quien lo necesitara:

Camina despacio, alma viajera,
que la prisa no conoce la belleza.
El tiempo no se pierde cuando se respira…
se pierde cuando se te olvida vivirlo.

Haz lo que te corresponde con calma y deja a los demás su propio sendero. Quien suelta el peso innecesario, descubre que la vida se vuelve ligera. Y si alguna promesa se vuelve cadena… recuerda: también existe la magia de soltar. Porque el corazón sabio sabe que la libertad empieza al saber parar.

Todos necesitamos de vez en cuando un lago azul donde descansar el alma. 

Con chispa, alegría y un poquito de azul infinito en el alma, se despide tu siempre amiga…

La Hechicera Rubia. 


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