El amor
El amor

¡Hola, pequeños mortales! Vuelve vuestra hechicera favorita, descendiendo del plano astral con la varita mágica (que hoy funciona a pilas, porque febrero con su vientecito me tiene completamente agotada). He vuelto para que hablemos de amor. Además, para los que lleguéis hasta el final, os he dejado un regalito. Os va a encantar.

Ha llegado febrerico el corto. El mes más corto, el más frío y, siendo sinceros, el más soso, porque no se celebra ninguna fiesta. Sin embargo, es el mes del amor, le mois de l’amour… El mes que decidió tener menos días pero más intensidad emocional.

Estoy animando a Cupido, porque desde donde os escribo sopla un viento con rachas huracanadas que le desvía las flechas y le hace errar el blanco, cambiando destinos sin previo aviso.

Así, lo que antes fueron sonrisas ácidas se tornan dulces sin remedio; orugas que dormitaban enrolladas en mantas algo mohosas despiertan con las mejillas arreboladas y campanillas revoloteándoles alrededor, por culpa —cómo no— del cursi de San Valentín.

Cupido me cuenta que el motivo del rojo bermellón de sus mofletes no viene del efecto de las flechas, sino del dolor de la maldita migraña que traen las turbulencias atmosféricas que están haciendo estragos durante este mes en la Comunidad Valenciana.

Sea como sea, aunque no me guste nada febrero, nos trae el famoso 14, día de San Valentín o… ¡San Calentín! ¡Cómo queráis verlo, seres terrenales! Porque mientras el mundo se llena de corazones rojos y ofertas 2×1 en bombones, yo me pregunto:

¿Quién decidió que el amor tenía que venir con fecha límite y presión social incluida?

Dicho esto… pasemos un tupido velo. Hoy vamos a hablar del amor… y aviso: me va a costar resumirlo en un solo post, porque el amor para mí lo abarca absolutamente todo. Es caos, es paz, es risa, es miedo, es magia… y, a veces, es terapia.

Así que acomodaos, respirad hondo… porque hablar de amor nunca es algo pequeño. Ya que el amor va a colarse igualmente, sentémonos juntos y tratemos de entender qué quiere contarnos.

Los cuentos.

De pequeños nos contaron los hermosos cuentos de Blancanieves, La Cenicienta, La Bella Durmiente, La Sirenita… y todos acaban con la misma frase:

«Y fueron felices y comieron perdices». Fin.

¿Perdón? ¿He escuchado bien?

¿Fin? ¿Fin de qué?

¿Nadie pensó en el día de después?

¡Holaaa! ¿Hay alguien ahí?

Nos enseñaron que el amor son mariposas en el estómago, que si no sientes que te vibra el alma cada vez que lo ves, entonces no es el indicado; que si no hace rebotar el corazón contra las costillas, no vale.

La pista de La Hechicera

Te voy a dar una pista clave:

Eso no siempre es amor; muchas veces es ansiedad con purpurina.

Cuando son enormes las ganas de encontrar, cualquier cosa parece un hallazgo. Reflexiona sobre la sabiduría popular. Dice el refrán que para el quien se levanta como martillo, solo se cruza con clavos.

Aunque tengo que reconocer que cuando sientes ese cosquilleo… ufff… es como cuando abres una botella de Coca-Cola: el chasquido de burbujas, «la chispa de la vida», y todo parece tener más color, más «sensación de vivir».

Cuando las mariposas se calman, cuando ya no sientes que te va a dar algo cada vez que te escribe un WhatsApp, cuando puedes ser tú sin miedo a que se vaya… ahí, queridos mortales, es cuando empieza lo estable, lo sano, lo real.

El verdadero hechizo no está en el “me muero si no me responde”. Está en el “sí que está, aunque hoy no me escriba cada cinco minutos”. 

¿Y luego qué?

Después llega la gran mentira del cuento: «Y fueron felices y comieron perdices».

Porque nadie habla del día después, del «Oye, ¿qué somos?», del «¿Lo formalizamos?», del miedo a ponerle nombre a algo que funciona. Mientras no tenga etiqueta, parece que duele menos. Es tu «casi algo». Tu «Hola, buenas… ¿Qué tal estamos emocionalmente hoy?».

Ahí es cuando el príncipe azul, con tanto filtro y tanta promesa, a veces se convierte en rana. Y viceversa. No porque nadie sea malo o mala, sino porque idealizamos tanto que nadie puede sobrevivir a esa expectativa.

El amor no son fuegos artificiales eternos.

El amor es elegir quedarse cuando ya no hay fuegos, elegir hablar cuando sería más fácil irse, elegir construir cuando ya no hay cuento que te sostenga. Y sí, el amor da miedo, porque implica mostrarse sin corona, sin hechizo y sin maquillaje.

Cuando estás con alguien a quien amas de verdad, lo sabes, porque sois un equipo. Un equipo que ha pasado tormentas, que ha tenido discusiones incómodas, que ha aprendido a respirar hondo antes de hablar, que se conoce lo suficiente como para saber cuándo el otro necesita espacio… cuándo necesita un abrazo y, sobre todo, un equipo que nunca jamás pierde la capacidad de sonreírse mutuamente.

Sin embargo, todavía hay quien piensa que cuando se van las mariposas… se acaba el amor.

Pequeños mortales, atención: cuando se van las revoltosas mariposas, no siempre se termina el amor. A veces, justo entonces, empieza de verdad.

Claro que no pasa nada si quieres emoción constante, si te gusta sentir vértigo. Pero quien te ama de verdad intentará impresionarte mil veces… incluso cuando ya te tiene. No para desestabilizar tu paz, sino porque amar también es seguir eligiendo sorprender.

Así que sí.

Lo más bonito del amor es que, cuando esas mariposas echan a volar y ya no están, tú, en lugar de perseguirlas, agarras fuerte la mano de quien te enseñó lo que significa la palabra amor. Sin adornos, sin cuentos, sin prisa. Con amor.

El amor escogido.

Por otra parte, el amor no solo se vive en pareja. El amor también habita en lo absurdamente fácil y lo peligrosamente profunda que puede llegar a ser una amistad.

Como Hechicera Rubia, cuando conecto con alguien me entrego, confío, creo… y siento que esa persona podría contar conmigo para lo que sea.

El problema no es amar así. El problema es que no todo el mundo sabe querer de vuelta con la misma verdad y, a veces, te demuestran que el amor que diste no fue valorado como merecía.

Pero escucha bien este hechizo: nunca te arrepientas de haber amado con honestidad, porque los que no supieron sostenerlo… siempre se arrepienten más tarde de lo que perdieron.

La amistad también es amor, que cuando es elegido, hay que cuidarlo. La familia nos la encontramos, pero a los amigos los elegimos, y lo que se elige, se honra.

Hablemos de familia.

Luego está el amor más complejo de todos, el de una madre.

Ese personaje que cambia de forma en cada etapa de tu vida como si fuera un camaleón mutante. Primero es tu heroína; después, en la adolescencia, es la pesada, la que no te entiende y siempre está en tu contra. Sin embargo, vas creciendo y esa mujer, sin darte cuenta, termina siendo tu mejor amiga. Es lo que tiene el paso de los años.

Un día te despiertas y piensas:

«¿Qué sería de mí si dejase de existir?»

Y sientes ese nudo en el pecho, esa urgencia, ese miedo que no sabías que estaba allí. Entonces: «voilà», entiendes que ese amor siempre estuvo allí, incluso cuando tú no lo veías.

El amor me ha enseñado que no siempre es perfecto. A veces duele, decepciona, te rompe esquemas… pero amar nunca es un error. ¿Sabéis lo que sí que lo es? No saber valorarlo. Porque el amor no siempre hace ruido: a veces, simplemente, se queda.

La Hechicera Rubia, reportándose desde mi nube acolchada de pensamientos profundos y café con espuma —en forma de corazón mal dibujado—, quiere deciros algo que a veces incomoda: no por haber tenido un hijo tienes derecho automáticamente a llamarte padre o madre.

Espóiler cósmico: padre o madre es quien ejerce como tal, quien está, quien cuida, quien se queda cuando no es fácil.

Y no, tampoco hay que aplaudir como si fuera algo extraordinario que alguien sea «buen padre» o «buena madre». Eso no es un superpoder opcional, es el mínimo exigible. No es una medalla olímpica, es una responsabilidad emocional básica. Después habrá quien tenga un desempeño extraordinario y merezca admiración, sí, claro, pero cumplir con tu deber no es un acto heroico, es el punto de partida.

El amor sano.

Del amor también he comprendido que no es coser y cantar. Es más bien pincharte el dedo varias veces intentando enhebrar la aguja emocional mientras alguien te dice «tranquila, no duele tanto»… y tú ya estás sangrando.

Pero cuando es sano… ay, cuando es sano. Un amor sano no te rompe: te ayuda a coser las heridas que traías del camino. No te exige perfección, pero te ve siempre perfecta. Se sienta contigo en el suelo a recoger los pedazos y te dice: «vale, vamos poco a poco».

Y un día, casi sin darte cuenta, estáis cantando vuestra canción a pleno pulmón, desafinados pero felices, sin importaros el resto del mundo.

El amor propio.

Luego está el amor propio. Ese tampoco es coser y cantar; es más bien reconstruir una casa mientras sigues viviendo dentro. He aprendido lo tremendamente difícil que es conseguirlo y lo profundamente gratificante que es mantenerlo.

Porque no es lineal, no es «me quiero hoy y ya para siempre». Habrá días en los que tengas que dedicarle más tiempo, más paciencia, más conversación interna amable; pero es el único amor que te va a acompañar toda la vida. Es el que te ayuda a esquivar golpes innecesarios y, cuando no puedes esquivarlos, es el que te levanta entera. Magullada, sí, pero entera.

Hay cosas inevitables: pérdidas, decepciones, errores propios y ajenos; pero si aprendes a acompañarte, si te tratas como tratarías a alguien que amas… todo pesa menos.

Así que, almas esplendorosas mías, que nadie os convenza de que amar es aguantar cualquier cosa. Que nadie os venda que querer duele por norma, ni os haga creer que estar sin cuidar es suficiente.

Amar es elegir, cuidar es obligatorio y quererse… quererse es revolucionario.

Por eso, almas bonitas, a los que amáis fuerte y caéis sin miedo, a los que os rompéis y aún así brilláis… que nadie os apague la luz.

Os lo dice vuestra amiga que os ama —no el pusilánime de Cupido—.

Regalo para enamorados.

Como quién promete en deuda se mete, aquí os dejo un presente. Es una carta de amor auténtica escrita para el día de San Valentín. Podéis usarla como queráis. Se llama «Gracias». Juzgad vosotros mismos.

Gracias

Te noté entrar una noche en mi alma
mientras tus ilusiones me contabas;
y ni estar a mi lado necesitabas
para romper mi calma.

Te noté entrar otra noche en mi vida
mientras me dabas besos que negabas,
y toda distancia pulverizabas,
con tu carita inocente.

Te noté ocuparlo todo sin permiso:
solo a ti mi corazón buscaba,
solo en ti mi pensamiento estaba;
me torné feliz en tu hechizo.

En cada aniversario recordamos
que nuestra historia es hermosa,
aunque alguna convención caprichosa,
cumplirla no podamos.

Mas es al verte cuando me enamoras,
anhelo siempre el tiempo contigo,
y cuando por fin te tengo conmigo,
vivo tu voz, tu risa y tu mirada.

Mas son los besos —los de ahora—
los que echan el ancla profundo:
no sobreviviré sin nuestro mundo,
no me sueltes jamás.

Por eso doy gracias por hallarte,
por el fuego que encendiste;
si algo bueno de verdad existe,
es el amor al abrazarte.

Feliz día de San Valentín, y que sean felices tantos otros días. Con amor sincero,

La Hechicera Rubia.


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Un comentario en «El amor»
  1. Me gusta cómo describes que el amor no es solo mariposas en el estómago, sino elegir quedarse, comunicarse y construir juntos. Muy acertada también la reflexión sobre lo valioso que es el amor en sus distintas formas: pareja, amistad, familia y amor propio. Nos leemos pronto, Hechicera Rubia🪄✨🪄

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