Hoy, mis queridos mortales, os contaré el final de mi travesía por la ciudad de Me Doy Permiso. Un lugar extraño, casi imposible, donde todo parecía tener un peso exacto… y una razón para existir. Quizá esta historia no sea solo un cuento. Quizá sea una forma distinta de entender cómo aligerar la carga emocional y dejar de sostener lo que pesa.
La trampa invisible: cuando todo pesa demasiado.
La Hechicera Rubia caminaba en círculos por un jardín que no recordaba haber elegido.
No era un jardín cualquiera: las hojas susurraban sin viento y la tierra bajo sus pies latía como un pulso tenue, como si algo —o alguien— respirara debajo.
Había algo que no encajaba.
Cada paso parecía repetido. Cada giro, anticipado. Como si el lugar no solo la contuviera, sino que la hubiera aprendido de memoria.
Se detuvo.
Por un instante pensó que, si dejaba de moverse, todo se detendría con ella.
Pero no.
—Cuidado… —susurró una voz—. Aquí lo que repites… se queda.
La Hechicera Rubia giró sobre sí misma.
—¿Quién habla?
El silencio se tensó. Luego, una risa leve, cansada, como de alguien que ha visto demasiado.
—Hay demasiadas personas con adicción al melodrama —dijo la voz—. Parece que necesitan ese tóxico para sentirse vivas.
La frase no se escuchó: se sintió. Le atravesó el pecho como una verdad incómoda.
El peso emocional: lo que eliges sostener.
El jardín se abrió poco a poco, hasta dejarla frente a un conjunto de rocas antiguas, altas e irregulares.
La hechicera se acercó y, al parpadear, lo vislumbró: en cada roca había un rostro.
No estaban tallados ni esculpidos.
Estaban vivos.
La observaban.
Algunas expresiones eran serenas, otras cansadas; algunas, casi burlonas. Pero todas sabían algo que ella aún desconocía.
Retrocedió un paso.
Entonces comenzaron a hablar, sin mover la boca:
—Me doy permiso para relativizar las situaciones.
—Me doy permiso para poner sentido del humor en todo.
—Me doy permiso para no tomarme cada emoción como un destino.
—Me doy permiso para no quedarme atrapada en relaciones que pesan más de lo que dan.
—Me doy permiso para no quedarme atrapado en historias densas, espesas o dependientes.
El aire se volvió más denso.
—¿Y si no sé hacerlo? —preguntó ella.
Cómo soltar el drama y vivir con ligereza.
El suelo se agrietó, suavemente, no con violencia, sino con intención.
De las grietas comenzaron a salir flores. No eran perfectas ni especialmente hermosas… pero brillaban.
Y entonces gritaron:
—¡Elige una vida feliz por encima de cualquier cosa!
—¡Elige sentirte leve!
—¡No necesitas complicaciones estériles para llenar el tiempo!
Las voces eran insistentes, imposibles de ignorar.
—¡Hay demasiadas experiencias buenas, interesantes y bellas como para recurrir a la infelicidad como soporte!
—¡No te sostengas en lo que te pesa!
—¡No hagas de la densidad tu hogar!
Las palabras ya no eran solo sonido. Eran presión.
—¡Elige estar continuamente contenta!
—¡Haz de eso la base!
Así chillaban esas flores.
—¡Basta! —gritó la Hechicera Rubia.
Y entonces… silencio.
La clave: vivir con ligereza no es superficialidad.
La quietud que quedó no era incómoda. Era limpia.
La Hechicera Rubia bajó lentamente las manos y respiró un aire distinto.
—Alegría… —susurró.
Y comprendió. No como una idea bonita, sino como algo físico y real: la alegría no era ruido ni intensidad, sino ligereza.
La brisa no se impone, pero transforma.
La sonrisa de quien ya no necesita el peso para sentirse vivo.
La calma firme de quien elige, una y otra vez, no caer en lo que lo atrapa.
Cerró los ojos un instante.
—No quiero complicaciones estériles —dijo despacio—. No las necesito.
Una de las rocas, la más alta, susurró:
—Entonces, deja de elegirlas.
Elegir una vida más ligera
Abrió los ojos.
Por primera vez, el jardín no tenía voces.
—Elijo estar continuamente contenta. Que esa sea la estructura de mi vida.
Y en ese mismo instante, sin ruido, sin aviso… dio un paso y el jardín desapareció.
Reflexión final: cómo aligerar la carga emocional
No todo lo que pesa es profundo.
Ni todo lo intenso es verdadero.
A veces, la mayor sabiduría es elegir la ligereza: soltar el melodrama, dejar de alimentar lo que duele y dejar de sostener lo que no aporta.
Porque la felicidad no siempre llega.
A veces… se elige.
Y ahora tú
¿Estás aligerando tu vida… o sigues sosteniendo lo que pesa?
Y hasta aquí, como cada semana, vuestra amiga que os quiere,
Siempre vuestra,
La Hechicera Rubia.
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