Ten paciencia contigo: la vida no funciona con entrega Prime
Hola, buenos días, almas pacientes… o casi.
Hoy vengo a hablarte de algo que se nos da fatal a casi todos:
Tener paciencia con nosotros mismos.
Porque paciencia con los demás… bueno, esa sí tenemos. A veces una barbaridad.
Esperamos que nuestros hijos maduren, sin que les demos collejas a diestro y siniestro cuando se lo merecen: estilazo patada voladora de Chuck Norris; que nuestra pareja cambie; que el vecino de arriba deje de taconear sin parar; que la gente aprenda a no opinar de lo que no le importa…
Pues hoy vengo a hablarte de algo importantísimo, de algo que debería enseñarse en los colegios, en las universidades, en los cursos de crecimiento personal y, si me apuras, hasta en las autoescuelas.
La paciencia
Esa maravillosa que recomendamos a los demás mientras nosotros queremos resultados para antes de ayer.
Porque somos así.
A una amiga le decimos:
—Tú tranquila, todo llega.
Pero cuando nos toca a nosotros:
—¿Y cuándo llega? ¿Y por qué no ha llegado todavía? ¿Y dónde está? ¿Se ha perdido? ¿Lo han dejado en Correos?
Queremos que nuestra vida se arregle en siete días.
Queremos sanar el lunes, entenderlo todo el martes, perdonar el miércoles y estar estupendos el jueves.
Y el viernes, si puede ser, queremos tener una iluminación espiritual mientras hacemos la compra de Mercadona.
Pues no.
La vida no funciona con entrega Prime.
Hay cosas que necesitan tiempo, mucho tiempo. Y otras necesitan tanto tiempo que cuando por fin las entiendes dices:
—¡Ah, jolines! ¡Ahora lo entiendo!
Y resulta que llevaba veinte años haciendo el gilipollas.
Pero bueno.
También eso forma parte del aprendizaje.
Aprender a tener paciencia con nosotros mismos
Porque no todo se ordena en una semana, no todo se entiende al primer intento, no todo se sana cuando tú quieres.
Aunque la vida ahora quiere hacernos creer lo contrario, con influencers que tienen éxito por el número de likes, gente que va a realities y se hace famosa por vender su vida en la televisión, etc.
Hay heridas que necesitan tiempo.
Decisiones que necesitan maduración.
Personas que necesitamos sacar de nuestra vida con una delicadeza extraordinaria… o con una patada en el culo, dependiendo del caso.
Y hay momentos en los que lo único que puedes hacer es seguir, sin saber muy bien hacia dónde.
Pero seguir…
Porque hay días en los que levantarte ya es suficiente.
Y no estoy hablando metafóricamente.
Hay días en los que abrir los ojos por la mañana y pensar:
—Bueno… otro día más.
Ya es una hazaña.
Te levantas, vas al baño, te miras al espejo y piensas:
—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi cara?
Te duchas, te vistes, sales a la calle… y nadie sabe que por dentro llevas una guerra civil.
Por eso no te exijas tanto.
No tienes que estar bien todos los días, no tienes que tener una respuesta para cada pregunta, no tienes que ser fuerte todo el tiempo y, por supuesto, no tienes que saber qué diantres estás haciendo con tu vida a las ocho de la mañana.
No te compares con los demás
Hay gente que parece tenerlo todo clarísimo: casa preciosa, pareja maravillosa, trabajo estupendo, hijos perfectos, viajes, fotos con puestas de sol.
Y tú mirando tu vida y pensando:
—Pues yo ayer cené tortilla francesa de pie en la cocina porque si me meto un plato de chuletas y patatas fritas, engordo como una melocha… y encima va y se me cae un trozo al suelo, y se lo come mi perrito.
NO TE COMPARES.
Porque las redes sociales enseñan mucho, pero enseñar la factura de la luz llorando en la cocina no da tantos «likes».
Y pequeños mortales, ESO TAMBIÉN ES VIDA.
Así que ten paciencia contigo.
Estás aprendiendo, y aprender lleva mucho tiempo.
Estás intentando hacerlo lo mejor que puedes.
Y eso merece respeto.
Incluso cuando tu mejor esfuerzo consiste en no contestarle a alguien:
—Mira, vete a tomar por fanta.
Perdón por el vocablo, una hechicera damisela como yo no dice palabrotas; pero es que a veces me sale mi lado oscuro sin poder evitarlo… cachissss.
Aunque sepáis que eso también es autocontrol…
Es EVOLUCIÓN ESPIRITUAL.
Antes le contestabas… ahora respiras.
Bueno… a veces respiras y después contestas.
Pero estamos trabajando en ello.
No hay atajos para crecer
No puedes saltarte la parte difícil.
Lo siento.
No hay atajo.
No existe una pastilla que diga:
«Tómese dos y mañana será una persona completamente equilibrada y emocionalmente funcional».
Si existiera, estaría agotada en todas las farmacias.
La parte difícil es precisamente la que te cambia, la que te enseña, la que te obliga a descubrir de qué estás hecha.
Porque mientras unos huyen de la tormenta, otros se meten dentro.
No porque no tengan miedo, sino porque llega un momento en el que estás tan cansado de correr que dices:
—Mira, que llueva lo que dé la gana.
Y entras, atraviesas, lloras, te enfadas y vuelves a empezar.
Y un día miras atrás y descubres que aquello que pensabas que iba a destruirte… te convirtió en alguien mucho más fuerte.
No eres la misma persona que eras antes de algunas cosas, y gracias a Dios, porque aquella versión tuya aguantaba cosas que hoy no permitirías ni cinco minutos.
Antes aceptabas migajas, ahora quieres el pan entero, y si puede ser, con jamón.
Porque una también evoluciona.
Abraza tu proceso.
ABRAZA TU PROCESO.
Con sus días buenos, con sus días malos, con sus «hoy puedo con todo» y con sus «hoy que nadie me hable porque muerdo», todo forma parte de ti.
No tengas tanta prisa.
La vida no es una competición.
No tienes que llegar antes que nadie, no tienes que demostrar que puedes con todo.
Solo tienes que seguir.
Aunque sea despacio.
Aunque sea arrastrándote.
O sea, dando un paso pequeñísimo.
Porque un paso sigue siendo un paso.
Y cuando quieras rendirte…
Cuando pienses:
—No puedo más.
Cuando sientas que no avanzas, cuando mires tu vida y pienses que todo sigue igual… quiero que hagas una cosa.
Sé como una hormiga.
No necesita saber qué está haciendo, no necesita entender el universo, no necesita tener un propósito perfectamente definido, no necesita validación externa, ni que nadie le diga:
—Eres suficiente.
Simplemente…
SIGUE.
Y oye…
Si una criatura tan pequeña puede cargar con tanto y continuar su camino…
TÚ TAMBIÉN.
Así que venga…
Arriba, sacúdete, respira y sigue.
Que todavía nos queda mucha vida por delante.
Y quién sabe…
Quizá algún día miremos atrás y digamos:
—Menos mal que no me rendí.
.Bueno, criaturas…
Paciencia, tiempo y un poquito de amor propio.
Y cuando todo falle…
Piensa en la hormiga.
La naturaleza tiene respuestas para todo.
Con cariño, mala leche y un poquito de magia,
La hechicera rubia
P. D.
Y si después de leer esto sigues pensando en rendirte… mira una hormiga.
Ahí tienes a tu pequeña maestra.
No será grande, pero no se rinde.
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