Hola, mis queridas almas mortales. Hoy tu hechicera preferida te trae un lugar donde tú, alma bonita, tú eres la prioridad. Es un secreto entre nosotr@s, toma nota en tu mente única…
Hay un bosque encantado donde los árboles susurran secretos y las luciérnagas parecen pequeñas estrellas. Es una ciudad muy especial. No aparece en los mapas, tampoco en los callejeros y menos aún en el GPS de los vehículos o los móviles.
Sin embargo, todo el que llega allí siente algo distinto en el corazón. La llaman la ciudad de Me Doy Permiso.
El viaje
En esta ciudad ocurre algo mágico: cada persona puede darse permiso para lo que realmente necesita. Permiso para descansar sin culpa, permiso para cambiar de rumbo, permiso para decir sí a lo que hace vibrar su alma, permiso para decir no a lo que pesa demasiado, permiso para empezar de nuevo… las veces que pueda hacer falta.
Cuenta la leyenda que hasta allí llegó una hechicera rubia —sí, ya sabéis quién es… ¡Jo, me habéis pillado!—, buscando un antiguo hechizo de libertad. Espóiler mágico: lo encontró.
Por eso, desde hoy hasta el mes de abril, vamos a recorrer juntos los caminos de esta ciudad mágica. Exploraremos los permisos que pueden cambiar nuestra vida.
Si alguna de estas puertas mágicas se abre para vosotros… esta hechicera se dará por satisfecha.
La mochila
Muchas de las dolencias, angustias y cansancios que arrastramos en la vida cotidiana no nacen de grandes tragedias; nacen de algo mucho más silencioso: la sobrecarga.
No nos enseñaron a saborear la vida como quien prueba un fruto dulce bajo el sol. Nos enseñaron a cargarla. A llevar un saco invisible lleno de «deberías»… Deberías hacer esto. Tendrías que comportarte así. ¡Cuidado! Has de ser correcto, hay que hacerlo todo perfecto y, además, no se te ocurra fallar, si no estás expulsado de la rueda.
Órdenes… y más órdenes, que con los años hemos convertido en voces dentro de nuestra propia cabeza, en directrices y pautas de actuación.
El secreto
Pero hay un secreto que descubrí en mis viajes mágicos: ningún corazón puede sostener tantas exigencias sin agotarse. Ningún alma vino a este mundo para vivir encorvada.
Esto es el principio del verdadero hechizo: darnos permiso para soltar peso. Sííí, echar lastre por la borda, caminar más ligeros respirando más profundo para poder llegar más lejos, porque la vida, mis queridos lectores, es breve, sí, pero también es radicalmente bella.
Y ocurre algo maravilloso cuando una persona comienza a soltar lo que no le pertenece: rechaza órdenes que no nacen de la verdad… Esto hace que se acerque a sus anhelos más profundos… y entonces… ¡Ay, entonces! Cambia su rostro, cambia su energía y cambia la luz en sus ojos. Incluso parece rejuvenecer.
Mi viaje
En esa ciudad tan hermosa, la ciudad de Me Doy Permiso… Había dos cuevas, dos caminos, dos puertas y, ¡cómo no!… dos decisiones. No sé muy bien por qué, pero mi corazón de hechicera rubia sintió una llamada irresistible hacia una de ellas.
Era azul… pero no un azul cualquiera. Era un cian profundo, vivo, casi líquido… la envidia de Mimosín… como si el cielo nocturno se hubiera derretido sobre la piedra. Un azul que transmitía calma y poder al mismo tiempo. Un azul que parecía susurrar: «Entra aquí, no necesitas defenderte».
Respiré hondo y crucé el umbral. Al entrar, el aire era suave, tibio, silencioso… como si el mundo exterior hubiera desaparecido. Las paredes estaban cubiertas de rocas brillantes donde aparecían palabras grabadas con luz propia, tanta como la que chispea en mi varita.
Mi experiencia mística
Entonces, almas mortales, leí:
Me doy permiso para separarme y no estar con personas que quieren controlar mi tiempo.
Me doy permiso para no aceptar exigencias de explicaciones, justificaciones o argumentos.
Me doy permiso para defender mi necesidad de parar y descansar.
Seguí caminando y más adelante vi:
Me doy permiso, después del trabajo y de haberme ganado el pan, para relajarme. Para hacer lo que quiera… o no hacer nada. ¡Porque no me apetece! Sin tener que dar cuentas a nadie.
El hechizo
Y al final de la cueva, escrito en una roca enorme de cristal azul, estaba el hechizo más poderoso:
Mi tiempo es mi vida, y mi vida es mía, y, ¡atención!… a nadie le debo explicaciones.
Os confieso algo…
Yo, La Hechicera Rubia, sentí un nudo en la garganta, porque comprendí que muchas veces no estamos cansados por lo que hacemos, sino por lo que tenemos que justificar.
Me senté en el suelo de aquella cueva, apoyé la espalda en la roca luminosa y… por primera vez en mucho tiempo, no hice nada. Ni pócimas, ni purpurina para los duendes, ni sortilegios para el cansino del Amo Luc, ni reuniones de escalera con los trolls…
No hice nada.
Y en ese no hacer… sentí libertad.
Quizá, queridos mortales, este sea uno de los permisos más difíciles… y más mágicos.
Con chispa, alegría y un poquito de azul infinito, te lo dice…
La Hechicera Rubia.
Hasta el próximo paseo por la ciudad de Me Doy Permiso.
Descubre más desde La Hechicera Rubia
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

